lunes, 1 de septiembre de 2014

Abbado y la Novena de Bruckner: una hermosa despedida

Existen dos grabaciones oficiales de la Novena de Bruckner a cargo de Claudio Abbado, ambas en vivo y editadas en disco compacto por Deutsche Grammophon. La primera se realizó en 1996 con el maestro frente a la Filarmónica de Viena. La segunda corresponde al Festival de Lucerna, lógicamente con la orquesta del mismo a su servicio, y recoge conciertos ofrecidos entre los días 21 y 26 de agosto de 2013: este último pondría punto y final a su trayectoria artística. ¿Hay obra más idónea para despedirse de este mundo que el Adagio de esta inacabada y genial partitura? Otra cosa es la manera que tiene el milanés de traducir los pentagramas, claro, pue la creciente obsesión por la belleza sonora que marcó su labor desde mediados de los ochenta no parece muy recomendable para enfrentarse a una música escrita tan a tumba abierta. Comparemos las interpretaciones.


La de 1996 deja bien clara la enorme categoría de Abbado como virtuoso de la batuta, pero cuestiona su capacidad para recrear a Bruckner. Esto ya queda en evidencia en la propia sonoridad de la orquesta, ocho años atrás idónea en la absolutamente referencial grabación de Giulini para DG, y ahora carente de la densidad, la calidez y las cualidades digamos “organísticas” que asociamos a este repertorio. Tampoco parece el maestro sintonizar con el contenido expresivo. En este sentido, el primer movimiento está trazado con fluidez, fraseado con refinamiento y sonado con enorme belleza (¡excepcional Wiener Philharmoniker!), asombrando igualmente el dominio de reguladores y planos sonoros, pero carece del carácter agónico y altamente emotivo que piden a gritos las notas. Todavía más decepcionante el Scherzo, que Abbado plantea erróneamente desde un punto de vista épico en lugar de dramático: muy brillante, pero se pierde su esencia terrorífica. Lo mejor es el Adagio, admirablemente cantado y dicho con mayor sinceridad que los movimientos precedentes; aun así, los clímax son más decibélicos que visionarios y el final, muy bello, no nos llega a acongojar.


Sabiéndose gravemente enfermo, ¿consigue Abbado “creerse” la obra en los que iban a ser los últimos conciertos de su vida? Pues sí, lo consigue. La sonoridad sigue siendo más ligera de la cuenta, e incluso hay más de una frase que bordea lo relamido, pero el primer movimiento está dicho con más calor y más sinceridad, además de con superior delectación: 26’47’’ frente a los 25’05’’ de antes. En el Scherzo se pasa de los 10’06 de Viena a 11’03’’ en Lucerna, perdiendo el excesivo nerviosismo de antaño y sustituyendo el enfoque épico por uno abiertamente aterrador, con resultados mucho más convincentes. También mejora el Adagio: en el gran clímax ahora Abbado sí que siente la desesperación ante la muerte, para después ofrecer una coda (¿la mejor música jamás compuesta?) donde por fin logra trascender la enorme belleza sonora desplegada. Puede no convencer su visión del más allá, a la postre serena y confiada, sin el poso de amargura que otros directores han sabido encontrar, pero no deja de ser confortador que el maestro nos haya dejado de esta manera.

1 comentario:

Bruno dijo...

Me imagino que es lo retransmitido por Mezzo.
Pues qué voy a decir. Las portadas de los discos lo dicen todo. Hay mucho maquetista ilustrado. Bruckner era un marciano para Abbado. (Excepto la primera que grabó cuando aún no se había amanerado) Por lo que conozco. (4 y 5 con Lucerna y 7 con la FV)