miércoles, 31 de julio de 2013

Quien mucho abarca…

El veraniego Festival de Segovia lleva ya 38 ediciones a sus espaldas, pero para mí ha sido la primera vez en el evento. La noche del miércoles 24 estuve en la inauguración: el grupo de soul “The Stars from The Commintments”, un conjunto de origen irlandés surgido al hilo de la película de Alan Parker. Sobre el concierto, gratuito y al aire libre, no diré nada primero porque no tengo ni idea del género, y segundo porque no fue fácil pasarlo bien con las noticias horripilantes que llegaban del accidente en Santiago de Compostela. Si diré algo sobre la velada siguiente, que se celebró en una noche más bien fresca en el Jardín de los Zuloaga y que comenzó, de manera muy juiciosa, con un minuto de silencio por las víctimas de la tragedia ferroviaria.

Pilar Jurado Sergi Alapont

El concierto lo protagonizaban Pilar Jurado, la Orquesta Sinfónica de Castilla y León y el joven maestro Sergio Alapont. Su contenido era el mismo que el del compacto que durante cuatro días los mismos artistas habían estado grabando en Valladolid, esto es, el próximo disco de la soprano, directora y compositora madrileña que bajo el título Arias de cine recoge un ramillete de tan famosas como hermosísimas arias (¡vaya puñado de obras maestras!) bajo la excusa de su aparición más o menos puntual en alguna películas.

Y aquí está el problema principal del asunto: ya me dirán cómo puede una señora que ni posee un instrumento particularmente holgado, ni una técnica descomunal ni una gran personalidad interpretativa, cantar bien en una misma noche a Almirena, Norma, Gilda, Juliette, Wally, Lauretta, Rusalka, Maddalena de Coigny, Rosina, Musetta y Magda. No puede, sencillamente. En mi opinión a la Jurado, dejando a un lado su impresionante belleza física y sus rutilantes vestidos de diseño –lució dos en la noche segoviana–, no le falta talento canoro, pero sí sentido común para darse cuenta de sus propias limitaciones. O será que nunca ha escuchado eso de que “quien mucho abarca, poco aprieta”. Por cierto que Rossini es presunta especialidad de la diva, pero ahí fue donde menos me interesó, y no solo por su discutible manera de ornamentar de la que también hizo gala en el Rinaldo haendeliano. En Giordano, Puccini y –sobre todo– Catalani fue donde la encontré más centrada y ahí sí me gustó. En otros momentos la encontré bastante perdida.

La orquesta sonó francamente mal. De bolo veraniego no puede en absoluto hablarse, porque estas arias las habían grabado en disco en los días inmediatos. La deficiente acústica al aire libre –la Jurado utilizó micrófono, pero la orquesta no estaba amplificada– sí que pudo tener que ver con la falta de empaste. Aun así, creo haber escuchado ya muchos conciertos a cielo descubierto como para aseverar que estos señores tocaron de manera muy deficiente, no tanto en lo que a notas falsas se refiere como en la pobreza sonora y la descoordinación generalizada: el Haendel fue demencial en lo que a la cuerda se refiere.

Supongo que parte de la responsabilidad estuvo en la batuta de Alapont, un señor al que no le deben de faltar méritos a tenor de la carrera que está haciendo, pero que a mí me pareció solvente sin más en las arias, dirigidas con cierta sensibilidad por momentos, pero bastante gris e incluso menos que eso en las piezas orquestales de relleno de Haendel, Bellini, Verdi, Tchaikovsky y Rossini. La obertura del Barbero de Sevilla, deplorable: precipitada, pimpante y de crescendi inexistentes. Eso sí, el maestro de Benicàssim tuvo la sabiduría de evitar la ordinariez chimpunera que a veces hace estragos en este tipo de recitales. El público, bastante mayor y no muy abundante, aplaudió con entusiasmo al final. A mí me pareció un mal concierto.

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