miércoles, 6 de febrero de 2013

El americano perfecto, de Glass: cultura de suplemento dominical

Hoy miércoles 6 de febrero ofrece el Teatro Real -con filmación en directo a través de Medici.tv- la última función de The Perfect American, la obra de Philips Glass sobre Walt Disney encargada por Mortier para la New York City Opera que finalmente, tras abandonar el belga su cargo por problemas presupuestarios, ha conocido estreno mundial en Madrid. Del nutrido catálogo de óperas del compositor minimalista el firmante de estas líneas solo conocía Sataygraha, concretamente en la filmación de hace dos años del Met: lo consideré un bodrio monumental y una verdadera tomadura de pelo. Este nuevo título no me ha parecido tan rematadamente malo, pero aun así una pérdida de tiempo. Permítanme que no gaste mucho más en él dedicando solo unas líneas que toman como base la función que vi el pasado viernes 1.

El libreto de Rudy Wurlitzer -sobre la novela de Peter Stephan Jungk- es infumable, no solo por la carencia de tensión dramática sino también, y sobre todo, por la extrema vulgaridad de los textos, llenos de frases que se pretenden lapidarias y en realidad son más simples que un ocho. Los personajes están trazados con brocha gorda y las situaciones se simplifican de la manera más maniquea posible: el creador que se considera más famoso que Jesucristo frente al sindicalista que le tacha de no ser más que un empresario aprovechado, y cosas por el estilo. Todo ello, por si fuera poco, pretendiendo ofrecer un discurso sesudo, complejo y lleno de interrogantes sobre el ego artístico, la relación entre el creador y sus colaboradores, el “hacerse a uno mismo” típicamente norteamericano y otras cuestiones a todas luces apasionantes, pero tratadas aquí con la profundidad propia de un suplemento dominical, de esos a todo color con las fotos muy grandes.

La música es puro Glass. No voy a regatearle una poderosísima personalidad, como tampoco la capacidad para generar texturas fascinantes a partir de la superposición y repetición de patrones rítmicos. No voy a ser yo, que admiro profundamente cómo el arte islámico alcanza con fórmulas parecidas extraordinarias alturas artísticas, quien niegue las posibilidades de este sistema. Lo que ocurre es que estamos hablando de ópera, es decir, de un género en el que orquesta y voz humana han de alcanzar una dialéctica con la escena en la que ambas partes se enriquezcan mutuamente, y eso aquí no existe: la música de una secuencia se puede intercambiar con la de otra completamente distinta en lo argumental, por lo que al final la partitura se termina convirtiendo en ese papel pintado, meramente decorativo, del que hablaba Stravinsky cuando se refería a la música de cine. Ciertamente no se llega en The Perfect American a los extremos de sopor de Sataygraha, e incluso hay momentos muy sugestivos (¡soberbio el arranque!), pero a la postre el resultado es mediocre.

De disimular tales carencias se encarga la muy notable propuesta escénica de Phelim McDermott, visualmente atractiva, solvente en la dirección de actores y con algunas soluciones sugerentes. La orquesta estuvo irreprochablemente dirigida por Dennis Russel Davies, aunque los metales de la Sinfónica de Madrid no siempre respondieron con la precisión y brillantez que la obra demanda. Christopher Purves -Walt Disney- y el resto del equipo -a destacar la presencia de Marie McLaughling- realizaron una buena labor apechugando con sus muy anodinas e inexpresivas líneas vocales. Total, un espectáculo tan vistoso y bien realizado como superficial que pretende ofrecer alta cultura cuando en realidad lo que está vendiendo es trivialidad. Lo dicho: puro suplemento dominical.

1 comentario:

Bruno dijo...

Uno se puede desinhibir con esto: http://www.youtube.com/watch?v=95UpHPvQAXE