lunes, 17 de junio de 2013

Abbado, de la cursilería al aburrimiento

Me alegro muchísimo de que Claudio Abbado haya superado sus graves problemas médicos y pueda seguir dirigiendo en algunas contadas ocasiones al año, generalmente a la Orquesta del Festival de Lucerna pero también, y es el caso del concierto celebrado el pasado 19 de mayo en la Philharmonie de la capital alemana, a su antigua Filarmónica de Berlín. De lo que no me puedo alegrar es de que el maestro italiano sea cada día un músico más insoportable: este precioso programa dedicado a Mendelssohn y Berlioz, que se puede ver previo pago en la Digital Concert Hall, no se mueve sino entre la cursilería y el aburrimiento, aunque por fortuna con más de lo segundo que de lo primero.

Abbado-DCH 2013

En El sueño de una noche de verano, que se ofrece casi completo, con su coro femenino y solistas vocales –la soprano Deborah York y la mezzo Stella Doufexis–, Abbado decide ofrecer las hadas más etéreas y delicadas que uno pueda imaginar, así que haciendo uso de esa increíble técnica de batuta que sigue teniendo, adelgaza hasta el límite el robustísimo sonido de la orquesta alemana y frasea con esa ingravidez marca de la casa y de manera por completo anodina sin pararse a inyectar vida, color, teatralidad y variedad expresiva a estos pentagramas extremadamente geniales. Que la claridad resulte enorme, que el refinamiento sea extremo y que, por descontado, la Berliner Philharmoniker entregue belleza sonora a raudales sirve de poco en esta interpretación más bien rutinaria que se remata con un coro final frívolo y pimpante que deja el peor sabor de boca posible. En mi vida de melómano tuve la oportunidad de escuchar una interpretación de El sueño en esta misma línea y más mediocre aún, la de López Cobos con la Sinfónica de Sevilla, pero el que esta que comento la firme nada menos que Abbado resulta mucho más grave. ¡Quién le va visto y quién le ve!

Sinfonía fantástica en la segunda parte. Han pasado treinta y un años desde su magnífica grabación con la Sinfónica de Chicago que comenté brevemente en este blog. El enorme virtuosismo del maestro italiano sigue ahí, pero de nuevo este le sirve tan solo para ofrecer las referidas sonoridades ingrávidas y esos pianísimos imposibles que tanto le gustan a cierto tipo de público en esta lectura a mi entender flácida, con frecuencia anémica y en general aburrida, en la que la gran ausente es esa pasión enfermiza que caracteriza a esta partitura. Menos mal que están los solistas de la formidable orquesta berlinesa para ponerle un poco de vida y arrebato a la interpretación, en cualquier caso inferior a las de Rattle y Nézet-Séguin disponibles en la propia Digital Concert Hall. Concierto a olvidar.

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