Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Esta entrada se publicó, de manera muy improvisada, el 23 de junio de 2023. Ahora vuelve el verano, y con él la Tercera de Gustav Mahler, así que actualizo el texto incluyendo cosas que he publicado desde entonces y anotaciones que aún no han visto la luz. Estoy en proceso de escuchar nuevos registros de la obra –lo que he catado de Barbirolli me ha impresionado–, así que espero volver a realizar otra actualización pronto.
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Lo confieso: esta discografía es una total improvisación. De hecho, no tenía tomadas notas de las tres primeras grabaciones que conocí, Horenstein, Abbado/Viena y Bernstein/DG. En ella he escrito de memoria para cubrir el hueco. Espero volver a escucharlas y reeditar esta entrada más adelante.
1. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1961). Esta fue la segunda sinfonía de Mahler que Lenny llevó al estudio –el año anterior había hecho lo propio con la Cuarta–. Lo interesante es que, lejos de encontrarnos ante una interpretación palpitante y vital, extrovertida y llena de frescura sobre otras consideraciones, que es lo que se podía esperar del Bernstein de esta época, lo que nos ofrece el maestro es una lectura sensual y muy paladeada, de elevada ensoñación poética, y por eso mismo bastante floja en lo que al movimiento inicial se refiere: ahí hace falta una dosis mucho mayor de tensión interna, de contrastes y de fuerza expresionista. En el quinto sí que se muestra interesado, menos mal, por los ribetes inquietantes de la escritura. Solvente trabajo el de la mezzo Martha Lipton. (8)
2. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (DG, 1967). Interpretación lírica, en absoluto expresionista, fraseada con enorme naturalidad, sentido cantable y belleza sonora, dicha con un refinamiento nada melifluo. Ajena a las grandes tensiones, a la densidad y a los éxtasis místicos, se encuentra llena de nobleza, humanismo y sensibilidad. Por eso mismo sobresalen los movimientos segundo y tercero, tiernos sin caer en la ñoñería y de adecuado espíritu panteísta; el quinto resulta más ingenuo de la cuenta, mientras que el Finale respira una nobleza maravillosa, si bien defrauda en una conclusión que necesita mayor grandeza y carácter visionario. La orquesta se comporta muy bien, encontrándose trabajada con pinceles finos y tímbrica muy variada, con su punto adecuado de incisividad, si bien las trompetas resultan estridentes en la coda final. Buenas las intervenciones de Marjorie Thomas. A la grabación le faltan cuerpo, relieve y frecuencias graves, incluso en la nueva remasterización en alta definición. (7)
3. Horenstein/Sinfónica de Londres (Unicorn, 1970). Dos reparos. Primero, Norma Procter está bien, pero no es Waltraud Meier ni, menos aún, Jessye Norman. Segundo, la Sinfónica de Londres se encuentra lejos de su nivel actual, no digamos ya de las más grandes formaciones del nuevo siglo. Por lo demás, esta sigue siendo mi dirección favorita de la obra. Máxima intensidad emocional, mínimo de azúcar. Extremo cuidado en la exposición, nada de preciosismos. Enfoque expresionista –incluso descarnado en lo sonoro–, pero sin renunciar a la cantabilidad, a la belleza melódica ni al equilibrio. Honda reflexión humanística, ni rastro de moralina. En resumidas cuentas, pura cuadratura del círculo. A destacar de manera muy especial todo el movimiento conclusivo, no el más bello posible pero sí el que alcanza la más conmovedora mezcla de congoja y grandeza espiritual. Los Ambrosians Singers son una fenomenal baza. Ojo: la toma realizada por Jerry Bruck recuperada por HDTT es aplastantemente mejor que la de Unicorn realizada en las mismas sesiones, si bien la versión cuadrafónica a mí no me funciona. Compren la estéreo. (10)
4. Levine/Sinfónica de Chicago (RCA, 1975). El joven y muy talentoso Jimmy –más tarde se convertiría en una bestia parda– ofrece una interpretación extrovertida, colorista y brillante, con un punto de sana rusticidad, ya que no muy profunda ni matizada. En cualquier caso, se aprecian irregularidades. El primer movimiento resulta atractivo, algo aburrido en su primera mitad y un tanto decibélico en los clímax, pero se encuentra bien expuesto y bien llevado. Su conclusión es muy ruidosa y un tanto vulgar: la música parece pedirlo. Segundo y tercero magníficos, entusiastas, llenos de sentido del humor y ajenos a la dulzonería. Magnífica la dirección del cuarto, que se beneficia de una sensacional Marilyn Horne. Bien a secas el quinto. El Finale resulta demasiado lánguido y ensimismado; cuando llegan los clímax estos se basan más en el volumen sonoro que en la acumulación de tensiones. (8)
5. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1978). Creo que el movimiento inicial de las siete –nada menos– grabaciones que Zubin Mehta nos ha legado de esta página es de lo mejor que yo le haya escuchado nunca al maestro de Bombay. La música se va desperezando de manera pausada, amenazadora incluso, desplegando una tímbrica adecuadamente aristada entre silencios que pesan como losas. Las tensiones progresan con un trazado sutil, las diferentes secciones que, tan diferenciadas entre sí, que se han de ir yuxtaponiendo lo hacen con lógica y naturalidad, la meditación encuentra todo el espacio que se merece sin que por ello se pierda el pulso y la brillantez llega cuando corresponde, con animación y júbilo, pero evitando todo jolgorio. Espléndidos los movimientos segundo y tercero, de un lirismo muy cálido y efusivo que logra sortear el enorme peligro de caer en lo decorativo, incluso en lo blandengue; espléndidos los solos de la trompa de postillón. Hay solo un puntito de decadentismo: el que le conviene. Cuarto y quinto convencen bastante menos por parte de la batuta, más bien prosaica. Maureen Forrester ya está mayor. Y muy bien, solo eso, el Finale, paladeado con serenidad y sin narcisismos. El tratamiento de la orquesta es espléndido, con todo ese músculo que le gusta a Mehta, también con una plasticidad muy desarrollada y con una soberbia diferenciación de los bloques sonoros, magníficamente recogidos por una toma equilibrada y con carne. (8)
6. Abbado/Filarmónica de Viena (DG, 1980). El maestro milanés, que aún no se había adentrado en su etapa de blanduras y amaneramientos, disecciona la obra con una batuta prodigiosa de colorido riquísimo y extrema atención al detalle, quizá en algún momento un punto más distanciado de la cuenta, pero haciendo auténticas maravillas con un quinto movimiento al que por momentos hace sonar inquietante, fantasmagórico y hasta macabro. En cualquier caso, el lujerío absoluto de esta interpretación es la presencia de Jessye Norman, con diferencia la mejor de las solistas que han abordado esta parte. (10)
7. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1982). Hay que descubrirse ante los prodigios técnicos que logran Sir Georg y sus chicagoers. La brillantez es extrema, lo mismo que la depuración sonora. Variadísima la tímbrica, extrema la claridad, tan firme como flexible el pulso. Todo está expuesto con una precisión meridiana. Sin embargo, el maestro no acierta de igual manera en lo expresivo, flojeando de manera seria en un primer movimiento expuesto con muchísimas prisas, sin atención al misterio ni a la poesía, tampoco muy interesado por los matices expresivos. Magníficos, por el contrario, los dos siguientes: quítese de en medio cualquier suerte de narcisismo, que vamos a decir esta música con frescura, nervio, impulso vital, tímbrica incisiva y efervescencia bien entendida. Hondo y concentrado el lied, muy bien dicho por una Helga Dernesch bastante más adecuada de lo que en un principio podríamos imaginar. Dicho esto, la cantante austríaca no acierta con la expresión del siguiente número, que por lo demás está dirigido con mucha luz y cuenta con excelentes coros. Magnifico el movimiento conclusivo, rápido pero no desconcentrado, sino muy intenso; únicamente no me convence la coda, a la que se llega de manera algo brusca. Soberbia la grabación. (9)
8. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (DG, 1987). Lenny y los de Nueva York vuelven a las andadas, esta vez con una toma a la altura de las circunstancias. Lo hacen estupendamente, con compromiso expresivo y haciendo gala de un refinamiento, un sentido del color y una flexibilidad en el fraseo admirables, pero también con cierta tendencia a la blandura y al narcisismo marca de la casa. Ya saben, estamos en la época en la que Bernstein se gustaba muchísimo a sí mismo. Una pena que no esté la Filarmónica de Viena. A la grandísima Christa Ludwig la encuentro algo engolada. (8)
9. Haitink/Filarmónica de Berlín (DVD Philips, 1990). Típica interpretación del maestro holandés: sobria, objetiva, clara y de excelente trazo, ajena al efectismo y a la trivialidad. Primer movimiento magnífico, entusiasta, detallista en su análisis, sin ser particularmente visionario. Muy bien segundo y tercero, algo escorados hacia lo dulce, pero sin rozar siquiera el amaneramiento. Magnífica Florence Quivar en el cuarto. Bien el quinto, poco monjil mas no muy emotivo. Admirable el Finale, lento y concentrado, rebosante de emoción contenida y paladeado sin prisas pero con tensión soterrada a unos clímax a los que se llega con naturalidad llena de lógica. La carátula recoge por error que la grabación es de 1991, cuando en realidad es de diciembre del año anterior, coincidiendo con la edición en CD. (9)
10. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 1999). Qué lástima, este es ya el otro Abbado. En el primer movimiento llega a irritar, no ya por su distanciamiento y asepsia, sino por la abundancia de detalles amanerados dentro de un sonido general algo blando y quebradizo. Mejora bastante en el resto, aun persistiendo la insistencia en perderse en detalles –sobre todo en los pianísimos– para descuidar la sinceridad de las emociones. Espléndido el quinto por ese carácter algo siniestro que él consigue como nadie. El Finale comienza algo dulce, pero después mejora. La toma sonora tiene un volumen especialmente bajo, aunque la gama dinámica es amplia. Muy bien Anna Larsson. (6)
11. Boulez/Filarmónica de Viena (DG, 2001). La interpretación responde a lo que se podía esperar en el grandísimo artista francés. Trazo tan firme como natural. Caligrafía extremadamente pulcra. Lógico y riguroso diseño de la arquitectura. Claridad absoluta. Renuncia a cualquier suerte de narcisismo o amaneramiento. Cierta limitación en el sentido del color. Y también un excesivo distanciamiento para una música que, a decir verdad, pide un enfoque más inmediato, más a flor de piel, con un mayor sentido de la espontaneidad y de la frescura. Repárese, por ejemplo, en la manera en exceso adusta con que Boulez plantea el final del tercer movimiento. Ni que decir tiene que la orquesta es una verdadera gloria y que aporta toda esa belleza sonora que no parece interesarle especialmente al maestro. Muy bien Anne Sofie Von Otter, a pesar de que sea preferible una voz con más peso, e irreprochables las mujeres del Wiener Singvereins y los Niños Cantores de Viena. La toma, si se pone a un volumen muy alto, es un verdadero prodigio, mientras que la reproducción en SACD aporta un idóneo sentido de la ubicación espacial. (8)
12. Haitink/Sinfónica de Chicago (CSO, 2006). Una vez más, nos encontramos ante esa objetividad, claridad y sólida arquitectura esperables en Haitink, que obtiene un espectacular rendimiento de la portentosa orquesta y aporta una enorme sinceridad, más todavía que con la Filarmónica de Berlín. Dentro del mismo enfoque, el avance en poesía sobre la versión de Boulez resulta apreciable. El primer movimiento es absolutamente excepcional, tenso e intenso sin llegar a ser expresionista. Los centrales son espléndidos y están analizados al milímetro, siendo sólo reprochable alguna muy puntual tendencia a lo decadente y cierta frivolidad del coro angélico. Michelle De Young está bien. El sexto movimiento se encuentra lleno de tan contenida como intensa emoción. La grabación es impresionante. (10)
13. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (DVD Euroarts, 2007). Esta vez el maestro se queda en un punto intermedio entre sus dos anteriores recreaciones y nos ofrece una lectura fresca, juvenil y espontánea, dicha con entusiasmo, animada y descriptiva, muy contrastada en dinámica y en tímbrica, no regateando en este sentido las aristas sonoras. Ahora bien, se echa de menos un trabajo más cuidadoso en el entramado orquestal y sobran algunos detalles esporádicos de blandura. A destacar, una vez más, el fantasmagórico y amenazante tratamiento del quinto movimiento. Muy bien Anna Larsson, aunque se confunda en su entrada. La orquesta se queda a veces algo corta, si bien está cuajada de solistas llenos de musicalidad. (8)
14. Paavo Järvi/Radio de Frankfurt (Blu-ray CMajor, 2007). Esta filmación se realizó en una abadía medieval de acústica muy reverberante, pero con toma bastante lograda, clara, con cuerpo y beneficiada de un surround auténtico, aunque sin toda la gama dinámica deseable. La interpretación resulta muy atractiva por su animación, su empuje, su carácter bullicioso y su sentido del humor, destacando por una tímbrica rica e incisiva, con un punto de virulencia muy atractivo, tratada con enorme claridad que la enriquece y destaca la orquestación de la obra, así como su tejido polifónico. Ahora bien, hay irregularidades en su desarrollo. El primer movimiento es espléndido, dicho de un solo trazo, rico en lo expresivo, contrastado y muy acertado a la hora de subrayar las asperezas, angulosidades y aspectos expresionistas de la orquestación, sin necesidad de cargar las tintas y aportando el adecuado toque festivo. El segundo resulta de nuevo admirable en el aspecto tímbrico, con unas maderas de acertadísima intención expresiva, si bien el enfoque global es un punto trivial, antes que sensual o humanista. El tercero es magnífico, lleno de vida y de expresividad, si bien hay alguna ligera caída en el sentimentalismo. El cuarto está dirigido de manera irreprochable, contando con una Waltraud Meier excelsa, exquisita en el fraseo, misteriosa y sensual al mismo tiempo, soberbia en la dicción y mágica en la expresión. Animado y radiante de felicidad el movimiento coral, pero no mojigato. Flojea el sexto, no por el enfoque antes vehemente y un punto rebelde que extático, sino por su fraseo en exceso nervioso, falto de efusividad, de nobleza y de calidez. (8)
15. Mehta/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2008). No mucho ha cambiado desde aquella lejana grabación en Los Ángeles, así que el maestro indio vuelve a acertar plenamente primer movimiento rocoso e incisivo en su sonoridad, dramático y decidido, sin devaneos. El segundo se encuentra bien paladeado, pero aquí aparecen blanduras y cursilerías varias que empañan el resultado. Tercero muy bien, con alguna levedad aislada. Cuarto sobrio y concentrado, ya que no profundo; buena la intervención de Lioba Braun. Quinto en exceso rápido y de orientación más bien épica. Finale intenso, viril, magníficamente trazado, sin la menor languidez, poético sin ser contemplativo y con un final magníficamente afirmativo. Estupendos los coros. (8)
16. Eschenbach/Orquesta de París (YouTube, 2009). Un arranque que se va ralentizando poco a poco ya anuncia que nos vamos a encontrar ante una interpretación creativa y comprometida. El primer movimiento, lento y admirablemente desmenuzado, resulta particularmente dramático y ominoso. El segundo está cantado con enorme calidez y posee detalles creativos muy inspirados que no añaden amaneramiento ni dulzonería. Tercero en la misma línea, con un amplio aliento panteísta. Lento y estático el cuarto, con una Mihoko Fujimura notable, aunque sería deseable una voz más oscura y profunda. Inocentes sin caer en lo monjil los coros. Hermoso y emotivo a más no poder el Finale, aunque la conclusión resulte algo hinchada y más triunfalista que ambigua. Hace muchos años Eschenbach me dijo que estaba haciendo lo posible para que su ciclo Mahler saliera en DVD. Desdichadamente, no lo ha conseguido. (9)
17. Lorenzo Viotti/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2008). Sin rodeos: los tres primeros movimientos son los que más me gustan de todos cuantos he escuchado. Vale, ahí está Horenstein, pero con una orquesta inferior. Y tampoco me parece que Viotti se aleje de lo que hizo el director nacido en Kiev, ni en calidad ni en concepto. Es el suyo un Mahler "expresionista", incisivo y vibrante en la tímbrica, muy decidido en la arquitectura, desinteresado por preciosismos y lleno de fuerza expresiva firmemente controlada. Claro, con esos planteamientos el primer movimiento le sale sin problemas, pero lo que interesa es que cuando llegan las florecillas, los pajarillos y los otros animalitos logra borrar de un plumazo toda blandenguería contemplativa sin que por ello la música resulte sosa ni aburrida. Una auténtica maravilla, a la que no es precisamente ajena la musicalidad increíble de los primeros atriles berlineses: aplausos especiales para la trompa de postillón, bien escondida incluso para la cámara. Los otros tres movimientos son magníficos, "solo" eso: les falta sensualidad para alcanzar el mayor nivel posible. Por lo demás, lo tienen todo: concentración el lied –Albrecht Mayer ofrece los complicadísimos glissandi del oboe requeridos por Mahler–, sentido de lo inquietante el coro angelical –muy áspero su clímax, como debe ser– y gran intensidad emotiva el monumental Finale. Elina Garança, exquisita en el canto y musicalísima en la expresión; también un poquito distanciada. Sensacionales los coros. La tecnología no se encuentra a la altura: aunque hay imagen 4K y sonido Dolby Atmos, también sufre un poco de compresión dinámica. Suban el volumen en el clímax final, por favor. (10)
