lunes, 10 de noviembre de 2008

El Palau de Les Arts, una maravilla

Por fin pude ir al Palau de Les Arts. Desde Jerez las comunicaciones me resultaban muy problemáticas, pero como desde la Sierra de Segura "sólo" hay tres horas y media en coche, pude permitirme un viajecito de fin de semana para ver qué se está cociendo allí y disfrutar del Parsifal de Maazel y Herzog. Tenían razón todos: esto es una maravilla.


Para empezar, el edificio (que hace años, en obras, ya me parecía impresionante) es de una belleza abrumadora. Otra cosa es que el narcisista Calatrava pensara mucho antes en el aspecto plástico que en el funcional y que haya habido que "parchear" algunos sus errores. Los que se podían corregir, claro, porque la deficiente visibilidad de algunas de las butacas ya no hay quien la arregle. Por no hablar de las inundaciones. Pero, aun así, la arquitectura del Palau es una magnífica obra desde el punto de vista plástico que, en sí misma, se ha convertido ya en un icono a nivel internacional de la institución (véase la magnífica fotografía de Fran Gómez que he colgado arriba).

La acústica es una maravilla. Seguramente no lo fue antes, pero tras los arreglos sí, al menos en patio de butacas. Muy superior, desde luego, a la del Real, el Maestranza o el Liceu. La orquesta suena brillante sin sepultar en ningún momento a las voces. ¡Y qué orquesta! La mejor de España, con diferencia, y seguramente nuestra única formación sinfónica de primera fila. Obviamente su juventud hace que no tenga una personalidad definida, y probablemente nunca la tendrá, pero su grado de virtuosismo es altísimo, hasta el punto de que en una ópera tan larga como Parsifal ni hubo casi ninguna nota falsa. La cuerda grave me resultó particularmente impresionante. Escuchar una orquesta así con semejante acústica en un foso es ya un verdadero placer, independientemente de los resultados interpretativos que pueda obtener la batuta de turno.

Pero en Valencia hay algo más: inteligencia y riesgo. Por descontado que sin las enormes sumas de dinero que allí se manejan no se podía haber levantado semejante proyecto, pero también es cierto que en otros teatros se despilfarra lo que se tiene por culpa de la falta de previsión, de la cobardía programadora, de las concesiones a las agencias artísticas de turno y hasta de la torpeza a la hora de seleccionar elencos. Con mano dura (no sé si necesaria) y mucha astucia, aquí han conseguido colocarse en primer nivel internacional con tan sólo dos temporadas merced a la gran sabiduría programadora. Han ido a por lo más difícil, Wagner, y con este dificilísimo compositor (¿en qué teatros se escuchan hoy elencos sin fisuras y orquestas que sepan estar a la altura de los pentagramas?) han logrado el respaldo casi unánime de público y crítica. Si se hubieran lanzado a por el Bel Canto seguramente hubieran hecho cosas magníficas, pero no hubieran suscitado semejante admiración. Se han puesto el listón a la mayor altura y lo han superado. Impresionante.

Obviamente en el futuro habrá cosas que mejorar. Por ejemplo, la atención al repertorio belcantista puro y duro. O, en otro terreno, el servicio de venta de entradas. También habrá que buscar un sustituto a la altura de Maazel: la anunciada visita de Gergiev para Los troyanos da escalofrios. Pero vamos, aun así, dan ganas de mudarse a Valencia. ¡Bravo!

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