martes, 17 de febrero de 2009

La sonata para violín y piano de Shostakovich

Esta Sonata para violín y piano Op. 134, de una media hora de duración, fue escrita por Shostakovich en 1968, tomando como base una obra esbozada en 1945, como regalo de cumpleaños –alcanzaba sesenta- a su gran amigo David Oistrakh. Para su violín de sonido acerado y tenso había compuesto ya su Concierto para violín nº 2, y ahora se decide por una obra de cámara en la que, al igual que en otras obras de la misma época, se enfrenta cara a cara con esa figura siniestra que de vez en cuando asomaba por los pentagramas, inquietante, desde sus tiempos de juventud: la Muerte.

El primero de los tres movimientos, “Allegro ma non troppo”, arranca con esa melancolía inquietante tan característica del autor (bien distinta de la de Prokofiev, menos siniestra y más emotiva) para llegar pronto a una primera chispa de rebeldía que es de inmediato sofocada por una mueca irónica. Es éste un recurso habitual en Shostakovich, no sabemos si por su temperamento tímido y huidizo o más bien por esa necesidad que tenían los artistas sometidos a regímenes políticos totalitarios de esconder sus verdaderos sentimientos bajo una sonrisa sarcástica, cuando no macabra. En cualquier caso podemos comprobar cómo en esta partitura determinados efectos del violín intentan esconder, en vano, la tortura interna del alma del compositor.

La atmósfera, por lo demás, es siempre opresiva e inquietante, a lo que no es ajeno un estilo compositivo que coquetea con las técnicas “serialistas” y con la polifonía bachiana. El espíritu bachiano se hace además presente en esa pasión revestida de austeridad y distanciamiento que caracteriza al autor de El arte de la fuga y que planea sobre todo este movimiento.Todo ello salpicado con algunos “toques de campana” en el piano de lo más premonitorios.

Es en el más breve “Allegretto”, una especia de danza macabra, donde Shostakovich da rienda suelta a toda su furia. Es cierto que semejante tipo de pasajes mecánicos, corrosivos y angustiosos son frecuentes en su obra, peo aquí llega a extremos de arrebato, descontrol y hasta locura que, desde luego, no resulta fácil encontrar en el resto de su por lo demás bastante expresionista producción musical. Lo paradójico es que semejante fórmula la construye aquí a partir de una clara referencia a la música propia de las bodas populares hebreas, un universo melódico -y un legado espiritual- que ya se había hecho varias veces presente (como en el ciclo de canciones De la poesía folclórica Judía, op. 79, o en la Sinfonía nº 13, “Babi Yar”, de 1962) en la abundante creación shostakoviana.

El último movimiento, “Largo, Andante”, el más extenso de los tres, se abre con un desgarrado grito de angustia del violín (¡cómo hacía esto el inmenso Oistrakh!) que, sorprendentemente, es amansado por un piano melódico y hasta evocador. En balde: poco a poco la tensión se va acumulando y a los pocos minutos la intensidad controlada se transforma en verdadero desbordamiento, y no sólo en la parte violinística sino también en el piano, que se enfrenta a algunos pasajes técnicamente muy complicados y emocionalmente muy comprometidos. Vuelve además aquí la influencia bachiana toda vez que el tema con variaciones en que se articula este movimiento se corresponde en cierto modo con la fórmula de la “passacaglia” barroca.

El final, atmosférico y ominoso, puede recordar al de otras obras del autor, aunque en los últimos acordes reaparecen esos tañidos de campana que tanto habían obsesionado tiempo atrás a Rachmaninov. Los dos compositores sabían bien que esas campanas doblaban a duelo.
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Este texto fue escrito ayer mismo como parte de las notas para un recital de Midori. Desdichadamente la violinista acaba de suprimir esta obra del programa, así que cuelgo aquí estas líneas -sustancialmente modificadas- para que sirvan, al menos, para animar a los lectores a acercarse a esta interesantísima partitura.

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