martes, 7 de febrero de 2017

Insólito: Richter interpreta Gerswin y Saint-Säens

Raro escucharle a Sviatoslav Richter un disco en vivo con toma sonora de muy buena calidad. Más raro aún tener al genial pianista ucraniano interpretando a Gershwin. La singularidad se completa con Eschenbach y la Sinfónica de la Radio de Stuttgart como compañeros de viaje para hacer el Concierto en Fa. ¿Resultados? Más o menos los esperables: una lectura en la que no hay ni rastro de swing, de espíritu jazzístico, de nervio bien entendido, de garra ni de electricidad, pero sí un gusto exquisito, apreciable claridad –los tempi son lentos–, flexibilidad en el fraseo, delectación melódica y una enorme atención a los aspectos más líricos y meditativos de la página, con cuyo regusto amargo el solista sintoniza a la perfección. Así las cosas, lo menos satisfactorio es un tercer movimiento considerablemente flácido –aunque muy bien expuesto–, y lo mejor un Andante con moto en el que, en perfecta comunión con una batuta dispuesta a paladear la música y generar atmósferas, el maestro profundiza en las notas como pocos lo han logrado, elevándose a lo sublime en el pasaje en el que se queda solo y en el final del movimiento.


La otra parte de este concierto, que tuvo lugar el 30 de mayo de 1995 y fue recogido por los micrófonos de la SWR para finalmente ser editado por Hännsler, ofrecía una obra que tampoco asociamos al arte del pianista ruso, pese a que lo frecuentó en vivo e incluso circula una grabación temprana de la misma junto a Kondrashin: Concierto para piano nº 5, Egipcio, de Camille Saint-Saëns. Y lo cierto es que la interpreta de manera muy satisfactoria, dejando al lado cualquier tipo de nerviosismo –nada de ver con la rutilante efervescencia de Thibaudet con Nelsons– y fraseando de manera curvilínea y voluptuosa, modelando su toque para aportar una sensualidad típicamente francesa y ofreciendo una concentración, una sensibilidad y un vuelo poético que le alejan de la trivialidad o el mero hedonismo para descubrirnos las bellezas ocultas en esta partitura.

Compartiendo el enfoque igualmente íntimo y recogido del solista –pero sin la variedad ni la fuerza expresiva de Nelsons–, Eschenbach hace uso de tempi lentos, dirige con trazo fino y apuesta por el perfume atmosférico y vagamente impresionista –con toques orientalizantes– de una obra que no en balde se escribió en 1896. A destacar el toque de amargor en la conclusión del segundo movimiento; al tercero le falta un punto de chispa y fuelle.

Una cosa más: no soy capaz de percibir los presuntos problemas digitales que por esta época, al parecer, mermaban el arte de quien ha sido uno de los más grandes pianistas del siglo X.

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