Los míos los tengo bastante claros en los que a Mahler se refiere: me gusta mucho antes "expresionista" que "romántico", y desde luego más atento a la garra dramática que a la delectación sonora, aunque toda buena interpretación ha de atender en mayor o menor medida a numerosos y con frecuencia contradictorios ingredientes un universo en el que con frecuencia se dan de la mano lo estentóreo y lo delicado, lo efectista y lo sincero, lo vulgar y lo exquisito, lo sublime y lo ridículo. De ahí quizá que, para un buen conocimiento de lo que estas músicas encierran, sea necesario conocer no una sino varias opciones interpretativas complementarias. Para ello van aquí algunas sugerencias.
Pero antes, un par de cosas más. La primera, que la fecha que he indicado en cada registro es la de grabación, no la de edición. La segunda, que muchos lectores echarán en falta algunas grabaciones para ellos señeras, y que esto puede deberse tanto a desconocimiento por mi parte como a no encontrarme particularmente interesado en esas interpretaciones; ni que decir tiene que si alguien tiene curiosidad por alguna en particular, me encuentro a su disposición para decirle si no la he escuchado o, en su caso, si es que no me parece de primera línea y por qué.
Para Das Klagende Lied no hay muchas opciones. Me quedo con la de Chailly y la Radio de Berlín (Decca, 1989), que ofrece una dirección colorista y contrastada que sabe ser refinada sin caer en la blandura y dramática sin rendirse a los efectismos; es muy bueno el equipo de solistas vocales y además está magníficamente grabada. La de Vladimir Jurowski (Ideale, 2007) es una buena opción de DVD que permite en un equipo surround disfrutar de la orquesta fuera del escenario situada detrás a la izquierda, pero se ve perjudicada por las voces.
De las Canciones y tonadas de juventud grabó Dietrich Fischer-Dieskau una amplia selección (Sony, 1968) difícilmente superable, y no ya por el piano de Leonard Bernstein sino por la prodigiosa -refinadísima y sutil, pero nunca amanerada- capacidad del barítono alemán para acertar con el justo matiz expresivo.
Los Lieder eines fahrenden Gesellen también pertenecen por derecho propio al genial Fischer-Dieskau, que dictó varias veces su inalcanzable lección de cómo conjugar belleza canora y penetración psicologica, pudiéndose escoger como acompañantes, entre otros, a Furtwängler (EMI, 1952), a Kubelik (DG, 1968) o a Barenboim tanto en su faceta de pianista (EMI, 1978) como en la de director (Sony, 1989).
El ciclo Des Knaben Wunderhorn cuenta desde hace lustros con una grabación de referencia: los inalcanzables Schwarzkopf y Fischer-Dieskau, un prodigio de sutileza y de variedad expresiva, dirigidos por un George Szell (EMI, 1968) que demuestra, pese a su característica sobriedad, una enorme sintonía con el universo mahleriano. No obstante es necesario conocer la interpretación pianística que por las mismas fechas el matrimonio Walter Berry-Christa Ludwig, más rústico y espontáneo que la pareja anterior, hizo en vivo con quien es probablemente el mejor intérprete mahleriano de la historia, obviamente Leonard Bernstein (Sony, 1968), que quizá no fuera el más diestro pianista posible pero derrocha una imaginación tan desbordante como lo es su compromiso expresivo.
En los Kindertotenlieder y los Rückertlieder quien quizá más haya profundizado sea Janet Baker, particularmente en sus grabaciones junto al dramático Barbirolli (EMI, 1967), aunque en esta última obra no podemos olvidar a -de nuevo- Fischer-Dieskau, bien sea bajo la sobria batuta de Karl Böhm (DG, 1973) o, mejor aún, con un inspiradísimo Bernstein al piano (Sony, 1968); en los Rückerlieder, por su parte, es también necesario escuchar a la Ludwig con Otto Klemperer (EMI, 1964), ambos más allá del bien y del mal.
La Primera Sinfonía, que no es precisamente lo mejor de Mahler, necesita una interpretación de primerísima línea si no quiere uno aburrirse al llegar al cuarto movimiento. Aunque le he escuchado propuestas muy interesantes a un Bernstein, un Solti o un Chailly, entre otros, mi versión favorita es la de Giulini frente a la increíble Sinfónica de Chicago (EMI, 1971), una lectura presidida por el buen gusto, por la total ausencia de efectismo, por el alejamiento de la cursilería y por el profundo sentido lírico esperable en el maestro italiano; se puede preferir una versión más ácida, con más nervio y con más sentido del humor, pero la propuesta es coherente, rezuma sinceridad y está fabulosamente ejecutada.
