miércoles, 12 de agosto de 2026

El SACD por fin hace justicia a la Bohème de Solti

Me animo a reabrir el blog, de momento solo poniendo al día algunas discografías mediante las audiciones que he ido realizando este verano, más alguna nueva que aún no ha visto la luz. No es el caso de esta entrada, en la que comento un doble SACD que me ha costado un ojo de la cara, porque al importarlo desde la propia web del sello Dutton me han cobrado una tarifa aduanera al llegar el pedido a mi casa: La Bohème de Puccini por Sir Georg Solti y la London Philharmonic que grabó RCA entre el 23 de julio y el 3 de agosto de 1973 con mezcla cuadrafónica posterior, precisamente recuperada en esta edición.

He comparado con lo que yo tenía, el primer reprocesado que circuló por aquí: la mejoría es brutal, hasta el punto de que aquellos CD solo cabe calificarlos como desastrosos. ¿Suena especialmente bien ahora? No. Hay una apreciable distorsión tímbrica, y la acústica del Walthamstow Town Hall no es ninguna maravilla. Ahora bien, la acción conjunta del reprocesado en alta definición y la espacialidad del multicanal hace que la orquesta, gran beneficiada del nuevo trasvase –las voces, bastante menos–, suene con muchísima más naturalidad, relieve e inmediatez. Lo de antes era mate, apagado, sucio y terriblemente plano. Ahora ha cambiado la cosa.

Es verdad que hay gente a la que no le gusta un abundante uso de los canales traseros. Aquí se usan mucho en todo el segundo acto y al comienzo del tercero, lo que creo que le viene estupendamente a las situaciones de la escena y contribuye a la claridad polifónica. Bastante menos surround hay en el resto, aunque la orquesta no es de las que está "al fondo", sino que "se trae adelante". A quien no le guste así, en cualquier caso, la tecnología se lo pone fácil: marcarle al reproductor de SACD que lea la pista de dos canales o, sencillamente, meterlo en el lector normal de CD. Perderá relieve, pero aun así la mejoría es considerable con respecto a lo que había antes, porque no se verá limitada la audición por el horroroso reprocesado que nos endilgaron.

La interpretación es pura controversia. Y de la beligerante, empezando por una Montserrat Caballé que echó sapos y culebras contra el maestro de origen húngaro, acusándole de modificar la partitura –se las retiró a todos los cantantes para devolvérsela llena de enmiendas– hasta el punto de que, según ella, lo que allí se escucha no es Puccini, sino Solti. Yo me limito a dar mi opinión, empezando por la catalana. Vocalmente está por completo maravillosa, sacando un partido extraordinario de su inigualable control de la respiración y de esas mesas di voce marca de la casa. En lo expresivo ofrece una Mimí delicada y con picardía, mas no todo lo sensual que debería ser. Lo siento, estoy en exceso condicionado por lo que con el papel de la modistilla hacía Mirella Freni.

Plácido Domingo está ausente en el primer acto: ofrece –con cierta tirantez– el Do de "la dolce speranza" y, milagrosamente, el pianísimo que cierra el dúo, pero no es Rodolfo ni de lejos. Muchísimo mejor en la segunda parte de la ópera, en la que se muestra no solo cálido e implicado, sino también muy centrado en el estilo. ¿Prefiero a Pavarotti? Sin duda, pero no me cuento entre los que consideran este registro un fiasco del tenor madrileño.

Punto flaco del registro es Judith Blegen: voz de escaso interés, Musetta sosa y pálida. Canta bien, eso sí. Sin ser tampoco –casi nunca lo fue– un artista atento a los pliegues expresivos que dibujan un personaje, Sherill Milnes hace un Marcello que impone por voz y por técnica. Relativa decepción Ruggero Raimondi como Colline, porque pasa por encima del aria de la zimarra. Bastante bien el Schaunard de Vicente Sardinero. Sin problemas en los comprimarios. El Coro John Alldis, a la altura habitual de las formaciones inglesas.

