sábado, 26 de octubre de 2013

La caspa vuelve a la Zarzuela

El domingo 20 de octubre se ofrecían en Madrid a la misma hora, las seis de la tarde, dos espectáculos musicales que me interesaban. En el Auditorio Nacional, Williams Christie y sus chicos con su habitual gira para jóvenes cantantes, Le jardin des Voix. En el Teatro de la Zarzuela, programa doble con una obra que –no siendo yo muy zarzuelero– me gusta mucho, La verbena de la Paloma, más la recuperación de Los amores de la Inés, sainete lírico en un acto con el que un joven Manuel de Falla intentó hacerse un hueco en este mundillo; no se escuchaba desde su estreno en 1902, así que era todo un acontecimiento. Los dos títulos se ofrecían en nueva producción del teatro de la calle Jovellanos a cargo de José Carlos Plaza. Escogí lo segundo. ¡Cómo me equivoqué!


Los amores de la Inés vale muy poco, fundamentalmente porque el libreto de Emilio Dugi es horroroso, además de incluir perlas como "lo que necesita una mujer es un hombre encima de ella". Obviamente en la música del gaditano, escasa en cantidad, se aprecian una refinada orquestación y cierta vena melódica que delatan que su autor con el tiempo se convertirá en un extraordinario creador, pero su inspiración resulta escasa: se escucha con placer y se olvida inmediatamente.

La verbena de la Paloma sí que es una maravilla, pero aquí el problema fue la propuesta escénica. Dijo el señor Plaza a la prensa lo que suelen decir los registas cada vez que ofrecen una nueva producción de zarzuela: que quiere limpiar el género de tópicos. Y al final todos, o casi todos, hacen lo mismo: caer en ellos. De acuerdo con que el casticismo podía haber sido aún más casposo y arrabalero, pero el conjunto resultó rancio a más no poder, sonrojante en su sentido del humor (el guardia andaluz y el guardia catalán, la Tía Antonia pasadísima de rosca) y terriblemente mustio, carente de verdadera chispa, de picardía, de salero… Encima la escenografía –homenaje a la pintura de Amalia Avia– y la luminotecnia resultaban oscuras, tristonas, poco agraciadas, y ni siquiera el estimable vestuario del otras veces grande Pedro Moreno lograba ofrecer algo en particular.

La única aportación interesante fue fusionar la dramaturgia de las dos obras, convirtiendo a la Señá Rita en la esposa del tabernero de Los amores de la Inés –que se ofrecía en primer lugar– y haciendo que los personajes de la obra de Falla realizaran cameos más o menos importantes en la genial página de Bretón; peso destacado para personaje del tabernero Señor Lucas, encarnado por un Santos Ariño que terminó convirtiéndose, gracias a sus incuestionables tablas escénicas, en el eje de la función.


De los cantantes solo me gustaron mucho la Susana de María Rey-Joly y la cantaora (no sé si Sara Salado o María Mezcle, no se especificaba) de La verbena. Me desagradó vocalmente el Don Hilarión de Enrique Baquerizo. A Susana Cordón, protagonista de la obra de Falla, no se la oía desde mi asiento en el segundo anfiteatro. Los demás no me lograron interesar, si bien en lo escénico la mayoría demostraron ser notables actores. El Coro del Teatro de la Zarzuela y la Orquesta de la Comunidad de Madrid sonaron muchísimo menos bien que pocas semanas atrás bajo la dirección de Rafael Frühbeck de Burgos, aunque hay que reconocerle al maestro Cristóbal Soler algún que otro detalle sensible en la obra de Bretón.

El público rió a gusto, aplaudió con entusiasmo y salió encantado. Si hay gente a la que le agrada que el género se ofrezca de la siguiente forma, está claro que hay que responder a la demanda. Pero yo espero, después de haber aguantado durante años cosas así en el Teatro Villamarta, no tener que sufrir otra vez representaciones de zarzuela como esta. Lo dicho: me equivoqué al escoger. Rotundamente.