martes, 28 de junio de 2011

De Don Carlos a Don Carlo: dieciséis años de transformaciones

En el periodo que transcurre entre 1867 y 1883, es decir, entre el estreno en París de la edición en cinco actos y la presentación en Milán de la versión abreviada que se nos ofrece esta noche, Don Carlos/Don Carlo va sufriendo una serie de modificaciones que afectan de manera considerable a la esencia musical y dramática de la ópera más larga de Giuseppe Verdi. De la cuestión se ocupa Carlos Tarín en otras páginas de este libreto que tienen ustedes entre manos. Lo que aquí nos interesa es repasar otro tipo de cambios que se producen durante ese mismo lapso de tiempo, los que afectan de manera decisiva a toda la civilización europea a nivel económico, político, social y cultural.

Por un lado nos situamos ante el arranque de la Segunda Revolución Industrial, la que va a tener en el petróleo, la electricidad y el motor de explosión algunos de sus pilares básicos. Retengamos algunos datos: Nobel inventa la dinamita en 1867, Nikolaus Otto diseña el motor de explosión en cuatro tiempos en 1876, por las mismas fechas Bell asombra al mundo con el teléfono, Edison crea el fonógrafo en 1877 y tan solo un año más tarde el mismo científico norteamericano logra iluminar la primera lámpara de filamento incandescente. Obviamente el mundo ya no va a volver a ser el mismo.

Los cambios políticos van a ser también sustanciales, empezando por la propia Francia que había encargado Don Carlos para dar lustre musical a la Exposición Universal que celebraba los esplendores del II Imperio: en 1870 la Guerra Franco-Prusiana, más concretamente la Batalla de Sedán, conducía al derrocamiento de Napoleón III y a la proclamación de la III República, y esta comenzaría sus andanzas de la peor manera posible con la sangrienta represión -cinco mil muertos durante la insurrección, veinte mil ejecuciones a posteriori- de la Comuna de París. Se impondría a partir de ahí un gobierno conservador que miraría con el rabillo del ojo al gigante en que se convertía su vecina Prusia: el Imperio Alemán gobernado por el astuto canciller Otto von Bismarck, cerebro del nuevo equilibrio geopolítico que se establece en Europa.

En España se viven tiempos revueltos. Cuando el ya cincuentón Verdi y su esposa, Giuseppina Strepponi, recorrieron nuestra tierra en 1863 (El Escorial, Toledo, Córdoba, Sevilla, Cádiz, Jerez de la Frontera, Málaga y Granada) debieron de encontrarse ante un país atrasado en muchos aspectos: no es de extrañar que la “leyenda negra” que recogiera Schiller en su Don Carlos resultara aún sugestiva para quienes vieron con sus propios ojos cómo en pleno siglo XIX el Antiguo Régimen seguía manteniendo buena parte de sus estructuras. Que las cosas no podían seguir así lo ponía de manifiesto la aversión popular hacia la reina Isabel II, bien reflejada -por citar una faceta no muy conocida de dos célebres sevillanos- en las caricaturas satíricas de corte pornográfico que los hermanos Valeriano y Gustavo Adolfo Bécquer dedicaron a la ilustre monarca. De ahí que tan solo un año después del estreno de la ópera que justifica estas líneas, la revolución conocida como “La Gloriosa” pusiera de patitas en la calle a la reina y abriera un proceso de cambios, convulsiones y luchas internas que significativamente es conocido por los historiadores conservadores como “Sexenio Revolucionario” y por los de ideología progresista como “Sexenio Democrático”. Por desgracia los sucesivos fracasos de la monarquía de Amadeo de Saboya y de la breve I República conducirían a un período de dominio burgués -como en Francia, el proletariado se convierte en el enemigo a combatir- caracterizado por la estabilidad económica y la pacífica alternancia entre partidos fruto de la más descarada manipulación electoral. Nos referimos, claro está, a la Restauración orquestada por Antonio Cánovas del Castillo y materializada en la persona de Alfonso XII.

La península italiana, por su parte, vive igualmente momentos decisivos con el fin de su largo y complicado proceso unificador, siendo la citada derrota francesa en Sedán lo que permite materializar una vieja aspiración: convertir a Roma en capital del nuevo estado. Precisamente Verdi había recibido el honor pocos años atrás de formar parte del primer parlamento de Italia, alcanzando en 1874 el nombramiento como senador vitalicio. Merecida recompensa a una trayectoria artística de profundo compromiso político, por mucho que en su obra algunos hoy vean -o quieran ver- música y solo música.

