jueves, 1 de enero de 2009

¿Nos hacemos unas polquillas? Pero sin mariconadas...

Ya en los primeros compases se podía confirmar lo que muchos imaginábamos: en su primera comparecencia en el concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Nueva, Daniel Barenboim ha ofrecido interpretaciones más bien personales de la música de los Strauss y compañía caracterizadas por la robustez, la corpulencia sinfónica y la fuerza dramática, en una línea no opuesta, pero sí distinta, a la establecida durante muchos años por el inolvidable Willi Boskovsky y luego continuada por el refinado Maazel, el electrizante Kleiber o incluso el creativo Prêtre.

Lógico y natural. La tradición vienesa del uno de enero exige una buena dosis de hedonismo sonoro, de frivolidad y de delicadeza cercana a lo decadente por parte de la batuta, y estos son conceptos de los que Barenboim, como director y como pianista, siempre ha huido como de la peste. Pero tampoco es precisamente un músico sin personalidad ni talento. ¿Resultado? Lecturas encendidas, entusiastas, de sonoridades marcadamente sinfónicas -muy atentas a la cuerda grave-, llenas de tensión interna y de un vuelo lírico excepcional (¡de infarto la sección central de la obertura de Una noche en Venecia que abría el programa!) pero, eso sí, de una cantabilidad muy alejada de lo meramente preciosista y de un sentido del humor más rústico que chispeante. Muti y -con menor talento- Jansons han transitado en estos conciertos sendas parecidas.

¿Reparos mayores? Yo pondría dos: unos rubatos que, aun siendo muy notables, no siempre resultaron todo lo fluidos y naturales que podían haber sido, y una cierta falta de transparencia orquestal en determinados pasajes. Por lo demás, a mí me ha encantado este concierto de Año Nuevo "sin mariconadas" que, a buen seguro, habrá decepcionado a quienes no comulguen con semejantes maneras de hacer en este repertorio. Ah, divertidísima la escenificación del final de la Sinfonía de los Adioses en homenaje a Haydn, aunque a decir verdad desde el punto musical le ha faltado un poco de sentido del humor. Y un acierto por parte de Barenboim hacer referencia sólo muy breve a la situación en Oriente Medio: hizo lo que quiso y debía, pero sin sacar los pies del plato.

PS. Escribí en un principio que la pieza que abrió el concierto fue la obertura de El barón gitano. Falso. Esa interpretación, con la que comenzaba en realidad la segunda parte, fue sin duda admirable, pero la maravilla a la que me refería era la obertura de Una noche en Venecia. Ya he corregido el error en el texto.

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