miércoles, 22 de mayo de 2013

El Prokofiev de Leinsdorf: recomendable, incluso imprescindible

Entre 1964 y 1969 Erich Leinsdorf grabó al frente de la soberbia Sinfónica de Boston un montón de obras de Sergei Prokofiev para el sello RCA: los cinco conciertos para piano, los dos para violín, la versión con barítono de El Teniente Kijé, una amplia selección de Romeo y Julieta y algunas, solo algunas, de las sinfonías, concretamente las Segunda, Tercera, Quinta y Sexta. Misteriosamente, no todos estos registros fueron editados en su día en vinilo, y de ellos solo una parte vieron la luz en CD.

No hace mucho Testament recuperó todo este material, con la excepción del Segundo concierto para violín. Ha habido que esperar hasta que Sony Music lo sacara todo junto en esta cajita que ahora comento, a un precio realmente tirado pero –todo hay que decirlo– con un sonido menos cuidado que el que ofrecía Testament en sus carísimos discos. Tampoco es que las fuentes originales se hayan conservado precisamente bien: la Quinta sinfonía, por ejemplo, suena de maravilla, pero los conciertos lo hacen de modo muy insatisfactorio. ¿Merece, pues, la pena? Sin duda.


La gran virtud de estas interpretaciones es la enorme e inesperada sintonía del maestro vienés con la música de Prokofiev. En lo sonoro triunfa aportando esas maderas carnosas tan peculiares y la incisividad en su punto justo, sin excederse en aristas (Rozhdestvensky) pero evitando igualmente sonar en exceso refinado o sensual (Ozawa). Rusticidad de buena ley, vaya, apoyado de manera inmejorable por una orquesta soberbia. Y en lo expresivo también acierta Leinsdorf con la dosis adecuada de sarcasmo, tensión dramática y vuelo lírico, sabiendo ser brillante pero no quedándose en la mera epidermis de los aspectos “explosivos” de esta música. Se pueden preferir, desde luego, acercamientos más líricos, más “románticos” si se quiere, y desde luego más profundos (¡Rostropovich!), pero lo de Leinsdorf es irrebatible desde su enfoque marcadamente ortodoxo.

Tal ortodoxia queda ya clara en su magnífica recreación de la Segunda sinfonía: maquinista y brutal, con sonoridades ásperas y estridentes, pero –eso es lo difícil– sin perder de vista la corrección de la arquitectura y sin caer nunca en el descontrol ni la brutalidad gratuita. Sólo se echa de menos algo más de lirismo y atmósfera en determinados momentos, cosa que encontraremos escuchando a Rostropovich u Ozawa, por otra parte menos tremendos que Leinsdorf.

Sobre la Tercera, ya escribí en una comparativa discográfica que nuestro artista “demuestra una extraordinaria capacidad para lograr la mayor tensión interna sin caer en el efectismo, como también para ofrecer una sonoridad adecuadamente rústica y rocosa sin resultar tosco. Pero además, y esto es fundamental en la presente partitura, el maestro vienés sabe asimismo crear atmósferas malsanas y alcanza un gran vuelo lírico cuando es necesario. Sólo al final se precipita un tanto, pero aun así el resultado es acongojante.”


La Quinta es de referencia. Desde el primer momento asombran la perfección de la orquesta y la claridad de la batuta, a lo que contribuye la ya referida calidad de la toma sonora. El enfoque es certero en todo momento, aunque más del lado del Prokofiev brutal que del lírico. Cierto es que el desarrollo del Andante inicial puede resultar algo extraño, pero se llega a un clímax de terrible tensión. Extraordinarios los otros tres movimientos, con todo el sarcasmo y la negrura necesarias, no cayendo en la tentación de la trivialidad ni el triunfalismo en el último movimiento. Solo conozco una interpretación que me gusta tanto como esta: la de Bernstein con la Filarmónica de Israel.

En la Sexta interesa muchísimo en su enfoque, porque alberga el lirismo melancólico y la atmósfera malsana necesarias pero no renuncia al sarcasmo, la incisividad y la brillantez propias del autor. La arquitectura es perfecta, y en el tercer movimiento, por fortuna, el maestro no se deja llevar por lo jovial ni lo pimpante. A pesar de que sería deseable un poco más de negrura y rebeldía en el final, también nos encontramos ante una interpretación de referencia.

En El Teniente Kijé la dirección no alcanza la genialidad (ahí hay que escuchar a Abbado) ni es totalmente refinada, pero posee un perfecto lenguaje, gran entusiasmo y adecuado sentido del humor. Espléndido el barítono David Clatworthy.

Muy curiosa la selección realizada de Romeo y Julieta por Leinsdorf, en la que se intenta resumir el argumento con carácter cronológico y teatral. La dirección aquí es irregular, con momentos no especialmente inspirados y alguna tosquedad, pero también con secuencias de una fuerza expresiva arrolladora, destacando la escena del balcón y la despedida de los amantes. En cualquier caso, lo de Muti/Philadelphia (EMI, 1981) sigue insuperado.

