jueves, 27 de marzo de 2025

Santtu dirige Stravinsky

He hablado un poquito de la Philharmonia Orchestra en la entrada anterior, pero ahora quiero seguir haciéndolo sobre su titular Santti-Matias Rouvali atendiendo a las grabaciones que a disposición de todos ha puesto la formación londinense. Llego así, después del Shostakovich y del Tchaikovsky ya comentados, al registro con más morbo: la suite de 1945 –es decir, la larga y retocada en la orquestación, no la habitual de 1919– de El pájaro de fuego de Stravinsky, precisamente la obra que tocará en la segunda parte de sus conciertos de Sevilla y Zaragoza; en Madrid harán la Sinfonía de Cesar Franck.
 

Un nueve sobre diez para la recreación. Grosso modo, un director tiene tres puntos a dónde mirar cuando tiene que poner en sonidos esta página: a la herencia del pasado –Rimsky particularmente–, a los paralelismos con el repertorio impresionista –el ballet es de 1910– y al Stravinsky futuro. El maestro finlandés canta con delectación y vuelo lírico las melodías, pero no se se deja llevar por la voluptuosidad sinfónica y el apasionamiento del Romanticismo. Sí que hay contactos con el Impresionismo, no tanto en lo que al interés por atmósfera y al uso de una pincelada difuminada se refiere como en la búsqueda de sonoridades ligeras, un punto aéreas, en las que un toque leve puede adquirir mucho significado. Y mira, sin lugar a dudas, a lo que va a deparar el futuro del compositor, aunque no a la violencia de Le Sacre sino a la agilidad, el nervio y el carácter incisivo de Petrushka, no en balde la obra que ocupa la otra mitad del disco.

Dicho esto, lo que hay que admirar en esta tan refinada como bulliciosa recreación es la claridad que consigue quien la orquesta  ya oficialmente llama Santtu: de las treinta lecturas –entre suites y grabaciones del ballet completo– que conozco de esta página, solo a Pierre Boulez y Klaus Mäkelä les he escuchado algo de semejante transparencia, aunque hay que puntualizar que ellos consiguen algunas frases aún más reveladoras mientras que nuestro artista nos descubre otras. Y no, no es cosa de los ingenieros de sonido. Lo micrófonos no están "metidos en el instrumento", como pasa en las grabaciones de Currentzis. El oyente percibirá enseguida que Rouvali se lo ha currado muchísimo y que la orquesta se encuentra a la altura. ¿Reparos? Sí que los hay. Los portamentos en la Berceuse  resultan de una molesta blandura. En el número final, lo que podemos llamar "himno de la liberación" suena con esa articulación recortada por la que optaba el propio Stravinsky en esta edición de 1947 y que él mismo subrayó en su registro; a mí no me termina de convencer, pero teniendo la sanción del compositor no hay nada que objetar. Y las dos grandes pausas en la coda me parecen innecesarias y efectistas. Por lo demás, impresionante labor.

La recreación de Petrushka –versión de 1947, con el final alternativo– va en la misma línea de agilidad, nervio y carácter incisivo. Justo lo que la página necesita. Sin embargo, aquí las cosas funcionan menos bien. A mi entender, y por mucho que haya que aplaudir el riesgo de ofrecer algo personal, Santtu se toma demasiadas libertades en los tempi y en la agógica. Algunas decisiones interesan y otras nos hacen levantar una ceja. Tampoco termina de convencer la expresión, que necesita un enfoque más decidido, bien hacia la calidez de las emociones, bien hacia el sarcasmo. En cualquier caso, otra vez uno termina quitándose el sombrero ante la claridad conseguida, más aún teniendo en cuenta las complicaciones de esta página de habilísimo tejido polifónico. 

Las grabaciones son de gran calidad –amplia gama dinámica– y se encuentran con facilidad en la red. De Petrushka pueden ustedes prescindir, porque hay mucha competencia, pero yo El pájaro no me lo perdería.

¿Se han olvidado los sevillanos de la Orquesta Philharmonia?

El próximo lunes 31 actúa en el Teatro de la Maestranza la Orquesta Philharmonia. Dirige su actual titular Santtu-Matias Rouvali. Javier Perianes es el solista que se encargará del Egipcio de Saint-Säens. Y las entradas no se venden como deberían. ¿Qué demonios está pasando en la ciudad de la Giralda? Cada cual saque sus conclusiones, que algunas de las mías ya las he planteado en entradas anteriores.


Lo que me parece claro es que parte del remedio se encuentra en una buena labor pedagógica, esto es, en dejarle claro al público cuáles son las cualidades y cuál es la calidad de lo que se va a escuchar. Quienes podrían hacer esa labor no lo hacen, no sé si porque se encuentran demasiado ocupados insistiendo en lo increíblemente buenos que son los miembros de la kale barroka hispalensis o porque en sus medios se aplica eso de "si el teatro no inserta publicidad, no hay crónica previa". Así las cosas, me voy a tomar la libertad de escribir algo sobre el antedicho concierto. No sobre Perianes, porque entiendo (¿es mucho suponer?) que el personal ya sabe que se trata de uno de los más interesantes pianistas del orbe, sino sobre la formación que nos visita.

Miren ustedes, la Philharmonia es una de las tres grandes formaciones británicas, al mismo nivel de la Filarmónica de Londres y solo un poco por debajo de la Sinfónica de Londres. Royal Philharmonic, BBC y Covent Garden, siendo espléndidas, no rayan a semejante altura. Por ende, la que ahora visita Sevilla, Zaragoza y Madrid se encuentra entre las más relevantes orquestas de Europa. Es superior a todas las italianas, francesas y españolas, y equiparable a unas cuantas centroeuropeas de relevancia; solo cede con claridad ante las tres grandísimas que son Filarmónica de Berlín, Filarmónica de Viena y Concertgebouw de Ámsterdam, junto a las que quizá habría que poner a la Staatskapelle de Berlín que felizmente ha reverdecido Barenboim.

