sábado, 5 de marzo de 2011

Interpretación sensacional de un título mediocre: 1984 de Maazel en Les Arts

¿Hasta qué punto puede una interpretación de primerísima línea salvar las insuficiencias de una obra mediocre? La pregunta nos la hemos hecho todos los aficionados infinidad de veces, porque ciertamente no hay una respuesta clara a tal interrogante, pero lo cierto es que lo vivido anoche en el Palau de les Arts nos obliga a abundar en el asunto. 1984, traslación al universo lírico de la novela homónima de George Orwell que supone la única incursión en la ópera en su faceta de compositor del maestro Lorin Maazel, quien por cierto mañana domingo cumple nada menos que ochenta y un años, es una ópera francamente floja. Lo es en parte por el libreto de J. D. McClatchy y Thomas Meehan, en exceso discursivo cuando se trata de trasmitir el mensaje: hay cosas que son tan obvias que no necesitan ser explicitadas. Pero lo es sobre todo por la propia música de Maazel, carente la mayor parte del tiempo de inspiración y lastrada por una evidente falta de personalidad: desde que se abre con una clara referencia al arranque de El mandarín maravilloso hasta las trece campanadas del Big Ben con que concluye de manera más que sombría, desfilan ante nuestros oídos los universos sonoros de Berg, Hindemith, Weill, Ives, Prokofiev, Shostakovich, Varése, Britten y un largo etcétera de compositores del siglo XX, y hasta de un Mussorgsky y un Gustav Mahler si me apuran, más alguna referencia (el “tema de amor”) al musical americano, sin que los ingredientes terminen de formar una masa compacta y homogénea. Lo que nos encontramos es, más bien, una mera yuxtaposición de músicas “en el estilo de…” en función de las necesidades expresivas de cada momento. Ideológicamente, además, la selección resulta un tanto maniquea: con la excepción del himno nacional que se escucha al principio, las músicas más “fáciles” están asociadas con el mundo perdido que añoran los protagonistas (el citado tema de amor, la canción de la proletaria, el blues), mientras que la música más o menos atonal y hasta serial se vinculan al opresivo régimen del Gran Hermano.

Sin embargo, pese a todo lo dicho, salí satisfecho del teatro, porque me ocurrió igual que cuando vi en su momento la filmación del Covent Garden para escribir la crítica en Ritmo (enlace), y que cuando hace tan solo unos días volví a ver el DVD editado por Decca: el interés y el aburrimiento se fueron alternando durante los dos primeros actos, pero seguí el tercero con verdadera congoja, y no solo porque lo que en él se narra -las torturas infringidas al infortunado Winston Smith hasta que terminan de lavarle el cerebro- sea impactante. Su música, ciertamente, es la mejor (la menos mala) de toda la ópera, pero el motivo por el que el espectáculo funcionó por encima de lo que el material de partida parecía permitir fue la sensacional labor interpretativa que todos, desde el propio Maazel hasta el último figurinista, realizaron en este 1984.

Sensacional es, sin duda, la puesta en escena de Robert Lepage, reciente triunfador con el Oro del Rin que está presentando el Met neoyorquino: honesta, sin pretensiones, por completo alejada de la provocación y del efectismo (¡y eso que la obra daba pie para ello!), sapientísima en la utilización de la escenografía (fundamentalmente una plataforma giratoria), ágil en su sentido del ritmo, no excesiva en la recurrencia a las proyecciones (gran diferencia con lo que hubieran hecho los chicos de La Fura), atenta a la dirección de actores y muy lograda desde el punto de vista plástico. Y un lujo la voz pregrabada de Jeremy Irons, claro. Creo que no se puede pedir más.

Soberbia, cómo no, la batuta de un Lorin Maazel que no siempre hace buen uso de su técnica incomparable, pero que esta vez sacó el máximo provecho de ella por estar más que nunca al servicio de lo que más le interesa: él mismo. No se puede imaginar una dirección musical más tensa, concentrada e incisiva, con mayor sentido del color y de las texturas, con mayor capacidad para generar atmósferas ominosas ni con más garra dramática en los momentos clave. Y todo ello contando con una orquesta que de momento (ya veremos dentro de unos meses) sigue siendo formidable. Coro y escolanías, con algún que otro desajuste, cumplieron sobradamente con sus cometidos.

Sorpresa gratísima la del jovencísimo Michael Anthony McGee, sustituyendo a penúltima hora al barítono inicialmente previsto: el chaval se aprendió el papel en quince días y realizó una estupenda labor en la que las relativas limitaciones de su instrumento, poco personal y no muy atractivo, fueron compensadas con una irreprochable línea de canto y una notable labor escénica, aun sin llegar a la personalidad que derrocha sobre las tablas quien grabó en papel en Londres, el estupendo Simon Keenlyside. Por cierto, debo realizar una pequeña matización a la -como siempre, imprescindible- crónica de mi colega bloguero Atticus (enlace): los falsetes no son cosa del cantante estadounidense, sino que están todos escritos en la partitura.

Nancy Gustavson, notable cantante hace años, está ya un poco mayor, y de hecho se nota el tiempo que ha pasado desde las representaciones en el Covent Garden, pero no tuvo especiales problemas en un papel que su buen amigo Maazel escribió para ella. Magnífico, como en el DVD, el tenor Richard Margison, de lejos la mejor voz en el escenario. Y muy bien Silvia Vázquez en su doble papel de monitora de aerobic y borracha, aunque las endiabladas coloraturas de su parte fueran pensadas para la tremenda Diana Damrau, que lógicamente lucía mucho más en la filmación. Dignísimo el resto, sobresaliendo el Syme de Andrew Drost.

Lo dicho, una magnífica puesta en escena y una espléndida realización musical de una obra considerablemente floja. ¿Ha merecido la pena? Pues yo creo que sí. Y es que, a pesar de sus insuficiencias, el “mensaje” de 1984 está más vigente que nunca. Orwell hablaba fundamentalmente del horrendo régimen estalinista, eso es verdad, y la puesta en escena de Lepage hacía referencia directa a la época del detestable George Bush Jr., pero en el mundo en crisis y más globalizado que nunca de 2011 se ciernen sombrías amenazas sobre las que es necesario reflexionar conjugando emoción y razón. Y esto es precisamente lo que consiguen Maazel compositor, Maazel director, Lepage y todos cuantos han intervenido en esta producción. Decididamente sí, ha merecido la pena.

1 comentario:

Atticus dijo...

Gracias por tu mención, Fernando, y por tu aclaración sobre los falsetes. Sea entonces mostrado mi disgusto por su abuso al autor y no al intérprete.
Coincido fundamentalmente contigo en todo cuanto manifiestas, y me alegra leer tu opinión después de haber visto algunas críticas "oficiales" plagadas de elogios y loas hacia esta labor del Maazel compositor que, al menos a mí, me resultó muy decepcionante, poco inspirada y un vulgar pastiche que si hubiese ido firmado por un autor desconocido no hubiese visto la luz ni en los circuitos de pueblo.
Sólo el excepcional planteamiento escénico de Lepage y el notable rendimiento vocal e interpretativo de los cantantes y coro, impidieron que acabase roncando.
Por cierto, volviendo a hablar de falsetes, el "falsete" en sobreagudos del tenor Andrew Drost, no es tal, sino la voz de la soprano Irina Ionescu.
Un abrazo