Para la Segunda no lo tengo tan claro, porque me resulta imposible renunciar a la socarronería de Klemperer (EMI, 1961-62), a la inmejorable ortodoxia de Zubin Mehta (Decca, 1975), a la tensión dramática de un Solti (Decca, 1980) y al movimiento final tal y como lo entendía Bernstein (tanto en el DVD de 1977 como en el audio de 1987, ambos en DG). Me los quedo a todos, y quizá también a Boulez en su registro en Berlín (DVD Euroarts, 2005) y a Eschenbach en su filmación que aún se encuentra online (enlace); la grabación oficial de este último junto a Philadelphia no la he escuchado.
La Tercera, esta sí, es patrimonio casi exclusivo de Jascha Horenstein (Unicorn, 1970). No descubro nada nuevo a los buenos mahlerianos: una obra tan bonita necesita del más ácido expresionismo para convencer. La única otra interpretación que se le acerca es la de Bernard Haitink al frente de la Sinfónica de Chicago (CSO, 2006), más clásica en su enfoque y espectacularmente bien grabada, si bien es de justicia recordar la intervención insuperable de Jessye Norman en la primera -y más notable- de las grabaciones de Abbado (DG, 1980). Lástima que no la haya grabado Barenboim, de cuyo entendimiento con la partitura (¡quién lo diría!) les dejo aquí una muestra en audio.
Para la Cuarta mi dirección favorita es la de George Szell (Sony, 1965): analítica y objetiva, por completo ajena a devaneos sonoros, pero llena de fuerza e intensidad, así como elocuente y poética en el tercer movimiento y adecuadamente dulce -pero sin pasarse- en el cuarto. Por desgracia la intervención de Judith Raskin desluce la versión un tanto, así que prefiero recomendar la de Lorin Maazel con la en este repertorio insuperable Filarmónica de Viena (Sony, 1983), dirigida de modo asombroso en su segunda mitad -la primera resulta algo distanciada- y con una Kathleen Battle con la emoción en los labios y sin ápice de su habitual cursilería. Espléndida también la versión de Chailly (Decca, 1999), aunque Barbara Bonney sí que está un pelín repipi. Obviamente no se puede dejar de conocer el experimento de Klemperer, por él y por la Schwarzkopf (EMI, 1961).
Hay mucho donde escoger en la Quinta Sinfonía, pero no me parece que haya una versión que se encuentre claramente por encima todas. Si acaso la última de Bernstein (DG, 1987), en la que el autor de West Side Story bucea en el mundo de contrastes sonoros y anímicos propuestos por el compositor sin tener miedo del exceso, pero evitando igualmente caer en él. No obstante existen propuestas complementarias de muchísimo interés, como las adustas de Barbirolli (EMI, 1969) y Barenboim (Teldec en CD, Arthaus en DVD, 1997). Más ortodoxas pero igualmente admirables son las del joven Abbado (DG, 1980) y la de Chailly (Decca, 1987), o la filmación del propio Bernstein (DG, 1972).
Dos versiones hay que tener de la genial Sexta en las estanterías. Una es la personalísima y genial de Barbirolli con la New Philharmonia (EMI, 1967), de enfoque mucho antes dramático que épico, sobria y ajena a efectismos, como también a blanduras, pero llena de una extraordinaria fuerza interna; en ella es prodigioso el análisis tímbrico y de texturas -la lentitud ayuda a ello-, así como la arquitectura general de la pieza. La otra es la última de Bernstein (DG, 1988), una lección de batuta por todo (planificación, creatividad, sentido del color y de los contrastes) y una verdadera salvajada en lo expresivo. Increíble prestación orquestal, con una Filarmónica de Viena que pasa en segundos de las más angulosas aristas a la mayor dulzura y belleza sonora. Con la misma orquesta, el propio Bernstein (filmación en DG, 1976) y Pierre Boulez (DG, 1994) consiguen resultados quizá no tan geniales, pero en cualquier caso memorables. Horenstein con la discreta Filarmónica de Estocolmo (Unicorn, 1966) y Haitink con la poderosísima Sinfónica de Chicago (CSO, 2007) han firmado otras versiones señeras.
La complicada Séptima tiene para mí en Chailly al intérprete casi ideal, logrando alcanzar el punto justo entre los muy contradictorios ingredientes de la partitura -épicos, líricos, ominosos- y obteniendo una inmejorable respuesta de una de las mejores orquestas mahlerianas del orbe, la del Concertgebouw de Amsterdam, que se beneficia además de una formidable toma de sonido. Falta quizá un punto de carácter visionario, ese que alcanzan en determinados pasajes Klemperer (EMI, 1968) y Barenboim (Teldec), pero a estos no los puedo recomendar sin reservas, al primero -cuya versión es sin duda genial- por excesivamente personal, y al segundo porque tras el tercer movimiento el interés de la versión decae de manera considerable.