18. Nelsons/Filarmónica de Viena (Stage+, próximamente en CD). Cero azúcar, máximo sabor. Suena a publicidad de refresco bajo en calorías, pero justo eso es lo que hace Andris Nelsons. Y lo hace con una técnica suprema que le permite mantener el pulso durante tan dilatadísima partitura, construir tensiones con plena naturalidad, diseccionar con increíble limpieza todo el entramado orquestal, descender a los detalles más increíblemente primorosos y ofrecer grandes dosis de belleza sonora sin que aquello caiga en el preciosismo. El primer movimiento es soberbio: avanza decidido, entusiasta, con excelente pulso, marcando muy bien aristas tímbricas, pero dejando que la música respire y se destile el necesario misterio. Segundo y tercero, lo ya dicho: Nelsons se los cree al cien por cien sin que ello le conduzca a bajar la guardia. La contemplación paisajística, la delectación melódica y el espíritu panteísta no ceden espacio a la blandura o a las sonoridades en exceso aéreas o difuminadas, por no decir al narcisismo. Difícil hacerlo mejor. ¡Y qué increíbles los solos del postillón! El lied está dirigido de manera irreprochable. La solista es Violeta Urmana, que ya no está para muchos trotes; el asunto le cuesta, particularmente en el grave, pero el centro sigue siendo una maravilla y su arte severo, siempre algo distanciado, le sienta bien a esta página. Nelsons resuelve sin problemas el número de los ángeles, que le queda de maravilla, fresco y nada monjil, aunque se echa de menos el carácter siniestro que sabía imprimir Abbado con esta misma orquesta. Excelentes los coros. ¿Y el Finale? Para él hay enormes referencias discográficas: Nelsons no las supera, pero sí las iguala con una recreación que plantea muy bien la dilatada arquitectura hasta una conclusión vibrante y llena de grandeza. (10)
19. Mehta/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2021). El de Bombay insiste con la misma orquesta tan solo trece años después. Cambia la cosa: con nada menos que ochenta y cinco tacos a su espalda, aquí Mehta sí que ejerce de anciano director, para lo bueno y para lo menos bueno. En este sentido, el primer movimiento se ralentiza de manera considerable pasando de 32:10 a 30:05 –cálculo realizado a mano, sin fiarme de las equívocas indicaciones de la web–. Pierde fuerza y electricidad, también carácter. Ni siquiera parece que la orquesta toque con la absoluta seguridad que le caracteriza. Los dos movimientos siguientes están dichos desde la sensualidad y la delectación otoñal, sin llegar a la blandura ni a la cursilería; maravilloso el postillón. Amplitud por parte de la batuta para el lied, en el que esta vez sí le pide a Albrecht Mayer los dificilísimos glissandos del oboe. Okka von der Damerau luce una buena voz de mezzo lírica y un fraseo muy mórbido, ya que no una expresividad intensa; en el grave se queda algo corta. El quinto movimiento –espléndidos los coros– sigue sin salirle a Mehta, que no pilla su retranca. El gran triunfo para el maestro viene en el Finale: planificado con enorme naturalidad, sensible en los detalles, dicho con maravilloso sentido de la melodía –solo un poco más amplio que antes, pasa de 21:35 a 22:02– y dicho con ternura y un hondo sentido humanístico. La imagen 4K es soberbia, pero el Dolby Atmos vuelve a fallar: se echa de menos gama dinámica. (8)
Queden ustedes advertidos: eso de establecer qué o quién es "el mejor" o "lo mejor" de algo es una monumental chorrada, al menos el terreno de la creación artística. Otra cosa es que nos guste, nos divierta y tal. En realidad, nos podemos permitir el lujo de realizar semejantes clasificaciones, siempre y cuando no le demos mayor trascendencia: ¡cuántas veces montamos en cólera cuando alguien dice que tal compositor, tal música o tal disco es mejor que el de más allá!
Por eso mismo, ahora mismo que no tengo ni un minuto para escuchar nada en el equipo y hacer comentarios de discos, voy a rendirme ante el placer culpable para hacer una de esas elecciones tan tontas: si alguien me preguntase qué compositor es el más grande de todos, respondería que Ludwig van Beethoven. Que sí, que el sordo de Bonn carga sobre sus espaldas más de un bodrio. Que nadie ha tenido nunca un dominio de la forma abstracta tan grande como Johann Sebastian. Que la inspiración de Wolfgang Amadeus era un incesante manantial de inspiración. Pero a mí me parece que el autor de la Sinfonía Pastoral es quien nos ha dicho con su música más y más profundas cosas sobre el ser humano.
¿Qué cosas? Eso ya depende de la sensibilidad personal, del momento vital en el que uno escuche, del contexto en el que lo haga y de muchas cosas más. Lo importante es que las dice, y que lo hace de una doble manera: emocionándonos y haciéndonos pensar. Otros músicos han planteado cosas diversas e importantísimas sobre los seres humanos, bien como individuo, bien como colectividad, pero creo que nunca ningún otro ha tocado tan a fondo en nuestra extrema complejidad interna, con tanta lucidez a la hora de indagar en esas luces y esas sombras que son la esencia misma de nuestra existencia, ni con semejante capacidad para conmovernos en lo más hondo. Por eso mismo me quedo con él, y por eso soy incapaz de concebir mi vida sin la presencia de su música.
No voy a escribir crónica sobre la Sexta de Mahler que ofreció el pasado jueves la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, por razones que quienes siguen este blog conocen a la perfección. La verdad, me gustaría explicar cómo fue esta Trágica desde el punto de vista estético, es decir, considerándola a la luz de las muy diferentes maneras de abordar el universo de este compositor desde el podio, porque me parece a mí que los críticos "oficiales" no lo han hecho en absoluto, pero así están las cosas. No por mi culpa, sino por la señora encargada de las relaciones públicas de la formación hispalense.
Lo que sí voy es a escribir la reflexión que a mí y a mi acompañante nos vino a la cabeza: habida cuenta de la sustancial diferencia de cómo sonó el otro día la ROSS bajo la batuta de György Ráth con respecto a cómo lo hizo bajo Lucas Macías hace unos meses en la Quinta –compramos más o menos los mismos asientos, así que la acústica no cuenta–, tengo la impresión los responsables de escoger al nuevo titular, Jordi Tort y el Consejo de Administración, se han equivocado. El de Valverde del Camino en absoluto me parece ningún mediocre, pero con el húngaro –a quien vengo escuchando con esta orquesta desde allá por 1991– el asunto funciona técnicamente mejor.
Por otra parte, tampoco la manera de programar de Macías es estimulante: en la próxima temporada estará la inmensa Tabea Zimmermann, pero poco más hay que destacar en ella. Menos mal que sigue habiendo aviones.
Se suben al carro Tennstedt, Bertini, Saraste y Dudamel.
19.VII.2024
Cuatro registros más: George Szell, Seiji Ozawa, Andris Nelsons/Viena y Lahav Shani.
12.VII.2022
Esta entrada se publicó inicialmente el 6 de septiembre de 2020. Añado ahora las grabaciones de Abbado/Chicago, Maazel/Viena y Boulez/Staatskapelle de Berlín. Esta última tiene para mí un cierto valor sentimental, porque poco más tarde escuché la obra en directo a los mismos intérpretes en La Scala. ________________
La Sexta es mi favoritas de las sinfonías de Gustav Mahler. Quizá debería especificar. La primera me gusta y me aburre a ratos hasta llegar al último movimiento, que me parece un monumental ladrillo. En la Segunda me atrapan el primer y tercer movimiento; bastante menos el resto. La Tercera me parece vacía y cursi, pese a las bellezas que contiene. Me gustan mucho Cuarta y Quinta. La Séptima me parece que va de lo genial a lo insoportable. Bastante trabajo me cuesta escuchar la Octava. La Novena me interesa muchísimo y la Décima me fascina irremisiblemente. Luego está La canción de la Tierra, claro: para mí, una de las obras maestras absolutas de toda la Historia de la Música.
Pero entre las sinfonías oficiales creo que la Sexta es la mejor de todas, aquella en la que el despliegue de medios, enorme, no es un fin en sí mismo sino una manera de conseguir unos determinados fines expresivos que, al contrario que en otras páginas del autor, resultan por completos sinceros. La "Trágica" no resulta, ciertamente, menos extrema en sonoridades y en estados anínimos, menos teatral ni menos contrastada que la mayoría de las del autor, ni deja de situarse en ese universo en el que lo culto y lo popular, lo refinado y lo vulgar, lo apolíneo y lo grotesco, la vida y la muerte se integran en un todo único e inclasificable. Pero sí que lleva todo ello a la práctica de manera mucho más convincente.
De la cuestión del orden de los movimientos internos ya los expertos mahlerianos han hablado bastante. Personalmente prefiero el orden Andante Moderato-Scherzo, pero no me parece en absoluto desacertado hacer Scherzo-Andante Moderato, que es lo que deciden maestros no precisamente desconocedores de este universo musical como Bernstein o Chailly. Este último aporta una interesantísima reflexión: si el Scherzo se coloca después del Allegro inicial, hay que hacer desde el podio un importante esfuerzo para diferenciar el carácter de ambos movimientos, lo que significa que hay que hacerlo todavía más virulento y alucinado de lo que es. Es precisamente por eso por lo que el firmante de estas líneas se decanta por la otra opción, y también porque creo que así la obra adquiere mayor lógica interna: el carácter demoníaco del Scherzo, su feroz y nihilista rabia, no sería sino consecuencia del dolor que brota a borbotones del Andante Moderato.
