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Christophers y la OCG visitan Úbeda

Estoy pasando el fin de semana en mi querida Úbeda (trabajé aquí durante el curso 2005/06) para asistir a algunos de los conciertos del XXII Festival Internacional de Música. Me lo pasé bien en el que ofreció ayer viernes 21 de mayo en el Hospital de Santiago la Orquesta Ciudad de Granada, integrado por obras de Mozart y Britten, pero a varios expertos amigos no les hizo mucha gracia. ¿Estaré perdiendo facultades? ¿Será que nunca las he tenido? Es posible. También puede ser que le tengo cierta simpatía a Harry Christophers, pues él fue el protagonista (hace ya muchos años, en el Teatro Lope de Vega de Sevilla) de uno de los primeros conciertos de música antigua que escuché en mi vida. O quizá es que el resultado respondió más o menos a lo que esperaba del fundador de The Sixteen: aseo, fluidez, elegancia, distinción digamos “británica”, palpable influencia de las maneras historicistas y… (¿adivinan?) una buena dosis de superficialidad.

Christophers abordó la celebérrima Pequeña serenata nocturna KV 525 como lo que es, una obra de circunstancias. Para lo bueno y para lo no tan bueno. Ni que decir tiene que no hubo en su recreación nada del severo dramatismo de un Klemperer o de la poesía infinita de un Böhm. Para disfrutar procuré olvidarme por completo de las referencias discográficas. Los tempi fueron relativamente rápidos, la articulación ágil y el carácter vivaz, distendido, pero en absoluto pimpante, liviano o cursi, error en el que caen ciertos “especialistas” cuando abordan el repertorio mozartiano. Para terminar de convencer hubiera hecho falta más atención al matiz expresivo y una mayor cantabilidad en el fraseo.

Me gustó menos la recreación de las soberbias Variaciones Frank Bridge, pues aunque Christophers no obvió el lado abiertamente dramático de la página, no supo dotar de continuidad a la misma ni ofrecer la suficiente variedad expresiva. Hubo aquí y allá pasajes estupendos, el estilo fue sin duda irreprochable, pero el conjunto no terminó de emocionar.

Algo parecido se puede decir del Preludio y fuga para cuerdas del propio Britten que abrió la segunda parte. Falló además la comunicación con el público, y eso se notó. La Sinfonía nº 40 de Mozart se quedó a medio camino, pues no en balde se trata de una de las obras más difíciles de interpretar de todo el repertorio. El británico redujo de manera muy considerable el vibrato, ofreció ligereza e incisividad en su punto justo (qué fácil es caer aquí tanto en lo plúmbeo como en lo ingrávido), fraseó sin nerviosismo y atendió siempre al equilibrio orquestal, pero faltó el punto indispensable de tensión interna, de creatividad y de compromiso expresivo que necesita esta genial partitura para revelarnos todos sus pliegues.

Me da la impresión, además, de que Christophers no domina lo suficiente la técnica de dirección orquestal. Su gestualidad es agitada, confusa, y –al menos en el concierto ubetense- no logró sacar todo el partido posible a la formación que tenía delante. La Orquesta Ciudad de Granada sigue siendo formidable para el repertorio clásico y evidenció sus cualidades, pero en más de un momento del concierto la confusión se apoderó de unos primeros violines (por cierto, fabuloso el concertino en los solos de Britten) no del todo empastados. Al terminar la velada los miembros de esta sección mostraron unas caras largas que a mí me parecieron de insatisfacción. En cualquier caso creo que, a pesar de todos los reparos expuestos, se trató de un concierto digno que se pudo disfrutar teniendo en mente que no se iba a contar con recreaciones particularmente personales ni emotivas. Y en cuanto a Christophers, que se siga centrando en Purcell y Haendel, por favor.

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