Los cinco conciertos para piano cuentan con la participación del norteamericano John Browning, desde luego no el pianista más refinado ni imaginativo posible, pero sí un artista que se muestra aquí muy sincero, comprometido y en perfecta sintonía con la batuta. Los resultados que ofrecen entre ambos no llegan a la altura de las referenciales integrales de Ashkenazy con Previn y Postnikova con Rozhdestvensky, pero sí a la de la notabilísima de Bronfman con Mehta.

Del Primero Leinsdorf ofrece una magnífica dirección, no muy personal ni creativa pero con mucha garra y perfecto estilo, a lo que no es ajeno el tratamiento tímbrico que se aplica a la orquesta. Al entusiasta Browning le falta una última vuelta de tuerca en cuestión de matices, pero lo cierto es que de las grabaciones que conozco (incluyendo las de Kissin y Argerich), solo la de Postnikova/Rozhdestvensky me parece claramente superior a esta si tenemos en cuenta la conjunción entre solista y batuta.

El Segundo es una obra complicada, porque necesita tanto un pianista de una técnica sobresaliente como un maestro que sepa otorgar a la orquesta, con frecuencia en segundo plano, el lugar que le corresponde. Por fortuna, el maestro vienés comprende el espíritu de la obra y sabe acompañar los poderosos arranques futuristas con la dosis suficiente de sensualidad, misterio y vuelo lírico, sin precipitarse ni caer en lo decibélico. Browning, a pesar de no mostrarse del todo variado en el toque, “puede” con las partes más abiertamente virtuosísticas y paladea con enorme olfato los rincones con más pliegues expresivos, sobre todo en los dos últimos movimientos. De la larga lista de grabaciones que he escuchado, la mayoría excelentes, creo que solo las de Ashkenazy/Bernstein, Postnikova/Rozhdestvensky y Kissin/Ashkenazy han ido aún más lejos.

En el Tercero, el mejor y más famoso de la serie, sí que hay mayor competencia discográfica (entre otras muchas, la de Argerich/Previn que comenté hace poco), pero aun así nuestros artistas construyen una espléndida lectura que resulta ante todo extrovertida y poderosa, mirando al Prokofiev más encrespado mucho antes que al “romántico”, y por ende antes atenta a los aspectos dramáticos de la pieza que a los líricos y oníricos.

Al Cuarto le sobra un punto de tosquedad y le falta imaginación: es quizá el menos bien interpretado de la serie. Mejor el Quinto, donde los artistas saben ofrecer una buena dosis de aristas sin desatender la emotividad del Larghetto. En cualquier caso, hay que reconocer que ninguno de estos dos conciertos se encuentra entre lo mejor del autor de Pedro y el Lobo.

El punto interpretativo más bajo de esta caja de seis compactos lo marcan los conciertos para violín. Del Primero, grabado junto a Erick Friedman, ya comenté en una comparativa que Leinsdorf “no parece sintonizar mucho con el espíritu de la obra; incluso ni siquiera parece muy atento al matiz. El violinista cumple con enorme corrección pero sin emocionar apenas”. En el Segundo está Perlman, pero un Perlman de veintiún años: pese a que la incisividad del tercer movimiento puede enganchar, el violinista judío está todavía inmaduro. Lo hará mejor más adelante con Rozhdestvensky y con Barenboim.

Hagamos cuentas: Quinta y Sexta de referencia, Segunda y Tercera magníficas, Conciertos para piano muy notables… En Amazon sale a 17 euros. Que haya cosas que sobran importa poco dado este precio. Muy recomendable, por no decir imprescindible. Y si tienen dinero para hacerse con los discos sueltos de Testament, pues mucho mejor.

5 comentarios:

Ángel Carrascosa Almazán dijo...

No es la Orquesta de Filadelfia, sino la Sinfónica de Boston, de la que Leinsdorf fue director titular entre 1962 y 1969; es decir, todas estas grabaciones están realizadas en esa etapa.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Vaya error estúpido por mi parte. Gracias por la corrección.

Mitchum dijo...

La obra sinfónica de Prokofiev ha sido uno de mis descubrimientos de este año. En mi caso, a través del ciclo que grabó Gergiev para la Decca con la LSO. Lo que me lleva a una reflexión que hila con alguna de sus apreciaciones sobre la discografía: qué bien dirigen los rusos a los propios rusos.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Mitchum, me alegra que cada vez seamos más los que nos interesamos por esta música que adoro.

Si me concedes un voto de confianza, permíteme recomendar este álbum de Leinsdorf por encima de la integral de Gergiev, que a mí no me hace mucha gracia: vistosa, encendida y muy, muy rusa, eso desde luego, pero a mi entender bastante tosca, escasa en el lirismo que en Prokofiev es tan esencial como las explosiones sonoras y, a la postre, un tanto superficial.

En cuanto a lo de los rusos interpretando a rusos, es un tema apasionante en el que ahora mismo preferi no entrar. Por cierto, que mañana mismo espero escuchar en Madrid a dos auténticos mitos de la mejor escuela rusa: Mikhail Kopelman y Elisabeth Leonskaja.

Mitchum dijo...

Ya he incluido ese album de Leinsdorf al Spotify. Le daré un tiento en cuento pueda. Tengo lista de espera!