¿Y Solti? Soy de los que piensan –debemos de ser miles– que lo de Karajan y la Filarmónica de Berlín de 1972 marca uno de los puntos más altos de la dirección de orquesta en Puccini. Sin embargo, creo que globalmente Sir Georg no le va a la zaga. Su línea es muy distinta, eso sí. El de Salzburgo se muestra mucho más atento a la belleza sonora, es más sensual y seductor, ofreciendo además un punto decadentista que en este repertorio no solo no molesta, sino que resulta conveniente siempre que no se le vaya la mano: será el caso de su Turandot. Solti se inflama muchísimo sin llegar a perder control ni delectación melódica, pero no llega a la altura de Karajan cuando de alzar el vuelo poético se trata.

Ahora bien, la cosa cambia mucho en el resto de la partitura. Me refiero a toda la primera mitad del primer acto, al segundo en su integridad y al arranque del cuarto. Ahí es donde Solti gana la partida merced a un nervio interno y una teatralidad desbordantes. Mientras su colega entendía la partitura en buena medida desde el punto de vista sinfónico, el de Budapest comprende que esto no es otra cosa que ópera. Pura ópera: hay que describir, hay que narrar, hay que insuflar vida, hay que marcar contrastes y –también– hay que olvidarse de vericuetos hedonistas para poner la atención del oyente sobre el drama. El maestro lo consigue por completo haciendo gala de un pulso tan intenso como ajeno a desbordamientos y de una gama tímbrica particularmente incisiva, a veces áspera, como también de un sentido de las texturas que no tiene mucho que envidiar al de Karajan. Muy adecuado su sentido del humor, por no hablar de la desgarradora la fuerza trágica que alcanza cuando es necesario: en el final nos pone el corazón en un puño. En fin, una dirección decididamente a conocer que hasta ahora, en este doble SACD, no ha recibido el tratamiento técnico que merece.

Hay bonus, y no precisamente menor. Como los tres primeros actos caben en el primer disco, en el segundo hay espacio para meter en su integridad un vinilo registrado en el mismo lugar un año más tarde, en julio de 1974. Lo protagonizan Leontyne Price y Plácido Domingo, quienes cantan dúos de Verdi y Puccini con la complicidad de Nello Santi y una soberbia New Philharmonia que no era ya la de Otto Klemperer, sino la del joven Riccardo Muti. Atención a la fecha: la soprano norteamericana contaba cuarenta y siete años, había demostrado muchísimo y ya no estaba perfecta en lo vocal –Aida de 1970 aquí comentada–, mientras que el tenor madrileño iba por los treinta y tres, se abría camino entre los más grandes y andaba en el momento justo de demostrar su potencial: había grabado Manrico y Radamés, también Michele, Des Grieux y Cavaradossi, aparte de este Rodolfo con Solti, pero otras cosas estaban aún por llegar, entre ellas tres títulos que aquí hace, Ballo, Otello y Butterfly. Ahí está uno de los puntos claves de este registro. El otro, lógicamente, es disfrutar del arte inmenso de una pareja que ya había hecho historia en Il Trovatore y Tosca, en ambos casos con un formidable Zubin Mehta, pero que en estos otros títulos que aquí se ofrecen, Otello, Ballo, Manon Lescaut y Madama Butterfly, aún no habían coincidido.

Los resultados son de altísimo nivel: pura emoción, como también canto de muchísimos quilates. Se pueden poner reparos al moro de Plácido, que aún tendría que ensanchar el registro grave de su voz para moverse con holgura en ciertos pasajes. También cabe advertir que, por razones obvias, la vocalidad de la Price no es la ideal para hacer la Cio-Cio-San del primer acto, aunque a mí eso me importa poco: confieso una muy especial debilidad por el timbre y el arte de esta señora, quien aprovecha para regalarnos algunos reguladores inteligentísimos que quitan la respiración. Tremendo el dúo del Ballo, Verdi en estado puro, aunque de las cuatro páginas que se ofrecen me quedo con el Tu, tu, amore? tu? del título basado en el Abate Prévost. Qué incandescencia, qué implicación dramática, y también qué sentido del vuelo melódico.