Confieso que la Octava sinfonía nunca me ha entusiasmado y que, por tanto, tengo pocas interpretaciones en mi discoteca. Eso sí, hay tres que resultan difícilmente superables: las dos de Leonard Bernstein (en CD y DVD grabados con muy pocos días de diferencia en 1975, ambas en DG), director que se mueve como pez en el agua en este maremagnum sonoro, y la de Klaus Tennsted (EMI, 1991), dirigida de modo admirable pero con un elenco canoro inferior al de Lenny, pese a la presencia de una sensacional Julia Varady.
Toda la crítica internacional está de acuerdo en que La canción de la Tierra se beneficia de dos verdaderos hitos de la historia del disco: Bruno Walter con Julius Patzak -regular-, Kathleen Ferrier -sublime- y la Filarmónica de Viena (Decca, 1952, también disponible en Naxos) y Otto Klemperer con el malogrado Fritz Wunderlich y Christa Ludwig (EMI1964-66). Personalmente me decanto por esta última, de una negrura aplastante. Para la versión con barítono la cosa ha estado también siempre clarísima: James King y Fischer-Dieskau (¡again!) dirigidos por Bernstein (Decca, 1966). Y quien quiera escuchar a Wunderlich y a Dieskau juntos, que busque el registro pirata (Myto, 1964) bajo la sensual dirección de Keilberth o que se compre la que acaba de salir con Joseph Krips (DG), que aún no he escuchado pero promete muchísimo.
Para la Novena hay de nuevo un consenso casi total: Giulini con la Sinfónica de Chicago (DG, 1976) ofrece una cantabilidad y un sentido humanista incomparable sin perjuicio de la incisividad tímbrica ni de la garra dramática. Eso sí, a mi modo de ver nadie ha alcanzado en los dos movimientos centrales que hizo Klemperer (EMI, 1967) destilando una dosis muy concentrada de mala leche. Por otra parte yo no me perdería la realización de Chailly (Decca, 2004), insuperable dentro de una línea ortodoxa, ni la filmación dirigida por Eschenbach que hace tiempo recomendé en este mismo blog (enlace).
Queda la inconclusa Décima. Quienes se conformen con el escalofriante Adagio bien pueden acudir a la bellísima interpretación de Abbado (DG, 1985), por ejemplo, pero a mí me parece que las versiones ejecutables de Deryck Cooke nos acercan, pese a sus insoslayables insuficiencias, a la mejor música mahleriana. La interpretación de Riccardo Chailly (Decca, 1986) es la única que me entusiasma de las que he escuchado; directores como Sanderling, Levine o Barshai (este último siguiendo su propia edición) me han defraudado de manera considerable.
PS (6-07-2011). Debo añadir a la lista la Décima por Berthold Goldschmidt editada por Testament (enlace).

11 comentarios:
Andá! Leo que la 1ª sinfonía "no es precisamente lo mejor de Mahler", y he parado de leer. Puesto que a mí me parece la quintaesencia del compositor, siendo obra de juventud. Esa, con el Canto de la Tierra, es lo que me parece más recomendable. Las restantes composiciones suyas me parecen más excéntricas (respecto del punto medio que representan esas dos obras que he citado). Pero sobre gustos no hay nada escrito...
Mahler es mi músico favorito, pero nunca me han gustado algunas de sus sinfonías: la Primera me parece decepcionante, así como la 7ª y la 8ª. De La canción del lamento mejor no hablar, me parece totalmente fallida. Ahora, el resto de sus sinfonías, Das Lied von der Erde y algunos lieder suponen un legado de una magnitud artística y humana como yo creo no ha logrado ningún compositor (excepción hecha de Beethoven, en sus últimos cuartetos de cuerda y sonatas pianísticas, y en sus sinfonías 3ª, 5ª, 6ª, 7ª y 9ª).
Quizá tenía que haber aclarado mejor mis gustos.
La canción del lamento me parece, efectivamente, una obra fallida. La Primera Sinfonía me gusta hasta llegar al cuarto movimiento, que me parece un ladrillo monumental. La Segunda me gusta mucho. La Tercera, a ratos. Cuarta, Quinta y Sexta las encuentro estupendas, particularmente esta última. De la Séptima, primer y tercer movimiento me parecen de lo mejor de Mahler, pero el resto creo que no termina de funcionar. La Octava me parece bastante pesada. Canción de la Tierra y Novena, obras maestras absolutas, calificativo que extendería a la Décima con todos los reparos que se quieran poner.
Los lieder me gustan todos mucho, aunque menos los de Des Knaben... y los de juventud que el resto.
No creo, por lo demás, que estos gustos sean muy excentricos. Saludos.
