domingo, 12 de enero de 2014

Perianes: técnica suprema y mucho más

Hay melómanos que piensan que tener una gran técnica pianística consiste ante todo en ser capaz de tocar rapidísimo sin caer en ningún tropiezo y manteniendo la claridad. Se equivocan: eso es agilidad digital, en sí misma solo una parte –y no la más importante– de la técnica propiamente dicha, que incluye muchos otros elementos. Entre ellos, la capacidad para modelar el sonido tanto en volumen como en color, así como a la hora de generar texturas. La destreza en el manejo del pedal, pisándolo a fondo cuando es necesario pero evitando caer en borrosidades. La naturalidad y la concentración en el fraseo unidas a una correcta administración de las tensiones sonoras, para no caer ni en la excesiva rigidez ni en el extremo contrario, el deslavazamiento y los puntos muertos. El manejo del rubato. El dominio de los trinos. Seguro que un especialista podría aún seguir alargando la lista.


Pues bien, todo esto lo exhibe en un altísimo grado de desarrollo Javier Perianes en su último disco, …les sons et les parfums, grabado en Berlín en noviembre de 2012 por los ingenieros de Harmonia Mundi. Exhibe eso y mucho más, es decir, lo que marca realmente la diferencia entre un artista y un mero virtuoso del piano, que de estos últimos hay a montones: la capacidad para poner toda esa destreza técnica al servicio de un concepto interpretativo que sea adecuado a la obra que tiene por delante, que indague en las posibilidades expresivas de la partitura sin quedarse en la superficie y que sepa conjugar seducción sonora, emoción y reflexión. Una capacidad que, en resumidas cuentas, es lo que todos conocemos como “inspiración”. Aquí la hay a raudales, hasta el punto de que en todas las obras el aún joven pianista onubense alcanza las mayores cotas de belleza, vuelo poético y capacidad para sugerir que uno se puede imaginar. Al nivel, desde luego, de los más grandes maestros del piano.


El compacto me lo he escuchado tres veces, por descontado que con concentración y oscuridad absolutas, como debe ser. Dos de ellas lo he hecho siguiendo el orden propuesto, es decir, alternando una obra de Chopin con otra de Debussy, pues subrayar los lazos habitualmente inadvertidos entre los dos autores es lo que intenta esta propuesta discográfica. La otra ha sido uniendo las obras del polaco por un lado y dejando para más adelante las del francés, para calibrar si Perianes había caído en la trampa de difuminar a uno o romantizar al otro. Pues no, nada de eso. Chopin es Chopin en perfecto estilo, por descontado que –por la selección incluida– el más íntimo y ensoñado, pero sonado con absoluta propiedad, con galantería y ternura en su punto justo, con una infinita gama de matices, pero sin asomo de preciosismo narcisista y sin perder la unidad del discurso.



Y Debussy, por su parte, sabe mirar hacia el futuro, ofreciendo antes sugerencia que emoción, evitando resultar en exceso evanescente, manteniéndose siempre dentro de un relativo distanciamiento y exigiendo un esfuerzo al espectador para entrar en su mundo, lo que no significa ni mucho menos frialdad o intelectualismo (¡qué increíble vuelo poético alcanza Javier en el celebérrimo Claro de luna!): simplemente es que su lenguaje ha dejado muy atrás al romanticismo, por mucho que comparta con el polaco genial esa particular sensibilidad y no pocas fórmulas musicales que son la razón de ser de este disco inteligente, original, arriesgado e increíblemente hermoso.

1 comentario:

Agustín dijo...

Desde la desaparición de Alicia de Larrocha, estamos huérfanos de pianistas de prestigio internacional así que, bienvenido sea este intérprete que, más que una promesa, es ya una realidad, a juzgar por el Claro de Luna de Debussy al que se hace referencia en esta página.