domingo, 11 de septiembre de 2011

Aires húngaros para Jean-Guihen Queyras

KURTÁG: Jelek II op. 5b.1. Jelek II op. 5b.1. Árnyak. Az hit. Pilinszky János: Gérard de Nerval. In memoriam Aczèl György. KODÁLY: Sonata para violonchelo solo op. 8. Sonatina para violonchelo y piano. Adagio para violonchelo y piano. VERESS: Sonata para violonchelo solo.
Jean-Guihen Queyras, violonchelo. Alexander Tharaud, piano.
69’56’’
DDD
Harmonia Mundi Ibérica
**** R
S
M

He escuchado este fabuloso disco dedicado al repertorio húngaro del siglo XX, admirablemente grabado por los ingenieros de Harmonia Mundi en octubre de 2000 y ahora reeditado en la serie HM Gold, de un tirón y siguiendo el orden propuesto por los productores. Se abre con tres brevísimas piezas de Gyögy Kurtág, Jelek II op. 5b.1, Jelek II op. 5b.1 y Árnyak, rápidas en el gesto y concentradas en la expresión, que abonan el terreno para el dramatismo de la Sonata para violonchelo solo de Zoltán Kodály, escrita en 1915, una obra maestra (¡genial el Adagio!) en la que belleza y expresividad riñen con dureza para ocupar el mayor espacio posible en los pentagramas.

La Sonatina para violonchelo y piano del mismo autor, igualmente hermosa pero mucho más lírica en su contenido, nos conduce a otras tres piezas de Kurtág, Az hit primero, Pilinszky János: Gérard de Nerval después y finalmente In memoriam Aczèl György, tendiendo el puente con su atmósfera inquietante, antes que desgarrada, a la Sonata para violonchelo solo de Sándor Veress, quien en el segundo movimiento no deja de mostrar sin rubor alguno la huella de su maestro Bartók. El bellísimo Adagio para violonchelo y piano de Kodály, la pieza más temprana de las aquí recogidas, cierra con vuelo lírico inequívocamente romántico el recital.

Las interpretaciones me parecen difícilmente superables. Del inquieto e incansable Jean-Guihen Queyras no sabe uno qué admirar más, si la belleza del sonido, la elegancia de su legato, la longitud de su arco, la agilidad que muestra en los pasajes más complicados o su capacidad para modelar colores y dinámicas; nos quedaríamos, quizá, con la tensión sonora que sabe inyectar a las piezas de Kurtág (recordemos que el chelista francés ha pertenecido durante años al Ensemble Intercontemporain) y con la concentrada expresividad con que aborda la Sonata de Kodály. Alexander Tharaud ofrece plena solvencia y a veces más que eso -bellísimas texturas “impresionistas” en la obra que cierra el recital- en su labor de acompañante. Un disco redondo.

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