jueves, 27 de octubre de 2011

Barenboim contagia a Boulez en Liszt

Ya sé que me prometí a mí mismo no perder el tiempo en escribir sobre discos en estos meses en que estoy tan atareado, pero no puedo resistir la tentación, porque estamos ante uno de los lanzamientos más esperados por muchos melómanos: tercera colaboración discográfica entre Daniel Barenboim y Pierre Boulez tras las dos interpretaciones -extraordinarias- del Primero de Bartók grabadas respectivamente en 1967 y 2008, y cuarenta y cuatro años de amistad y admiración mutua. En los atriles, los dos conciertos para piano de Franz Liszt, que el argentino rodó en concierto durante los meses anteriores a este registro en público, realizado en junio de este mismo año en la Philharmonie de Essen dentro del Festival de Piano del Ruhr.


Ya se imaginarán ustedes lo que voy a decir de Barenboim: está magnífico. Los que nunca han visto con buenos ojos al artista dirán también lo esperable, que no está de dedos como para garantizar una ejecución clarísima, agilísima e infalible de las partituras. Y es verdad. Si estos señores fueran coherentes consigo mismos, se aprestarían a lanzar sus puyas contra el mejor director del siglo, que era precisamente un experto en desajustes y confusiones varios. Pero claro, nadie se atreve a descalificar a Fürtwangler -a él me refería, claro-, como tampoco a la Maria Callas de finales de los cincuenta a pesar de sus considerables desigualdades vocales. Nadie se atreve ni debe, porque queda en evidencia que las cuestiones técnicas importan poco cuando se derrocha semejante cantidad de arte. Por eso mismo cuando leo titulares como el de "Barenboim, el pianista que fue" (la ocurrencia es, cómo no, de Gonzalo Alonso) no puedo menos que sonrojarme.

Volviendo al Liszt de Barenboim, a este disco editado por Deutsche Grammophon le puedo aplicar lo mismo que escribí hace meses en referencia a su interpretación de estas mismas obras en Valencia (enlace):

"El artista tocó los dos conciertos con enorme esfuerzo físico, lo que creo que no le sienta mal a estas partituras. El concepto de 'lucha' del intérprete contra la materia es, como el propio Barenboim ha señalado en sus escritos, una parte indispensable de la interpretación en un Beethoven, y me parece que la misma idea se puede aplicar a Liszt. Otra cosa, claro está, es que hubiera una importante cantidad de imprecisiones, roces y notas falsas. ¿Importó? Muy poco, porque la manera en que el artista buceó en las múltiples facetas expresivas de las partituras fue portentosa. No solo atendió, como en él era de esperar, a los tintes oscuros, turbulentos y hasta macabros de la escritura lisztiana, sino que además hubo mucho de sensualidad, de vuelo lírico y de emotividad, como también de carácter épico y triunfal, aunque esto último sin la menor retórica. Y todo ello jugando muy peligrosamente con el delicado equilibrio entre mente y corazón, arriesgándose a cometer tropiezos con tal de conseguir los fines expresivos necesarios; lo importante no es la perfección formal, sino el concepto, por lo que no cabe una sola frase musical que no tenga un 'significado' más allá de la brillantez sonora. El resultado, con todos los reparos de ejecución que se quieran poner, fue absolutamente genial. Quizá Arrau, en su increíble grabación con Sir Colin Davis, haya llegado aún más lejos en lo que a poesía se refiere, pero no en riqueza de concepto, densidad filosófica e incandescencia emocional."

Como lo de Essen es más o menos lo mismo que lo de Valencia (con menos problemas en la ejecución, no sé si porque se han podido repetir algunos pasajes "en estudio", esto es, sin público), la interpretación de Barenboim no me ha sorprendido. Lo que me ha dejado de piedra es lo de Boulez. Pensé que el maestro francés iba a limitarse a acompañar haciendo gala de su proverbial sentido de la arquitectura y de la pasmosa claridad que le ha hecho famoso. Pues no: a sus ochenta y seis añitos, el compositor de El martillo sin dueño se implica en lo expresivo hasta los huesos para, quizá contagiado por su amigo, ofrecer recreaciones muy tensas y escarpadas, en las que el fuego y la garra jamás dan pie al descontrol y donde la amplitud majestuosa que podemos encontrar en otras recreaciones se ve reemplazada por una buena dosis de tensión dramática y rebeldía. La Staatskapelle de Berlín funciona en general bastante bien, sin llegar a lo excepcional, sobresaliendo un chelista que en el Concierto nº 2 está para quitarse el sombrero.

De propina, una recreación particularmente lenta, intimista y emotiva de la Consolación nº 3 y un Valse oubliée en el que se subrayan los aspectos más oníricos de la página. ¿Conclusión? En una línea "clásica", lo de Arrau con Colin Davis (Philips, 1979) sigue siendo inalcanzable. Desde una óptica menos lírica y más claramente dramática, Barenboim y Boulez se ponen por encima de notabilísimas recreaciones como las de Richter con Kondrashin (Philips, 1960) o Biret con Tabakov (Naxos, 2004). Hay que tenerlo en estantería, pues. Y ahora, a esperar el DVD.

PS. Otro comentario en el blog de Ángel Carrascosa (enlace).