miércoles, 14 de febrero de 2018

Peter Grimes en Valencia (I): la escena

Terminé conmocionado tras el Peter Grimes que presencié en el Palau de Les Arts el pasado sábado 10 de febrero. Apenas pude aplaudir. No ya por las bondades de la interpretación, que sin ser redonda alcanzó un altísimo nivel, sino también por la manera en la que me ha agarrado una obra en la que, a raíz de este viaje a Valencia, he podido profundizar discográficamente para ver muchas más cosas que las que antes veía. Permítanme los lectores que comparta la experiencia en dos sesiones: tengo demasiadas cosas en la cabeza y necesito ordenarlas hablando en esta primera entrada únicamente de la propuesta escénica.

La producción venía de La Monnaie de Bruselas y ha sido adquirida por Les Arts. La enorme cantidad de elogios recibida cuando hace años pasó por el Teatro Real fue en gran medida lo que me motivó a desplazarme a la capital del Turia. Ciertamente encuentro su prestigio justificado, aunque su planteamiento me parece un tanto unilateral. Y es que la postura de Willy Decker es marcadamente política, en el sentido más amplio del término. Benjamin Britten y el libretista Montagu Slater no juzgan: se limitan a exponer un drama que discurre de manera inevitable. Decker sí que toma partido. En lugar de individualizar nítidamente a cada uno de los personajes secundarios y a los miembros del coro, fusiona a todos ellos haciendo que actúen como un ente único, una masa tan hipócrita como enfurecida que no admite a quienes no se integran en las convenciones sociales. Su odio hacia Grimes no se deriva de los presuntos abusos –indudablemente físicos, quizá también sexuales– a los menores, sino de su falta de integración. La aparición del coro femenino –vestido de negro, amenazante a más no poder– cuando las cuatro mujeres socialmente marginadas –Ellen, la Tita y sus dos “sobrinas”: una viuda rebelde dispuesta a rehacer su vida más tres prostitutas– cantan su bellísimo número, no deja lugar a dudas la postura eminentemente crítica del regista alemán, quien también arremete contra la religión haciendo que la cruz se convierta en el arma y justificación de la locura colectiva.


Semejante lectura se encuentra más vigente que nunca en estos tiempos en los que la corrección política se impone (¡qué hartazgo de esa imbecilidad conocida como “lenguaje no sexista”!) y cualquier acusación –no pienso exclusivamente en las denuncias por acoso sexual– se convierte de manera automática en un brutal linchamiento mediático en el que el acusado, culpable o no, saldrá muy lastimado sin haber mediado un juicio previo. Willy Decker la expone con valentía, convicción y un soberbio dominio de los recursos teatrales, pero se queda en ella. Y eso convierte a Grimes en un héroe, lo que me parece discutible. El pescador no resulta menos detestable que los demás. No se trata ya de que sea una bestia: de eso no es culpable. Tampoco lo es de pensar –ingenuamente, o quizá no tanto– que a través del dinero logrará el reconocimiento social. Pero sí lo es de su absoluta falta de respeto hacia los demás, sobre todo de los niños que tiene a su cargo. Y de Ellen, a la que obviamente no ama. Casarse con ella no es sino la manera de escaparse a su destino, de contener sus impulsos primarios y de encontrar un hueco en la colectividad. Decker deja un tanto de lado esas circunstancias y se centra en otras. Ciertamente el pescador es menos hipócrita que sus conciudadanos. Más consecuente consigo mismo. Y está dispuesto a luchar por unos ideales. Es una manera de verlo.

Hay una segunda cuestión que sí que me parece censurable: la absoluta ausencia del mar en la propuesta escénica. No me refiero a que no se visualice, sino a que ni siquiera se intuye. Toda la primera parte del primer acto está musicalmente marcada por la cadencia al mismo tiempo sugestiva, hipnótica y ominosa del oleaje, pero Decker rechaza la ambientación marinera y mete a todos los personajes en el interior de una iglesia, de tal modo que los cantos de faena se convierten en canciones de iglesia y los pobres pescadores –incluido Balstrode– en pequeñoburgueses. Tampoco se ve la tormenta, que bien se podía haber materializado a través de unas simples proyecciones. Quizá el regista piense en un conflicto social antes que en un fenómeno atmosférico. Y creo que no acierta en ello. Tanto el mar como la tormenta –la naturaleza, al fin y al cabo– son catalizadores de esos otros conflictos, no una mera metáfora. La partitura hace referencia continua a esos elementos. Los pide. Como en Tristán o en Boccanegra.

Dicho todo esto, la materialización de las ideas de Decker no puede calificarse sino como admirable. El escenario con acentuada pendiente resulta de lo más adecuado, la escenografía resuelve con enorme habilidad la transición de unos cuadros a otros, el movimiento de masas –mucho antes simbólico que naturalista– es perfecto y el aspecto puramente visual ofrece un enorme atractivo plástico, otorgando además al color un elevado componente expresivo y dramático. Hay además grandes aciertos puntuales, como la ominosa entrada de Grimes en la taberna –su enorme sombra se proyecta de manera amenazadora–, el carácter expresionista del baile que abre el último acto –recordando a la casa de Flora de la Traviata del mismo regista, que también vimos en Valencia– o la secuencia final, en la que Balstrode y Ellen se resignan a ocupar su lugar en la sociedad, sentándose con los demás en los bancos de la iglesia y tapando su cara –no ver nada, no oír nada– con las hojas de los cánticos parroquiales.

A la postre, y pese a los reparos expuestos, una impresionante producción.

2 comentarios:

maac dijo...

Fernando, tienes razón en lo que dices respecto a que la postura de Willy Decker es muy maniquea, no estoy tan de acuerdo en relación a lo que dices del mar, yo no sé si es porque aquí en Valencia sabemos que el mar está aunque no lo veamos y, quieras o no, siempre está presente, que yo no me di cuenta de esa ausencia de mar, de hecho para mí estaba siempre en escena debajo de ese turbio cielo. Aun con todos los defectos que señalas la propuesta es coherente y muy plástica en lo estético, con total economía de medios y, para los años que tiene, se conserva muy bien. Artísticamente no tiene fisuras importantes y ha ido mejorando muchísimo conforme han avanzado las representaciones, sobre todo en lo que respecta a los ruidos por cambio de decorados y al equilibrio de volúmenes entre orquesta, coro y cantantes. Lamento no haberte visto en esta ocasión. Un abrazo.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Mil gracias, Maac, por compartir tus impresiones aquí y en tu blog. Yo también lamento no haberte visto. Una lástima, porque ya voy poco por Valencia: demasiado complicado habiéndome establecido definitivamente en Jerez, desde donde tengo que combinar varios medios de transporte para llegar. Abrazos.