1. Horenstein/Filarmónica de Estocolmo (Unicorn, 1966). Una versión absolutamente idiomática y no exenta de fuerza, garra y dramatismo, pero que sorprende porque la batuta se toma las cosas con calma, paladeando las melodías y desgranando con cuidado el entramado orquestal. En cualquier caso los dos primeros movimientos no llegan a ser magistrales. Sí lo es el Andante moderato, bellísimo y de desgarrador lirismo. El cuarto es impresionante, y aunque su clímax final pierde un poco de fuerza, su coda es particularmente terrorífica y abrumadora. Lástima que la orquesta se quede muy corta. (9)
2. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1967). Extrovertida, impetuosa y contrastada interpretación, muy alejada de lo decadente, que alcanza sus mejores momentos en un cálido y emocionante Andante moderato, pero que flaquea por un primer movimiento precipitado y con cierto tono festivo. Se echa de menos, además, un mejor análisis del entramado orquestal y mayor creatividad, así como una orquesta más segura. (7)
3. Barbirolli/Orquesta New Philharmonia (Testament, 1967). Justo un día antes de meterse en el estudio de grabación, Barbirolli y la orquesta de Klemperer ofrecieron en los Proms su particular visión de la obra. Pese a que el arranque parece anunciar todo lo contrario, los tempi son en vivo bastante menos dilatados que los del registro oficial de EMI –diferencia de dos o tres minutos en cada movimiento–, pero el concepto es el mismo, asombrándonos la manera que tiene el maestro de combinar holgura en el fraseo y una extraordinaria cantabilidad –memorable el Andante Moderato, ubicado en segundo lugar– con la tensión dramática que necesita la obra, atendiendo no solamente a las explosiones sonoras sino también, y mucho, a las atmósferas y texturas genialmente desplegadas por el compositor, siempre desde esa óptica dramática, oscura y opresiva que es de esperar en el maestro británico en este y en otros repertorios. Eso sí, las imperfecciones de ejecución propias del directo y, sobre todo, la muy discreta toma sonora –circunstancia inevitable en los Proms, al menos por aquellos años– deja este registro reservado a los mahlerianos más acérrimos y a los especialmente interesados en el arte de Sir John. (10)
4. Barbirolli/Orquesta New Philharmonia (EMI, agosto 1967). Ahora sí, en estudio y con una toma sonora de mucha altura para la época, Sir John logra plasmar perfectamente su concepto de la obra. Un concepto muy distinto a aquel del que hacía gala Bernstein en Nueva York tan solo unos meses atrás: frente a la espontaneidad, la frescura e incluso el goce de vivir, de escuchar y hasta de sufrir del que hacía gala Lenny en la primera –y menos madura– de sus aproximaciones discográficas, frente a aquél sensualísimo despliegue de hedonismo dionisíaco, aquí lo que nos encontramos es ante una aproximación despojada y rigurosa, sin rastro de emotividad pero cargadísima de tensión dramática ya desde un primer movimiento lento e implacable, voluntariamente alejado de la incandescencia épica, sin rastro de carácter festivo, lleno de malos presagios. El Andante moderato –ubicado por deseo expreso de Barbirolli en segundo lugar, aunque la primera edición en compacto hiciera caso omiso de esta voluntad– resulta tan intenso y lacerante como ajeno al humanismo panteísta de Bernstein. En el Scherzo se subrayan los aspectos expresionistas, sin cargar las tintas en la corrosividad y sin caer en la esquizofrenia: venir después del Andante moderato facilita las cosas en este sentido, pues no es imprescindible subrayar unos contrastes que de esta forma quedan bien marcados. El movimiento conclusivo, encendido, sin exhibicionismos y siempre bajo rigurosísimo control; implacables a más no poder, realmente escalofriantes, los redobles finales de timbal, que no dejan ni un solo ápice de esperanza. En cualquier caso, lo que más maravilla en esta lectura es el increíble trabajo de análisis orquestal que realiza el maestro: seguramente ni con Boulez se ha alcanzado grado semejante de claridad de líneas y de atención a las texturas como el que aquí realiza el maestro, siempre en perfecta complicidad con una orquesta en estado de gracia que suena en sus maderas (¡bien entrenadas por su titular Otto Klemperer!) y sus metales con una particular incisividad que, sin llegar a ser hiriente, no da lugar a concesiones ni a la belleza sonora ni a la brillantez más o menos retórica. En fin, una experiencia. La remasterización de 2020 es soberbia, pese a que evidencia el carácter algo metálico de la toma. (10)
5. Szell/Orquesta de Cleveland (CBS, 1967). El maestro de origen húngaro fue siempre un enorme intérprete de Mahler, y aquí lo deja claro en una interpretación no solo todo lo bien organizada, diseccionada y expuesta que era de esperable de la conjunción de su batuta con tan formidable orquesta, sino también llena de fuerza dramática, de sinceridad y de congoja, sumando a todo ello el adecuado componente de ironía. Una pena que el Andante moderato –en tercera posición– resulte intenso y lacerante, cierto es, pero también muy falto de ese carácter contemplativo, esa sensualidad y ese vuelo poético que también necesita. Buena toma en vivo, muy bien reprocesada en alta definición. (8)
6. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (DG, 1968). No puede comenzar peor esta interpretación, no solo precipitada y nerviosa, sino también carente de fuerza. La sensación de amenaza y fatalismo que debe llegarnos ya en los primeros compases se ve sustituida por la histeria. Ni siquiera la naturalidad en el fraseo, la lógica constructiva que caracterizaba a ese gran director que fue Kubelik hace acto de presencia: todo el primer movimiento resulta atropellado y machacón, amén de escasamente matizado. A continuación viene el Scherzo: su carácter alucinado queda bien expuesto gracias a un soberbio tratamiento de las maderas, pero a la postre los problemas siguen siendo los mismos. Muchísimo mejor el Andante moderato: no se puede decir que resulte agónico ni visionario, pero aquí el maestro sí que puede desplegar su lirismo transparente, cálido y por completo ajeno a la afectación. En el Finale se alternan momentos francamente buenos con otros precipitados, incluso no del todo bien planificados: no se explica que al último gran clímax se llegue sin fuerza y tras él no se sienta el abismo. La orquesta, por su parte, lo pone todo en el asador, pero no puede disimular que su nivel –sobre todo el de los metales– no es en modo alguno el de hoy. Tampoco a la toma sonora, sensatamente restaurada en HD, logra ocultar sus deficiencias de origen. (7)
7. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1970). La ocasión ideal para que el maestro, totalmente en su salsa, hiciera rugir a la orquesta como nunca lo había hecho, lanzándose en plancha al caleidoscopio de ritmos y timbres propuestos por el compositor, acumulando decibelios sin el menor complejo, subrayando todas las aristas tímbricas posibles (¡virulentas a más no poder las maderas, increíbles los metales de la CSO!) y fraseando con una electricidad y una vehemencia implacables, todo ello con una furia y una ferocidad que convierten a esta obra más que nunca en una carrera al abismo. Ahora bien, que nadie se piense que esta es una interpretación lineal, plana o de trazo grueso, porque la flexibilidad en el fraseo y la riqueza de matices están garantizadas, por no hablar con la pasmosa claridad con que la batuta trata el complejísimo entramado orquestal. Tampoco anda escasa de concentración, porque aunque haya nervio en cantidad, Sir George sabe remansarse cuando debe, tanto en los pasajes líricos intercalados entre las grandes explosiones sonoras como en un Andante moderado –ubicado en tercer lugar– dicho con cantabilidad suprema e irresistible emotividad. Ni es una versión externa, porque la sinceridad de los sentimientos, arrebatadísimos, se pone por encima del deslumbrante espectáculo sonoro. Que un servidor, y probablemente la mayoría de la tribu mahleriana, nos quedemos con los logros irrepetibles de un Barbirolli o un Bernstein en esta partitura –ellos van con menos prisa, paladean mejor la música, atienden más a las atmósferas– no es menoscabo para que este registro sea un perfecto ejemplo del arte de un enorme maestro. (9)
8. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1975-77). No creo que tenga nada que ver con las desigualdades de esta interpretación el hecho de estar grabada en dos años distintos, sino más bien con la personalidad artística de Karajan y su falta de sintonía con la música de Mahler. Ya el arranque nos pone en alerta: suena a banda sonora del Hollywood clásico. Efectivamente, el Allegro inicial resulta bajo la batuta del de Salzburgo, ante todo brillante y épico, por momentos luminoso e incluso triunfalista, también más rápido de la cuenta, en contraste con momentos líricos paladeados con esa placidez algo complaciente que tanto le gustaba al maestro. Pero de angustia y sentido de lo opresivo, nada de nada. El Scherzo se encuentra magníficamente tratado en sus aspectos más expresionistas, con virulencia e incisividad sin necesidad de caer y pintorescos de la página. El Andante moderato, siempre que se acepte un enfoque apolíneo, es espléndido: dicho con el tempo justo, enorme cantabilidad y subyugante belleza sonora, pero sin rastro del narcisismo, el amaneramiento o la languidez contemplativa que con semejante director podíamos esperar. El Finale es desconcertante a más no poder. Arranca sin suficiente fuerza, concluye sin negrura –aunque el “golpetazo” final es tremendo– y hacia el minuto 22 ofrece un clima épico de una brillantez exhibicionista completamente equivocada que recuerda al cuarto movimiento de la Primera sinfonía del autor; pero por medio hay tantos momentos de empuje, de tensión dramática, tratados con tal sentido del color y de las texturas, con pinceles tan exactos y capaces de toda clase de refinamientos bien entendidos, que uno no puede más que descubrirse ante el tremendo espectáculo sonoro propuesto por Karajan. (7)
9. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1976). Nueve años después de su grabación en Nueva York, Lenny repite al frente de una orquesta muy superior –y mahleriana al cien por cien– el mismo concepto. Es decir, un primer movimiento en exceso rápido –tanto como la otra vez: el resto de los movimientos se los toma con más calma– y con un punto festivo que no le conviene, pero globalmente una interpretación llena de extroversión y goce dionisíaco, apasionadísima, extremadamente sincera y comunicativa a más no poder, irresistible en el ritmo, riquísima en el colorido, capaz de ofrecer los contrastes expresivos extremos que pide la partitura sin caer en la esquizofrenia ni en el amaneramiento, atenta tanto al pasado romántico como al futuro expresionista, dicha de un solo trazo… Todo un huracán de emociones que alcanza su culmen en un memorable Andante moderato –en tercer lugar–, para después ofrecer un movimiento conclusivo que es puro fuego y no deja un momento de respiro: en su siguiente grabación con la misma orquesta lo dirá con mayor amplitud sin perder garra. En cualquier caso, lo que interesa es la posibilidad de ver a Bernstein en la que es una de las actuaciones escénicas –soberbia filmación en celuloide de Humphrey Burton– más memorables de su carrera. Ver cómo usa todo su cuerpo para explicar la obra –tremendo verle canturreando, al borde de la lágrima, en el Andante Moderato– es toda una experiencia. Por eso mismo, y aun viéndose lastrada por una toma sonora que no está a la altura, considero esta versión como la más recomendable para quien se acerque por vez primera a esta prodigiosa creación mahleriana. (9)
10. Kondrashin/Filarmónica de Leningrado (Melodyia, 1978). Lectura muy personal, viril y épica, ajena por completo a lo decadente, pero algo superficial y no muy dramática. El primer movimiento es rápido e implacable, pero se le puede sacar bastante más partido. El scherzo resulta caprichoso en los tempi, en general precipitadísimos, y además carece de sarcasmo. El Andante moderato es emocionante, sin que termine de olerse la tragedia. El cuarto está bastante bien, pero los clímax no son todo lo desgarradores que debieran. La orquesta es espléndida, y la toma bastante mejor de lo esperable. (7)
11. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1979-80). Este es el Abbado de los buenos tiempos, lejos de las ligerezas, ingravideces y blanduras que lastrarán sus posteriores acercamientos a la partitura. Cierto es que su enfoque no posee especial carácter dramático ni apuesta por la visceralidad, pero la implacable tensión dramática que inyecta –siempre bajo un estricto autocontrol, nada de precipitaciones–, la convicción expresiva que desprende su batuta y el asombroso virtuosismo con que trabaja a la fabulosa orquesta –tremendo el Scherzo, colocado en segundo lugar– terminan ganando la partida. Gran sonido en el formato Dolby Atmos que ofrecen algunas plataformas. (9)
12. Maazel/Filarmónica de Viena (Sony, 1982). Era una “deuda histórica” que la Wiener Phiharmoniker grabara, más allá de los contados registros aquí y allá con diversos directores, un ciclo completo de las sinfonías de Mahler. Lo hizo con un Lorin Maazel convertido en titular de la Ópera de Viena. Los ingenieros del sello CBS no estuvieron del todo a la altura de las circunstancias, al menos en esta Sexta de magnífica ortodoxia, dramática sin necesidad de cargar las tintas, riquísima en la tímbrica, elegante y muy vienesa cuando debe –trío del Scherzo–, de gran intensidad en los clímax del Andante moderato, y negra a más no poder en la conclusión. Ya tendrá tiempo el maestro, en su ancianidad, de ofrecer lecturas más personales y abrumadoras. (9)
13. Tennstedt/Filarmónica de Londres (EMI, 1983). Los primeros minutos no solo atrapan: entusiasman. Es un placer escuchar un Mahler así, directo e implacable, por completo ajeno a preciosismos, chirriante en la sonoridad y con el dramatismo en los huesos. Por desgracia, poco a poco van quedando al descubierto algunas insuficiencias. El maestro atiende mucho más a la globalidad que al detalle, no realiza un análisis de texturas minucioso y en su fraseo se muestra en exceso inflexible, poco natural e incluso precipitado. Gusta mucho, en cualquier caso, lo expresionista del enfoque. Este se mantiene en el Scherzo, sin que el movimiento acabe de funcionar: sobran prisas y machaconería, faltan transiciones más cuidadas, se necesita un mayor contraste expresivo. De manera coherente con lo hasta ahora planteado, el Andante moderato no resulta particularmente bello, ni contemplativo ni sensual, ofreciendo a cambio una apreciable intensidad y picos muy lacerantes. Vuelta al expresionismo radical en el Finale, pero esta vez con un trazo más natural, sin atosigamientos y con altísimo voltaje dramático. La orquesta pone toda la carne expresiva en el asador, pero –vamos a reconocerlo– se queda bastante corta. Podría ser mejor la toma, quizá una de las últimas realizadas en el desaparecido Kingsway Hall londinense. (8)
14. Bertini/Sinfónica de la Radio de Colonia (EMI, 1984). Admirable siempre el Mahler de Gary Bertini: sensato, moderado en el mejor de los sentidos, directo al grano, por completo ajeno a excesos y blanduras, pleno de musicalidad y muy bien realizado. Todas estas características pueden percibirse en el movimiento inicial, modélico en este sentido aunque alejado del carácter visionario de las más grandes realizaciones. Viene a continuación el Scherzo, con el cual el maestro israelí no busca el contraste haciéndolo alucinado y expresionista. Más bien va lento, explora atmósferas, potencia las secciones poéticas y, de paso, aprovecha para realizar una disección magistral del tejido sinfónico. Hermosísimo, muy lírico y en buena medida panteísta, mucho antes que agónico, el Andante moderado. Muy bien el Finale, solo eso: al clímax ante de la sección conclusiva se le podría sacar mayor partido, como también a la disolución. Muy bien la orquesta, atendiendo el maestro de la manera particular a las posibilidades expresivas de la tímbrica. (9)
15. Sinopoli/Philharmonia (DG, 1986). Armado de un refinadísimo sentido del color y de un fraseo efervescente que en principio podría resultar muy atractivo, el maestro veneciano ofrece una interpretación desconcertante y extremadamente irregular en la que parece empeñado en ser más original que nadie. Una retención de tiempo por aquí, un regulador por allá, unas trompetas –entiendo que de manera voluntaria– gritonas e incluso destempladas, contrastes y expresivos extremos… Su apuesta por un Mahler esquizofrénico tiene validez, pero Bernstein lo hacía –por los mismos años– con muchísima más sinceridad, coherencia y fuerza expresiva. Con Sinopoli la discontinuidad es patente, sobre todo en un fallido primer movimiento. El Scherzo engancha a ratos, mientras que el Andante moderato –en tercer lugar– está llevado a tempo de Adagio (¡casi veinte minutos) y alterna pasajes de una cantabilidad y belleza conmovedoras con otros más bien lánguidos y narcisistas. Al final, y pese a su discutibilísimo arranque –violines amanerados seguidos de percusión desmadrada– el que sale mejor parado es el cuarto movimiento, sugestivo en su aristada tímbrica y dicho con refrescante comunicatividad; la lentísima coda se encuentra muy bien desmenuzada y resulta de lo más inquietante. Toma sonora portentosa. (7)
16. Bernstein/Filarmónica de Viena (DG, 1988). A sus setenta años de edad, un prematuramente envejecido Bernstein –solo le quedaban dos más por vivir– ofrece su más madura, coherente y redonda interpretación, una salvajada de emociones extremas en la que, frente a una increíble Filarmónica de Viena que pasa en segundos de las más angulosas aristas a la mayor dulzura y belleza sonora, da una verdadera lección de batuta –por todo: planificación horizontal y vertical, sentido del color y de los contrastes, dominio de las dinámicas, estudio de las transiciones– para explicarnos la partitura desde su visión eminentemente dionisíaca, hedonista en el mejor de los sentidos, visceral a más no poder, capaz de transfigurar lo que de vulgar, grotesco, sentimental o terrorífico hay en esta música con una sinceridad extrema y una comunicatividad y un apasionamiento irresistibles. A destacar, con respecto a sus recreaciones anteriores, un primer movimiento no tan festivo, más claramente feroz, aun sin renunciar al júbilo en su sección final. El Scherzo es ahora particularmente imaginativo y personal, regodeándose en las múltiples posibilidades del mismo aun mirando con descaro hacia el universo expresionista. El Andante moderato convence un poco menos que antes por comenzar de manera quizá excesivamente extática y autocomplaciente, si bien las tensiones se acumulan hacia un clímax lleno de grandeza. El Finale es lo más impresionante por su fuerza bien controlada hasta llegar a un tercer golpe de martillo –Lenny daba tres– implacable y a una coda lentísima y nigérrima. En fin, esta Sexta y la Quinta del año anterior son quizá los más grandes testimonios mahlerianos que dejó el maestro, lo que equivale a decir dos de los más grandes discos Mahler que existen. (10)
17. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1989). Un Mahler no personal, pero sí de admirable ortodoxia, brillante siempre, decadente solo en su punto justo y dicho con apreciable garra dramática, en la que solo se echa de menos una dosis mayor de visceralidad e inmediatez en los dos primeros movimientos (Allegro energico-Scherzo), quizá porque el milanés decide tomarse las cosas con cierta calma para desmenuzar todo lo posible el entramado orquestal, que gracias tanto a su batuta como a la asombrosa prestación de la Orquesta del Concertgebouw, suena con gran claridad, riquísimo colorido y la adecuada incisividad, esto último sin descuidar en modo alguno la tersura y la sensualidad imprescindibles. El Andante moderato es impresionante, emotivo a más no poder sin lugar a narcisismos, mientras que el Finale resulta, sin necesidad de cargar las tintas, verdaderamente demoledor. Modélica toma de sonido. (9)
18. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1992). Fracasa el maestro oriental en el primer movimiento, deslavazado y sin garra por mucho que se encuentre expuesto con toda la depuración sonora y sensibilidad tímbrica en él esperables. Tampoco en el Scherzo hay mucho interés por el sarcasmo ni la atmósfera opresiva. Muy hermoso el Andante moderato. Solo eso. El Finale posee unidad y buen trazo, pero al llegar al clímax que da paso a la disolución conclusiva la tensión se viene abajo. Buena toma en vivo. (7)
19. Boulez/Filarmónica de Viena (DG, 1994). El genial compositor francés nos sorprende relativamente con una interpretación que no solo se encuentra dentro de ese estilo sobrio y directo que le caracteriza, sino que también ofrece una apreciable intensidad expresiva –siempre bajo riguroso control, eso sí– que no relacionamos tanto con sus maneras. En cualquier caso, la lectura va de menos a más, quedándose algo corta en un Allegro enérgico impecable como estudio de ritmos, armonías y colores, pero no del todo implacable y no muy opresivo. Mejor el Scherzo, expresionista sin necesidad de forzar las cosas, amén de admirablemente diseccionado. En el Andante moderato viene el Boulez más insólito, el de la emotividad e incluso el vuelo poético, si bien muy ajeno a trasfondos filosóficos. Magnífico el cuarto, arrebatado sin llegar al desmelene, apartado de cualquier suerte de efectismo o de amaneramiento, trazado con decisión y muy directo al grano. Eso sí, la orquesta no le suena tan bella, suntuosa y brillante como con Bernstein, e incluso en algún momento aislado los violines llegan a decepcionar. La grabación no es todo lo buena que podía haber sido. (9)
20. Jansons/Sinfónica de Londres (LSO, 2002). El primer movimiento es tan correcto como rutinario e impersonal, echándose de menos garra y tensión interna. Sigue el Andante moderato, frío a pesar de que la batuta intenta aparentar pasión en el clímax, aunque al menos no es blando ni relamido. Al Scherzo le pasa lo mismo que el primero. El movimiento final es magnífico, atento a la claridad orquestal y sin efectismos, aunque pierde un poco de gas en la conclusión: los últimos compases deberían ser más cataclísmicos y siniestros. ¿Qué es lo que vieron tantas orquestas de primera en el bueno de Mariss Jansons? (7)
21. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 2004). Esta personal Sexta es un revelador muestrario de las admirables virtudes y los grandes defectos del Mahler de Abbado en la última etapa del maestro. El primer movimiento deslumbra por su asombrosa riqueza de colorido, su claridad, y su carácter comunicativo, pero se echan de menos densidad y carga trágica. La orquesta, aun tratándose de la que se trata, suena bastante menos densa de lo que suele debido a esa tendencia del maestro a aligerar tanto en lo sonoro como en lo expresivo, cosa que queda mucho más en evidencia en el arranque del Andante moderato, ingrávido, suavón y falto de carácter, aunque más adelante la temperatura se va caldeando y uno no puede resistirse a la gran cantabilidad con el que el maestro frasea las melodías: como recreación eminentemente apolínea del sublime movimiento puede valer, pero hubiera sido preferible sustituir el extremo refinamiento formal por una mayor intensidad expresiva. El Scherzo ofrece las mejores oportunidades de deslumbrar con una técnica de batuta portentosa, particularmente en lo que al sentido de las texturas se refiere. Lo mejor es el movimiento conclusivo, poderoso e implacable, además toda una exhibición de control sobre la orquesta, si bien su enfoque es antes combativo que nihilista: menos propensión a la aparatosidad y un sentido más desarrollado de la atmósfera fúnebre se hubieran bienvenido. La toma sonora impresiona en SACD por sus tremendos graves, pero hay que poner el volumen bien alto. (8)
22. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Channel Classics, 2005). El maestro de Budapest, siempre sólido pero rara vez interesante, nos ofrece una lectura rápida, intensa y muy bien encaminada, ajena a efectismos y a lo
decadente, dentro de una óptica que no termina de convencer por resultar antes épica que dramática o fatalista, pero en cualquier caso bien resuelta. Pierde un
tanto por la calidad de la orquesta, por cierta precipitación y por su
tendencia a emborronarse. (7)
23. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (Blu-ray Euroarts, 2006). Abbado repite su interpretación berlinesa con una orquesta, la de
Lucerna, que por esas fechas no era tan buena como lo es hoy, y quizá
acentuando los defectos de entonces. Particularmente discutible el
enfoque excesivamente jubiloso del final del primer movimiento, y muy
molestos los amaneramientos del Trío del Scherzo. A olvidar. (7)
24. Haitink/Sinfónica de Chicago (CSO, 2007). El veterano maestro, lejos de epatar con recursos fáciles de tan superficial como insincero apasionamiento, planifica la arquitectura de tensiones con minuciosidad para que el discurso sea mucho más unitario, efectivo e implacable. Está además muy atento a la gama de matices dinámicos, desde el más inaudible pianísimo hasta el forte más atronador, pasando por una amplísima gama intermedia perfectamente estudiada. Y organiza con sabiduría los diferentes planos orquestales no sólo para garantizar la claridad en una obra de tan denso tejido, sino para también obtener unas texturas ricas y sugerentes que pongan de relieve el riquísimo sentido del color de la partitura. Las intervenciones solistas están matizadas con cuidado y acertada intención expresiva. Puntualizando un poco, los dos primeros movimentos resultan en exceso distantes e impersonales. Hay que admirar cómo se plantea el Andante Moderato, ni agónico ni ensoñado, sino con un punto de serenidad agridulce, más no blanda, llena de belleza trascendida. Y el Finale abruma por su enorme carga dramática. (9)
25. Gergiev/Sinfónica de Londres (LSO, 2007). Una recreación tan vistosa y extrovertida como superficial, vulgar y hasta hortera. La batuta se precipita con frecuencia, no diferencia las dinámicas, no ofrece matices expresivos y resulta teatral en el peor de los sentidos. Todo suena muy alto de volumen y muy arrebatado, pero en realidad no hay tensión interna ni fuerza dramática, sino acumulación de masa orquestal y decibelios sin sentido de la arquitectura, del fraseo ni del color. Sólo se salva el Andante moderato, aquí en segundo lugar, que al menos se queda en lo rutinario e impersonal. La orquesta está desaprovechada, y por momentos suena regular. (4)
26. Haitink/Sinfónica de Chicago (YouTube, 2008). Como en su registro en CD un año anterior, los dos primeros movimientos son de una arquitectura inmejorable y permanecen completamente ajenos al efectismo, pero resultan excesivamente distanciados. El tercero, siempre manteniendo una línea objetiva, es sin embargo muy emocionante, alcanzando un vuelo lírico realmente insólito para semejante enfoque, mientras que el Finale, sin ser especialmente visceral, está lleno de garra, dramatismo y tensión. Salvando algún percance propio del directo, la ejecución es portentosa. (9)
27. Boulez/Staatskapelle de Berlín (DG, 2009). Este registro solo se puede localizar en dos cajas grandes del sello amarillo, la dedicada a la formación alemana y la enorme con todos los registros que con él realizada el maestro francés. Boulez plantea el primer movimiento de manera decidida y directa, antes épica que trágica, deslumbrando con un estudio tímbrico ejemplar y un sentido del ritmo implacable, pero con espacio para la flexibilidad y el vuelo melódico. El Scherzo es un prodigio por el tratamiento de líneas, colores y texturas, aportando toda la incisividad que necesita sin necesidad de recurrir a la violencia ni a la esquizofrenia. En el Andante moderato, apreciablemente más rápido que en su versión en Viena, no se permite a sí mismo bajar la guardia: es hermoso e intenso, pero no hay espacio para la emotividad poética. En el Finale se aprecian irregularidades, aunque de nuevo el dominio técnico de Boulez se impone y disfrutamos de un espectáculo sonoro que, lejos de resultar superficial, se encuentra cargado de sustancia dramática. La toma, en vivo, podría ser aún mejor. (9)
28. Maazel/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray RCO, 2010). Armado de una técnica de batuta colosal que le permite ralentizar de manera considerable los tempi sin que la tensión se venga abajo, el anciano maestro deja a un lado el expresionismo para ofrecer una visión digamos que clásica, equilibrada, poco visceral, pero no por ello precisamente falta de comunicatividad ni de compromiso expresivo, porque toda la riqueza anímica propuesta por el compositor se encuentra aquí amalgamada en un universo sonoro perfectamente delineado tanto en la globalidad como en los detalles, y dicho con una belleza sonora que, siendo extraordinaria, no se cerca en ningún momento a la melifluidad o el preciosismo, ni deja de dar su espacio correspondiente a lo incisivo o a lo feísta. En cualquier caso, frente a una primera mitad en la que se puede echar de menos el nervio de otras aproximaciones, hay que destacar un Andante moderato –en tercer lugar– que alcanza un impresionante equilibrio entre elegancia, concentración e intensidad expresiva, y un Finale que, antes que cataclísmico, resulta particularmente sombrío y desprende un regusto muy amargo. (10)
29. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2011). Difícil ponerle alguna pega a esta soberbia interpretación: planificación perfecta tanto en la arquitectura global como en el detalle, tremendo dominio del ritmo, riqueza de color que se diría infinita –siempre con su punto de adecuada incisividad–, brillantez bien entendida… Y ganas, muchísimas ganas. Esta es una lectura incandescente, llena de verdad, de entusiasmo, de comunicatividad, pero sin que el ardor llegue al nerviosismo –todo está controlado al milímetro–, trabajando todo el espectro orquestal con trazo fino y sin deseos de epatar al personal por la vía rápida, como hacen otros directores famosos. Todo ello con una perfecta comprensión de la música del compositor, ofreciendo tragedia en grandes dosis, ciertamente, también sentido épico, pero atendiendo asimismo a su particular humor grotesco, a su aliento vital, a lo que de luminoso y de amor por la vida tiene también esta partitura, y al enorme vuelo lírico de un Andante moderato –aquí en segundo lugar– emocionante a más no poder y solo con una pizca del decadentismo que necesita: de melifluidad, de narcisismo y de caídas en lo otoñal no hay ni rastro ni en este movimiento ni en el resto de la interpretación, que consigue un perfecto equilibrio entre todas las facetas del universo mahleriano con la absoluta complicidad de una orquesta en estado de gracia en la que cada una de las intervenciones solistas son una verdadera lección de virtuosismo y acierto expresivo. Solo hay que lamentar que la toma no llegue a recoger toda la gama dinámica que la obra demanda. (10)
30. Pappano/Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia (EMI, 2011). Lo que distingue a esta interpretación es algo que quizá tenga que ver con la trayectoria del maestro como director de foso: su desarrolladísimo sentido de la cantabilidad, entendida ésta no solo como delectación melódica, sino también como una mezcla de sensualidad, vuelo lírico y apasionamiento. ¿Mahler va a la ópera? Algo así. A la ópera italiana, para concretar. Obviamente es en un Andante moderato –colocado en tercer lugar– dicho con gran vuelo poético, aunque poco agónico y no todo lo intenso que podía haber sido, donde esta circunstancia queda más en evidencia, pero no sólo en él. El maestro está atento a todos esos momentos de la partitura donde puede recrearse en la fuerza de la melodía, y lo hace sin caer en esos preciosismos ni esas ingravideces con que lo hacen otros directores. Muchos pasajes suenan casi nuevos. Hay otras virtudes importantes, como puede ser la atención a la atmósfera en el primer movimiento o el sentido del color de las maderas en el segundo, cuyo final está matizado en lo expresivo de manera original y muy acertada. Pero hay también dos graves limitaciones. Una es la discontinuidad del discurso: el primer movimiento está dicho con considerable –háganse una idea: 24'33 frente a los ya de por sí más bien lentos 21'20 de Barbirolli–, y aunque eso le permite explorar mejor los referidos recovecos góticos, la arquitectura se ve lastrada por cierta discontinuidad. En el resto de la interpretación, también tendente a la lentitud, las cosas funcionan mejor en ese sentido, pero ahí salta el otro problema: las limitaciones de una orquesta que en el último movimiento se las ve y las desea para estar a la altura. En él tampoco Pappano está muy inspirado: comienza con algunos efectismos y finaliza sin la suficiente garra dramática, intentando entremedias inyectar la frescura y el fuego que usualmente le caracterizan, pero sin terminar de dar unidad a la página. Toma en vivo no muy allá, con abundantes toses. (8)
31. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (DVD Accentus, 2012). El maestro vuelve a acertar al abordar a Mahler en el punto exacto entre el decadentismo y el expresionismo, sin renunciar a los extremos, pero también sin necesidad de caer en devaneos sonoros, aportando además una gran vitalidad, extroversión bien entendida y, sobre todo, un colorido increíblemente rico que apunta hacia la Segunda Escuela de Viena. Ahora bien, hay cambios que evidencian las nuevas maneras de hacer, en general a peor, del director milanés. Al imprimir mayor velocidad al movimiento inicial obtiene la inmediatez y garra que en la grabación de Ámsterdam no conseguía, pero a cambio pierde algo de carácter opresivo y no le da tiempo a diseccionar como antes el entramado orquestal. El Andante moderato, colocado esta vez en segundo lugar, está dicho con apreciable belleza sonora, pero no resulta tan intenso y sincero. El Scherzo es ahora muchísimo más rápido, adquiriendo un carácter demoníaco muy apropiado pero resultando más nervioso de la cuenta; la enorme flexibilidad de los tempi aporta un punto adicional de locura, pero le hace perder unidad. El director justifica tales decisiones en función del orden de los movimientos: al colocarlo en tercer lugar, hay que independizar sus tempi de los del primer movimiento y darle, a su vez, un carácter de danza macabra. En el Finale se alternan momentos extraordinarios con otros dichos de cara a la galería, como si Chailly buscase epatar con la opulencia sonora antes que con una minuciosa planificación de las tensiones, que aquí conocen serios altibajos. Incluso a veces la orquesta, espléndida sin llegar al nivel de la del Concertgebouw, suena con menos densidad de la apropiada, lo que es sin duda deseo de una batuta que en los últimos años anda en pos de la ligereza sin saber muy bien por qué. Imagen y sonido absolutamente sensacionales. (8)
32. Harding/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). El maestro británico ofrece un magnífico primer movimiento, ofrecido con decisión, de un solo trazo y sin el menor devaneo, siempre con un tratamiento claro e incisivo de los colores orquestales. El Andante moderato está francamente bien, sobre todo por estar dicho con amplio vuelo lírico carente por completo de blandura o melifluidad, si bien aquí se echa de menos un plus de emotividad de intensidad dramática. El Scherzo es soberbio, grotesco sin cargar las tintas en sus aspectos demoníacos, virulento sin acentuar su carácter expresionista y con algunos detalles personales que cuentan con la complicidad de unas soberbias maderas que saben intervenir con la adecuada retranca. El Finale es irregular. El tema lírico con que se abre, que aparece varias veces después, está tratado con un punto de blandura que llega a disgustar: debería ser más intenso y lacerante. Luego se echa en falta una atmósfera fúnebre más densa, más cargada de malos presagios, aunque el tratamiento tímbrico que la batuta realiza de estos pasajes es refinadísimo y subraya las conexiones con la II Escuela de Viena, particularmente con Anton Webern; cuando hay que poner la orquesta en la quinta marcha Harding vuelve a demostrar un pleno dominio de los medios y hace saltar chispas en una Filarmónica de Berlín que está gloriosa: los solos del final son los de unos verdaderos portentos de la música. Lástima que la toma sonora no ofrezca toda la gama dinámica y el relieve posibles. (9)
33. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018). Esta lectura me ha gustado bastante menos que la de los mismos intérpretes siete años anterior. La orquesta toca de manera superlativa y el maestro la maneja con una extraordinaria plasticidad, muy especialmente en lo que al tratamiento de las texturas se refiere. También sabe levantar la arquitectura con suficiente unidad y sin que haya caídas de tensión –cosa bien difícil en una partitura como esta–, y ciertamente frasea la obra con riqueza de matices y atención al detalle, sin espacio para la rutina. Mis reparos llegan más bien desde el punto de vista expresivo. Porque esta Trágica mahleriana no es, precisamente, del todo trágica. Además, Rattle parece mirar antes al pasado romántico que a la Segunda Escuela de Viena, opción esta última que es la que a mí más me gusta y me parece que subraya de manera más adecuada los valores visionarios de esta música. Así, las secuencias dramáticas del primer movimiento están bien planteadas, resultando los pasajes líricos entre ellas algo más suaves de la cuenta: al maestro le gusta recrearse en la belleza sonora. El Andante Moderato se encuentra cantado con amplitud, calidez y emotivo humanismo, pero la visión de la batuta resulta mucho antes consoladora que doliente. El Scherzo me parece un error: en lugar de optar por la virulencia expresionista, Sir Simon busca una tímbrica más bien sensual –así lo hace a lo largo de toda la interpretación– y se recrea sin complejos en los aires de lander. Que en el tratamiento de las maderas plantee un humor claramente socarrón, que no ambiguo ni siniestro, sirve de poco. El Finale es quizá lo más logrado, porque aquí no hay problema conceptual alguno y la conjunción de la enorme técnica del maestro con la excelsitud de la que en ese momento era todavía su orquesta hace milagros. (8)