Nello Santi ofreció más, muchísimo más que artesanía de foso con una dirección italiana a más no poder, pero no en el sentido de Toscanini sino en el otro, el de verdad: la conjunción más admirable entre calor expresivo y cantabilidad en el fraseo. La música fluye, respira, adquiere el sentido orgánico que posee una melodía en la voz humana y no pierde en ningún momento la concentración. Formidable la orquesta pero, mucho ojo, aquí sí que hay instrumentos por detrás del oyente si se escucha la versión multicanal. He probado con el reproductor normal de CD y ahí sí suena cada cosa en su sitio, al tiempo que se pierde mucho en relieve y claridad. Usted mismo.

viernes, 24 de julio de 2026

Dedicado a Rodríguez Zapatero, la gran decepción

Ya saben, lo único que cantaba la Castafiore: el aria de las joyas de Fausto. Eas joyas que Mefistófeles dejó con toda la intención para arrastrar al infierno. Y Mefistófeles siempre se sale con la suya, por mucho que los que con él firman el pacto pongan carita de bueno.

viernes, 17 de julio de 2026

Dos artículos: Villamarta y Sánchez Saus

El blog sigue cerrado, pero vayan aquí dos enlaces. El primero, mi comentario a la emporada 2026/27 del Teatro Villamarta de mi tierra, publicado en La voz del Sur. No necesito añadir nada a lo dicho. Bueno, sí: que según fuentes bien informadas, el director del Villamarta se larga definitivamente en septiembre. Menos mal.

Villamarta 2026/2027, clásica y lírica: la Junta de Andalucía vuelve a salvar los muebles | lavozdelsur.es

El otro me divierte de manera especial, porque confirma que la sección de cultura de Diario de Sevilla está dirigida por un ultraderechista, con todo lo que ello supone. Lean, lean lo que Sánchez Moliní escribe sobre Sánchez Saus, aspirante en su momento a liderar Falange, admirador indisimulado de Francisco Franco y Donald Trump, orgulloso de pertenecer al ala más reaccionaria e intolerante del catolicismo, que ha utilizado durante años las páginas del diario "liberal" (¡juas!) del Grupo Joly para ganarse a pulso el carguito que le acaba de dar VOX.

Un intelectual en el Gobierno andaluz

Repárese de manera especial en lo que Luis Sánchez-Moliní dice del libro Al-Ándalus y la Cruz. De acuerdo con que su autor es un medievalista de muchísima más categoría que quien a ustedes se dirige, faltaría más, pero ello no me va a impedir opinar que dicho texto es una monumental falsificación historiográfica que no solo no desmonta falso mito alguno (¿alguien se creyó alguna vez lo de la "feliz convivencia de las Tres Culturas"?), sino que vuelve a la carga con la más rancia interpretación de la Reconquista en "cristiano bueno" contra "moro malo" y "auténtico español" contra "falso español". Y este tipo se ha convertido en número dos de Turismo y Justicia (¡hostias!) con la total aquiescencia de un Juanma Moreno que tardó dos días en aceptar todos los postulados de la ultraderecha. Para largarse de Andalucía, pero ya.

jueves, 2 de julio de 2026

Blog cerrado por luto político

Nunca una noticia de política me había hecho saltar las lágrimas. Hasta hoy: el PP de Andalucía ha llegado a un acuerdo con VOX para gobernar nuestra comunidad autónoma durante los próximos cuatro años. El candidato del partido ultraderechista queda como segundo de a bordo, mientras que se presenta un acuerdo entre las dos formaciones que, junto a decisiones francamente sensatas que todos podemos compartir, hay una gran cantidad de medidas que me parecen aberrantes. Al menos, que atentan a mis principios ideológicos básicos: bajada de impuestos que beneficia a los ricos, absoluta desprotección de los inmigrantes ilegales, persecución de las ONG que velaban por las necesidades humanitarias básicas de estos últimos, endurecimiento del régimen disciplinario de los centros de menores, eliminación de toda lucha contra el cambio climático y a favor del medio ambiente ("agenda verde"), promoción de la tortura animal... Lo de obligar a estudiar en las escuelas la historia del terrorismo suena a cachondeo, porque los profesores de Historia ya los encargamos de eso a conciencia, pero lo demás no es ninguna broma. Es egoísmo, es xenofobia, es maldad pura y dura.