Lo llamativo es que, desde su creación en 1945 hasta al menos finales de los sesenta, fue la mejor orquesta del mundo. ¿Decir esto es un disparate? Para nada. ¡Escuchen ustedes los discos! De hecho, para eso la creó el productor Walter Legge: para grabar discos con una perfección técnica absolutamente incomparable, quizá con la lejana competencia del prodigio de la Orquesta de Philadelphia en el mercado norteamericano. Contó para ello con un buen puñado de músicos de primerísima fila procedentes de la vieja escuela, y los puso bajo la dirección de un joven de carrera meteórica llamado Herbert von Karajan y de una antigua gloria que aún guardaba lo mejor de sí en su interior: Otto Klemperer. Por las tardes grababan con el primero y por las mañanas con el segundo.


Karajan consiguió recreaciones de asombroso cuidado formal pero un tanto impersonales y, a veces, bastante frías, dentro de una concepción que todavía mostraba la deuda contraída con Arturo Toscanini. Klemperer se reinventó a sí mismo y, desde mediados de los cincuenta hasta que dejó de dirigir a principios de los sesenta, alcanzó una de las más altas cumbres de la interpretación sinfónica que se hayan explorado, haciéndolo con unas maneras poco convencionales, osadísimas e increíblemente modernas que ni antes ni después han encontrado parangón. Si usted no tiene las dos cajas que ha lanzado Warner dedicadas al maestro de Breslau, hágase con ellas de inmediato, incluso si ya había escuchado esos discos: tras los nuevos reprocesados, ha quedado claro que la Phiharmonia no solo contaba con unas maderas inconfundibles e insuperables, sino también con una cuerda cuya robustez y carnosidad no se apreciaba adecuadamente en anteriores trasvases a compacto.

Junto a Klemperer y Karajan estaban mitos como Wilhelm Furtwängler y talentos en ascenso como Carlo Maria Giulini, ya por entonces enorme director. No debe extrañar que, cuando Legge rompiese con la orquesta y esta decidiera seguir adelante bajo el nombre de New Philharmonia, rompiese toda amistad con el italiano cuando este le confirmó que continuaría dirigiéndoles. Mientras tanto, Sir John Barbirolli se unía al equipo de batutas asiduas para realizar auténticos prodigios.

En los años setenta, y tras una breve titularidad del irregular y siempre problemático Lorin Maazel, la orquesta pasó a mano de un jovencito chulo con ganas de comerse el mundo llamado Riccardo Muti. La New Philharmonia mantuvo su virtuosismo estratosférico, pero ya no era "la mejor": en Europa el nivel había subido de manera considerable, y no digamos en unos Estados Unidos en los que ya se enseñoreaban Boston, Cleveland y –sobre todo– Chicago, además de la citada Philadelphia. En cualquier caso, el napolitano mantuvo su sonoridad y se aprovechó de ella para ofrecer recreaciones ásperas, rústicas en el mejor de los sentidos, de enorme limpieza en la exposición y de un temperamento ardiente que le conducía a auténticas "locuras" que solo podían seguir músicos de primerísimo orden.

A Philadelphia se fue Muti para allí volverse más robusto y voluptuoso, paradójicamente más "centroeuropeo", mientras que la formación londinense, habiendo ya recuperado su antiguo nombre, pasó a manos de Giuseppe Sinopoli. Fue perdiendo entonces su personalidad, quizá no tanto por el maestro veneciano como por la irremediable jubilación de los antiguos profesores, si bien mantuvo un alto nivel de calidad. Así la vimos en el Maestranza allá por noviembre de 1993: tan perfecta como fría Quinta de Schubert, esquizofrénica e incluso histérica Primera de Mahler.

Luego se produjo, pese a que siguió trabajando con casi la totalidad de los directores más famosos, un relativo bajón en la calidad, hasta convertirse "solo" en una de las "tres londinenses", hermana menor de la London Symphony junto con la London Philharmonic. Con esta última comparte espacio escénico en el Southbank Centre de Londres: allá recuerdo haberla escuchado bajo la batuta de Sir Charles Mackerras. En Sevilla volvimos a verla, por cierto. Fue en el festival Entre Culturas de 2005, concretamente, con Yoel Levi y Pedro Halffter. Este último optó por la muy vistosa –y no del todo interesante– Sinfonía nº 11 de Shostakovich para impresionar al público sevillano con el potencial de la orquesta. ¡Vaya si lo consiguió! Lástima que algunos, o muchos, parezcan haberse olvidado de aquello. Tal y como están las cosas, no tendrán muchas más posibilidades de escuchar una orquesta de este nivel sin tomar un avión.

miércoles, 26 de marzo de 2025

Cien años de Boulez

Se cumplen hoy cien años de Pierre Boulez, quien nos dejó allá por enero de 2016. He leído en las últimas semanas cosas malas acerca de él a gente que presume de ser seria. Me entristece y me preocupa, pero no me sorprende en un mundo, el de 2025, que parece haberse vuelto loco en todos los sentidos. ¿Que tuvo actitudes hacia la música y la política musical que hoy nos parecen censurables? Pues sí, pero hay que entenderlas dentro de su contexto.

