miércoles, 28 de abril de 2010

Pappano visita Madrid: fuego en el cuerpo

La visita de Antonio Pappano al ciclo madrileño de Ibermúsica el pasado domingo 25 de abril ha dejado bien claras las señas de identidad del director británico: partiendo siempre de una elevada musicalidad en la que no hay cabida para el mal gusto o el efectismo, comprobamos que calidez, sinceridad, frescura y comunicatividad se ponen por delante de aspectos como la claridad, la riqueza tímbrica, la elegancia o la densidad conceptual. En este sentido, sus lecturas de Muerte y transfiguración y de Vida de Héroe se parecen bien poco a las de un Celibidache o un Karajan, por poner dos ejemplos bien diferentes entre sí de grandes recreadores de estas excelsas creaciones straussianas. Pappano optó por tempi rápidos y una gran inmediatez expresiva en la que el fuego que alimentaba su batuta eliminó toda posible tentación tanto de ampulosidad como de melifluidad, aunque por momentos le colocó al borde del desbordamiento. En cualquier caso no hubo nerviosismo alguno ni irregularidad en el trazo, y los momentos más lentos estuvieron paladeados con la concentración propia de un gran maestro.



Concretemos. Muerte y transfiguración comenzó muy bien, de modo no particularmente dramático y con una interesante atmósfera sensual; únicamente la blandura del oboe y de la violinista empañaron un poco la lectura. La sección central desplegó una enorme cantidad de fuego y energía "juveniles" muy apropiadas, aunque por momentos se echase de menos una planificación más meditada. Y el final alcanzó una concentración y una grandeza visionaria -sin rastro alguno de grandilocuencia- verdaderamente memorables.

Vida de héroe empezó con un fuego excesivo: el retrato del protagonista necesita mayor amplitud y majestuosidad. Los enemigos estuvieron caracterizados a la perfección, sin necesidad de hacer hincapié en los aspectos más incisivos de la escritura orquestal. La amada tuvo toda la sensualidad que ha de caracterizarla, si bien de nuevo el violín solista (Carolina Kurkowski) ofreció unas intervenciones en exceso "delicadas", además de portamentos no del todo convenientes. La batalla fue impulsiva, brillante y fragorosa: personalmente me hubiera gustado algo más lenta y, por ende, más clara. Bellísima la manera de exponer las obras de paz y muy emocionante todo el final, con una coda en la que, como en la obra que había abierto el programa, supo no confundir grandiosidad con grandilocuencia.

Entre estas dos incandescentes recreaciones, Pappano dirigió de manera irreprochable, sin cargar las tintas en el sarcasmo pero manteniendo la tensión en todo momento, el Concierto para violonchelo nº 1 de Shostakovich, una obra con la que quien esto firma, dicho sea de paso, se identifica especialmente. En cuanto a la joven Han-Na Chang, su entrada tuvo considerables vacilaciones técnicas, pero enseguida demostró ser una solista de enorme talla, luciendo un sonido grande, carnoso, acompañado de un temperamento casi tan volcánico como el de la batuta, hasta el punto de que a lo largo de la ejecución (lo vi perfectamente sentado en el centro de la primera fila: cien euracos del ala) el arco de su violonchelo se fue quedando pelado.

Tal fue su incendescencia que me dio la impresión de que la artista coreana ha estado más comprometida aquí que en la grabación -por lo demás espléndida- que realizó no hace mucho con el propio Pappano para EMI, y por ello mismo ha resultado más arriesgada tanto en lo técnico -no todo fue impoluto- como en lo expresivo. En este sentido hubo algunas aportaciones en el juego con las dinámicas que a mí no me terminaron de convencer, pero semejante carga de sinceridad y tan admirable capacidad para pasar por las diferentes situaciones tragicómicas propuestas en la partitura (¡qué hermoso canto de su chelo en el segundo movimiento!) la hicieron triunfar por completo.

No hubo regalo de la solista, pero sí de Pappano: una Obertura Festiva de Shostakovich que sonó mucho más a propina que a obertura propiamente dicha: jamás la he escuchado tan trepidante y vertiginosa, para lo bueno y para lo no tan bueno. Ah, fantástica la Gustav Mahler Jugend-Orchester en todas sus secciones, claramente por encima de la ONE a la que suelo escuchar de vez en cuando en el mismo Auditorio Nacional. Lo subrayo porque, según hace poco he leído por ahí en referencia a cierta formación española, a una orquesta juvenil hay que juzgarla por lo que es y, por tanto, perdonarle los fallos propios de los aprendices. Claro que hay orquestas de jóvenes y... orquestas de jóvenes.

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