lunes, 20 de junio de 2016

Dos Segundos de Brahms: Barenboim/Dudamel y Grimaud/Nelsons

Esta tarde he escuchado dos interpretaciones del Concierto para piano nº 2 de Johannes Brahms. Empecé por la que registraron en vivo Daniel Barenboim, la Staatskapelle de Berlín y Gustavo Dudamel en la Philharmonie berlinesa, para el sello Deutsche Grammophon y en colaboración con Unitel –existe vídeo, aún no comercializado– entre el 1 y el 3 de septiembre de 2014, al mismo tiempo que hacían lo propio con el Concierto nº 1. La disfruté en su momento cuando salió en compacto –en España antes que en ningún sitio, por cierto–, y ahora he vuelto a ella en la descarga digital en HD a 96/24. Seguidamente puse la que grabaron Hélène Grimaud, la Filarmónica de Viena y Andris Nelsons en noviembre de 2012, también para el sello amarillo pero en este caso sin público, aunque en un lugar tan emblemático como la Musikverein de la capital austriaca. Esta también la he reproducido en HD: si la de primera suena francamente bien, esta otra lo hace de escándalo. Pero vamos a lo que más interesa, que es el asunto de la interpretación.


No en su mejor momento de dedos pero sí en la cima de su inspiración, un Barenboim de sonido hermosísimo y por completo adecuado para la obra, dueño además de un fraseo tan natural como rico en inflexiones –no hay espacio alguno para la rigidez, el mecanicismo o la brillantez gratuita–, nos descubre el significado expresivo de cada una de las frases atendiendo a partes iguales a las dos vertientes de la obra, la lírica y la dramática, profundizando en ellas en el más alto grado y alcanzando la más perfecta fusión entre ambas.

Algo parecido consigue Dudamel, quien decide extremar la vehemencia y la garra dramática de la obra al igual que su efusividad lírica, aportando además un carácter furioso y alucinado –pero siempre bajo control– al segundo movimiento y una dulzura tierna muy brahmsiana no solo al tercero –absolutamente excelso: del mejor Brahms jamás escuchado en discos– sino también, con la complicidad del solista, a algunos pasajes del cuarto. La sonoridad es además la idónea para el autor, lo que tiene no poco que ver con la excelencia y tradición de una orquesta en estado de gracia. Memorable asimismo el violonchelista, dulce en el mejor de los sentidos y emotivo a más no poder.


Es tan grande lo que hacen Barenboim y Dudamel que la interpretación de Grimaud con Nelsons, siendo sin la menor duda extraordinaria, sale perdiendo al escucharla inmediatamente después. En cualquier caso, se trata de dos lecturas de planteamiento distinto: la citada en segundo lugar es mucho más apolínea, también más ortodoxa y menos arriesgada, y sin duda más bella. Con todo esto tiene mucho que ver la sonoridad de la Filarmónica de Viena, carente de la calidez y del músculo aquí tan convenientes de la formación berlinesa, pero superior a aquella en tersura, transparencia y precisión, por no hablar de la excelsa musicalidad de sus solistas: el violonchelo es aquí también excepcional.

Claro que quienes marcan el concepto son la batuta y el piano, eso por descontado. Nelsons vuelve a demostrar que es uno de los más grandes brahmsianos desde el fallecimiento de Giulini: equilibrio entre músculo y refinamiento, empaste cálido, fraseo flexible y de elevadísima cantabilidad, nobleza en la expresión, lirismo tierno al tiempo que con empuje y garra... Incluso hay detalles creativos –el arranque mismo de la obra– de una enorme calidad, pero el enfoque guarda las formas y no acentúa los contrastes con el ardor dionisíaco de Dudamel, ni tampoco con la magia sonora del muy irregular –pero aquí genial– maestro venezolano.

Por su parte, Hélène Grimaud toca con una limpieza extrema que no encontramos en Barenboim, haciendo además gala de una musicalidad exquisita que sabe no quedarse en lo meramente lírico: antes al contrario, la pianista francesa se muestra no poco dramática y escarpada. Ahora bien, ni su sonido es tan claramente brahmsiano como la del maestro porteño –sí igual de potente, pero menos denso–, ni su expresividad tan emotiva, ni su sintonía espiritual con el universo de este autor tan grande.

En resumidas cuentas: nueve y medio para Grimaud/Nelsons, diez para Barenboim/Dudamel. Esta última es además la interpretación que más me gusta de cuantas conozco, que son las que ustedes pueden ver en esta discografía. Ah, en la descarga –no así en el CD– de Grimaud hay propina: Vals en la bemol mayor op. 39 nº 15.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pregunta breve. ¿Se extenderían los comentarios elogiosos al trabajo de Dudamel y Barenboim con el Primer Concierto?
(Supongo que sí, claro)
Tenemos una grabación relativamente buena de un Primero de Brahms con Barenboim... y Celibidache, nada menos. Me refiero al CD, porque en DVD creo que están los dos.
Pero además tenemos a Barenboim con Barbirolli.
Solo por citar precedentes.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Sí, para mi gusto el nº 1 por los dos artistas está a similar altura del nº 2. Ciertamente las interpretaciones de Barenboim con Barbirolli y Celibidache son sensacionales, como también la que tiene con Rattle. Y no quiero olvidar el prodigio de Gilels/Jochum.