¿Es justo y legal que esto ocurra? Sí, las dos cosas: es lo que han votado los andaluces. No solo los que metieron la papeleta de VOX, claro está, porque los que escogieron la del PP sabían que los dos partidos iban a gobernar juntos. Gracias a todos ellos nos gobernarán los herederos del régimen criminal de Francisco Franco y los amigos de Donald Trump, cuya estrategia de anunciar un pucherazo en las próximas elecciones generales han decidido copiar descaradamente: si gana la derecha estará bien, si lo hace la izquierda es que hay fraude. Y eso no lo dice VOX, mucho ojo, lo dice el propio Partido Popular, que hasta hace no mucho iba de moderado. Ya no lo es: su agresividad e irresponsabilidad resultan manifiestas.

Así las cosas, como señal de protesta he decidido cerrar por completo este blog durante varias semanas. Luto político, literalmente. Con seguridad no volveré antes de agosto, y probablemente no lo haga hasta septiembre. Les dejo con una partitura genial que he escuchado hoy repetidas veces y que me parece ejemplifica a la perfección la situación política a nivel mundial. Para quien sepa entender esta música, claro está.

Riccardo Muti en Granada: por debajo de lo exigible

Demasiados prolegómenos ya con las dos anteriores entradas: vamos directamente a qué me pareció al concierto de Riccardo Muti del pasado domingo 5 de junio en el Festival de Música y Danza de Granada. Aviso que durante los días previos escuché una vez y otra, en el coche o a través de los auriculares, sus grabaciones de las mismas obras de Giuseppe Verdi, Manuel de Falla y Maurice Ravel que se iban a tocar. Quería saber exactamente cómo había evolucionado el arte del director napolitano.


Arrancó el programa –francamente breve, mejor así dado el calor que se sufría en la colina de la Alhambra– con la Sinfonia de Nabucco. En ella quedó claro el nivel de la orquesta: la Orquesta Joven Luigi Cherubini es una muy correcta y digna formación de jóvenes. Nada más, nada menos. Poco que ver con el mamarracho de la Arturo Toscanini de Parma que dirigía Lorin Maazel. Dicho esto, la chavalería de Muti evidenciaba ciertas desigualdades, sobresaliendo –me lo decía un colega en el intermedio– un notable viento-madera frente a una cuerda y unos metales sin interés. Tocó bien, con ganas y mucha atención a una batuta que durante toda la velada desplegó amplia gestualidad para atender hasta el mínimo detalle, pero también hubo desajustes y una falta de transparencia que, hay que advertirlo, en parte puede deberse a la acústica del Palacio de Carlos V. Tengo que dejar constancia de un factor relevante: yo me encontraba en platea, bajo la fabulosa bóveda anular diseñada por Pedro Machuca, y en ese espacio el sonido empasta mejor pero pierde nitidez, al tiempo que resulta un tanto mate. La impresión desde el patio de butacas, a cielo descubierto, sería bien distinta.

En cuanto a la interpretación en sí misma, no fue radicalmente distinta a la excepcional que grabó el maestro en 1977. Tuvo nervio, fuerza dramática y cantabilidad. Sonó a Verdi. ¡Qué menos con Muti en el podio! Eso sí, cuarenta y nueve años no pasan en balde. Su recreación ha perdido la incisividad y la sana aspereza de corte toscaniniano de los tiempos con la Philharmonia, mientras que ha ganado en suntuosidad sinfónica. Vamos, que Muti estuvo más cerca de su muy odiado Riccardo Chailly en la recreación que le escuché hace algunas semanas en La Scala que de él mismo medio siglo atrás. Y ya que comparamos, hay que escoger: por una vez y sin que sirva de precedente, me quedo con Chailly.

Muti se dirigió al público para reivindicar Las Cuatro estaciones. Que es un error cortar este ballet cuando se lleva a escena Las vísperas sicilianas, porque de una grand opéra francesa se trata. Lleva razón. Que es la obra orquestal más importante de Verdi. También la lleva. Pero tengo mis dudas de que sea una gran música. Dudas serias. No es un coñazo como La peregrina del Don Carlos francés, pero esta media hora resulta de digestión pesada. De hecho, solo tiene sentido ofrecerla en concierto si la hace el mejor director verdiano del mundo: justo el caso.