Por lo demás, me parece un compositor de una obra personalísima y excepcional –quizá solo Lutoslawski y Ligeti estuvieran a su altura dentro de lo que conocemos vulgarmente como "vanguardia"–, amén de un gran director de un repertorio no grande, pero al que aportó –salvando sus patinazos en Wagner– muchas cosas nuevas. La foto de mi mesa les dará una idea de hasta qué punto me interesa este señor. ¡Larga vida a su legado!

domingo, 23 de marzo de 2025

25 años de Ismael Jordi: triunfo por todo lo alto

“Felicidades por los 25 años de carrera”, rezaba el sobretítulo que proyectó el Teatro de la Maestranza al finalizar el recital –lo adelanto ya: sensacional, inolvidable– que conel hilo conductor de un homenaje a Sevilla ofreció ayer sábado 22 Ismael Jordi acompañado por Rubén Fernández Aguirre al piano. ¡Quién lo diría, un cuarto de siglo ya! Parece que fue hace nada cuando pasó toda la noche a la intemperie para ser el primero en sacar entradas para el recital de su admiradísimo Alfredo Kraus que reinauguraba el Villamarta allá en el otoño de 1996; que fue ayer cuando el tenor canario le admitió como discípulo; o cuando debutó en la Sala Turina cantando un aria de Così fan tutte. Desde entonces ha desarrollado una carrera en la que, como él mismo ha repetido una y otra vez, su consigna básica ha sido saber decir no, justo como le recomendaba su maestro. Si se hubiera dejado llevar por los cantos de sirena que le llegaban años atrás probablemente hubiera alcanzado algunos éxitos importantísimos para luego apagarse de manera irremisible. Con enorme sabiduría y no menor honestidad decidió evitar el camino rápido y ofrecer solo aquello que era capaz de hacer al máximo nivel, en un perfecto cálculo de las posibilidades. Porque esa es otra: su instrumento es limitado, así que se equivocan los que dicen que triunfó por una voz bonita. Ahí también ha seguido a Kraus: no se canta con la garganta, menos aún con el corazón, sino con la cabeza. Técnica se llama eso. Esfuerzo, conocimiento, renuncia, maduración… Todo lo que ya no se lleva. Ahora bien, Ismael ha triunfado gracias a una admirable mezcla entre algo absolutamente objetivo, la cabeza, y algo por completo subjetivo y que, efectivamente, no tiene nada que ver con la técnica: el más exquisito gusto.

Ahí llegamos al meollo de la cuestión. Mi paisano posee una sensibilidad fuera de serie. ¿La sacó de escuchar repetidamente cintas de Alfredo Kraus en el walkman? En parte sí, pero no solo es eso. En sus primeros años –es lógico– le seguía fielmente, también en ese carácter flemático que caracterizaba al mítico tenor. Luego se fue haciendo más cálido, más variado en la expresión, aun siempre desde una óptica eminentemente apolínea. No creo que fuera una exageración por mi parte contraponer a Ismael en la entrada de ayer con quien a la misma hora tocaba en otro lugar de Sevilla, Lina Tur Bonet, porque nuestro artista representa todo lo contrario que la violinista ibicenca: moderación, elegancia y buen gusto. Belleza equilibrada con la emoción. Ausencia de afectación. Alejamiento del efecto gratuito. Clasicismo puro y duro, vamos. Por eso mismo no le perdono a mi paisano que no haya cantado más ese repertorio de finales del XVIII y principios del XIX que tanto le conviene: la sintonía con el estilo es absoluta.

Esto último lo demostró –paso por fin a hablarles del recital– en las tres canciones de Manuel García que abrían el programa. Se pueden hacer de otra forma, con más garbo y sabor popular, y ahí está el arte inmenso de Teresa Berganza para demostrarlo –increíble la manera castiza de decir “la mosca” en Caramba–, pero Ismael quiso llevarlas al terreno de la ópera y, de paso, añadir unos largos melismas que resultaron convincentes. Cierto es que la voz se quedó un poco corta en el grave, pero a cambio el tenor jerezano nos ofreció una prístina dicción que, a decir verdad, se echa de menos en muchos colegas hispanohablantes.

Las tres canciones del desconocido sevillano Isidoro Hernández (1847-1888) fueron una recuperación del pianista acompañante: acierto total, porque han resultado ser preciosas. Con la voz empezando a calentarse, Jordi las bordó hasta llevarlas a un nivel interpretativo que ya no bajó de lo más alto en todo el recital.

Le llegó el turno a Joaquín Turina: primero un zorcico para piano solo, luego cuatro preciosas canciones entre las que, sin ser la que cantó mejor desde el punto de vista técnico, brilló con especialísima sensibilidad la célebre Saeta. A ver, les confieso que cuando Ismael y yo hablamos no acostumbramos a hacerlo de música, sino de eso que tanto nos gusta que se llama Semana Santa. Es buen amigo de un señor de aquí de Jerez que, además de contar chistes bajo el nombre artístico de Comandante Lara, canta unas fabulosas saetas. Y la Virgen de Ismael es la Esperanza de la Yedra, cofradía que no es sino la versión jerezana de la Macarena: justo la imagen a la que está dedicada a la obra de Turina. Todo cuadraba. La suya no fue la versión de un cantante clásico “haciéndose el andaluz” e imitando las inflexiones y los melismas de un saetero, sino la de un cofrade del sur que ha mamado desde siempre esta música, que la tiene completamente interiorizada y que ahora ha tenido la oportunidad de materializarla gracias a su formación clásica. Nos puso los pelos de punta.


Lo mejor de la noche –aunque todo fue de enorme altura– llegó precisamente con las piezas más difíciles. Primero Il mio tesoro del Don Giovanni de Mozart. Importa poco que las agilidades no fueran espectaculares, porque tuvo su recreación todo eso que necesita el de Salzburgo y que tantos descuidan: solidez en la emisión, cálido legato, amplio fiato para construir amplias frases llenas de cantabilidad, atención a las dinámicas, calidez expresiva sin necesidad de “romantizar” la música –esto es, de romper el equilibrio clásico–, sensualidad… Por cierto, no estoy de acuerdo con Kraus en que Don Ottavio es un señor mayor de esos que se casaban con jovencitas a manera de protector. No es un estirado. Es un joven que siente amor tan tierno como sincero por Doña Ana, y así lo retrata Jordi.

