domingo, 8 de mayo de 2011

Una Salome “moderna” en el Met

Llama mucho la atención ver en el Metropolitan de Nueva York una puesta en escena tan “moderna” como esta de Jürgen Flimm para Salomé que, filmada el 11 de octubre de 2008, ha publicado hace poco Sony Classical. No es que se trate de una reinvención a lo Warlikowski, de una provocación a lo Bieito ni de un cúmulo de disparates a lo Neuenfels, ni muchísimo menos. La dramaturgia es respetuosa con el original de Oscar Wilde. Lo que ocurre es que la ubicación temporal se ha trasladado al siglo XX -esto no es novedad en la ópera de Strauss-, la escenografía apuesta por una estética algo kitsch y se han añadido ciertas gotas de humor que ni aportan ni restan nada. No sé cómo reaccionarían los patronos del Met, que ya se saben que tienen muchísimo poder de decisión. Por otra parte no se puede decir que esta sea una producción particularmente memorable: la dirección de actores es espléndida, pero no siempre se aprovecha la relación entre escena, música y texto, e incluso en más de un momento -la danza de los siete velos, la ejecución de la protagonista- las situaciones no están bien resueltas.

Musicalmente la interpretación podría haber resultado notable si no fuera por la batuta de Patrick Summers, quien dirige con muy buen pulso pero completamente de pasada, sin aclarar texturas ni matizar en lo expresivo, echándose de menos tanto sensualidad en la atmósfera como garra dramática, particularmente en la primera mitad de la obra; a partir del quinteto de los judíos la cosa mejora un tanto, pero no lo suficiente. Quizá de ahí que los cantantes no rindan a la altura que se podía esperar, particularmente en el caso de Ildikó Komlósi, que desaprovecha en lo expresivo su excelente línea vocal, y de un Kim Begley que por no caer en el histrionismo termina resultando frío. Vocalmente no muy en forma, es al menos un excelente actor, cosa que no se puede decir de Juha Uusitalo, que ofrece un Jochanaan típicamente tosco y vulgar que no sale de la rutina. Correcto el Narraboth de Joseph Kaiser.

Karita Mattila ya estaba en 2008 algo tocada, pero era necesario que dejase testimonio grabado de un rol que llevaba haciendo desde hacía tiempo. Sufre en los extremos de la tesitura, como la mayoría de sus colegas que se enfrentan al reto, y no posee esa gama de recursos digamos “belcantistas” que otras cantantes (Caballé, Studer y sobre todo Behrens) han usado para arrojar nuevas luces sobre el personaje, pero hay que reconocer que la solidez de su centro y su gran musicalidad le permiten acabar la función de manera satisfactoria. Eso sí, parece difícil superar la contradicción entre la Salomé que plantea Flimm, más que nunca una niña malcriada, y la que ofrece la soprano finlandesa, más madura y enamorada. La toma sonora no es del todo buena (hay molestos ruidos escénicos en el canal izquierdo). La imagen, portentosa. Por cierto que los realizadores nos privan de ver las tetas de la Mattila. ¡Serán mojigatos estos norteamericanos!

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