Contamos con nada menos que tres registros a cargo de Riccardo Muti. El primero es el de 1980 con la Philharmonia: todavía con el vigor rítmico, la electricidad y ese sonido incisivo de la orquesta londinense que caracterizaba sus realizaciones verdianas de los años anteriores, pero añadiendo una dosis adecuada de flexibilidad y, sobre todo, una enorme cantabilidad melódica. En 1989 volvió a dejar su visión del ballet, esta vez dentro de la grabación de la ópera completa en el Teatro alla Scala: pierde un poco de vigor rítmico y gana algo de sensualidad, mientras que se ve lastrada por las obvias insuficiencias de la formación milanesa. Saltamos al 1 de mayo de 2025 en Bari, nada menos que con la Filarmónica de Berlín. Ahí el maestro evoluciona hacia posiciones más netamente sinfónicas, con la colaboración de una orquesta superlativa y sus maderas de auténtico lujo, tan decisivas en esta página.

¿Y en Granada? Ha pasado solo un año, pero la cosa ha evolucionado de manera significativa, justo en el mismo sentido que lo había venido haciendo. Tempi ligeramente más lentos, pérdida total de la electricidad y el carácter incisivo de tiempos londinenses, articulación mórbida, sensualidad más desarrollada… Se echa de menos el pulso rítmico de antaño, pero ahora el maestro alcanza tal grado de poesía que me quedo con esta última de sus cuatro entregas en lo que a la labor de batuta respecta. Imposible sacar más música de esta partitura, particularmente del último número, El otoño. La Orchestra Giovanile Luigi Cherubini en absoluto es capaz de ofrecer el empaste, la depuración sonora, la brillantez y –sobre todo– la agilidad de la Philharmonia y los Berliner, pero sus insuficiencias no son mayores que las de los milaneses de 1988, e incluso se debe aplaudir a las maderas en sus intervenciones en La primavera. En fin, no quiero ni imaginar qué ocurriría si Muti grabara ahora mismo esta obra con la Filarmónica de Viena: lo mismo hasta cambiábamos nuestra opinión sobre la partitura.

La segunda parte del concierto fue mucho más desigual. En 1979 Muti grabó al frente de los Philadelphians las dos suites de El sombrero de tres picos en interpretación de tempi rápidos, incisiva en el fraseo, rústica en el mejor de los sentidos, con garbo y con duende, al tiempo que alejada de la voluptuosidad y de la exploración de la atmósfera. En Granada solo hizo la Suite nº 2, y aquí es donde más claramente se ha apreciado la evolución del maestro. La recreación de Los vecinos, perdiendo algo de la garra de entonces, ha ganado muchísimo en sensualidad, en carácter curvilíneo, en delectación melódica y, a la postre, en inspiración poética, todo ello desde un prisma indisimuladamente impresionista que prosiguió en la Farruca. Magníficamente dirigida esta, arriesgadísima a la hora de plantear con extrema amplitud el accelerando que cierra la página, se vio lastrada por un corno inglés que empezó fraseando con amplitud y cantabilidad para luego venirse abajo en su dificilísima parte. No importó demasiado, porque a pocos les sale realmente bien ese remate. Lo que sí importó fue el lío que orquesta y maestro se armaron en la Jota conclusiva: falta de agilidad en el fraseo, discontinuidad en las tensiones, suciedad generalizada, tendencia al decibelio –Muti pedía matices dinámicos, la orquesta respondió a ellos con tosquedad– y una manifiesta ausencia de electricidad y brillantez.

Bolero de Ravel para terminar. Mala elección, dada la orquesta con la que se contaba. Me viene a la mente la ocasión en que Muti vino a Sevilla con la orquesta de La Scala y no se le ocurrió otra cosa que hacer los Cuadros de una exposición: a medida que se sucedían los números, fueron quedando al descubierto las insuficiencias de los primeros atriles de una formación que estaba en muy baja forma. Pus aquí lo mismo, solo que esta vez los problemas fueron en un cincuenta por ciento responsabilidad del director.