Otro peso pesado a continuación: Ange si pur de La favorita. Donizetti siempre le ha gustado muchísimo a Ismael, pero con eso no basta. Me hice una playlist con versiones de esta aria y pude comprobar como tenores con voces de primera calidad no terminan de acertar, justo por la carencia de eso que nuestro artista posee sobradamente: recursos belcantistas. En el control de la respiración y en uso de los reguladores es un maestro, particularmente en los pianísimos y en los filados. Los usa sin reparos y nos seduce con ellos sin caer en el abuso: Ismael “canta bonito”, pero no es narcisista.

Ya fuera de peligro, Ismael llegó a Jacinto Guerrero para ofrecernos una memorabilísima versión de Raquel, de El huésped del sevillano. ¿Recordó a Kraus? Mucho, pero resultó más inmediato y comunicativo que su maestro. Mejor aún, si es que eso es posible, Sevilla de Agustín Lara. Sustituyó "alma mexicana" por "alma jerezana" y aportó, como señalé antes, andalucismo de pura cepa en línea y en dicción.

Tras la bonita Morisca de Henri Collet, interpretada con sensibilidad por Rubén Fernández, le tocó rendir homenaje a Luis Mariano con tres distendidas canciones de Francis López: música de fácil consumo que Ismael, sencillamente, canta mejor que su destinatario original. ¡Qué pena que no le pudiéramos ver por aquí ese Cantor de México que hizo en la vistosa producción en el Châtelet!

Para terminar, Sevilla de Manuel Álvarez-Beigbeder, más conocido como Manuel Alejandro. Confieso mi animadversión a la música del compositor jerezano –que se incrementa hacia las letras de sus canciones–, pero también reconozco que cantadas así, sustituyendo las ampulosas orquestaciones originales por un piano y con el arte de Ismael de por medio –no se me ofendan los amantes de Rocío Jurado, grandísima artista–, estas piezas multiplican muchísimo su valor.

Si el aplauso con que fue recibido Ismael Jordi al comenzar el recital es de los más largos que recuerdo en la entrada de un artista en toda la historia del Maestranza –no exagero–, los del final fueron el delirio. Todo el mundo en pie, palmas por sevillanas, grandes ovaciones –también las mías– y muchísima emoción. Llegó entonces la apoteosis con Adiós, Granada y –era previsible– Se nos rompió el amor. La Furtiva lágrima donizettiana, auténtica marca de la casa, nos devolvió el equilibrio y nos hizo recordar que nuestro artista sigue siendo un depositario de la más pura tradición del belcanto.

 Fotografías: Guillermo Mendo.

sábado, 22 de marzo de 2025

¿Se está cargando la Kale Barroka la música en Sevilla?

Sábado 22 de marzo. Relativamente pocas entradas vendidas para el recital de esta noche de Ismael Jordi con Rubén Fernández Aguirre en el Teatro de la Maestranza con arias y canciones dedicadas a Sevilla, de Mozart a Manuel Alejandro pasando por Manuel García, Donizetti y Turina. Lleno en el aforo –ciertamente reducido, eso sí– del Espacio Turina para escuchar, dentro del recién comenzado Festival de Música Antigua, a Lina Tur Bonet. Sí, esa señora que me encandiló la primera vez que la escuché –talento precisamente no le falta– pero que luego firmó el más pretencioso, grotesco e insufrible disco Beethoven que un servidor jamás haya conocido, el de Sonata Lunática.

Decididamente, algo va mal en la ciudad de la Giralda. Muy mal. ¿Qué hacer? Dos posibilidades hay: bien cruzarnos de brazos y esperar a que el repertorio tradicional se extinga para que campe a sus anchas la kale barroka, bien enfrentarnos a la situación y denunciar las tomaduras de pelo.

viernes, 21 de marzo de 2025

Santtu dirige los ballets de Tchaikovsky

Continuamos el recorrido por el arte de Santtu-Matias Rouvali con selecciones de los ballets de Tchaikovsky al frente de la formación de la que es titular, la Philharmonia de Londres, justo con la que se presentará próximamente en España. El sello es el de la propia orquesta y las pueden ustedes escuchar en las plataformas de streaming habituales.

Son 42 minutos los que dura la suite de El lago de los cisnes registrada en directo el 3 de noviembre de 2019. La grabación no es muy buena, y tampoco ayuda la acústica del Royal Festival Hall, pero aun así se puede disfrutar plenamente de una notabilísima recreación en una linea muy distinta a la que muchos tenemos en mente, por haber aprfendido a amar esta música con ella: la lectura que del ballet completo realizó Seiji Ozawa con la Sinfónica de Boston. Si el japonés nos ofrecía un Tchaikovsky extremadamente elegante, lírico y refinado, lo que para algunos puede traducirse como "excesivamente occidentalizado", en el que se planteaba como principal objetivo demostrar la belleza de esta música, el finlandés se decanta por una interpretación inflamada en lo expresivo y un punto rústica en lo sonoro: pierde en delectación melódica, sensualidad y magia poética lo que gana en sentido dramático, garra e inmediatez comunicativa. Me gusta bastante así, aunque no me convencen algunas libertades en el célebre vals: los portamenti molestan más que ayudan, y el teatral "parón" por el que opta en un determinado momento no termina de funcionar. Por lo demás, el pulso es excelente –la referida inflamación no conduce al maestro a precipitarse–, y resulta bastante notable, aun más atento a la globalidad que al detalle, el trabajo con una Philharmonia que no parecía encontrarse en su mejor momento.


