lunes, 2 de junio de 2014

Cuentos de Hoffmann en el Real: mamarracho sin paliativos

He dejado aquí muy claro que no soy uno de esos que se autoconsideran “auténticos aficionados a la ópera”, es decir, de los que buscan voces ante todo y echan pestes de cualquier puesta en escena que les invite a poner en funcionamiento las neuronas. También he manifestado mi profundo pesar por el fallecimiento de Gerard Mortier y, con todos los muchos reparos que yo mismo no he dudado en ponerle, mi apoyo a su línea programadora frente a las mucho más conservadoras que proponen sus enemigos. Por eso mismo comprenderá el lector que me duele tener que reconocer que el último testimonio más o menos directo de la presencia del gestor belga en el Teatro Real, la producción de Los cuentos de Hoffmann que él mismo –con no poco de egolatría– anunciaba que iba a ser “una de sus grandes producciones”, me ha parecido un verdadero mamarracho. Sin paliativos.

Cuentos Hoffman Marthaler Real

A estas alturas usted ya sabrá que la propuesta de Christoph Marthaler parte de trasladar la acción al madrileño Círculo de Bellas Artes en el primer tercio del siglo XX, que el carácter romántico del original se ha sustituido por una visión más o menos surrealista y que por allí se pasean Picasso, Buñuel y compañía. Pues vale. A mí me ha parecido una monumental estupidez consistente, como tantas otras puestas en escena “modernas”, en acumular ocurrencias sin sentido diseñadas exclusivamente para llamar la atención, de tal modo que estas no solo no establecen un diálogo con la música y el libreto, sino que aniquilan sin piedad la fuerza de estos elementos para imponerse por encima de ellos.

Alguien me dirá que esto mismo se puede hacer bien. Pues sí: en este blog ya he hablado del Parsifal de Herheim en Bayreuth, reconociendo que este resultaba al mismo tiempo irritante y fascinante por atentar directamente contra la obra pero haciéndolo con coherencia interna, con una idea global detrás y con mucho talento. Pero en este Offenbach que Madrid ha coproducido con la Ópera de Stuttgart no hay nada de eso, y sí mucho de pedantería, de prepotencia y de ridiculez. Incluso el señor Marthaler llega a cometer un error de verdadero principiante en artes escénicas: creer que acumular personajes, situaciones, objetos, ideas y carreritas para acá y para allá sirve para dinamizar la escena, cuando el resultado es justamente el contrario, es decir, el más profundo aburrimiento. La idea de que Stella recite –en castellano– unos versos de Pessoa casi al final de la función, de traca.

Me resulta muy difícil establecer un juicio sobre la parte musical, tal era la fuerza con que la propuesta escénica machacaba todo lo demás. Mi sensación, en cualquier caso, es que si solo hubiera escuchado tampoco me habría gustado.

Cuentos Hoffman Marthaler

La función a la que asistí, la del sábado 31 de mayo, la dirigía no Sylvain Cambreling sino su asistente Till Drömann. Mérito de los dos es que la Sinfónica de Madrid sonara de manera admirable: de las mejores noches que le recuerdo. Y culpa de los dos, también, debe de ser que todo sonara plano, aburrido, ayuno de contrastes, sin poesía, sin vida e incluso sin estilo.

Por cierto, morro enorme el del programa de mano a la hora de defender que en esta edición de la partitura realizada por el maestro francés a partir de la de Fritz Oeser “se le ha dado más peso dramático al acto veneciano de la cortesana Giulietta para establecer un equilibrio con el acto de Olympia y el de Antonia, y para subrayar el papel central de La Musa o Nickausse”. Eso es así con respecto a la edición Choudens de toda la vida, pero en realidad, en la edición de Michael Kaye se ofrece para el mismo más y más auténtica música –sin añadidos apócrifos– de dicho acto. Lo que pasa es que Cambreling no llegó a tiempo para grabarla y quienes lo hicieron fueron finalmente Jeffrey Tate y Kent Nagano (firmando ambos soberbios trabajos, dicho sea de paso).

Saqué entrada para el segundo reparto, porque quise evitar escuchar a mi admirada Anne Sofie von Otter, soberbia Musa/Nickausse en la referida versión de Tate, en su estado vocal actual. Desdichadamente, la decepción ha sido grande con Hanna Esther Minutillo: solo se salvó en la hermosa aria del acto muniqués, porque en el resto ni se la oía. Tampoco al tenor, un tal Jean-Nöel Bried de voz tímbricamente agradable y cierto estilo, pero con mucho todavía que madurar en lo técnico.

