domingo, 22 de noviembre de 2015

Cabaret en la Gran Vía: un digno esfuerzo

Desde muy pequeño conozco las principales canciones del musical Cabaret, gracias un disco de vinilo protagonizado por Liza Minelli (su recital televisivo Liza con Z) que había en mi casa. Hasta la adolescencia no vi la película de Bob Fosse: no me gustó como cine, y sigue sin gustarme pese a la excelencia de las coreografías. Mucho más tarde escuché la grabación original de Broadway de 1966, y ahí fue cuando reparé en la excelencia del libreto Joe Masteroff  y en la inspiración de las canciones con música de John Kander y letras de Fred Ebb, muchas de las cuales fueron eliminadas o reemplazadas en la versión cinematográfica, que además alteraba de manera sustancial el argumento. Pero cuando vino realmente a entusiasmarme la obra fue cuando pude ver en Madrid –dos veces, tanto me gustó– la soberbia y a estas alturas ya mítica producción de Sam Mendes y Rob Marshall, aquí protagonizada desde octubre de 2003 por Natalia Millán, Manuel Bandera y un tremendo Asier Etxeandia en el emblemático rol del maestro de ceremonias.

Cabaret Madrid Rialto

Más adelante volví a ver esa misma producción en Jerez, con un segundo reparto: la fuerza del original se mantenía, aunque se echaba de menos mayor peso en los roles principales. Y finalmente –hacia 2007 o 2008, no logro recordar– pude conocer una nueva puesta en escena en Londres, áspera y macabra, bajo la dirección de Rufus Norris, en la que tuve la oportunidad de ver a la mismísima Honor Blackman –la Pussy Galore de Goldfinger– haciendo el papel de Fräulein Schneider. Desde entonces he estado con ganas de volver a disfrutar de la obra en directo, y ahora se me ha brindado la oportunidad –ha habido que rascarse el bolsillo, eso sí– de conocer la propuesta cien por cien española estrenada hace poco en el Teatro Rialto de Madrid. Sin duda, disfruté el pasado viernes 13 –poco antes del concierto de Andris Nelsons y de los atentados de París–, pero los resultados, siendo más que dignos, quedan a distancia de la producción de la Calle de Alcalá de años atrás. Al menos en la parte escénica.

Responsable de la misma es el veterano Jaime Azpilicueta, uno de los nombres señeros del musical en España desde los tiempos en los que abordar este género era por aquí una rareza. En teoría, producción nueva que se inspira directamente en la que él vio en 1969; el propio Azpilicueta afirma en el vídeo promocional que no tiene “nada, nada que ver con la anterior”, esto es, la de Sam Mendes que tantos vimos en Madrid. En la práctica, muchísimas ideas tomadas de ésta, incluyendo idéntica selección de canciones combinando las del original y las de la película, solo que con una escenografía menos sórdida y más vistosa a cargo de Ricardo Sánchez Cuerda y unas coreografías simplemente correctas, a distancia de las de Marshall, responsabilidad de Federico Barrios. El arranque –que en mi función falló técnicamente: el óculo no se abrió– y el terrorífico final están, a su vez, inspirados en la producción londinense de Rufus Norris. Sí, ya sé que en teatro estos préstamos son de lo más habitual, pero me hubiera gustado una dosis mayor de riesgo e imaginación por parte de Azpilicueta, quien se queda un poco en tierra de nadie e incluso llega a rozar lo convencional, sobre todo en lo que a dirección de actores se refiere. Por cierto, la traducción al castellano era la excelente que él mismo había realizado para la producción de 2003, ahora ligeramente mejorada.

Cabaret-4

Donde sí brilla la nueva propuesta es en el apartado de las voces, empezando por la notabilísima Sally Bowles de Cristina Castaño, sin la personalidad de Natalia Millán pero también sin las derivas algo histéricas de ésta; Castaño cantó estupendamente, bailó de manera irreprochable y se movió muy bien en escena. En el mismo nivel de excelencia estuvo Daniel Muriel, que aunque se mostró un pelín rígido en sus movimientos logró, a través de su voz, insuflar emoción y credibilidad al ingrato rol de Clifford, presuntamente protagonista y siempre desdibujado por sus compañeros.

Marta Ribera está demasiado joven para Fräulein Schneider: si no recuerdo mal, fue ella quien hizo de Sally en Jerez. Pero precisamente por eso, por su relativa juventud, canta el papel mucho mejor que la mayoría de sus colegas que se encargan de este rol de madurita: tremenda exhibición de fiato en “What would you do?”. Interpretar, interpreta estupendamente, como lo hace ese nombre emblemático de la zarzuela que es Enrique R. del Portal como Herr Schultz. Estuve toda la primera parte esperando que cerca de su cierre cantara la canción “Meeskeit”, pero nada: los directores de escena la siguen suprimiendo, lo que en esta ocasión me parece una verdadera lástima contando con el cantante con que se contaba. Magnífico Víctor Díaz como Ernst y muy bien Pepa Lucas como Kost.

Queda el Maestro de Ceremonias: el televisivo Edu Soto. Cantó muy bien, se movió con una elasticidad increíble –parecía de goma– y dotó de una ironía suave a sus intervenciones evitando todo exceso, pero en este rol o se está impresionante, o no se está. Escuchen, por ejemplo, a un actor tan estupendo como Jonathan Pryce en la grabación de la partitura completa –la única que existe combinando Broadway y película: muy recomendable– y comprenderán lo que les digo. El M.C. puede ser una furcia –Alan Cumming y el citado Etxeandia en la producción de Mendes–, un diablo –producción de Norris– o un ser ambiguo que despierta escalofríos –el mítico Joel Grey–, pero siempre ha de poseer una poderosa personalidad que brille en todo momento. Edu Soto, aun siendo muy digna su labor, resultó un poco descafeinado.

La orquesta funcionó sin fisuras bajo la dirección de Raúl Patiño. El cuerpo de baile tampoco lo hizo nada mal. En resumen, una buena función de Cabaret. Si usted no conoce este musical más que a través de la película, no dude y acuda a la Gran Vía: descubrirá una obra completamente distinta. Y si ya lo conoce y quiere disfrutar de unos cantantes-actores formidables, pues lo mismo. Merece la pena.

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