Más en forma parece estar en la suite –la de toda la vida– de El cascanueces, procedente de un concierto de otoño de 2021, pese a un desajuste notorio en la Danza china que al maestro le cuesta trabajo solventar. ¿Falta de técnica de batuta? A mí me parece que lo que falla es la concentración de los fagotes. La interpretación es globalmente notable. Los parámetros expresivos son los mismos que en El lago de los cines, lo que puede hacer pensar que, como esta obra tan navideña parece pedir un enfoque más naif, las cosas van a funcionar peor. No es así. De hecho, cuando al maestro no le sale bien es al decidir ponerse en plan ensoñado añadiendo al Vals de las flores unos reguladores –que le he escuchado en directo a Lorin Maazel– demasiado preciosistas, sobre todo al contrastar por el fuego enorme (¡qué violonchelos!) con que el joven maestro aborda la página, que llega a concluir con cierta brutalidad. Francamente bien el resto: da gusto escuchar esta música con semejante frescura, electricidad y gozo vital, aunque se deje un tanto de lado lo del cuento de hadas.

Los 33 minutos de La bella durmiente se registraron en 2023. Es la mejor de las tres actuaciones de la orquesta, pero la menos buena por parte del maestro: como pasaba al final de El Cascanueces, el fuego termina conduciendo al exceso. Sobran rigidez y contundencia, se echan de menos sensualidad, ensoñación y vuelo poético, al menos en el Vals que popularizara Walt Disney y en el precioso Pas d'Action del acto I. En contrapartida, otros números brillan por su brillantez, incisividad y elevado sentido teatral. La toma es esta vez muy satisfactoria, quizá por ser la reciente de las comentadas.

jueves, 20 de marzo de 2025

Las cuatro estaciones, de Vivaldi: discografía comparada (versiones no historicistas)

20 de marzo. Termina el invierno, y en Facebook la plataforma Stage + nos recuerda que son trescientas primaveras exactas dese la publicación de Il cimento dell'armonia e dell'inventione de Vivaldi, es decir, de los conciertos que incluyen Las cuatro estaciones. Buena excusa para ofrecer una brevísima discografía comparada, fruto de absoluta improvisación: parte de este material lo había presentado ya, otra parte estaba inédito y un par de versiones las he escuchado hoy mismo.

¿Por qué solo versiones no historicistas? En absoluto porque crea que estas son preferibles. Ni lo creo así, ni opino lo contrario: para mi gusto, resulta imposible entender todo lo que contiene esta música son un buen puñado de versiones "sin instrumentos originales" y sin otro menos sustancioso de recreaciones "históricamente informadas". Tan solo quiero reivindicar la primera de las maneras en un momento en el que parecen haberse impuesto las fórmulas HIP. Por mucho que se empeñen tirios y troyanos, de las dos maneras es posible hacer un gran Vivaldi. O un mediocre Vivaldi, claro está.



  1. Ayo/I Musici (Philips, 1954). Esta primera grabación del mítico conjunto italiano no ha envejecido nada bien. La sonoridad del grupo, muy compacta, resulta por completo admirable desde el punto de vista técnico, como lo es también el virtuosismo de un Félix Ayo de tan solo veintiún años de edad, al tiempo que todos se muestran musicales y capaces de destilar tanto sensualidad como intensidad dramática, pero lo cierto es que el fraseo resulta un tanto monocorde, algo rígido, ciertamente poco imaginativo, y todavía no muy atento a las posibilidades onomatopéyicas de esta música, menos aún a los contrastes, quizá porque la visión es ante todo clásica, por no decir contemplativa. Francamente pobre el clave. Lo mejor quizá sea la tensión que consiguen en los movimientos extremos de El Invierno, sobre todo en el primero, y lo peor el fraseo algo romanticoide del violín en el segundo movimiento de este mismo concierto, enfocado con excesiva blandura. Buen sonido monofónico. (6)


  2. Ayo/I Musici (Philips, 1959). Con tan solo cinco años de diferencia con respecto a la anterior, esta nueva interpretación en sonido ahora estereofónico –de no mucha calidad, ni siquiera en Blu-ray Audio a 192- poco aporta nuevo. Quizá ahora el fraseo sea algo más fluido y la tormenta veraniega esté un poco más lograda, al tiempo que el primer movimiento de El Otoño resulta ahora menos natural, incluso un punto masivo. Y es que los problemas siguen ahí, incluyendo la excesiva dulzura de Ayo en el segundo movimiento de El Invierno. Y es que los problemas de fondo –articulación monocorde y algo blanda, clave tímido, escasez de contrastes– siguen ahí. Definitivamente, esto ha envejecido mal. (7)


  3. Szeryng/English Chamber Orchestra (Philips, 1969). Dotado de un sonido maravilloso, firmísimo sin poseer especial carne, de afinación impoluta y musicalísimo fraseo, el violinista de origen polaco ejerce doblemente de solista y director en una recreación abiertamente apolínea, mucho antes clásica que barroca, en el que la elegancia, la belleza sonora y –sobre todo– la cantabilidad se ponen muy por encima del sentido de los contrastes que esta música necesita. No es ése, en cualquier caso, el problema de esta interpretación, sino un Verano deslavazado, carente de electricidad, afectado por una flojera generalizada tanto en el violín como de la maravillosa orquesta londinense. Personal, hermosísimo el primer movimiento de El otoño, algo pesadote el conclusivo. A destacar, pese a algún detalle poco convincente, el Largo de El invierno: verdadera poesía. Sensacional la toma. (8)



