El día antes de viajar a Madrid escuché la retransmisión radiofónica -se encuentra en el Emule- de la función que ofreció el Covent Garden en 2005 con idéntica producción escénica, el mismo tenor y la teatral, vibrante, colorista y contrastada batuta de Antonio Pappano: la comparación deja en pésimo lugar al director español. Lo que más mosquea del asunto es que en su momento en el Real se estuvieron planteando contratar a Pappano y le dejaron marchar porque cobraba "demasiado caro", cuando al final han terminado trayendo a un señor que se lleva 17.000 euros por función (cifra que circulaba como rumor entre los aficionados y que ha confirmado recientemente Gonzalo Alonso en su web), sin contar con su sueldo mensual como director musical del teatro madrileño. Vamos, que el maestro se embolsa 238.000 euros (cerca de cuarenta millones de las antiguas pesetas) por hacer sonar medio bien a la orquesta y ofrecer un Verdi mediocre durante catorce noches. ¿Seguro que Pappano pedía más por aquel entonces? ¿Seguro? ¡Qué despilfarro! ¡Qué torpeza tan grande la de nuestros políticos!

Claro que en esta ocasión López Cobos no fue el único culpable de la mediocridad de los resultados. El no sabía que Carlos Álvarez iba a cancelar a última hora (parece que también se ausentará de la Luisa Miller de Valencia) y que en su lugar íbamos a tener que tragarnos a Marco Vratogna, a quien de todas maneras tampoco tenían que haber contratado para el segundo reparto: ni su voz , ni su técnica ni su estilo son para tirar cohetes, aunque al menos le puso voluntad al asunto.
Lo de Marcelo Álvarez fue para mí un chasco. Y lo fue porque en la referida función del Covent Garden no sólo se había mostrado pletórico de voz, sino porque supo ofrecer un Riccardo tan viril y apasionado en lo expresivo -aunque rozando quizá el exceso- como valiente en su línea de canto. Me aseguran fuentes bien informadas que en las primeras funciones estuvo así. Pero el 10 de octubre, la verdad, a mí me pareció apático y reservón, comenzando muy frío en una "La rivedrà" dicho completamente de pasada, y sólo terminándose de calentar en su maravillosa escena del último acto, donde hizo gala de excelente estilo verdiano a pesar de algún tropiezo vocal más o menos serio. Ahí sí estuvo muy bien, desde luego, pero tampoco es para gritarle "¡así se canta!", como alguien hizo al acabar. Digo yo.
De Urmana también esperaba más, y no porque resultara -como casi siempre- un punto fría, sino porque se mostró tirante en el sobreagudo: la famosa homogeneidad de su por lo demás fabuloso instrumento queda en entredicho. ¿Demasiado trabajo, quizá, combinar las funciones de este Ballo con los ensayos del Parsifal valenciano? Eso sí, tras una buena prestación en el maravilloso dúo del segundo acto ofreció un "Morró" de antología que despertó las únicas ovaciones intensas de toda la noche. Me gustó Alessandra Marianelli en el rol de Oscar, mientras que la Zaremba, aun no teniendo ni de lejos la voz adecuada para Ulrica, no me pareció tan lamentable como se había dicho por ahí.
Lo que sí me resultó fastidiosa fue la puesta en escena firmada por Mario Martone. Una cosa es ser tradicional, lo que en este título me parece lo más sensato, y otra cosa es carecer de un concepto claro, no sacar partido escénico a los cantantes y ofrecer una escenografía fea y pobretona la mitad del tiempo. Hay personas a los que esto no les molesta: a mí sí, porque la ópera es también teatro y lo que se ve sobre la escena tiene que estar bien resuelto. El baile fue muy vistoso, pero lo del espejo es ya un recurso bastante manido. El que se ofreciera la versión tradicional, la ambientada en Boston y no en Suecia, fue lo de menos en este Ballo in maschera no malo, pero sí profundamente aburrido. Y ya es mérito aburrir en una obra como ésta.
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