lunes, 3 de julio de 2017

Janine Jansons y Antonio Pappano: Bartók sí, Brahms no tanto

Como esta noche actúa en Granada Janine Jansen haciendo Sibelius, traigo ahora –he escrito estas líneas hace días: ahora mismo debo de andar merodeando por la Alhambra– este disco del sello Decca en el que la violinista holandesa une sus fuerzas a las de Antonio Pappano para interpretar el Concierto para violín nº 1 de Béla Bartók y el Concierto para violín de Johannes Brahms, grabaciones de agosto de 2014 y de febrero de 2015 respectivamente, realizada la primera de ellas con la London Symphony y la segunda con la Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia de Roma.


La interpretación de la obra del húngaro es un triunfo, luciendo Jansen un violín de sonido y fraseo muy hermosos, pero también atento a ofrecer asperezas: lirismo de altos vuelos e intensidad dramática se conjugan a la perfeccin mediando una enorme sinceridad expresiva. Pappano se mueve como pez en el agua en este despliegue de ritmos y colores, sabiendo ser incisivo e inmediato pero también adecuadamente poético. Por desgracia los ingenieros de Decca realizaron la toma a un volumen excesivamente alto, por lo que ésta no ofrece toda la dinámica deseable al llegar a los grandes clímax del segundo movimiento. Gran interpretación, en cualquier caso, aun sin llegar al increíble nivel de Kyung-Wha Chung con Solti y la Sinfónica de Chicag.

Las cosas no funcionan igual de bien en Brahms. El maestro londinense ofrece toda esa dosis de vitalidad, de extroversión, de vehemencia bien controlada, de frescura digamos que juvenil, sincera y alejada de cualquier afectación, que caracterizan a su batuta. Lo hace, además, trabajando a su orquesta romana con pinceles finos y ofreciendo apreciables dosis de belleza sonora. Pero no termina de sintonizar con esta música. O quizá no soy yo el que conecta con su idea de la partitura: luminosa y algo ligera, epidérmica antes que reflexiva, carente de esa sonoridad atercopelada y ese color dorado un punto otoñal que necesita este repertorio. Tampoco es muy imaginativa a la hora de desplegar matices, e incluso resulta rutinaria en determinadas frases del primer movimiento en las que no aparece esa ternura agridulce, tan intensa como controlada, que es inconfundible en el compositor de Hamburgo.

Algo parecido le ocurre a Janine Jansen, dueña de un sonido increiblemente hermoso pero no el más adecuado –hace falta más carne– para Brahms, y de un temperamento lírico a veces un tanto liviano, de poesía antes contemplativa que doliente y no muy interesado por el enfrentamiento dramático con la orquesta. Justamente lo que le ocurrió cuando le escuché el concierto de Sibelius con Jansons en Murcia. Veremos qué hace esta noche.

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