  4. Micheluzzi/I Musici (Philips, 1969). Parece mentira que en solo diez años la interpretación de los italianos mejorase de manera tan considerable. Por descontado que permanecen fieles a su concepto eminentemente lírico, basado mucho antes en el carácter evocador de la melodía y en la sensualidad de la tímbrica que en los claroscuros o la variedad expresiva, equilibrado y no muy temperamental, pero ahora los tempi se han aligerado en casi todos los movimientos, la articulación ha perdido rigidez y el sonido del tutti ha adquirido transparencia sin perder belleza ni solidez. El clave de Maria Teresa Garatti se muestra ahora más imaginativo y centrado en el estilo. Micheluzzi, por su parte, hace gala de un sonido hermosísimo y de un fraseo más adecuado que el de Ayo para este repertorio, fraseando con una musicalidad de sobria intensidad, enorme elegancia y hondo lirismo. Puede sorprender el carácter extremadamente sereno y contemplativo del Largo de El Invierno –aquí el tempo es ligeramente más lento–, si bien en el tercer movimiento del mismo concierto, la incisividad en el fraseo y los acentos dramáticos, aun dentro de la sobriedad que caracteriza a toda la interpretación, adquieren la adecuada relevancia. Soberbia la toma para la época. (9)


  5. Zukerman/English Chamber (CBS, 1972). El violinista israelí deja bien clara su categoría como solista con un sonido bellísimo, firme y afinado como pocos –hay una ligera vacilación al final del segundo movimiento de El verano–, capaz de sortear cualquier reto virtuosístico y de frasear con enorme holgura. Pero lo cierto es que su acercamiento a Vivaldi ha perdido mucho con el paso del tiempo, sobre todo en lo que a la parte orquestal se refiere. El problema no radica tanto en el músculo excesivo con que hace sonar a la English Chamber, sin duda soberbia, ni en la articulación en exceso tradicional, sino en una óptica que quiere ver al barroco desde una óptica más bien cercana al clasicismo, y que por ente aborda con un carácter en exceso noble y apolíneo una música que pide a gritos un acercamiento vivaz y contrastado, lleno de los claroscuros, de la agitación y del sentido teatral propios del estilo. A la dirección del jovencísimo artista –aún le faltaban algunos meses para cumplir los veinticuatro– le faltan imaginación, vivacidad y tensión, al tiempo que le sobra cierta monotonía. Tampoco ayuda precisamente el clave de Philip Ledger, puro años setenta en su coquetería y en sus salidas de tono, imaginativas en el peor de los sentidos. Hay además en este registro un borrón muy considerable, y es el segundo movimiento de El invierno: muy discutible la blandura y el ensimismamiento excesivo de la dirección, y por completo inaceptables los portamentos del violín y las cursiladas del continuo. La toma necesita un nuevo reprocesado, a ser posible rescatando la cuadrafonía original. (7)



  6. Perlman/Filarmónica de Londres (EMI, 1976). El problema de esta interpretación es en parte estilístico, en parte de inspiración. Estilístico no tanto por la articulación por completo tradicional, a base de vibrato amplio y notas bien ligadas y escasa ornamentación, ni tampoco por lo musculado de la sonoridad –que a mí no me disgusta, pese a que la orquesta sea más grande de lo conveniente–, sino más bien por su tendencia a una expresividad antes romántica que barroca, amén de parca en recursos teatrales, lo que en cualquier caso no impide que haya fuerza en su dirección y atractivas sugerencias atmosféricas en el segundo movimiento de El otoño. De inspiración porque, ni siquiera aceptando sus planteamientos de estilo, consigue Perlman poner de relieve la poesía de los pentagramas, mostrándose a veces intenso y lleno de nervio, a ratos un tanto lineal, y en algún pasaje –arranque del segundo movimiento de El invierno– de una dulzonería inaceptable. Ni siquiera en lo puramente técnico el enorme violinista parece estar a la altura que de él se espera. Nada se dice de quién toca el clave al continuo: su labor es globalmente correcta, e interesante por su originalidad en el cuarto de los conciertos. Toma sonora de calidad escuchada en alta resolución, con robustas frecuencias graves. (7)



  7. Kremer. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1980). Optando por una articulación mucho más ligera y recortada que la de Perlman, así como de unos tempi más veloces y de una sonoridad considerablemente menos pesada, Abbado ofrece una desconcertante interpretación registrada en Londres en 1980. Resulta significativa la fecha, porque por un lado esta lectura apunta al extraordinario Abbado de los años sesenta y setenta, todo teatralidad, entusiasmo y fuerza expresiva, y por otro al muy mediocre de los ochenta en adelante, con esa muy particular búsqueda de la ligereza tanto sonora como expresiva, materializada en la tendencia a las sonoridades ingrávidas y a la sosería, cuando no a la asepsia. De esta forma, un Otoño magníficamente dirigido se erige como lo más interesante de esta interpretación, mientras que en el resto se muestra irregular alternando momentos muy comprometidos con otros en los que prima la depuración sonora sin sustancia. El clave de Leslie Pearson me ha gustado poco, no por su enorme riqueza en la ornamentación –eso me parece estupendo–, sino por su sensibilidad en exceso coqueta y galante, cuando no trivial. Claro que lo peor de este registro es la actuación de Gidon Kremer, no tanto por su consabida sonoridad ácida y gatuna, con frecuencia desagradable, sino por su absoluta incapacidad para extraer poesía de estas notas. Peor aún: en el segundo movimiento se pone tan cursi y repipi –tampoco Abbado ayuda aquí precisamente– que le entran a uno ganas de apagar el equipo. Muy buen sonido tras su recuperación en alta resolución. (5)



  8. Carmirelli/I Musici (Philips, 1982). La etapa de Carmirelli fue la cumbre de todo el arte de I Musici, no tanto por su labor como solista –seguramente sus antecesores eran mejores en este sentido– como por su excelencia a la hora de mejorar todavía si cabe (¡increíble depuración sonora!) el trabajo técnico del conjunto y, sobre todo, a la de enriquecer articulación y expresión sin perder personalidad. El tempo vuelve a aligerarse –esta vez en todos los números–, el fraseo es más ágil y las tensiones sonoras están más marcadas, prestando mayor atención a los pliegues expresivos sin dejar llevarse únicamente por la contemplación paisajística ni la luminosidad mediterránea. En este sentido, el violín de Carmirelli no es el más hermoso ni el más ágil pero sí el que ofrece más ricas inflexiones y acentos más lacerantes. Toma sonora de lujo. (9)



