A nivel de interpretación (que no de ejecución) los dos conciertos estuvieron bien, con sus más y sus menos. Salvo en los contadísimos casos en los que le sale el genio (Orff, Falla, Stravinsky) o en aquellos en los que se pone en plan hortera, el maestro burgalés es un solvente y eficaz kapellmeister que obtiene muy dignos resultados en el repertorio decimonónico centroeuropeo, logrando además que las orquestas modelen el sonido de la madera adecuada. Nuestra ONE, pese a las ya referidas insuficiencias, logró bajo su batuta sonar a “auténtico” Brahms, lo que no resulta precisamente fácil de conseguir. Frühbeck dirigió además con trazo firme, sin perder el pulso, y en lo expresivo se mostró bastante centrado, aunque no siempre con la misma inspiración. El Allegro non troppo de la Cuarta sinfonía estuvo bien a secas, mientras que en el Andante moderato que le sigue la batuta derrochó sensualidad, concentración y vuelo lírico, haciendo cantar a la cuerda con una ternura admirable. El Allegro giocoso no pasó de lo correcto y en el Allegro energico e passionato canalizó con acierto las tensiones y distensiones hasta liberarlas en la genial coda conclusiva. En la Segunda sinfonía el movimiento inicial estuvo muy bien planteado, el segundo resultó –sorprendentemente- mucho antes dramático que lírico, el tercero se desarrolló sin problemas y solo en el cuatro el maestro sacó los pies del plato con esa digamos “robustez excesiva” y esa tendencia al decibelio de la que a veces hace gala.
Las dos sinfonías brahmsianas estuvieron precedidas, al igual que las otras dos –las impares- que el mismo maestro había ofrecido la semana anterior, por sendas obras encargadas por el propio Frühbeck y su Filarmónica de Dresde para el ciclo Brahms ofrecido el pasado septiembre en la ciudad alemana. Para la Cuarta el burgalés Alejandro Yagüe escribió una breve pero interesante página en plan más o menos serio, mientras que para la Segunda Udo Zimmermann optó por la humorada y enlazó, un poco a la manera del ex-componente de Les Luthiers Ernesto Acher en sus juegos (enlace), el tercer movimiento de la sinfonía con el mismísimo can-can de Orfeo en los infiernos.
En el segundo concierto pude confirmar la impresión que hasta ahora me ha venido causando Andris Nelsons, al que le conozco unas cuantas retransmisiones radiofónicas y un vídeo con la Filarmónica de Berlín (enlace): este chico no solo posee muy buena técnica sino que quiere decir muchas cosas nuevas, pero no siempre tiene claro qué es exactamente lo que puede o debe decir. Su temperamento, además, tiende a inflamarse sin que la cabeza logre controlar del todo los resultados, por lo que a veces corre el riesgo de desbocarse. En cualquier caso da gusto ver a alguien dirigiendo con tantas ganas, con tanto entusiasmo y con una gestualidad tan espectacular, aunque no por ello menos efectiva.

Estuvo muy bien la obertura Egmont con que arrancó el programa. Tal vez el director letón no termine de conectar con la profundidad humanística de Beethoven, pero en su recreación hubo fuego, sinceridad y mucha garra dramática, aunque también cierta precipitación al final. La orquesta, como ya dije, admirable, pese a algún despiste del clarinete. El Concierto para violonchelo nº 1 de Shostakovich (enlace) no me pareció tan admirablemente dirigido: todo estuvo en su sitio pero faltó un plus de visceralidad, mientras que la lentitud con que abordó el Moderato central le hizo perder el pulso. La trompa solista, valiente y con algunos tropiezos. Gautier Capuçon hizo gala de un sonido bellísimo, rico en vibraciones y magníficamente modelado, haciendo cantar a su instrumento con un vuelo lírico admirable, pero no conectó con la esencia de la obra; con tanta obsesión por derrochar belleza se olvidó del lado corrosivo y amargo de la obra, así como de esa imprescindible teatralidad que hay que exhibir en sus movimientos extremos. Incluso el Moderato lo comenzó rozando el lloriqueo, lo que no me pareció de recibo. Vamos, que me gustaron más Han-Na Chang y Antonio Pappano en esta misma sala, y también bajo la organización de Ibermúsica, el pasado mes de abril (enlace).
La Sinfonía del Nuevo Mundo me pareció una versión corregida y mejorada de la retransmisión radiofónica que le he escuchado al propio Nelsons. Por lo pronto hay que agradecer el sonido rústico, áspero por momentos, con que sabiamente este director (le conozco también Quinta y Séptima) hace sonar la música de Dvorák. Pero es que además su visión de tan manoseada página me interesa mucho, no ya por su nervio y electricidad sino por la manera en que subraya los aspectos más dramáticos y rebeldes de la misma. En este sentido, el arranque del Allegro molto tras el Adagio introductorio fue de una teatralidad fulgurante, aunque luego el celebérrimo tema lírico lo fraseara de manera caprichosa y llegase al final del movimiento con más precipitación de la cuenta. Más concentrado estuvo el Largo, muy bien paladeado y antes oscuro que contemplativo. El Scherzo resultó furioso y cuasi-bruckneriano, recordándome no poco a la manera en la que el olvidado István Kertész (sobre todo en su grabación con la Sinfónica de Londres) recreaba esta página. El movimiento final, planteado con tanta flexibilidad en los tempi como el resto de la sinfonía, tuvo sus altibajos, y por momentos no estaba claro a dónde quería llegar la batuta, pero el final, lleno de rabia y sin la menor ampulosidad, demostró que Nelsons intentaba antes alcanzar el fondo de la pieza que epatar al personal, lo que le honró muchísimo. A todas luces, un director a seguir de cerca.
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