martes, 13 de marzo de 2018

Peter Serkin: Bartók a los diecisiete

Diecisiete añitos contaba Peter Serkin –a punto de cumplir los dieciocho– cuando en junio de 1965 registró el Concierto para piano nº 1 de Belá Bartók para RCA junto a la Sinfónica de Chicago y un Seiji Ozawa que a la sazón alcanzaba los veintinueve. Un año más tarde –julio de 1966– los mismos artistas grababan el Tercero. Visto de semejante manera, uno no puede sino descubrirse ante el hecho de que un chavalito de esa edad fuera capaz de tocar estás dos obras con semejante nivel técnico. Pero si comparamos estas lecturas con las de otros pianistas, el hijo de Rudolf no sale del todo bien parado. Y no tanto porque su enfoque sea percutivo –esto parece moneda corriente en estas páginas, aunque no resulte lo ideal–, sino más bien por lo monocorde de su toque y lo limitado de su expresividad, resultando por lo general plano e insípido. Tampoco Ozawa resulta ideal para el universo bartokiano: este universo requiere un sentido de la rusticidad y una tensión dramática que no casan bien con su batuta elegante, sensual y refinada. Así las cosas, los resultados interpretativos, ya que no desdeñables, son irregulares.


El primer movimiento del Concierto para piano nº 1 resulta más bien aburrido, animándose solo un poco hacia el final del mismo gracias a una batuta que por fin parece dispuesta a echar la carne en el asador. Mucho mejor el nocturnal Andante: aquí Ozawa se mueve muy bien explorando atmósferas y haciendo que las portentosas maderas de la formación norteamericana suenen de manera particularmente curvilínea. La transición al tercero resulta lentísima y de enorme atractivo; a partir de ahí se queda la interpretación en una notable solvencia –director y pianista poseen un buen sentido del ritmo– sin terminar de ofrecer el empuje y la garra que la agitada página necesita. ¡Cómo no acordarme de la tremebunda, genial interpretación de Barenboim y Rattle que he visto recientemente en la Digital Concert Hall y de la que espero hablarles pronto!

Ozawa se mueve mucho mejor en el lírico Concierto para piano nº 3 que en el atormentado Primero. Su recreación es en todo momento satisfactoria, particularmente en un Andante religioso paladeado con lentitud y delectación sin que las tensiones decaigan, y cuya secuencia “ornitológica” central le permite hacer gala de su portentoso tratamiento de las texturas. Es precisamente en él donde Serkin parece más dispuesto a interpretar –no a leer– los pentagramas, ofreciendo momentos de implacable y adecuada tensión sonora. Luminosidad y buen sabor folclórico –ya que no mucha chispa ni entusiasmo al arrancar: poco a poco se va calentando–, además de una enorme atención a la hora de clarificar la sección fugada, cierran en el tercer movimiento una interpretación a la postre muy notable.

He tenido la oportunidad de escuchar estos registros nada menos que a 192 KHz. Es decir, de manera óptima para la tecnología actual. Pues bien, hay gama dinámica y un estupendo equilibrio de planos sonoros, pero la toma original se ve lastrada por una relativa distorsión y cierta sequedad que impiden ponerla a la altura de las mejores que se hacía por aquella época.

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