lunes, 12 de febrero de 2018

Biondi trae el barroco napolitano a Valencia

Estuve ayer en el Palau de la Música de Valencia, rememorando aquellos tiempos en los que podía acudir con cierta regularidad a la capital del Turia gracias a la relativa cercanía –tres horas y media– de mi puesto de trabajo. Programa de barroco napolitano a cargo de Fabio Biondi y sus chicos de Europa Galante, en esta ocasión en formación reducida a tan solo siete miembros, incluido el violinista palermitano.


Lo pasé mal en la primera parte, porque me encontraba tan cansado que me costó seguir la música: Sinfonía en sol mayor de Gaetano Latilla, Concerto III para dos violines, viola y bajo de Francesco Durante, Fuga y grave en sol menor de Johann Adolf Hasse y Concerto grosso nº 4 en sol menor de Alessandro Scarlatti. Claro que en la segunda estuve despejadísimo y concentrado a más no poder: Stabat Mater de Pergolesi. Así que es posible que el cansancio no fuera la única razón. Para qué les voy engañar, las obras citadas en primer lugar no me dicen nada. Lógico que quienes las adoran no gusten de las cosas que precisamente a mí me entusiasman.

En cuanto a las interpretaciones de las mismas, creo que fueron muy correctas. El sonido violinístico de Biondi se caracteriza por su robustez, firmeza y homogeneidad, además de por su brillantez en el agudo, aunque a mí me parece un poco duro. En lo expresivo tampoco me resulta del todo cálido ni sensual, aunque es músico sensato: al contrario que otros colegas que han venido después, no necesita recurrir a desfigurarlo todo para llamar la atención. El resto del conjunto me pareció bueno, sin más. Tocan todos muy empastados y en perfecta sintonía, proyectando una apreciable tensión dramática –que no, vuelvo a insistir, inspiración poética– a sus interpretaciones.

En cuanto al bellísimo Stabat Mater, la parte instrumental me pareció similar a la del registro del propio Biondi que comenté el otro día: en exceso profana y un tanto desangelada. Tanto la tiorba de Giangiacomo Pinardi como el clave y el órgano de Paola Poncet me parecieron solventes. La gran diferencia vino por parte de las voces, a mi entender mucho más empastadas en lo sonoro y mejor sintonizadas en lo expresivo que las de Dorothea Röschmann y David Daniels. La soprano era Damiena Mizzi, finalista en Operalia 2007: buen instrumento –algo metálico por arriba– que, sin resultar en exceso ligero, se mueve bien en las agilidades, pero también sabe ofrecer un intenso dramatismo sin sacar los pies del plato. Junto a ella se encontraba Marina de Liso, bien conocida por los amantes de este repertorio. No es la suya una voz grande ni especialmente sólida en el grave, pero tampoco creo que esta parte la necesitara. Las dos hicieron un estupendo trabajo técnico y expresivo –sin miedo a las vibraciones, por cierto– que culminó en una fuga llena de vigor, de brillantez y de entusiasmo, también por parte de la dirección. A la postre yo quedé encantado. El público no lo parecía menos, porque aplaudió a rabiar y obtuvo un bis: el escalofriante Quando corpus. ¡Qué música!

Tardaré en hablarles del Peter Grimes: aún ando traumatizado.

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