jueves, 1 de marzo de 2012

Brautigam hace Beethoven en el Wigmore Hall

Aproveché mi reciente estancia en Londres para visitar esa maravillosa sala de conciertos que es el Wigmore Hall, repleta por cierto de un público selecto, educadísimo y de edad mucho menos avanzada de lo que ustedes pueden pensar, escogiendo uno de los numerosos recitales que allí se ofrecen cada semana. Opté por Ronald Brautigam y su Beethoven al fortepiano. Los resultados fueron similares a lo que yo ya le conocía en disco: un Beethoven “de verdad”, ortodoxo, serio, realizado por un artista honesto que no pretende engañar al personal con originalidades fuera de lugar, sino simplemente hacer uso de las posibilidades del fortepiano -trabajado a fondo, sin miedo- para descubrirnos sonoridades a las que nos estamos acostumbrados que pueden enriquecer nuestra percepción del universo beethoveniano. Ahora bien, una cosa son las intenciones y otras los resultados, y en este sentido el holandés mostró serias limitaciones que nada tienen que ver con el instrumento y sí con su capacidad creativa.



La Sonata nº 13, Patética, resultó todo un ejemplo de irregularidad. En la densa introducción supo otorgar el peso necesario a los silencios, pero luego lo mecanográfico y el exceso de nervio estropearon el desarrollo del primer movimiento. Me gustó sin embargo el segundo (véase vídeo) a pesar de que este no fue ni muy adagio ni muy cantabile, que es lo que está marcado en la partitura. El tercero combinó momentos de apreciable tensión y acertado dramatismo con otros en los que el fortepianista simplemente se echó a correr. Mucho mejor resultaron las infrecuentes Variaciones Heroica, brillantes en su virtuosismo y entusiastas en su tratamiento, si bien funcionaron de modo más convincente las partes más dramáticas, bien paladeadas, que las más rápidas: se echó de menos mayor diferenciación entre cada una de las variaciones.

El celebérrimo primer movimiento de la Claro de luna convenció por su tratamiento matizado y emotividad sincera; el segundo funcionó bien dentro de su ortodoxia y en el tercero, como era de esperar, el artista confundió la pasión con el apresuramiento y la objetividad con el mecanicismo. Cerrando el programa, una Apassionata en la que Brautigam supo aprovechar a fondo el registro grave del instrumento y toda la gama dinámica que este es capaz de ofrecer, demostrando el mismo tiempo ser capaz de poner de manifiesto lo que de inquietante tiene la página. Por desgracia, de nuevo su tendencia a primar el virtuosismo por encima de otras consideraciones le hicieron resultar más brillante que profundo, cayendo en lo lineal -movimiento central- cuando no en lo precipitado -los dos extremos-. ¿Suficiente para semejante obra maestra? Creo que no. Lo peor vino con la propina: el menuetto de la Sonata nº 22 tratado en plan clavecinístico, rococó y un punto cursi.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ya lo dijo ud. mismo hace unos días: es incapaz de disfrutar de cualquier interpretación de la música para piano de Beethoven que no esté a cargo de Barenboim.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Pues sí, para mi gusto Barenboim ha llegado más lejos que nadie en lo que a la música para piano de Beethoven se refiere, pero no por ello voy a dejar de acercarme, en disco o en directo, a lo que hacen otros artistas en este campo. Lo contrario sería muy empobrecedor.