lunes, 2 de julio de 2018

Los cuatro primeros de Mozart: ¿clave o piano?

Probablemente el lector esté más que enterado: los conciertos para piano de Mozart del uno al cuatro ni son para para piano, ni son de Mozart. Al parecer, o al menos eso dice la Wikipedia, fueron ejercicios que papá Leopoldo le puso a su hijito de once años consistentes en orquestar páginas extraidas de sonatas para teclado de una serie de compositores germánicos. De ahí que el progenitor rechazara excluirlos del catálogo y que muchas integrales discográficas hayan empezado directamente con el Concierto nº 5, omitiendo estas cuatro obras a todas luces menores, pero agradables de escuchar.


Ahora bien, ¿cómo hacerlo? ¿Con clave, con piano o con fortepiano? Porque de 1767 estamos hablando. He comparado dos versiones: Viviana Sofronitsky al clave, con el Musicae Antiquae Collegium Varsoviense dirigido por Tadeusz Karolak en el sello Etcétera, frente a Daniel Barenboim y la English Chamber Orchestra en su célebre grabación de la serie para EMI. El de Buenos Aires, por cierto, prescindirá de estos cuarto conciertos en su segunda integral, la de la Filarmónica de Berlín. También los dejaron fuera Van Immerseel y Bilson-Gardiner (Hogwood y Levin usaron clave), lo que significa que no tenemos grabaciones con fortepiano, al menos que yo sepa.

Personalmente me siento más cómodo (¡en estas obras, no en las siguientes de la lista!) con la opción históricamente informada de los artistas polacos. Creo que los instrumentos originales les sientan mejor a las cuatro páginas, como lo hace también un clave que no solo ocupa la parte solista sino que también se lanza a elaborar un continuo no imprescindible, pero sí conveniente. Karolak ofrece unas muy notables recreaciones, de carácter historicista sin excentricidades, agresividad ni excesivos claroscuros, aplicando en su punto justo el espíritu galante que esta música demanda. La orquesta, probablemente más grande de lo que tenía en mente el pequeño Mozart, funciona francamente bien, y desde luego muy lejos de ingravideces y de sonoridades relamidas. A nivel algo inferior se encuentra el clave de la Sofronitsky: agil y fluido, elegante sin ser trivial, a falta de un punto extra de imaginación y compromiso.



Sorprendentemente, los tempi de los movimientos extremos de Barenboim son a veces más rápidos que los de Karolak, y la articulación con que hace sonar a la excelsa English Chamber es bastante ágil: en modo alguno se puede hablar de un Mozart masivo o hinchado, menos aún “romántico”, aunque la sonoridad, obviamente, sea más musculada que la del Musicae Antiquae Collegium Varsoviense. Se podrán echar de menos los contrastes sonoros de la interpretación de los polacos, pero el de Buenos Aires tampoco se queda precisamente corto a la hora de mostrarse fluido, galante y espiritoso

Es en los movimientos lentos, en cualquier caso, en los que Barenboim roza el cielo, destila excelsa poesía y descubre acentos dramáticos de enorme lucidez. Evidentemente, ello lo hace sacando todo el partido posible de un piano que, aun no siendo en principio tan adecuado como el clave, permite unas matizaciones dinámicas que demuestran hasta qué punto se puede extraer música de estas páginas; basta escuchar el amargor con el que el de Buenos Aires recrea el Andante del nº 4 para darse cuenta de que estas interpretaciones también hay que escucharlas. Solo un reparo grave: las toma sonora se ha conservado muy mal para ser de 1974. Otras entregas de la misma serie, grabadas con anterioridad, suenan bastante mejor.

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