jueves, 18 de julio de 2013

Entrenamiento necesario

Me prometí a mí mismo escribir en este blog sobre todos los espectáculos de música más o menos clásica que viese en directo. Y hacerlo con sinceridad, claro. Me toca ahora hacerlo de uno de esos que pueden traerme consecuencias muy molestas; ya saben, mensajes a todas horas a base de insultos por no escribir lo que los señores artistas creen que tienen derecho a que se escriba.

El concierto en cuestión fue el que ofreció ayer en el claustro de Santo Domingo de mi ciudad natal (“los claustros, decimos aquí”) la Orquesta Sinfónica Hispano-Rusa Jerez-Toliatti, descrita en el programa de mano como “una iniciativa conjunta de la Orquesta Joven de Jerez Álvarez Beigbeder, la Orquesta de Jóvenes del Volga, el Instituto de la Juventud de la Junta de Andalucía y el Aula Universitaria Hispano-Rusa de la Universidad de Cádiz”, dentro de una gira que incluye también las localidades de Sanlúcar de Barrameda, El Puerto de Santa María, Sevilla y Valverde del Camino.

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Nadie cobraba. Ni siquiera las tres batutas: Anatoly Levin, Juan García Rodríguez y José Ramón Hernández, sanluqueño y jerezano respectivamente estos dos últimos y profesores de conservatorio. El precio de las entradas se destinaba a obras de caridad. En los pesadísimos discursos preliminares (veinte minutos con cinco o seis intervenciones diferentes) se especificaron estos datos, como también los 18.000 euros puestos por la Junta de Andalucía para la residencia de los chicos en el Albergue de la Juventud. El repertorio fue largo y muy variopinto: desde Coriolano y Las Hébridas hasta La boda de Luis Alonso y el Perpetuum Mobile, pasando por cositas de Fauré, Glinka, Tchaikovsky, Saint-Saëns y Turina. Hubo abundante desfile de solistas, la mayoría de ellos rusos.

¿Resultados? Los pueden ustedes imaginar perfectamente: un grupo de chavales de conservatorio poniendo toda la carne en el asador para hacer música lo mejor que pueden, dirigidos por tres señores ocupados mucho antes –como es lógico– en hacerles sonar bien que en insuflar vida a los pentagramas. Lo siento, pero a mí no me gustaron ni la orquesta ni las interpretaciones, a despecho del buen hacer del veterano Levin y de la notable intervención del jovencísimo Nikolai Managadze en Tzigane (véase YouTube). También es de justicia destacar la manera en que García Rodríguez logró que la cuerda sonara a la manera centroeuropea en Beethoven y Mendelssohn, así como el deseo de Hernández de que las páginas de zarzuela evitasen el descontrol y la vulgaridad que en este género a veces son tristemente habituales. Y ya está.

Dicho todo esto, le doy la enhorabuena tanto a los artistas implicados como a los organizadores y a las instituciones colaboradoras. Iniciativas como estas son absolutamente deseables, y ojalá se multiplicasen: además de llenar de música nuestros veranos, que eso es lo de menos, me parece muy saludable que los chavales de nuestros conservatorios –y no solo los afortunados miembros de la OJA y de la WEDO– tengan la oportunidad de foguearse en el mundo de las orquestas sinfónicas con la tensión de tener un público por delante. Y mejor aún trabajando con batutas diferentes entre sí, con toda la riqueza que eso aporta. Repito: bravo, bravísimo, que se repita y que se multiplique esta iniciativa. Pero, por favor, que no se nos digan en las presentaciones cosas como “esta orquesta es comparable a cualquier otra del mundo” o que “tenemos a tres directores de primera fila”. Gracias.