domingo, 22 de mayo de 2016

L'elisir d'amore vuelve a Sevilla

Ha vuelto El elixir de amor al Maestranza tras aquellas representaciones de 203 con Ismael Jordi, Mariella Devia y Pietro Spagnoli. Estuve en la última función de las cuatro ahora ofrecidas, la de ayer sábado 21 de mayo. Lo que más me llamó la atención fue el foso. He escuchado muchas sesiones de ópera en este teatro, y puedo asegurar que en pocas ocasiones la sección de cuerda de la Sinfónica de Sevilla ha sonado como lo hizo anoche, con un empaste tan terso y bello, con tan apreciable refinamiento, agilidad y capacidad para el matiz. Queda en evidencia que las irregularidades artísticas por las que pasa la orquesta, esa orquesta a la que nuestros políticos han decidido pegar bochornosos tijeretazos que ponen su continuidad en riesgo, pero también esa misma de la que he leído cosas en lo que al comportamiento de alguno de sus integrantes se refiere (ver aquí) que ponen muy en entredicho la buena voluntad de los mismos, no tienen que ver con su potencial. Un potencial que es enorme y que debe recibir por parte de las administraciones públicas el trato que le corresponde.


También me quedó claro el inmenso talento técnico del señor que se encargó de exprimir a la ROSS para que esta diera lo mejor de sí misma: Yves Abel. Ahora bien, una cosa es el impresionante virtuosismo de su batuta y otra muy distinta lo que hizo con el referido virtuosismo: hacer sonar a L'elisir con una suavidad, una ligereza y un carácter aéreo llevados hasta el límite. Y a mí esto no me termina de convencer. Cierto es que en este título me interesa mucho lo que hizo en su momento Richard Bonynge, que fue precisamente usar a la English Chamber, ofrecer unas sonoridades mucho menos espesas de lo acostumbrado y poner de relieve que la agilidad es uno de los componentes fundamentales de la escritura para orquesta del autor. Pero lo que el maestro canadiense ofrece en este título supone pasarse de la raya, recordándome un tanto al estilo del último Claudio Abbado. Así las cosas, la labor de Yves Abel me terminó resultando tan bella como aséptica, tan cuidadosa como parca en contrastes. Donizetti necesita más tensión, más claroscuros, más sal y pimienta Y también un puntito de rusticidad que apunte hacia ese primer Verdi que tantísimo debe al mundo donizettiano.

Triunfó el tenor Joshua Guerrero como Nemorino luciendo una voz asombrosamente bella, terciopelo puro en el timbre y tan luminosa como cálida en el agudo. Ahora bien, si quiere hacer la gran carrera que se merece no debe limitarse a lucir materia prima, sino también cuidar su técnica –la emisión se enturbió en el "Quanto è bella"– y aprender a hacer esas cosas que, con encomiable buen gusto, quiere hacer pero todavía no le salen del todo, como ocurriera en su aplaudida "Furtiva lagrima".

Tenía muchas ganas de escuchar a María José Moreno como Adina, después de que fuera sustituida en el rol por la mucho menos interesante Rocío Ignacio en la producción de Córdoba de 2004. Me pareció un tanto fría al principio, y lo cierto es que la voz no en todo momento parecía proyectarse por la sala como debía hacerlo. En el segundo acto la encontré no solo más convincente, sino por completo maravillosa. A mi entender, la voz no ha cambiado mucho desde aquellos tiempos en los que la soprano granadina empezó a despuntar. Lo que sí veo es que sus tiranteces en el sobreagudo han sido corregidas y que su dominio de la técnica belcantista es perfecto. Como su enorme musicalidad sigue ahí –nada de interpretar a la protagonista con ñoñería ni de hacerla redicha, sino aportando emotividad de altos vuelos–, el resultado ha sido espléndido. Que esta chica no haya recibido toda la atención que se merece por parte de nuestros teatros en los últimos años es una verdadera injusticia, y una muestra de lo mal que funcionan algunas cosas en ciertos ambientes.

Massimo Cavaletti fue un Belcore discreto sin más en lo vocal: sonoro pero muy tosco. Ni a eso llegó Kiril Manolov como Dulcamara, pero en este caso su orondo físico y su enorme talento como actor compensaron sus insuficiencias técnicas. Leonor Bonilla fue una deliciosa Gianetta: la joven sevillana parece prometer mucho, aunque debería vigilar las notas más agudas. Bien el Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza bajo la dirección de su titular Iñigo Sampil.

La producción escénica venía de Parma y corría a cargo de Víctor García Sierra, quien con la complicidad del escenógrafo Enrico Fontana de Rangoni integraba la dramaturgia original de Felice Romani en la serie El circo de Fernando Botero. La idea es simpática y está muy bien realizada, ofreciendo buenas soluciones dramáticas que agilizan el acartonamiento consustancial al belcantismo sin necesidad de marear al espectador, independientemente de que el final se parezca demasiado al del Barbero de Emilio Sagi. Ahora bien, el personalísimo mundo naif y no poco melancólico del pintor colombiano termina haciendo esta creación de Donizetti un punto todavía más bobalicona de lo que es en origen. Sí, ya sé que la intención es voluntaria por parte de los responsables escénicos, pero a mí me gustan propuestas menos complacientes y más gamberras a la hora de contar esta historia: pienso en la de Damiano Michieletto que pude ver en el Real.

Una última cosa: al finalizar la función, todo el público del Maestranza se puso en pie y se aplaudió por sevillanas, algo habitual en Jerez pero bastante menos en tierra hispalense. La felicidad de los rostros a la salida dejaba bien claro que la gente salía contentísima. Éxito incuestionable, pues.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Las palmas por bulerías, no por sevillanas, han sido algo habitual en el Maestranza desde la misma noche de su inauguración ('Esas palmas sólo se escuchan en Sevilla', dijo entonces Plácido Domingo), aunque últimamente no se prodigan demasiado porque no hay ocasión que lo merezca, aunque este Elixir haya sido una agradable excepción. Saludos.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Pues lo cierto es que en mi Jerez natal, donde algo saben de flamenco, me corrigieron afirmando que esas palmas que yo llamaba "por bulerías" son en realidad "por sevillanas". Sea cual sea la denominación correcta, todos sabemos de qué hablamos.

Efectivamente, como usted dice estas palmas eran muy frecuentes en los primeros tiempos del Maestranza, al menos en los espectáculos más vistosos, esto es, en las óperas. Pero hace mucho que desaparecieron casi por completo. Recuerdo que cuando reabrieron el Teatro Villamarta en 1996, precisamente con Alfredo Kraus, en Jerez se convirtieron en las palmas "por defecto", no solo en óperas sino también para los conciertos, cuando en Sevilla ya habían quedado limitadas a casos puntuales.

No estoy seguro de que la aparición de las mismas tenga que ver exclusivamente con el entusiasmo ante el espectáculo presenciado. Creo que también depende, y no poco, del tipo de público que acude. Por lo general, cuando más "público no habitual", más palmas por bulerías (o como se llamen). Ahora mismo en el Villamarta siguen siendo habituales, pero mucho menos que en tiempos pasados, quizá precisamente porque el público ha menguado y se ha reducido a los melómanos más irredentos.

En lo que al Elixir se refiere, por los comentarios que escuché aquí y allá tengo la sensación de que había no pocas personas que se acercaban por primera vez a este título, cosa que por lo demás está muy bien. Saludos.