domingo, 21 de noviembre de 2010

Un Rapto de la Era de las Luces en el Palau de Valencia

No tiene mucha suerte El rapto en el serrallo, al menos en España: la ópera contiene buenísima música pero casi nunca se representa. Yo solo he tenido una ocasión de verla escenificada. Fue hace ya bastantes años, en Jerez de la Frontera, con resultados de alarmante mediocridad musical y escénica que encima se vieron lastrados por la muy discutible idea de ofrecer los diálogos en castellano manteniendo el alemán para la música. Ayer tuve la oportunidad de resarcirme en el Palau de la Música de Valencia con una versión en concierto a cargo de la Orchestra of the Age of the Enlightenment, sin duda una de las mejores formaciones sinfónicas de instrumentos originales del mundo. La estupenda Kati Debretzeni venía de concertino. Junto a ella se encontraba nada menos que Alison Bury, la líder de los English Baroque Soloists de Gardiner, mientras que en el resto de la formación encontrábamos nombres como los de la flautista Lisa Beznosiuk o el ya mítico clarinetista Anthony Pay. Lujerío total, vamos. Otra cosa es que gusten más o menos los "period instruments" para Mozart: a mí mucho, pero no me parece que el asunto sea determinante. A los que a estas alturas siguen diciendo que en semejante repertorio los instrumentos "modernos" son indiscutiblemente mejores que los "antiguos", o viceversa, les recomiendo que se replanteen seriamente algunas cosas.


En esta gira mozartiana dirige a la OAE (web oficial) el canadiense Bernard Labadie. Lo hace con mucha corrección y sensatez, acertando en el estilo sin caer en los tics historicistas (ya se sabe: excesiva levedad, carácter pimpante, etc.) que con frecuencia aqueja a este tipo de interpretaciones. Hubo además vida, carácter teatral y sentido de los contrastes. Eso sí, la música de Mozart guarda bellezas en su interior que no son nada fáciles de sacar a la luz: un poco más de vuelo lírico, de trabajo con las dinámicas, de imaginación, de matices en definitiva, no le hubiera venido nada mal a su un tanto cuadriculada labor de batuta. O a lo mejor es que no me he he sabido quitar de la cabeza lo que hizo Karl Böhm en 1980 (DVD imprescindible en Deutsche Grammophon, dicho sea de paso).

Me gustó bastante Susan Gritton como Constanze, y eso que en la primera de sus arias lo pasó realmente mal cuando tuvo que enfrentarse a las agilidades: en la zona aguda hizo aguas, se puso nerviosísima y la cosa terminó en desastre. Pero luego se fue recuperando e hizo gala de las virtudes que ya le conocíamos a esta muy estimable soprano británica: una voz lírica de hermoso color oscuro y un bellísimo canto legato lleno de sobria pero sentida sensibilidad. Cuando llegó el temible "Marten allen Arten" ya se encontraba recuperada del susto y, pese a algunos apurillos en el sobreagudo, pasó la prueba con bastante dignidad.

Gratísima sorpresa el Belmonte de Frédéric Antoun, que lució estilo y excelente gusto con un instrumento mozartiano de verdad, con cuerpo y color: nada que ver con esas vocecillas blanquecinas de cinco miligramos que hoy se han puesto tristemente de moda en este repertorio. Que en los pocos pasajes de agilidad de su parte no lo pasara del todo bien importó poco, porque el joven hizo Mozart de verdad, y del bueno. ¡Bravo!

Correctísima Malin Christensson como Blonde, y aún podía haber estado mejor si no fuera por los dos horrorosos chillidos que pegó en la primera de sus intervenciones. Precioso su vestido, por cierto. Más que notable Tilman Lichdi, aunque el papel de Pedrillo no tenga mucho lucimiento en una versión en concierto. Y me hizo ilusión ver de nuevo al ya bastante maduro Alistair Miles, un cantante que nunca ha sido gran cosa pero que es la solidez personificada; sin ser realmente un bajo, sino más bien un barítono-bajo, se comprende que algunas frases de Osmin resultaran por completo áfonas, pero sacó adelante el papel (que no se sabía: no despegó el ojo de la partitura) con muchísima solvencia y adecuado sentido del humor.

Para solucionar la falta de los diálogos se recurrió a la figura de un narrador. Solución muy adecuada, sin duda, porque seguro que había personas que no conocían bien el argumento. Lo que sí resultaba más discutible era el carácter del texto escrito para la ocasión por Simon Butteris, porque su muy británico sentido del humor no quedaba nada bien traducido al castellano, y menos aún en la bella voz del zaragozano Rubén Martínez que, estando correctísimo, no supo ofrecer la adecuada ironía british al asunto. De ahí probablemente que algunos miembros del público no conectaran con esta parte de la propuesta. Ahora bien, lo que no comprendo es que el respetable en general no se mostrara al finalizar el espectáculo todo lo satisfecho que debía ante un espectáculo que fue globalmente bastante notable.

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