lunes, 7 de enero de 2019

¿Mozart como Böhm y Karajan? ¡Sí, por favor!

Leo la crítica de Justo Romero (aquí) del concierto Barenboim-Said/Orquesta Joven de Andalucía dirigido por Juanjo Mena en cuya segunda parte se interpretaba La consagración de la primavera y en la primera el Concierto para piano nº 27 de Mozart; me refiero a la función del sábado 29 en el Teatro de la Maestranza, no a la del día siguiente en Almería. Salvo en reconocer el enorme magisterio de Javier Perianes, mi valoración de las interpretaciones (aquí) no puede ser más distinta que la de Justo, a quien por cierto tenía sentado en el asiento detrás del mío.


Nada de que asombrarse: cada uno tiene sus maneras de ver las cosas. Lo que quiero es hacer una reivindicación en voz alta y clara. Reprocha el crítico el "concepto pesado y pesante, dramático, casi pomposo y desequilibrado –en los atriles sobraba cuerda por todos lados– de un Juanjo Mena empeñado en emular los viejos Mozart de Böhm, Karajan y otros gigantes de mediados del siglo pasado". Permítanme replicar: ¡ojalá muchos directores de hoy día hiciesen un Mozart como el de esos dos maestros! Porque el de Salzburgo hacía un Mozart interesante; con desigualdades y evidenciando esa tendencia al narcisismo marca de la casa, pero interesante. A veces extraordinario, como es el caso del que le dirigió a una jovencísima Mutter a finales de los setenta. Y en cuando al de Graz, tengo claro que al menos en los diez últimos años de su trayectoria fue uno de los más grandes mozartianos que se han conocido, por demostrar en todo momento cómo sin renunciar a un ropaje formal por completo apolíneo, de belleza insuperable y extrema depuración sonora, se podía dar testimonio de la hondura reflexiva y el intenso amargor que subyace detrás de mucha música –de toda ella, según él– escrita por el gran genio.

¿Desequilibrios entre cuerda y vientos? No estoy seguro. Lo importante es que la cuerda suene bien articulada y, sobre todo, que la asombrosa escritura mozartiana para las maderas quede en evidencia. Y eso no tiene que ver tanto con el número de instrumentos sobre el escenario como con la habilidad del maestro de turno para equilibrar planos. Hoy día muchas formaciones hacen un Mozart con la cuerda poco nutrida, pero no por ello consiguen el equilibrio polifónico que lograban esos y otros grandísimos maestros (¿recuerdan a Walter, a Klemperer o a Krips?) del pasado siglo. Peor aún: han convertido al autor de Così en un músico desequilibrado en el peor de los sentidos, es decir, ingrávido cuando no anémico en la sonoridad, confuso en la planificación, nervioso en el fraseo y extremo en lo expresivo, es decir, o bien coqueto y amable hasta la náusea, o bien nervioso, convulso e innecesariamente agresivo.

Lo dicho: ojalá se pudiera escuchar en directo mucho Mozart como el que hacían Böhm, Karajan y tantos otros. Ah, arriba les he dejado la que probablemente sea la mejor versión del Réquiem. Ya saben, "pesada y pesante". ¡Qué maravilla!

2 comentarios:

Sergio dijo...

¡Ojalá!

Nemo dijo...

Bueno, yo encuentro el Requiem de Böhm un tanto demasiado otoñal. En la partitura hay cosas que Böhm no ofrece (o atenúa). Pero en efecto, es una versión muy hermosa y sin duda es una forma de ver la obra.

El último Requiem grabado por Karajan es perfecto en la forma, una obra grande, monumental. Excelente grabación. También me gusta.

Y hay otras muchas interesantes. Me encanta la última de Harnoncourt, por ejemplo, y la última de Giulini, o la de Solti (en vivo). o Bernstein (emotiva). Y tantas otras.