viernes, 19 de diciembre de 2014

Muerte en Venecia, de Britten, en el Real

Acabo de salir de la penúltima función de Muerte en Venecia en el Real, que por cierto se ha retransmitido a través de la web de pago del propio teatro madrileño y no sé si también por algún canal televisivo. Ya hablé en una entrada anterior de lo que opinaba de la partitura de Benjamin Britten y de la producción escénica de Willy Decker. Toca ahora decir algo sobre la vertiente musical. 

En el foso, gran trabajo técnico de Alejo Pérez que a mí no me ha terminado de convencer. Me explico: ha trabajado muy bien con la Sinfónica de Madrid, ha tejido con exquisitez las fascinantes texturas diseñadas por Britten y ha logrado una gran belleza sonora, pero el problema ha sido precisamente ese, que una partitura tan obsesiva y axfisiante, más aún en una producción escénica como la presente, necesita un enfoque mucho más tenso, más incisivo y más negro. Al menos, más variado en lo expresivo. Así las cosas, el primer acto de la obra, que es musical y teatralmente el menos interesante, terminó aburriéndome un tanto. En el segundo, más inspirado por parte del compositor (¡qué final más excelso!), el maestro de Buenos Aires se ha mostrado más comprometido en lo expresivo, así que globalmente ha ofrecido unos resultados bastante más dignos que los de su mediocre Don Giovanni que le sufrimos en abril de 2013.



Como Gustav von Aschenbach hemos tenido a John Daszk, que con bigote y peluquín recordaba, supongo que voluntariamente, al Dirk Bogarde de la película de Visconti. Su voz es muy bella y su linea no acentúa esos amaneramientos típicamente británicos que a más de uno pone de los nervios. Resistir, ha resistido el largo y muy exigente papel sin venirse abajo. Ahora bien, a mí el cuerpo me pedía una recreación (musical, porque escénicamente parecía irreprochable) más rica en matices y, sobre todo, más visceral. La culpa la tiene quizá el gran Robert Tear, al que estuve escuchando y viendo ayer en el DVD filmado en Glyndebourne. Las comparaciones son odiosas, pero inevitables.

Menos interesante en lo canoro pero quizá más comprometido que su colega ha estado Leigh Melrose en sus roles múltiples, tampoco precisamente fáciles a la hora de pasar de lo siniestro a lo histriónico y viceversa. Bien el contratenor de Anthony Roth Costanzo como Apolo y espléndido el empleado de Duncan Rock. A muy alto nivel los comprimarios, de entre los que destacaría a Ruth Iniesta como las vendedoras de fresas y periódicos. Andrés Maspero realizó una labor técnicamente muy satisfactoria con el Coro Intermezzo.

La producción escénica de Willy Decker pierde mucho en directo en lo que a la dirección de actores se refiere, pero gana de manera considerable a la hora de disfrutar de la escenografía de Wolfgang Gussmann y de la luminotecnia de Hans Toelstede. En cualquier caso, una maravilla en la que he podido apreciar muchos otros hallazgos que se me habían pasado por alto en la retransmisión televisiva desde Barcelona.Volveré a disfrutarla cuando la de Madrid salga en DVD.

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