martes, 4 de octubre de 2016

Heras-Casado vuelve a Mendelssohn

Había escuchado dos interpretaciones de la Sinfonía escocesa a Pablo Heras-Casado, una toma radiofónica de 2010 con la Sinfónica de la Radio de Berlín, comentada por aquí, y la filmación de la Digital Concert Hall del años siguiente, con nada menos que la Berliner Philharmoniker a su servicio, que también reseñé en este blog en su momento. En los dos casos se trata de lecturas de notable alto que daban buena cuenta del enorme talento del maestro granadino, quien tras un primer movimiento sin toda la magia posible y un segundo fogoso pero algo bruto, conseguía unas magníficas recreaciones del Adagio y un movimiento conclusivo de gran nivel.


Esta nueva interpretación, registrada por Harmonia Mundi en el Auditorio Víctor Villegas de Murcia en marzo de 2015, sigue el mismo concepto de las anteriores, de nuevo flojeando en la primera mitad de la obra para convencer bastante más en la segunda, pero globalmente no me ha convencido de la misma manera. Hay una diferencia importantísima: mientras entonces dirigía a dos orquestas de la más pura tradición centroeuropea, aquí colabora con la Orquesta Barroca de Friburgo, que no solo es una de las formaciones originales de sonido más seco que existen –lo que no tiene nada que ver con su extraordinaria calidad–, sino que se encuentra dirigida con un absoluto rigor historicista, adoptando una articulación que irritará a los aficionados más tradicionales y que no estoy seguro hasta qué punto beneficia al universo de Menselssohn. Hay que advertir que los resultados no tienen nada que ver con la levedad, el carácter excesivamente volatil o los amaneramientos de ciertos directores tanto historicistas como tradicionales-renovados, como pueden ser Roger Norrington o Thomas Fey, sino más bien con la rusticidad y el sentido dramático de un Brüggen o un Gardiner, pero aún así distan de ofrecer la emotividad que con esta música lograba aquel genio antirromántico, cerebral pero increíblemente profundo, llamado Otto Klemperer.

En la Sinfonía italiana las cosas funcionan de manera todavía menos convincente. Por descontado que el trazo es enérgico y decidido, que la claridad resulta muy apreciable y que el maestro tiene muy claro –en este disco, no en su mediocre Schumann del que he preferido no hablar– que hacer uso de instrumentos originales no implica caer en ligerezas sonoras ni en excesivas velocidades en los tempi, como tampoco renunciar al pathos, a los claroscuros expresivos y a la carga dramática que este repertorio –incluyendo esta luminosa sinfonía– sin duda exige, pero el resultado es un punto frío, mecánico incluso –segundo movimiento–, alicorto en sensualidad y en vuelo lírico. ¿Responsabilidad de la articulación adoptada, que aun siendo un medio más que un fin influye de un modo u otro en los resultados, o más bien de la irregular inspiración de la batuta? Habida cuenta de los flojos resultados de su Segunda de Mendelssohn, que no solo no era historicista sino que resultaba más bien masiva, podría tratarse de los segundo.

En fin, soy de los que pensaba que Pablo Heras-Casado era una de las cosas más grandes que le había ocurrido a la interpretación musical en España en los últimos años. Sigo creyendo que alberga un enorme talento, pero a la vista de algunos de sus últimos discos, tengo la sensación de que le hemos perdido. Veremos qué tal se le da su Shostakovich con Alisa Weilerstein.

1 comentario:

Bruno dijo...

Ha desaparecido la entrada sobre Dorati y Bartok.