  9. Mutter. Karajan/Filarmónica de Viena (EMI, 1984). El primer movimiento de La primavera deja buen sabor de boca. Karajan parece centrado en la expresión, frasea con agilidad -siempre dentro de un concepto tradicional- y se muestra musicalísimo, obteniendo un sensacional partido de los formidables músicos vieneses y aportando fantasía él mismo al clave junto con el de William Tim Read. Pero llega el Largo y la languidez, la blandura y el amaneramiento se convierten en protagonistas. A partir de ahí, nos encontraremos con una recreación en la que se alternan momentos muy conseguidos, como la tormenta veraniega -Karajan, ideal para el músculo y lo tempestuoso-, todo el Otoño o los movimientos extremos de El invierno, con otros bastante difíciles de soportar. ¿Y la Mutter? Pues todo belleza sonora y virtuosismo, pero a sus veinte añitos de edad no solo no se muestra muy afín con la partitura, sino que se deja llevar por las vacilaciones del maestro y, lo peor de todo, por momentos se muestra francamente desganada: la falta de fuelle en el Allegro non molto de El verano resulta alarmante. (6)



  10. Mutter. Karajan/Filarmónica de Berlín (BR CMajor, 1987). El maestrissimo y la joven violinista –convertida ya en una diva mundialmente famosa por derecho propio– vuelven sobre la obra tres años después de su grabación en Viena, en esta ocasión con motivo de la inauguración de la sala de cámara de la Philharmonie berlinesa. Los parámetros son los mismos, pero las cosas salen bastante mejor: hay menos devaneo sonoro y, reconozcamos el placer culpable, resulta maravilloso disfrutar en esta partitura el músculo de una orquesta que logra el milagro de frasear con plena agilidad y el violín muy vibrado, pletórico de virtuosismo –hay un par de deslices propios del directo– e increíblemente hermoso de la Mutter. Otra cosa es que ella no termine de destilar la toda la poesía que propone la página, lo que no impide que el resultado sea de altura. La filmación se ve bastante bien después de su trasvase a Blu-ray. Lo que no tiene arreglo es el narcisismo de un Karajan –se trata de su propia productora– que chupa cámara tocando –muy bien, por cierto– uno de los dos claves del continuo. (8)



  11. Agostini/I Musici (Philips, 1988). Maria Teresa Garatti combina –de manera muy sugerente– órgano y clave al continuo, esperando quizá I Musici que no parezca que, tan solo seis años después de su grabación anterior, están ofreciendo más de lo mismo. Aunque quizá sea menos de lo mismo: Agostini quizá ofrezca un sonido más carnoso y una mayor agilidad que Carmirelli, pero desde el punto de vista expresivo, particularmente en su faceta de director, parece muy inferior al de su predecesora, de tal modo, que, junto con movimientos espléndidos como los dos extremos de El otoño o el tercero de El invierno se advierte una tendencia a limar aristas, a suavizar contrastes y a recrearse en una dulzura por momentos excesiva. No lo hace, pese a algún detalle amanerado en su labor solista que se podía haber ahorrado, a la hora de contemplar la lluvia tras los cristales, aunque en contrapartida los pizzicati del ripieno se encuentra mucho menos diferenciados que en las grabaciones precedentes. Y es que el conjunto tampoco parece, en general, tratado con la extrema depuración sonora de años anteriores; por momentos, incluso, parece un punto apelmazado y con menor brillo, lo que en principio no parece deberse a una toma sonora realizada, nuevamente, en La Chaux-de-Fonds. (8)



  12. Stern. Zukerman. Mintz. Perlman. Mehta/Filarmónica de Israel (DVD, Huberman, 1983). La dirección, voluntariosa, resulta aburrida y algo fuera de estilo para la fecha, no digamos para hoy. Hay además una tendencia a la dulzonería en los movimientos lentos. Los cuatro solistas alcanzan un buen nivel, sobre todo en lo que al vuelo lírico se refiere, pero el único que se muestra brillante tanto en lo técnico como en lo expresivo es Mintz, cuyo Otoño se eleva por encima del resto de la interpretación. (5)



  13. Giulio Franzetti. Muti/Solistas de la Orquesta Filarmónica de La Scala (EMI, 1993). El maestro napolitano no se arredra ante el peligro del qué dirán y se atreve, en plena década de los noventa, a hacer unas Cuatro estaciones dirigidas desde el podio y con batuta. Pero tranquilos, la plantilla es pequeña, a la articulación no le falta agilidad, el clave de Robert Kettelson es magnífico y la batuta hace que los músicos de la Scala toquen con entusiasmo y admirable sentido del canto. Tampoco está nada mal el violín, aun lejos de la calidad tímbrica y expresiva de los más grandes que se han acercado a la partitura. El lunar por parte de todos, el Largo de El invierno: se les va la mano en la ensoñación. La toma, realizada en una iglesia de Milán, deja mucho que desear. (8)


     
  14. Shaham/Orquesta de Cámara Orpheus (DG, 1993). Resulta difícil explicar cómo es estilísticamente esta interpretación. En realidad, quizá sea más sencillo decir lo que no es. La sonoridad del conjunto y el fraseo nada deben a la tradición romántica, pero tampoco intentan adaptarse a los modos “históricamente informados”: densidad sin pesadez alguna, agilidad alejada del nerviosismo e incisividad sin exceso alguno son la norma. La visión se aleja de la sensualidad, la calidez y el intenso sentido melódico de I Musici, pero tampoco busca los profundos claroscuros dramáticos de algunas lecturas historicistas: las melodías están hermosamente cantadas sin dejarse llevar por la ensoñación ni la voluptuosidad, mientras que la tensión interna y la electricidad alcanzan gran intensidad (¡tremenda la tormenta!) sin tener que recurrir a efectismos. ¿Y los aspectos descriptivos? Pues lo cierto es que Shaham, aun diciendo en las notas del libretillo que son fundamentales, parece querer ofrecer una visión poco descriptiva, más bien abstracta, que subraye como hay muchas genialidades en esta partitura mucho más allá de su fuerza narrativa. Ni que decir tiene que el artista de origen israelí, dotado de una técnica descomunal, está inmenso al violín –solo le pongo reparos, como a tantos, en el segundo movimiento de El invierno y que los Orpheus –Robert Wolinsky alterna entre órgano y clave– son una formación de lujo. (10)