La grabación de Muti en Philadelphia de 1982 era lentísima (17’09’’) y solo se ponía interesante a partir de la entrada de los violines, aportando el maestro una carga de aspereza e incluso dramatismo que sustituía a la sensualidad propia de esta página. La de Granada ha sido mucho más ortodoxa en el tempo –aproximadamente 15:45, lamento no tener duración exacta– y en la expresión, porque aquí la batuta sí quiso modelar con carácter curvilíneo y difuminado las intervenciones solistas. La realización es lo que no salió bien, a pesar de encontrarse apoyada por un soberbio trabajo de la caja principal. Don Riccardo no logró graduar de menos a más el volumen las intervenciones solistas: a veces llegó a ocurrir lo contrario. Los primeros atriles se mostraron solventes y esforzados, solo eso. El trombón metió la pata de manera puntual, pero demasiado audible. La cuerda entró sin brillo ni emoción. La incorporación de la segunda caja resultó demasiado forzada, cosa que ya ocurrió en el Bolero que le escuché a Muti en Londres nada menos que con la Sinfónica de Chicago. El genial cambio de tonalidad que propone Ravel al final de la partitura pasó sin pena ni gloria. Aceptable interpretación, sin más.

¿Mal concierto? En absoluto. Pero sí desigual, y por debajo de la brillantez que el nombre de Riccardo Muti lleva asociado.

martes, 30 de junio de 2026

Críticos de toda la vida vs. opinantes en internet: ¿quién vigila?

Dice el veterano Rafael Ortega Basagoiti en este artículo de Scherzo que es una pena que se esté perdiendo la crítica de conciertos. La tradicional, la que se hace bien sobre papel, bien por suscripción en internet, en diarios y revistas especializadas. En él hace referencia a este otro artículo en el que plantean sugestivas preguntas en torno a esta progresiva sustitución de los “críticos de renombre” por esa presunta “democratización de la crítica” que es internet. Quién vigila. Quién filtra contenidos de, por ejemplo, un blog como este. Nadie, habría que responder. El bloguero o forero de turno escribe y luego se le hará mayor o menor caso. O ninguno.


Realmente, nadie garantiza que lo que escribamos en las redes tenga fiabilidad. Lo que ocurre es que tampoco los críticos “de toda la vida”, los “profesionales”, los que siguen la partitura en su tablet durante el concierto (¡viva el postureito fino!) y en el intermedio departen con los responsables de la organización, tampoco tienen filtro. ¿De verdad me quieren ustedes hacer creer que la mayoría de los redactores jefe ponen como prioridad la capacidad del crítico para aunar conocimientos y compromiso, léase valentía para decir las cosas? ¿No habrá quienes antepongan otros intereses más mundanos? ¿No existen acaso los que tienen en cuenta la publicidad en sus páginas, los vínculos del medio como patrono de determinada institución o incluso la necesidad de quedar bien ante los lectores? Circunstancias estas que, como todo el mundo sabe, un crítico con pocos escrúpulos puede, con total independencia de su mayor o menos nivel de conocimientos, aprovechar luego para codearse con los artistas, para hacerle un favor al amiguete con el que luego se va a cenar o incluso –esto lo he visto personalmente para que te coloquen a tu esposa en el teatro. Con éxito.

Viene esto a cuento porque, de las cuatro críticas “oficiales” que he podido leer del concierto de Riccardo Muti en el Festival de Música y Danza de Granada, solo dos me han parecido realmente profesionales. Es posible que ambas se pasen de rosca a la hora de poner mal a la orquesta que se trajo el maestro Muti, porque al fin y al cabo era una formación de chavales y los que allí acudíamos sabíamos lo que nos podíamos encontrar, pero son respetuosos no solo con los músicos, sino también con los lectores. Se mojan. Pero las otras dos solo de manera muy solapada insinúan las insuficiencias de la Orquesta Joven Luigi Cherubini, trasmitiendo una imagen de triunfo artístico que en absoluto fue tal. Y no me vengan con la subjetividad de la crítica. Subjetivo es si te gusta o no el concepto interpretativo del artista de turno. Pero los desajustes son los desajustes, las pifias son las pifias. En el concierto del pasado domingo 28 en el Carlos V las hubo. No es subjetividad, no es percepción. A quienes somos más duros de oído se nos pueden pasar por alto determinados problemas de afinación, estridencias, puntuales ausencias de empaste y cosas así, pero a nadie se le escapan ni la mera discreción del nivel medio ni, menos aún, los “gambazos” sonados. Hace un montón de años vino Karajan a Madrid con sus Berliner Philharmoniker. En el Bolero de Ravel pasaron cosas terribles con el trombón: aquello fue un escándalo por tratarse de quienes se trataba, e incluso hay quien afirma que el maestro tomó represalias contra el instrumentista. Pues bueno, en el Carlos V pasó lo mismo y ciertos críticos se lo callan. El concierto fue buenísimo, y punto. Y claro, cuando el medio es de muy elevado prestigio y los lectores tenemos que pagar suscripción para leer, el asunto es más grave: se nos está dando gato por liebre. Se nos engaña.