Los cambios sociales de este período son, como se ha ido entreviendo en líneas anteriores, no menos significativos. La consolidación de gobiernos burgueses en países como Francia, Alemania, Italia o España -en Gran Bretaña la cosa venía de tiempo atrás- pone de manifiesto el divorcio definitivo entre la burguesía y las clases más modestas, al tiempo que convierte a la lucha obrera en elemento decisivo. Movimiento este que tampoco era precisamente homogéneo: si un poco antes del periodo del que hablamos, concretamente en 1864, se funda la I Internacional para coordinar el movimiento proletario a nivel internacional, en 1872 Mihail Bakunin -lustros atrás amigo de Wagner- es expulsado de la organización obrera, con lo que socialismo y anarquismo quedan separados para siempre.

Precisamente con la toma de conciencia de la clase obrera y con el compromiso político de los artistas frente a los aspectos menos felices de la era de la industrialización tiene que ver el éxito del Realismo y de su vertiente literaria más cruda, el Naturalismo. La primera obra importante de Émile Zola, La taberna, se publica en 1878, y dos años más tarde aparecerá Nana. Aun tardará este movimiento -lo hará gracias a Mascagni y Leoncavallo- en llamar a la puerta del mundo operístico, pero lo cierto es que el Romanticismo, estilo en tiempos vinculados a la lucha política contra el Antiguo Régimen, va quedando cada vez más atrás. Se va convirtiendo en un arte académico, aburguesado en el peor sentido del término, y reducto del más acomodaticio conservadurismo, ese mismo del que va a hacer gala el flamante Palais Garnier que se inaugura en 1875 con una arquitectura de significativos aires versallescos: el nuevo teatro de la ópera parisina no es sino el “palacio real” donde se enseñorea la nueva clase dominante. Pocas novedades sustanciales se van a estrenar ahí, y si en ópera el mundo romántico tiene aún cosas importantes que decir se deberá casi exclusivamente al genio incomparable de Giuseppe Verdi. En cualquier caso, los dos más importantes títulos -con permiso de Aida- que se estrenan en la década de los setenta no son ya, aunque compartan aspectos de este estilo, propiamente románticos: Boris Godunov de Mussorgsky (1874) y Carmen de Bizet (1875), estrenado este último no en el Palais Garnier, claro, sino en la Opéra-Comique. Por su parte, en 1876 Wagner abre su Festival de Bayreuth con el primer ciclo del Anillo. Algo está cambiando de manera decidida en el mundo de la lírica.

Algo parecido ocurre en el terreno de la escultura. Las alegorías del gran Jean-Baptiste Carpeaux colocados en la fachada del Palais Garnier pertenecen ya a un mundo creativo un tanto esclerotizado, pues la vanguardia se encuentra en ese momento en Auguste Rodin, que en 1877 ha escandalizado al personal con La edad de bronce y en 1880 comienza su obra más emblemática, Las puertas del Infierno. Algo más tarde, el belga Constantin Meunier sintetiza la preocupación por el mundo obrero y la expresividad de las texturas rodinianas con su serie de esculturas dedicadas a los trabajadores de la minería, no sin antes pasarse por Sevilla y recoger, en su faceta de pintor, estampas de la Fábrica de Tabacos y de los desfiles de Semana Santa.

Precisamente es en el campo de la pintura donde se está produciendo la más importante renovación del mundo artístico, y de nuevo -cómo no- en París: tan solo siete años después de que Verdi presentase en la capital francesa Don Carlos, el taller del fotógrafo Nadar acoge -sin mucho éxito- la primera exposición pública de un grupo de creadores que desde entonces van a ser conocidos (por Impresión, sol naciente) como los Impresionistas: Monet, Pisarro, Renoir, Degas, Morisot, Sisley… Cada uno con su personalidad propia, pero practicando todos una pintura que en la disolución de la pincelada y en el desinterés por la transmisión de ideas, valores o sentimientos, para centrarse en su lugar en la fuerza expresiva de la pura combinación de formas, va a abrir el sendero que terminará conduciendo hasta la abstracción. Precisamente en 1882 Wagner estrena su última y más esencial partitura, Parsifal, en la que se ha querido ver -Pierre Boulez dixit- un anuncio de la escritura de Claude Debussy. Un año más tarde, al tiempo que Verdi presenta en La Scala su Don Carlo en cuatro actos, el genial compositor alemán fallece en Venecia, cerrando así con un triste y significativo punto y final el periodo del que aquí hemos hablado, sin duda uno de los más decisivos de toda la decimonovena centuria.

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Notas escritas para las funciones de Don Carlo que ofrece el Teatro de la Maestranza entre el 27 de junio y el 3 de junio de 2011.

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