sábado, 3 de mayo de 2014

Lohengrin vuelve al Real

Estuve el domingo 27 de abril en la última de las trece funciones que ha ofrecido el Teatro Real del Lohengrin wagneriano, años después de la vimos bajo la batuta de López Cobos en producción de Götz Friedrich. Esta me ha gustado musicalmente más, no por las voces –entonces estuvieron Seiffert, la Schnitzer y nada menos que Waltraud Meier– sino por la excelente labor en el foso de Hartmut Haechen: al maestro alemán le faltan, ciertamente, el refinamiento, la variedad tímbrica y la sensualidad de los grandes recreadores de la página, pero su labor estuvo lleva de teatralidad, de garra y de adecuado equilibrio entre brillantez y sentido dramático, obteniendo además un sonido muy compacto de la Sinfónica de Madrid y un notable rendimiento del Coro Intermezzo, como siempre muy bien dirigido por Andrés Maspero. Nada de rutina de foso, pues.


En el elenco brilló la Elsa de Catherine Naglestad, de timbre no muy personal pero haciendo gala de un instrumento muy adecuado –suficiente por abajo, notable por arriba– y una línea de admirable musicalidad, sin caer en la noñería o el carácter insulso al que se puede limitar el personaje. A su lado cumplió el siempre eficiente Christopher Ventris, en todo momento correcto y centrado pero sin nada en particular que destacar; sus buenas intenciones en el dúo y en el “In fernem Land” no disimularon cierta inseguridad que terminó acercándole en un par de ocasiones al gallo. Sólido, rocoso e intenso, más que matizado, el extrovertido Friedrich de Thomas Johannes Mayer, y ya gastadísima (desengañémonos, su agudo sonó siempre destemplado) Deborah Polaski, aun así una Ortrud de mucho estilo y eficaces acentos dramáticos. Sorpresa enorme Franz Hawlata: me lo esperaba muchísimo peor tanto en lo vocal como en lo expresivo, pero la verdad –lo mismo es que tuvo su noche, o por ser el último día echó los restos– es que me pareció un Rey Heinrich de lo más apañado. Discretísimo, ese sí, el heraldo de Anders Larsson.

De la puesta en escena, un empeño del malogrado Mortier para el Teatro Real, me gustó muchísimo el aspecto plástico: soberbia la cueva diseñada como escenario único por el escultor Alexander Polzin y admirable la luminotecnia de Urs Schönebaum. Bastante menos interesante la dirección escénica de Lukas Hemleb y su concepto: la dirección de actores valía muy poco y el cubo de hielo que se descongelaba al final para dar paso a una escultura –del citado Polzin– que resultaba ser el heredero de Brabante no se entendía lo más mínimo. Eso sí, la ubicación intemporal me parece muy plausible y se nos ahorró el bochorno de ver un cisne de plástico paseándose por la escena, como pasó en Sevilla en la producción de Ronconi.

En resumen: muy notable nivel musical y escena llena de atractivo visual, pero insuficiente. Me lo pasé muy bien, y tal vez me lo hubiera pasado aún mejor con Dolora Zajick en el segundo reparto. Ah, fantástica la charla previa de José Luis Téllez, que esta vez, no sé por qué, tuvo lugar en la cafetería.

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