jueves, 18 de marzo de 2021

Se fue Levine

Un amigo me pide que escriba sobre James Levine, el maestro norteamericano cuyo fallecimiento se acaba de conocer. Me da pereza, porque nunca me gustó su arte. Creo que fue un director de considerable mediocridad. Es posible que sea verdad eso que dicen, que era extraordinario a la hora de acompañar a los cantantes. Pero como director de orquesta era, en mi opinión, un maestro muy vulgar. A medio camino entre el insufrible Leopold Stokowski y el no menos lamentable Valery Gergiev, Levine se caracterizaba por la búsqueda del espectáculo a toda costa. Espectáculo en el peor de los sentidos.

Ciertamente tenía un enorme instinto teatral, un sentido del color muy desarrollado y una gran capacidad para hacer rugir a la orquesta, pero esas virtudes no las usaba de la misma manera que, por poner dos ejemplos de batutas instaladas en Estados Unidos, un Reiner o un Solti, esos sí grandísimos directores. Su intención era epatar al público de gustos menos cultivados, ese mismo que acude a los grandes eventos más para presumir que para otra cosa. Ese que, cuando le sobraba el dinero, él iba a seducir para convertirlo en mecenas del Met. He ahí la clave de su éxito: desplegar cañonazos orquestales y cursilería en grandes dosis para que los burgueses que costeaban los enormes gastos –y salarios, entre ellos el suyo propio– del Metropolitan no solo no se aburriesen, sino que además saliesen con la convicción de haber escuchado algo importante. Si a ello sumamos su capacidad para convocar –talonario en mano– a los mejores cantantes del mundo y su escaso interés por poner coto a las producciones rancias y acartonadas que les gustaba a esa presumida burguesía –cuando se atrevió a hacer el Tristán de Dieter Dorn se le echaron encima–, llegamos al resultado que todos conocemos.

Su prestigio en EEUU y sus buenas relaciones le llevaron en los años ochenta y noventa a grabar de todo con algunas de las mejores orquestas del orbe. ¿Cuántos discos realmente importantes salieron de esas colaboraciones? Poquísimos. El de Gershwin en Chicago, ciertas cosas de la Segunda Escuela de Viena y no sé si alguno más. En los años setenta sí que había dejado algunos testimonios significativos, al menos en ciertos títulos de ópera y en Gustav Mahler. Pero luego fue tomando atajos para triunfar de la manera más fácil. De sus titularidades en Múnich y Boston, mejor ni hablar. ¿Cuestiones de estilo? Qué más da. ¿Indagación a ver qué hay detrás de las notas? Ni soñarlo, no hagamos que el público tenga que realizar algún esfuerzo mental. ¿Tratamiento clarificador y refinado de la masa orquestal? No perdamos el tiempo, lo importante es que todo suene fuerte y vistoso. Hay algo que sí me gusta muchísimo de su batuta: un enorme sentido del humor. Es justo por eso por lo que considero El Barbero de Sevilla y Falstaff dos de sus mayores logros operísticos.

Bueno, ¿y “lo otro”? Eso se lo dejo a la justicia y a los buitres carroñeros con forma de periodista musical.

4 comentarios:

Pablo Daffari dijo...

Buen análisis que tal vez da parte de la explicación del éxito y partidarios de Levine. A mí siempre me ha parecido un director plúmbeo y sobrevalorado, aunque ya se sabe: "para gustos...". Enhorabuena por el blog, que no decaiga.

Julio César Celedón dijo...

¿Qué opina de sus discos de Poulenc y su Eugene Onegin, ambos para DG?

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Muchísimas gracias, Pablo. Y sí, el adjetivo "plúmbeo" le viene bastante bien a Levine, sobre todo a su Wagner.

Julio César, el Oneguin hace mucho que no lo escucho. Me gustó en su momento muchísimo por las voces, no tanto por Levine. Eso sí, irse a Dresde fue un acierto. El disco con música de cámara de Polenc no sabía ni que existiera... LO pongo en mi lista de audición en Qobuz, a ver si le echo un vistazo. ¡Gracias!

Wink55 dijo...

Excelentes sus grabaciones de las sinfonías de Mozart y Brahms. Por no hablar de un sin fin de óperas. Me parece un juicio muy negativo pero en fin.

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