domingo, 29 de noviembre de 2015

Mendelssohn por Szeryng y Haitink

Fin de semana muy resfriado, pachucho y metido todo el tiempo en casa, que aprovecho para corregir exámenes –un coñazo–, preparar clases –otro– y escuchar algunas grabaciones –eso ya está mejor– que tenía muchas ganas de poner en mi equipo desde hace tiempo. Por ejemplo, la Octava de Mahler por Solti que comenté ayer o este Concierto para violín de Mendelssohn por Henryk Szeryng y Bernard Haitink, grabado por los ingenieros de Philips en junio de 1976, que compré por tan solo un euro en La Metralleta –acoplamiento con una selección del Midsummer por Colin Davis– por recomendación de Ángel Carrascosa; yo no tenía ni idea de qué tal estaba esta grabación. ¡Qué maravilla!

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La verdad es que ha sido una gratísima sorpresa ver al siempre adusto y objetivo maestro holandés acertar en un compositor tan difícil de interpretar alcanzando el punto justo entre ligereza y densidad, entre extroversión y vuelo lírico, entre delicadeza y frescura juvenil: demasiados equilibrios como para que salga bien. Pero lo consigue, aunque ciertamente en una línea ante todo sensual, ensoñada, poética en grado extremo, en la que se pueden echar de menos los acentos dramáticos de un Furtwaengler –en la célebre grabación con Menuhin–, y en la que los partidarios de un Mendelssohn ante todo efervescente y chispeante no encontrarán lo que buscan.

Todo ello lo hace Haitink, en cualquier caso, obteniendo una claridad, una precisión y un equilibrio polifónico perfecto por parte de la sensacional Orquesta del Concertgebouw, y sintonizando plenamente con un Szeryng –octava grabación del violinista polaco, consulten su discografía– a la que le sienta muy bien la lentitud de los tempi para desplegar humanismo, delicadeza y cantabilidad. Por si fuera poco, la toma sonora es espléndida para la época. Gracias por la recomendación, Ángel.

Post scriptum. Antes de colgar esta entrada escucho otras dos grabaciones. Una, la de Hilary Hahn y Hugh Wolff (Sony, 2002), en la que la violinista norteamericana exhibe belleza sonora a raudales y un virtuosismo asombroso –sin duda superior al de Szery– pero el director se deja llevar por el nervio en el primer movimiento. Otra, la de Mutter y Karajan de toda la vida, creo que la primera que escuché: la sonoridad orquestal resulta en exceso robusta y opulenta para Mendelssohn, pero hay que quitarse el sombrero en un Andante lleno de poesía amarga y hondura por parte de los dos artistas, por no hablar del dominio técnico de ambos. Pues eso.

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