Estoy enormemente de acuerdo contigo, hasta el punto de que renuncio a recomendar en mi blog mis versiones favoritas. Sólo te añadiría las Octavas de Solti (Decca), Colin Davis (RCA) y Boulez (D.G.), así como la radical y espeluznante Novena de Barenboim en DVD (Cmajor)
Me duele que os dejéis la 2ª, 5ª, 7ª y 9ª de Abbado en Lucerna...Son registros muy muy especiales que ganarán con el tiempo... Os aconsejo una nueva relectura en obligatorio DTS a toda leche... Sobre todo la Trauermarch de la Quinta...
Por cierto te dejas sin comentar (y recomendar) una de sus mejores obras, el brahmsiano Cuarteto con Piano... Imprescindible... Una verdadera joya...
Abrazos
J.E.
Gracias a todos por vuestras aportaciones. Y vamos por partes.
Las Octavas que recomiendas, Ángel, no las conozco. Tampoco me he preocupado mucho de hacerlo, la verdad. La de Colin Davis está en SACD por 10 libras en Amazón; me lo pensaré, porque una gran calidad de sonido en esta obra apetece mucho.
La Novena de Barenboim en DVD tampoco la conozco. Hasta que no pasen unos meses y me asegure de que no sale en Blu-Ray no me la pienso comprar: habida cuenta de los precedentes con otras filmaciones, que primero salen en un formato y luego en otro, se impone la prudencia. La del propio Barenboim en CD me gusta muchísimo, pero no estoy seguro de que esté a la altura de las de Giulini, Klemperer y Chailly, o al menos de que sea tan indiscutible. Tampoco tengo claro que suene mucho a Mahler. Quizá cuando vea la filmación vuelva a replantearme el asunto.
En cuanto a Abbado... Precisamente estoy escuchando en estos momentos su concierto con el adagio de la Décima y la Canción de la Tierra en directo desde Berlín. Se nota aún, por aquí y por allá, ese preciosismo un poco cursi tan caro al milanés en estos últimos lustros, pero ¡vaya Mahler!
La Segunda de Lucerna hace mucho que no la escucho; creo recordar que me impresionó, quizá más por la grabación (efectivamente, vaya DTS) que por la interpretación en sí misma. Precisamente me la he traído a Siles desde Jerez para repasarla, aunque aún no he podido hacerlo.
La Tercera de Lucerna -estoy repasando mis notas- me gustó en su momento, por fresca y espontánea, pero me pareció poco trabajada por parte de Abbado, y desde luego muy inferior a su versión de Viena; la que grabó en Berlín me parece la peor de las tres.
La Cuarta, bien sin más (la tengo comentada en este blog). La Quinta sí la tengo muy reciente, Javier, y te confieso que no me hizo mucha gracia: fría como el hielo, amén de afectada por esa tendencia de Abbado a ofrecer sonoridades pulidas e ingrávidas.
La Sexta de Lucerna la encuentro blandengue, incluso descafeinada. Muy trivial la Séptima, aunque tengo que volver a escucharla (en su momento lo hice en una retransmisión televisiva con la dinámica comprimida). Y muy bien la Novena, como la que le escuché en Madrid que tambén comenté por aquí.
Todo esto, insisto, no son más que apreciaciones personales. Para gustos, colores. Saludos.
Se me olvidaba: el Cuarteto con piano... ¡no lo conozco! Mea culpa.
@Fernando: has cometido un olvido IMPERDONABLE!!! xD
¿Cómo puedes olvidarte del que quizás sea el testimonio mahleriano más sobrecogedor de la historia discográfica: Novena Sinfonía por Bernstein y la OFB?
No se me ha olvidado el único encuentro entre Lenny y la Filarmónica de Berlín, no. Es que -lo confieso- no me parece para tantísimo. Quiero decir, es una magnífica interpretación, pero echo de menos el humanismo de un Giulini, la claridad de un Klemperer, el colorido de un Chailly... Le pondría un 9, pero no el 10.
Hola, Sobre gustos no hay nada escrito...eso es verdad, lástima que le parezca pesada la octava, es monumental, y conmovedor su final. La versión de Klaus Tennstedt es muy buena como la de Bertini bajo el sello EMI y la del video de eschenbach con la Orquesta de París. Que opina de la novena con Rattle, Abbado en Lucerna (DVD)y el de Bernstein en DVD?. Gracias, interesante blog
Gracias por las recomendaciones, Melómano.
No conozco ninguna de las dos versiones de la Novena que registró Rattle. La de Bernstein en DVD me pareció en su momento maravillosa, aunque me gustaría repasarla. La de Abbado en Lucerna, pues como la que le vi en Madrid que ya comenté en este blog: muy virtuosística pero poco emotiva.
Un saludo.
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