  15. Sirbu/I Musici (Philips, 1995). En plena ebullición de las nuevas propuestas del historicismo, I Musici no podían permanecer por completo anclados en el pasado. El bajo continuo es sustancialmente renovado y, frente la labor en exceso monocorde de Garatti, se combinan de manera variada Shizuko Noiri al laúd y Francesco Bocarella al clave y al órgano aportando variedad e imaginación. Pero lo más importante es que con Mariana Sirbu, de sonido prieto y fraseo firme, parecen volver la tensión y la luminosidad de antaño en combinación con ideas nuevas y numerosos detalles personales, no siempre acertados: a veces, como ocurre en el primer movimiento de El otoño, están más cerca de lo rebuscado que de lo sanamente creativo. En cualquier caso, eso afecta más a la labor de la solista que al ripieno, que sigue con un discurso más o menos parecido al de antaño y sin recuperar el increíble nivel de sus mejores tiempos. La toma, excelente. (7)



  16. Chung. St. Luke’s Chamber Ensemble (EMI, 2000). Violinismo de enorme altura el que nos ofrece una Kyung-Wha Chung ya de 52 años, pero de sonido extraordinariamente firme, impecable agilidad y enorme sentido de la tensión dramática, ya que no particularmente sensual ni poética. La dirección, en la línea “tradicional renovada”, es la mar de sensata y vuelve a poner los claroscuros, la teatralidad y el conflicto por encima de los aspectos más descriptivos y pintorescos de esta música, todo ello sin espacio alguno para el narcicismo ni la autocomplacencia. A destacar la recreación de El invierno, carente de dulzonería el movimiento central y de enorme fuerza los otros dos. (9)



  17. Janine Jansen/Ensemble (Decca, 2004). Armada de un sonido de increíble belleza y de un fraseo de extraordinario vuelo poético, la violinista holandesa lidera un pequeño conjunto de instrumentistas en el que se incluyen su padre Jan –clave y órgano- y su hermano Maarten –violonchelo- para ofrecer una recreación de tempi generalmente rápidos, fraseo ágil y articulación muy marcada –pero no historicista– en la que se apuesta claramente por resaltar los aspectos más tempestuosos de la partitura haciendo gala no solo de un temperamento ardiente a más no poder, sino también de una muy considerable imaginación –las libertades son muy grandes– que provoca sorpresas continuas y contrastes extremos, sin miedo además a recurrir a la aspereza o a la fragmentación del discurso musical, sin llegar a romperlo. Obviamente hay muchos momentos en los que el resultado es discutible, a veces por ir demasiado rápido –Largo de El invierno–, a veces por rozar el amaneramiento –primer movimiento de El otoño, por ejemplo-, pero en general no hay caprichos ni extravagancias, porque las aportaciones están presididas por el pleno conocimiento de la retórica barroca, el buen gusto y, sobre todo, por la sinceridad emocional. La incorporación de la tiorba al continuo resulta muy de agradecer. Sonido excepcional en Blu-ray audio. (9)



  18. Cho-Liang-Li/Ensemble Sejong (Naxos, 2005). Sorpresa encontrarnos en Naxos con una orquesta soberbia, dirigida –quizá por el imaginativo, pero aun así moderado clave de Anthony Neuman– con sensatez, ortodoxia, equilibrio y exquisito gusto “clásico”, antes que barroco, siempre en una línea no historicista pero ágil y luminosa. Al mismo nivel el violinista: sonido muy bello y temperamento cálido e imaginativo, sin excesos ni arrebatos, aunque con un par de detalles blandengues en (¿lo adivinan?) el Largo de El invierno. Sonido espléndido en Blu-ray audio. (9)



  19. Chua/Sinfónica de Singapur (Pentatone, 2022). Sin que se pueda hablar en modo alguno de “tercera vía”, esto es, sin que exista intención de seguir parámetros historicistas haciendo uso de instrumentos “modernos”, Chloe Chua tiene claro que está en 2022 y no puede desatender al camino recorrido en la praxis interpretativa de esta obra: su plantilla es de diecisiete músicos –más clave y órgano–, la articulación resulta muy ágil e incisiva, al vibrato se le mantiene muy a raya, la ornamentación es abundante y ese sentido de los contrastes tan imprescindible en el Barroco se encuentra bien presente dentro de una lectura tan cargada de electricidad como alejada del exceso. No, no es una interpretación meramente clásica, equilibrada y galante –a pesar de un clave algo anticuado– como lo son muchas otras de la línea tradicional: esta posee fuerza, electricidad, claroscuros y sentido teatral. Languideces o blanduras, ni una sola (¡qué alivio escuchar despojado de ensoñaciones el segundo movimiento de El invierno!), como tampoco hay lugar para narcisismo: hay creatividad y eso que llaman “atención a los affetti”, desde luego, pero eso no significa hacer el ganso. Todo lo contrario, la señorita Chloe Chua poner su admirable técnica al servicio de ideas llenas de musicalidad. No está mal para una niña que contaba quince años en el momento de la grabación. (9)

Santtu dirige Stravinsky

He hablado un poquito de la Philharmonia Orchestra en la entrada anterior , pero ahora quiero seguir haciéndolo sobre su titular Santti-Mati...