viernes, 2 de enero de 2015

Argerich vuelve (con Chailly) a la Filarmónica de Berlín

El programa de la Filarmónica de Berlín del sábado 29 de noviembre de 2014 se presenta en la Digital Concert Hall como “El retorno de Marta Argerich”. Genio y figura: desde los primeros compases del Concierto para piano de Robert Schumann, la de Buenos Aires deja bien clara su inconfundible personalidad con ese toque percutivo, esa vehemencia, y esa agilidad y ese nerviosismo “felinos” que la hacen tan reconocible. Mala cosa –porque lo último suele traducirse como falta de concentración– para una página como la presente, como se vio en sus flojas grabaciones con Rostropovich y Harnoncourt (DG 1978 y Teldec 1992, respectivamente).

Argerich Fil Berlin

Pero claro, la Argerich de ahora no es la misma de antes, y los resultados de este reencuentro berlinés se parecen más a los que obtuvo en la filmación con Riccardo Chailly de 2006 (DVD y Blu-ray en Euroarts): su sonido es igual de variado pero no tan agresivo como el de antaño, y su fraseo, menos nervioso, vuelve a ser flexible y está lleno de ideas personales. El resultado sigue adoleciendo de falta de unidad, pero con frecuencia se destapa el tarro de la magia poética. Ayuda a los resultados un Chailly a ratos machacón, a ratos más aéreo de la cuenta, pero capaz de hacer cantar de manera muy bella a la Berliner Philharmoniker, a cuyas maderas habría que ponerles una medalla a la musicalidad. Como propina, “De tierras y gentes extrañas”, de las Escenas de niños” schumannianas.

La sesión había comenzado con Mendelssohn y su obertura de Ruy Blas. Teniendo en cuenta esa pretendida búsqueda de la “verdad histórica” que ha emprendido Chailly no hace mucho en el repertorio clásico-romántico, podía esperarse aquí poco menos que un desmadre, pero lo cierto es que, quizá magnetizado por la robustez de la cuerda berlinesa, el maestro sabe ofrecer garra sin precipitarse y solo en alguna frase ocasional cae en la levedad que tanto le atrae. El fraseo podría ser más flexible, ciertamente, y la cantabilidad más emotiva, también más propiamente mendelssohniana, pero en conjunto la interpretación alcanza apreciable altura.

En la segunda parte, Tercera sinfonía de Rachmaninov. Los resultados no son exactamente los que podían esperarse. Quizá sea encontrarse a su servicio una orquesta tan llena de posibilidades como la Berliner Philharmoniker sea lo que explique que un director en los últimos años empeñado en la búsqueda de la ligereza en todos los sentidos ofrezca una lectura densa y atmosférica, no exenta de fuerza dramática en los clímax –opulentos sin pesadez– pero volcada ante todo en el lado melódico y nostálgico de la partitura. Por desgracia, la falta de sintonía de Chailly con este repertorio que ha trabajado poco se nota, y frente a su derroche de virtuosismo en el tratamiento de colores y texturas, al mismo tiempo claras y sólidamente empastadas, se aprecia –sobre todo en el primer movimiento, no tanto en el resto– un fraseo poco natural, a veces un tanto amanerado, que rompe la unidad de un discurso en el que encontramos mil detalles hermosos, pero que carece de una visión global de su complicada arquitectura.

Los abonados y quienes estén dispuestos a rascarse el bolsillo, pueden ver el concierto en el siguiente enlace.

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