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En la cuerda floja: Perianes interpreta a Schubert

SCHUBERT
Quatre Impromptus, Op. 90, D. 899. Allegretto D. 915. Drei Klavierstücke, D. 946.
Javier Perianes, piano.
Harmonia Mundi, HMI 987080
CD 132’ DDD
Harmonia Mundi Ibérica
**** R A Javier Perianes siempre le han gustado los riesgos, y ahora se ha jugado el tipo en una grabación en la que camina constantemente sobre la cuerda floja. Desde luego hay que tener valor para plantear un Schubert con unos tempi tan lentos: 32’11’’ sus Impromptus D. 899 frente a los 30’54’’ de Arrau, los 30’19’’ de Lupu, los 29’39’’ de Pires, los 28’32’’ de Uchida o los 27’55’’ de Barenboim. Un pianista no genial se pegaría el tortazo, pero el joven onubense sale airoso del empeño merced a su prodigiosa concentración interior.

Claro que la singularidad de su Schubert no se limita a los tempi, sino que alcanza al propio concepto interpretativo. No se trata de un Schubert de hermosísima factura clásica, apolíneo y al mismo tiempo vital, en la admirable línea de un Lupu. No es tampoco el Schubert dramático de la en este repertorio genial Leonskaja. Ni el Schubert humanísimo del inolvidable Arrau, por citar tres referencias discográficas de los Cuatro Impromptus D. 899.

Perianes ofrece un punto de vista distinto y complementario, optando por una sobriedad trascendida, lejos de lo rebelde y de lo violento, pero en la que siempre subyace un componente inquietante y que no rehúye ni mucho menos los momentos escarpados, sobre todo en el primer número. Hay también, claro está, elegancia y sentido de lo contemplativo, pero sin quedarse en lo meramente ornamental, como le ocurre por ejemplo a su admirada Pires: Perianes sabe llenar todas las notas de significado. Todo ello dilatando al máximo la línea sonora sin que la tensión decaiga gracias a una elevada concentración intelectual, y ofreciendo un sonido tan hermoso como alejado de lo melifluo y un discurso lleno de matices en el que el silencio adquiere un extraordinario peso específico.

Una interpretación reveladora, pues, imprescindible junto a las arriba citadas, y superior al dramático pero algo descontrolado Barenboim, al virtuosísimo pero irregular Zimerman, y a la aquí excesivamente apolínea Uchida, y no digamos al aburridísimo Brendel y a la Pires arriba citada.

Singulares igualmente el Allegretto D. 915 y las tres Klavierstücke D. 946, muy sabias en la utilización de la agógica, aunque en determinados momentos se eche de menos garra y extroversión -sobre todo en la tercera pieza-, de tal modo que Arrau sigue siendo la opción más indiscutible. Ahora bien, la recogida trascendencia de Perianes vuelve a resultar tan reveladora o más que la belleza sonora de la aquí sí muy centrada Pires, que los aciertos parciales de Pollini y Uchida y que las sugestivas sonoridades del fortepiano de Andreas Staier. Lo dicho: imprescindible.
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Artículo publicado en la revista Ritmo.

PS: Desdichadamente no logro localizar ahora la fecha en la que este artículo fue publicado. Lo haré cuando tenga las revistas a mano.

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