martes, 23 de febrero de 2021

Prokofiev por Abbado, cosecha del 77

Supongo que a ustedes les pasa algo parecido: aunque tengo montañas de disco por escuchar, siempre termino volviendo a los viejos conocidos. Es el caso de este Prokofiev, Suite escita y El teniente Kijé en interpretaciones de Claudio Abbado y la Chicago Symphony registradas en febrero de 1977 por Deutsche Grammophon. Testimonio asombroso de un maestro que, años antes de empezar a convertir la ligereza, la blandura y el amaneramiento en señas de identidad, ponía su increíble, insuperable técnica al servicio de la fuerza, de la tensión y de la visceralidad. Y también, no lo olvidemos, de una orquesta de virtuosismo supremo que el día que no grababa con el milanés lo hacía con su titular Sir Georg Solti, con Daniel Barenboim o con un Carlo Maria Giulini en el mejor momento de su trayectoria.

 
Aunque no me olvido de la inalcanzable recreación de la Suite escita a cargo de Celibidache y la Filarmónica de Múnich de 1980, esta de Abbado es una maravilla. El maestro, por descontado, ofrece una lectura áspera, electrizante y con garra, lleva de fuerza telúrica, mirando con descaro a La Sacre de Stravinsky y potenciando los aspectos más salvajes de la partitura. Pero lo hace sin renunciar, más bien todo lo contrario, al tratamiento minucioso de colores, líneas y texturas, como tampoco a la concentración y al sosiego cuando la música lo necesita. De la orquesta, modelada con mano maestra, solo se puede decir que responde con la brillatez y precisión en ella esperable. La versión es Abbado con la Orquesta del Festival de Lucerna de 2010 es mucho menos admirable que esta.

El teniente Kijé vuelve a ser un prodigio de fuerza expresiva, idioma, técnica de batuta –asombrosa la depuración sonora– y brillantez orquestal. Lo mejor, el primer número: el clímax hay que oírlo para creerlo. El segundo, curiosamente, no es el más sensual ni emotivo posible, aunque esté paladeado con enorme cantabilidad. Sin ser la recreación ideal, lo cierto es que no conozco ninguna que me convenza globalmente más que esta.

La toma de sonido es francamente buena para la época, carente de soplido y de apreciable espacialidad: un aplauso para Klaus Hiemann. En fin, un clásico por el que no pasan los años.

1 comentario:

Julio César Celedón dijo...

Esto y su Alexander Nevsky con la LSO son de lujo, definitivamente el mejor Abbado.

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