miércoles, 22 de abril de 2015

Grimaud y Gergiev, juntos en Beethoven

Tiene su morbo emparejar a dos artistas tan distintos entre sí como Hélène Grimaud y Valery Gergiev para hacer Beethoven, concretamente el magistral Concierto para piano nº 4. Lo hizo hace poco la Filarmónica de Berlín, con resultados que se pueden disfrutar en la filmación del concierto del 28 de febrero de este mismo año disponible a través de la Digital Concert Hall, en un programa que incluía en la segunda parte esa partitura deslavazada pero interesante que es la Sexta Sinfonía de Prokofiev.

Grimaud Beethoven Berlin 2015

Hay que discutir que el sonido de la Grimaud, de enorme belleza, sea el denso, poderoso y al mismo tiempo cálido que necesita Beethoven. Más aún que su fraseo responda a la mezcla de tensión interna, nobleza, cantabilidad y humanismo que habitualmente asociamos con el compositor. Hay que olvidarse, desde luego, de las interpretaciones geniales –y muy distintas entre sí– que Barenboim nos ha legado de este concierto. Y también hay que aceptar las muchísimas libertades que se toma la pianista francesa en cuestiones de fraseo y acentuación.

Hecho todo esto, se estará en disposición de disfrutar de este acercamiento atrevido, lleno de creatividad, en el que pasajes asombrosamente concentrados se alternan con otros de excesivo nervio o incluso –en la cadencia del primer movimiento– cercanos a lo pimpante; se cantan algunas frases con una poesía de tan grande belleza que por momentos se roza lo amanerado; se ofrecen retenciones de tiempo absolutamente mágicas hasta acercarse al mundo chopiniano; y en el que, finalmente se extraen mil colores de un instrumento que sabe sonar con cuerpo pero también recogerse en minuciosas filigranas… Todo ello, por descontado, con un fraseo de pleno virtuosismo, tan limpio como ágil y de absoluta flexibilidad agógica, el que es propio de una enorme artista del piano. Gergiev, en contra de lo que se podía esperar, no mete la pata: se limita a poner el piloto automático y –olvidémonos de matices– deja a la orquesta más beethoveniana del mundo tocar sola.

La Sexta de Prokofiev recibe una  interpretación es correcta, por momentos más que eso, pero no acaba de levantar el vuelo. Sus principales valores son la Filarmónica de Berlín, cuya sonoridad densa y oscura la hacen ideal para esta obra, y el buen conocimiento del idioma del autor por parte de un Gergiev aquí menos tosco y más voluntarioso que de costumbre, pero incapaz de inyectar verdadera vida a la partitura.

El maestro moscovita no solo falla en algo comprensible en esta obra: la capacidad para dotar de continuidad en las tensiones de los dos deslavazados primeros movimientos. Es que además su sentido del color es muy limitado, la atmósfera opresiva no se genera, los clímax dramáticos no son todo lo escarpados que debieran, la ironía resulta en exceso suave, los claroscuros están difuminados, las frases líricas no son muy emotivas y, en general, se echan de menos fuerza y convicción. Lo mejor resuelto es un tercer movimiento en exceso amable, pero al menos dicho con ganas. Globalmente aburre.

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