Sí que se oyó perfectamente a Measha Brueggerhosman: no comprendo cómo algunos pueden descalificar de plano su hermosa, bien timbrada y en absoluto pequeña voz. Ahora bien, en directo la cosa cambia con respecto al disco Surprise que tanto elogié aquí, y hay que reconocer que las desigualdades por arriba son evidentes. Como recreadora de personajes, la vi mucho más convincente como Giulietta que como la inocente Antonia. Fabulosa Ana Durlovski como Olympia, de sobreagudos afilados como cuchillos: vocalmente fue lo mejor de la noche, con diferencia. ¡Brava!

Vito Priante encarnó con solvencia a los cuatro malvados, pero su canto es un punto vulgar y tampoco convence mucho a la hora de destilar maldad, comicidad, distinción o ironía, según el caso.
Flojo Christoph Homberger haciendo de los cuatro criados. Muy mal Graham Valentine como Spalanzani. Presencia de lujo la del veterano Jean-Philippe Lafont como Luther y Crespel: su voz está hecha polvo, pero al menos es muy sonora y sus tablas se hacen presentes. Fue entrañable verle otra vez sobre el escenario. El resto, bien. El coro me pareció menos convincente de lo que suele: que no baje la guardia Andrés Máspero.

Ah, en mi función no hubo deserciones ni abucheos, aunque sí algunos individuos bastante impresentables entre el público. Por ejemplo, la señora que estaba cerca de mí a la que, aunque el acomodador le rogó que apagara el móvil justo cuando se iban a apagar las luces, le sonó el aparatejo varios minutos después de que la función hubiera comenzado. O los dos señores mayores –a estos los tenía delante– que se dedicaron a bichear sobre las pantallas iluminadas de sus respectivos teléfonos en varias ocasiones a lo largo de una velada que, para mí, resultó interminable.

2 comentarios:

Jan van Kopp dijo...

Mucho desacuerdo. En acuerdo que canto bello de Jean Philippe Lafont es gozo. Pero no olvidar debemos el Spalanzani del magnifico Graham Valentine, el mejor en todo mi vida. Es una lastima que la señora Brueggergosman no canto los tres rollos femeninas. Espectacular haber sido su Olympia. Su registro agudo es poner los pelos de pie. Yo vi primer cast internacional con Cutler y Von Otter. Cutler muy taladrando es. Todo muy correcto y todo muy a la letra pero mancaba algo especial para ser differente. Yo viaja desde Eindhoven para toda Europa para ver cosas especiales. Si quiero oir canta como libro pongo un CD en su casa. Affortunadamente el demas cantantes sabieron que hay que buscar la novedad y no taladrar.

Lo mejor de la vigia fue absolutamente la mejor puesta en escena de Marthaler. La inteligencia de este director no es para publicos maleducados sin nociones del Arte ni de la Historia. Me rio mucho oyendo como gritaba por Stella a la burguesia fascista de Madrid.

Fue la mejor opera de Mortier. Me contento de haber hecho el trayecto.

Jan van Kopp dijo...

Mucho desacuerdo. En acuerdo que canto bello de Jean Philippe Lafont es gozo. Pero no olvidar debemos el Spalanzani del magnifico Graham Valentine, el mejor en todo mi vida. Es una lastima que la señora Brueggergosman no canto los tres rollos femeninas. Espectacular haber sido su Olympia. Su registro agudo es poner los pelos de pie. Yo vi primer cast internacional con Cutler y Von Otter. Cutler muy taladrando es. Todo muy correcto y todo muy a la letra pero mancaba algo especial para ser differente. Yo viaja desde Eindhoven para toda Europa para ver cosas especiales. Si quiero oir canta como libro pongo un CD en su casa. Affortunadamente el demas cantantes sabieron que hay que buscar la novedad y no taladrar.

Lo mejor de la vigia fue absolutamente la mejor puesta en escena de Marthaler. La inteligencia de este director no es para publicos maleducados sin nociones del Arte ni de la Historia. Me rio mucho oyendo como gritaba por Stella a la burguesia fascista de Madrid.

Fue la mejor opera de Mortier. Me contento de haber hecho el trayecto.