domingo, 12 de febrero de 2017

La Orquesta de Extremadura en el Villamarta, con Albiach y Ferrández

Vaya por delante mi más absoluto apoyo a la continuidad de la Orquesta de Extremadura, así como mi desprecio hacia quienes no hace mucho se atrevieron a poner en peligro su existencia. Dicho esto, en el concierto que ayer sábado 11 ofreció en el Teatro Villamarta la formación extremeña exhibió un nivel técnico algo por debajo de lo que a mí me gustaría que tuviera, y aunque hay instrumentistas de gran calidad –las trompas, por ejemplo– y la cuerda mantiene un nivel muy digno, la sonoridad global presenta desequilibrios y el conjunto se resiente. No suena mal, pero debería hacerlo mejor. Sus músicos necesitan seguir madurando, lo que implica no solo trabajar con intensidad, sino también (¿se enteran, señores políticos?) un sueldo digno, estabilidad laboral y buenas razones para estar motivados.



Venía con su director titular. A Álvaro Albiach le escuché un par de veces en Granada hace ya años y no me dejó buena impresión. Anoche sí que lo hizo, empezando con una Obertura trágica de Brahms más que correcta: decidida, poderosa, dramática, sin toda la flexibilidad deseable en la agógica y la dinámica, también menos atmosférica de lo que a mí me gusta que esta obra suene, pero dicha con enorme convicción y sonada con la adecuada opulencia que necesita el autor.

El maestro valenciano logró transformar el músculo brahmsiano en la ligereza bien entendida –no hubo sonoridades en exceso aéreas ni relamidas, menos mal– que demanda Robert Schumann para interpretar su sublime Concierto para violonchelo, que dirigió con una apreciable combinación de sensatez, sensibilidad y depuración sonora; me gustó menos el tercer movimiento, que encontré en exceso nervioso y agitado. El solista era el jovencísimo violonchelista madrileño Pablo Ferrández (n. 1991), a quien hace años le escuché el nº 1 de Saint-Säens junto a la Nacional. En aquel momento escribí (ver reseña) que “este chico tendrá muchas cosas que decir en el futuro si logra evitar la tentación de recrearse en exceso en la belleza sonora”. Pues parece que no estaba del todo equivocado.

Me he tomado la molestia de comparar su grabación discográfica de la página schumanniana junto a Radoslaw Szulc y la Stuttgarter Philharmoniker (Onyx, 2013: la tienen en Spotify) con una larga serie de registros de esta obra, y debo decir dos cosas. Una, que Ferrández tiene poco que envidiar a nombres muy famosos en lo que se refiere a virtuosismo, hermosura en el sonido y, muy especialmente, cantabilidad: su manejo del arco para obtener frases de amplísimo vuelo melódico es impresionante. La otra, que pese al exquisito gusto de que hace gala, su enfoque a mí no me termina de convencer. Su acercamiento a esta partitura resulta en exceso apolíneo, su fraseo no del todo contrastado, su valentía e imaginación algo limitadas. Nuestro artista ofrece mucha belleza, pero con él la música no emociona con la intensidad que las notas están pidiendo, si bien es cierto que su recreación en el Villamarta me pareció más creativa y más madura que la del disco.

Las propinas dejaron muy claras virtudes y limitaciones del artista: El cant dels ocells me pareció un verdadero prodigio de lirismo y emotividad (¡qué manera de graduar las dinámicas!, ¡qué fraseo más natural!, ¡qué lógica y qué peso expresivo el de los silencios!), pero a la Sarabanda bachiana la encontré un tanto falta de carácter (abajo tienen el YouTube). El entusiasmo desbordado del respetable estaba, en cualquier caso, más que justificado: con todos los reparos expresivos que se quiera, Ferrández es ya un cellista de enorme categoría.


Zemlinsky en la segunda parte. Probablemente haya sido la primera vez que escucha la música del compositor vienés en Jerez. Su Sinfonía en si bemol mayor de 1897 –habitualmente conocida como Sinfonía nº 2, aunque hay problemas con la numeración– mantiene todavía importantes deudas con el romanticismo y no es la obra más inspirada ni personal del autor. Hace falta una interpretación de categoría para que no resulte farragosa y luzcan sus cualidades, que las tiene tanto en lo melódico y en lo tímbrico como en lo expresivo. Aquí también he realizado las pertinentes comparaciones discográficas (Beaumont, Conlon, Chailly: este último sin duda el mejor) y debo reconocer que Álvaro Albiach ha superado la prueba ofreciendo una lectura muy buen pulso, dicha sin retórica y con convicción, atenta a los aspectos más aristados de la escritura –bastante lograda la dramática sección central del tercer movimiento–, por momentos entusiasta –lleno de grandeza el final, con una coda muy aquilatada– y, en líneas generales, dicha con mucha corrección en el aspecto puramente sonoro. Los tutti resultaron algo saturados, pero mi impresión es que el problema estaba en el tamaño de la masa orquestal con respecto a la concha acústica del Villamarta, así como en las condiciones auditivas desde el patio de butaca: ante la frustrante retirada del público jerezano (¡qué tiempos aquellos en los que el teatro se llenaba con la presencia en el podio de gente como Mehunin, Rozhdestvensky, Harding o Temirkanov!), la parte alta del teatro ya solo se abre a la venta en muy contadas ocasiones, y no era ésta una de ellas.

A la postre, una muy satisfactoria velada musical. A quienes estamos a dieta involuntaria de buenos conciertos sinfónicos en directo, nos supo a gloria.

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