Lo que más me ha llamado la atención es que ninguno de los cuatro críticos hace apenas referencia, salvando algunas pinceladas puntuales, al “estilo” de la interpretación, a la postura expresiva de Riccardo Muti frente a la partitura. Se fijan en lo cuantitativo, en cuánto de bien sonó aquello –bastante bien para dos de ellos, poco para los otros dos–, pero no en lo cualitativo, en cómo estuvo sonado. A mi modo de ver, y esto sí que es plenamente subjetivo, allí nos encontramos a un Riccardo Muti muy distinto del de otros tiempos. A ver si hablo de ello en la siguiente entrada.

¿Quiero decir con todo esto que los que escribimos en la red somos mejores que “los de toda la vida”? Bajo ningún concepto: una afirmación así sería una falacia monumental. En todas partes hay de todo. Lo que sí quiero dejar claro que, si a los críticos que nos movemos en blogs o foros de internet no nos vigila nadie, a los otros tampoco. ¡Y hay por ahí quienes escriben cada cosa!

lunes, 29 de junio de 2026

El Festival de Granada prohíbe los tapones de las botellas (o cómo el personal de sala trata al público como delincuente en potencia)

No visitaba el Festival de Música y Danza de Granada desde 2021. Sencillamente, ni los últimos años de Antonio Moral ni los primeros de Paolo Pinamonti me han resultado lo suficientemente atractivos para meterme las ocho horas de carretera –ida y vuelta– y realizar la inversión. Este año tampoco tenía pensado ir, pero como me estaba obligado a tomar abundantes fotos del conjunto monumental de la Alhambra y el Generalife en algún momento del verano, compré una entrada que milagrosamente salió a la venta a última hora para el concierto de ayer domingo 29 de Riccardo Muti con su Orquesta Joven Luigi Cherubini. Y regresé con sabor amargo, por desagradables experiencias con el personal de sala.

 

Justo cuando empezaban a salir los chavales de la orquesta, quise tomar una foto para que mis amigos conocieran la problemática visibilidad desde mi butaca en platea. Dos segundos tardó una señorita en acercarse y decirme, con cierta agresividad, que no se podían tomar fotos, que tenían órdenes muy estrictas. Soy de los que se molestan cuando la gente hace eso durante el concierto, pero cuando la orquesta no ha hecho más que comenzar a distribuirse por el escenario, no sé qué daño se hace. Justo cuando Muti ya estaba acercándose al podio, desde otro ángulo muy distinto del Palacio de Carlos V se escucha a un señor pegar un berrido: “¡Que está prohibido hacer fotos!”. Vaya, resulta que eso no es perturbar el concierto. Ya puestos a controlar a los asistentes, le podían haber dicho algo al famoso crítico que, según me dijo un amigo sentado cerca de él, se llevó todo el tiempo siguiendo la partitura con su tablet, pero con ese no se atreven. Claro que tampoco a ese señor le sirvió de mucho, a tenor de lo que ha escrito en su crítica: no se enteró de nada. O sí se enteró, pero ladinamente calló muchas cosas: en el concierto hubo de todo, incluyendo numerosas pifias en la orquesta y cosas mal resueltas por parte de Muti. Ya se sabe que si uno quiere codearse con los artistas y la dirección, tiene que ponerlo todo de muy bien para arriba.

