lunes, 20 de julio de 2015

Nelsons hace Gruber y Mahler con la Filarmónica de Berlín

Largo programa el ofrecido por Andris Nelsons y la Filarmónica de Berlín el viernes 24 de abril pasado y disponible en la Digital Concert Hall de la formación alemana, pues a la Quinta de Mahler de la segunda parte le precedía un concierto para trompeta de casi media hora de duración. Se trata de Aerial, del compositor austríaco HK Gruber (Viena, 1943), página estrenada por Neeme Järvi en los Proms de 1999 contando como solista con quien ahora conoce su bochornosamente tardío debut con la Berliner Philharmoniker, el gran Hakan Hardenberger.

Nelsons Filarmonica Berlin 2015

Soy incapaz de clasificar la página. Solo diré que me ha parecido interesantísima, tanto por el tratamiento del color y de las texturas de la orquesta en el primer movimiento como por el sentido del ritmo en el segundo y último de que consta, en este caso con aires jazzísticos bien evidentes pero sin que el resultado suene a pastiche. Claro que lo mejor es lo que el compositor hace con la trompeta, que en realidad son –lo explican las notas el programa– tres: trompeta clásica, trompeta piccolo y un instrumento “rústico” llamado en inglés cowhorn, término cuya traducción al castellano desconozco. Nunca había oído semejantes sonidos en una trompeta, ni creo que ustedes lo hayan hecho. Incluso el propio Hardenberger, cuyo inmenso virtuosismo está por completo aprovechado por parte del compositor, se asombra en la entrevista que acompaña el vídeo de la manera en la que Gruber consigue cosas insólitas como dotar de polifonía y de múltiples ubicaciones al instrumento (aunque parezca imposible, logra “dialogar” consigo misma como si hubiese otra ubicada en un lugar diferente de la sala). Nelsons dirige con formidable técnica a la portentosa orquesta –Sarah Willis, la entrevistadora, hace referencia a las numerosas “imágenes visuales” con que el maestro letón tuvo que orientar a los músicos–, así que los resultados son espectaculares.

Obviamente el plato fuerte era Mahler. Me ha sorprendido lo de Nelsons: una interpretación que recuerda tanto a Kubelik como a Claudio Abbado por renunciar a la expresividad exacerbada que tanto nos gusta en este repertorio (lo confieso, mi versión favorita sigue siendo la de Bernstein de 1987, y esta que comento ahora no ha terminado de interesarme) para optar por una especie de clasicismo en el que la elegancia apolínea, cierto distanciamiento emocional y también algún devaneo con las sonoridades ingrávidas y un punto relamidas, se imponen frente a la invitación al desmelene que ofrecen los pentagramas.

En este sentido, el primer movimiento impresiona por su fantástico envoltorio sonoro, pero engancha poco: lo encuentro excesivamente sobrio y más aéreo de la cuenta en el tratamiento de la cuerda, en la que los portamenti son abundantes. Mucho mejor el segundo, lejos de la visceralidad expresionista pero cargadísimo de fuerza aun sin dejar de estar muy bien controlado y, precisamente por ello, inmejorablemente clarificado en las texturas. El tercero se deja asimismo de locuras dionisíacas y resulta ante todo amable, luminoso y distendido en el mejor de los sentidos posibles, aunque personalmente yo prefiera otros enfoques. Liviano y contemplativo el Adagietto, que se queda un tanto en la superficie. El Finale, luminoso y optimista a más no poder pero sin apenas espacio para el arrebato –salvo en la coda–, permite el lucimiento de una orquesta en su mejor momento.

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