sábado, 13 de marzo de 2010

La Orquesta de Valencia hace Piazzola, Ginastera y Tchaikovsky

He recalado en la capital del Turia para asistir al concierto de hoy sábado de Lorin Maazel, pero aproveché para asistir ayer día 12 de marzo para escuchar a la Orquesta de Valencia en el Palau de la Música. Dos circunstancias me han dado mucha pena. La primera, confirmar que la formación valenciana no atraviesa su mejor momento: se nota que hay alguna gente muy buena en ella, pero la sonoridad global deja que desear, particularmente en unos violines que sonaron sin empaste alguno. La segunda, percibir la elevada media de edad de los abonados: dar un solo concierto de abono (en Sevilla la ROSS ofrece dos por programa) en una sala no especialmente grande, y encontrarse todo lleno de personas muy mayores, no anuncia nada bueno para el futuro de la música en esta ciudad que en otros aspectos resulta tan moderna y dinámica.

Dicho esto, me lo pasé bien en el concierto. Se abrió la velada con la versión para cuerdas de La Muerte del Ángel, de Astor Piazzola, que recibió una interpretación entusiasta por parte de la orquesta bajo la dirección de un total desconocido para mí, Isaac Karabtchevsky, veterano director brasileño que a continuación dirigió con enorme sensatez e irreprochable estilo una obra estupenda, el Concierto para arpa de Alberto Ginastera. Claro que aquí quien se lució fue la solista Gwyneth Wentink, que hizo sonar a su instrumento con adecuada “rusticidad” e interpretó con un entusiasmo, una concentración y una capacidad para establecer tensiones sonoras realmente admirable. De propina pudo lucir una sensibilidad mucho más refinada con la Sarabanda de William Croft.

Primera sinfonía de Tchaikovsky, “sueños de invierno”, en la segunda parte del programa. Fue la de Karabtcheski una lectura muy lenta: casi cincuenta minutos, más de cinco por encima media de las versiones en compacto (espero ofrecer pronto una comparativa discográfica en este blog). Fue lenta y algo parsimoniosa, particularmente en un segundo movimiento paladeado con delectación y quizá más ensoñación de la cuenta. Pero fue también una lectura de irreprochable arquitectura, magníficamente desmenuzada -se escuchó todo- y conducida sin altibajos hacia un final ajeno a la retórica y el efectismo. Un buen trabajo, sin la menor duda. El maestro brasileño y la orquesta no tienen culpa de que hace pocos meses le escucháramos en el otro Palau, en el Les Arts, la misma obra a Lorin Maazel y su estupenda Orquesta de la Comunidad Valenciana. Y claro, esa es otra historia si hablamos de estilo, belleza sonora, refinamiento, matices y garra dramática (enlace).

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