Llega el intermedio. Como antes del concierto me clavaron cinco euros por una limonada, hice cola en la máquina de refrescos para comprar un Aquarius. Fui a bebérmelo entre la zona de aseos y la del ambigú. Otra señorita, esta bastante más simpática –no es ironía– se acerca con una exigencia que me dejó muerto: “Caballero, deme usted el tapón de la botella. Está prohibido tener una botella con tapón en un concierto”. La verdad, nunca me había encontrado con mayor ridiculez. Bastante serio, le dije que nos estaban haciendo la visita bastante incómoda. “Lo comprendo y lo siento, pero la ley dice que una botella con tapón puede convertirse en un arma arrojadiza”. Completamente perplejo le dije que sí, que había acudido esa noche a tirarle la botella al maestro Muti. Le di el tapón, dejé la botella ya vacía en una papelera y me fui a la explanada del concierto, ya justo al lado de la entrada. Ni que decir tiene que allí estaba todo el mundo con su correspondiente botella de agua, tapón incluido.

Comienza la segunda parte. Como auténticos sabuesos, el personal de sala se lanzó a los pasillos controlando que no hubiese nadie osando capturar una imagen. Creo que muchos nos sentimos vigilados e incómodos. Fin del concierto, en el que no hubo propinas. Muchas personas –yo no, por descontado–sacaron el móvil para llevarse el recuerdo. Lógico y natural en un concierto veraniego. Y propaganda gratuita para el evento si luego lo suben a las redes, dicho sea de paso. Aquí lo ven de otra manera, y los encargados del asunto saltaron a impedirlo llamando la atención al personal hasta que ya hubo tantos con el móvil en la mano que lo dejaron por imposible.

Termina la velada. Me acerco a un caballero de la orquesta bien vestido y le enseño el libro escrito por Riccardo Muti, a ver si era posible conseguir un autógrafo. Con una gran sonrisa, me indica la puerta tras la cual estaba el maestro. Cuando llego me encuentro con uno de los miembros del personal de sala que aparentaba menos cordialidad. Lo di por imposible, pero aun así me acerqué con mucha timidez, le mostré el libro y le pregunté lo mismo. “No” fue la respuesta. No fue un "no" cualquiera. Fue seco, cortante. Despreciativo incluso. Podía haber sido un “ya me gustaría, lo siento mucho” con una pequeña sonrisa, o al menos “este año tenemos órdenes muy estrictas de no dejar pasar a nadie”. Me volví con el rabo entre las piernas, porque estoy convencido de que el maestro Muti hubiera firmado de buena gana. Lugo me enteré que a cierto crítico sí que le dejaron pasar a departir con el maestro. Ya saben, no es lo mismo un "gran experto" que puede hacer publicidad en un medio importante que la chusma mitómana a la que pertenecemos la mayoría. Al ganado hay que controlarlo.

En fin, creo que los que pagamos por la butaca, y por ende sostenemos el festival, nos merecemos un poco de empatía. Sentirnos como público de verdad, no como personas a quienes se nos está haciendo un favor y a las que hay que vigilar constantemente porque hacemos fechorías por defecto. He visitado ya las suficientes salas de conciertos de Europa como para poder asegurar que nunca en los treinta y siete años que llevo acudiendo a estos eventos, ni siquiera en los lugares más siesos que conozco –mejor no mencionarlos– me he encontrado a un personal de sala tan impertinente. Se dice que los granadinos tienen “mala follá” (antipatía). Un amigo que es de allí me asegura que es verdad y que lo sufre cada día. Ignoro si esa es la explicación. Es posible que el responsable de todo esto sea un Paolo Pinamonti que ha querido establecer una especia de estado policial en su nuevo reino. No sabría decirlo con seguridad. Lo que sí sé es que, salvo que vuelva Barenboim o aparezcan un Furtwängler o un Klemperer, no volveré por allí en unos cuantos años. Les recomiendo a ustedes que tampoco se tomen mucho interés en hacerlo: la acústica es mala, se pasa mucho calor y te tratan como si fueras un delincuente.

El SACD por fin hace justicia a la Bohème de Solti

Me animo a reabrir el blog, de momento solo poniendo al día algunas discografías mediante las audiciones que he ido realizando este verano, ...