34. Currentzis/MusicAeterna (Sony, 2018). Esta es una lectura intensa, rabiosa y visceral, marcadamente expresionista y de acentuados efectos teatrales, en la que se subrayan los aspectos más angulosos y no se deja espacio a las languideces, ni a la blandura lírica ni a esos insoportables portamentos con que a veces se trufa esta música. El maestro griego traza el discurso de manera decidida, renunciando a preciosismos pero no con ello al detalle; porque equilibra bien los planos sonoros, despliega un colorido de enorme riqueza y da instrucciones para llenar de significado las intervenciones solistas. Le pongo un 9 al Allegro energico inicial: decidido y vehemente dentro de un enfoque que acierta al ser más trágico que épico. Se puede estar en desacuerdo en cómo están aprovechados algunos pasajes o en cómo se resuelven determinadas transiciones, pero el resultado es espléndido. Un 9'5 para el Scherzo que viene a continuación. Como apuntaba Chailly, ubicarlo en segundo lugar obliga a la batuta a marcar diferencias con el movimiento precedente, lo que solo se puede conseguir llevándolo con rapidez y subrayando sus aspectos virulentos, que es justo lo que hace un Currentzis como pez en el agua cuando se trata de combinar lo grotesco con lo angustioso y lo nihilista; impresionantes los solistas en sus onomatopéyicas y mordaces intervenciones, y un acierto dejar de lado los aspectos pintorescos y distendidos del landler. Un 8'5 para el Andante moderato, al que se le podría pedir más sensualidad y una poesía aún más elevada, pero que acierta al olvidarse de hedonismos sonoros para intensificar la lacerante, no poco nihilista emoción que desprende. Y un 8 para el Finale, volcánico y lleno de rabia, pero a mi entender no del todo sincero, incluso un poco más ruidoso de la cuenta: aquí Currentzis no se muestra solo teatral, sino también teatrero. ¿Un 9 como nota final? Lo dejo en un 8: los músicos de la orquesta tocan como si le fuera la vida en ello, pero no pueden competir –la sección de metales no es la de
Chicago precisamente– con los de las grandísimas formaciones que han registrado esta página. La toma ofrece claridad, cuerpo y relieve, mas no toda la gama dinámica posible; además adolece de cierto tinte metálico, que parece consecuencia de haber sufrido una ecualización en busca de mayor brillantez. (8)
35. Kiril Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2020). Pocas lecturas podrán escucharse tan increíblemente bien expuestas como la presente. Y ello tiene que ver tanto con el nivel de una Berliner Philharmoniker en el mejor momento de su historia como con la soberbia técnica de batuta de un señor que se conecta a la perfección con la orquesta y se entrega al cien por cien para obtener lo mejor de la misma. A nivel técnico, insisto. Porque en el plano expresivo me ha parecido un bodrio. Ya desde los compases iniciales queda claro que "ahí pasa algo": en lugar de sonar amenazadores, resultan más bien frívolos. Y no solo por la considerable rapidez de los tempi que Petrenko adopta a lo largo de toda la partitura, sino también, y sobre todo, por su deseo de restar contenido trágico. El primer movimiento resulta bajo su batuta soleado, jovial e incluso risueño, cuando no abiertamente festivo. Tanta brillantez puede enganchar, pero se queda en la superficie. Petrenko se decide por ubicar el Andante Moderato en segundo lugar. Y triunfa a la hora de hacer que la página suena ligera, transparente y bonita. Nada de pathos, de emotividad, de ese peculiar sentido panteísta y agónico que albergan estos magistrales pentagramas. La cosa mejora en el Scherzo: virulento, feroz, implacable en la rítmica, hiriente en los timbres, acertadísimo en las intervenciones de los solistas. El sentido de lo grotesco y de lo vulgar, esencial en la música mahleriana, está perfectamente captado. También es verdad que resulta demasiado rápido: Petrenko atosiga más por el tempo que por la tensión interna. Y se escora hacia lo ligerito, por no decir lo repipi, cada vez que se le presenta la oportunidad. En el movimiento conclusivo (¡por fin!) sí que se apuesta por lo ominoso y por lo dramático. El virtuosismo de la batuta obra prodigios, pero falta sinceridad. Se sienten los decibelios, no la rabia. Impactan los contrastes sonoros, mas no se genera la atmósfera ominosa y enrarecida que esta música necesita. Todo resulta agitado a más no poder, cuando debería ante todo ser inquietante, agónico y siniestro. También hay alguna frase en los violines de una blandenguería extrema, por no hablar de los excesos de un timbalero que se lo pasa en grande. (6)
36. Nelsons/Filarmónica de Viena (Stage +, 2020). Esta filmación, procedente del Festival de Salzburgo, va de menos a más y termina siendo –con diferencia– la mejor de las tres que ya tiene Andris Nelsons. El movimiento inicial se desarrolla sin nada en particular que destacar, siempre dentro de un alto nivel tanto técnico como expresivo: claridad en la exposición, desarrollo completamente lógico de las tensiones, ausencia tanto de blanduras como de efectismos y plena atención a los remansos líricos son las bazas que le permiten ganar la partida. Lo que ocurre, ustedes ya lo saben, es que no hay mahleriano que no tenga en la cabeza la visceral, tremenda locura que en su momento se montó Bernstein con la misma orquesta. Nelsons decide seguir poniendo el Scherzo en segundo lugar: todo muy bien, sin necesidad de cargar la tinta en virulencias expresionistas, también sin deseos de resultar implacable, prefiriendo resaltar la excelencia de la escritura que escarbar en psicologismos. Está bien. Llega el crucial Andante moderato, y el maestro destapa el tarro de las esencias: hermosa, cálida y muy lírica interpretación que decide no hablarnos de angustias existenciales, pero tampoco cae en el tremendo error de convertir la sublime página en una sucesión de blanduras para hacer bonito. Lo contemplativo, así de bien hecho, puede convencer tanto como lo agónico. ¿Y el Finale? Nelsons ha reservado para él toda su energía y, aquí sí, ofrece una recreación tan arrolladora como controlada: claridad y atención son cruciales, pero la tensión y el sentido dramático se convierten en protagonistas de la función. La orquesta da lo mejor de sí y los resultados son excelsos. (9)
37. Saraste/Filarmónica de Oslo (YouTube, 2022). El primer movimiento es bueno: todo en su sitio, claridad suficiente y pulso bien sostenido, pero sin esa tensión interna y esa virulencia sonora que la música necesita. Eso sí, ni rastro de blanduras, preciosismos ni amaneramientos. Saraste coloca el Scherzo en segundo lugar. Le sale bien, solo eso: poco demoníaco y algo rutinario, aunque siempre dentro de un notable nivel de exposición. El sublime Andante moderato le queda frío. No sé si la intención es la de apartarse del Mahler pegajoso y en éxtasis de otros directores, o quizá simplemente intenta mirar al futuro antes que al pasado romántico, pero lo cierto es que tanto distanciamiento no es conveniente. Por fortuna, funciona muy bien el gran clímax del movimiento, no diré emotivo pero sí bien construido y de apreciable intensidad sonora, en el mejor de los sentidos. El nivel sube considerablemente en el Finale, magnífico todo él: ahí la intensidad dramática, el sentido trágico y la desesperación de esta música salen a flote sin que el maestro pierda las riendas. Todo calculado, pero manteniendo la frescura y la sinceridad que la música demanda, amén de obteniendo un soberbio rendimiento de una orquesta que no es de primera. Por cierto, hay tercer golpe de martillo. (8)
38. Shani/Filarmónica de Rotterdam (Medici TV, febrero 2024). Prescindiendo de partitura y sacando un muy buen provecho de una orquesta que dista de poseer las cualidades tímbricas y el virtuosismo de las más grandes, aunque con primeros atriles de admirable musicalidad, el aún joven maestro israelí –treinta y cinco años– deja a un lado ingravideces, amaneramientos y decadentismos para ofrecer una recreación directa, decidida y abiertamente dramática, cargada de electricidad y no precisamente exenta de esa virulencia tanto sonora como expresiva que la música demanda. Sobre, eso sí, cierta linealidad en un discurso que podría ser más rico e imaginativo, también más personal, y se echa de menos una dosis superior de esa sensualidad, esa calidez humanística e incluso esa termina que son imprescindibles a manera de contraste, particularmente en un Adagio que comienza algo dubitativo –única veleidad de la interpretación– y luego ofrece mucha vehemencia, pero escaso vuelo poético. La toma es formidable, superior a la media de las filmaciones en lo que a cuerpo sonoro y gama dinámica se refiere. (8)
39. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2024). Paradojas: aunque en líneas generales el Mahler de Dudamel se muestra deudor del de Bernstein, en la Sexta la interpretación del venezolano resulta más claramente romántica, mientras que el norteamericano, en su última y genial grabación de la página, miraba también hacia la Segunda Escuela de Viena para ofrecer una visión más poliédrica y atenta a la modernidad de la escritura. Coinciden, en cualquier caso, en la flexibilidad del fraseo, la incandescencia y el "calor humano" de la batuta, así como en su indisimulado hedonismo. Ofrece de esta forma el maestro un primer movimiento muy atractivo y de gran comunicatividad, con independencia de que nos desconcierten ciertas libertades agógicas –algunas muy sutiles, otras no tanto– y su tendencia a leer los pasajes líricos desde un cierto ternurismo, idea que consigue transmitir a la perfección a los soberbios, increíbles primeros atriles de la formación alemana. En el Scherzo juega a los contrastes, si bien parecen interesarle más los aspectos bucólicos de la página que los demoníacos. Como todo parecía apuntar, en el Andante moderato se decanta por la sensualidad y el lirismo panteísta. A mí no me acaba de entusiasmar esta opción, pero reconozco que resulta difícil resistirse ante el maravilloso sentido de lo cantable con que frasea la batuta, por no hablar de la ductilidad de una cuerda de ensueño. Felizmente, Gustavo se deja de devaneos en un Finale soberbiamente trazado en el que puede lucir de manera especial su dominio técnico de la orquesta. (8)