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Mozart es dolor

Me levanto hoy sábado y decido repasarme la Sonata para piano nº 8 de Mozart, que tenía en exceso olvidada y espero escuchar mañana mismo a Rafał Blechacz en Sevilla. Escojo el DVD editado por Deutsche Grammophon –encontrarán el YouTube– con la lectura de Emil Gilels correspondiente a un recital del verano de 1971. Quedo completamente conmocionado: por la naturaleza de la música y por la interpretación. Y por cómo ambas se encuentran relacionadas. Porque aunque se pueda discutir esa afirmación de Karl Böhm según la cual toda la música de Wolfgang Amadeus está llena de dolor, pocos podrán negar que esta página escrita en tonalidad menor –una de las dos únicas sonatas suyas en este modo– rebose amargura por los cuatro costados. Que semejante circunstancia pudiera deberse a la muerte de su madre o no tuviese nada que ver con las circunstancias vitales de un jovencito de veintidós años importa ahora poco. Estos pentagramas piden, exigen una interpretación a tumba abierta, que es justo lo que hace Gilels.



De romántica podrían calificar esta recreación algunos talibanes de la peña históricamente informada. Se equivocarían: ni arrebatos temperamentales, ni libertades creativas, ni recreación en el impacto sensorial del sonido, ni grandes conflictos sonoros y expresivos. El gigante ucraniano no hace concesiones. Todo con él es rigor, sobriedad y concentración. Muchísima concentración. La sonoridad es densa, granítica, mucho antes interesada por la tensión armónica que por la belleza (¿cómo no pensar en lo que hubiera hecho Klemperer al piano?). Los matices dinámicos y agógicos son abundantes, pero extremadamente sutiles. El equilibrio (¡clásico, no “romántico”!) entre forma y contenido se alcanza en su plenitud, no perdiéndose la compostura ni siquiera en ese tercer movimiento lleno de desazón. Y las notas hablan con una elocuencia que impacta al oyente en lo más profundo. Tanto, que un servidor no ha tenido más remedio que improvisar estas líneas y confesar abiertamente que este es el Mozart que más me interesa. Porque Mozart, el mejor Mozart de los posibles, es dolor. Mal que les pese a algunos.

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