Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Anda por aquí Josep Pons al frente de los conjuntos de la OCNE haciendo el Réquiem Alemán de Johannes Brahms. Momento de actualizar esta discografía publicada originalmente en 2022 incluyendo más comentarios. Aún así, faltan no pocas grabaciones de directores destacados: esta obra se ha grabado más de lo que parece.
1. Karajan/Filarmónica de Viena (EMI, 1947). Lo que son las cosas: el muy burgués y conservador Furtwängler nunca fue afín al partido nazi, pero al terminar la guerra le hicieron la vida imposible, mientras que el joven Karajan, que se afilió dos veces, ya en 1947 estaba muy tranquilo grabando bajo la supervisión del productor Walter Legge en la Musikverein de Viena. Lo que nos ha llegado, con toma de sonido bastante digna, es una interpretación mucho más germánica que vienesa: densa, de poderosísima sonoridad grave, catedralicia en sus dimensiones, solemne a más no poder y, ahí está el problema, mucho antes imponente que religiosa. La devoción, la espiritualidad y la súplica se encuentran ausentes de esta lectura que en el segundo número parece sustituir la rebeldía y el carácter dramático por cierto espíritu marcial, tanto en la sonoridad como en la expresión. Dicho esto, don Heriberto ofrece algunos momentos muy inspirados, particularmente aquellos en los que tiene que respaldar a un tremendo Hans Hotter (¡qué autoridad en su canto!) y de una Elisabeth Schwarzkopf que apuesta por la devoción antes que por lo seráfico, y extrae grandes dosis de belleza sonora de la orquesta. Desiguales las intervenciones de los Singverein des Geselleschaft der Musikfreunde. (8)
2. Furtwängler/Filarmónica de Estocolmo (EMI, 1948). Este es el único registro, en vivo y con sonido muy precario, que nos ha dejado Furt de la página. No hay sorpresa alguna: interpretación lentísima, gótica a más no poder, todo lo meditativa y filosófica en que se podía esperar, doliente cuando le corresponde ser serena, y encrespada a más no poder en los momentos más extrovertidos. ¡Qué tremendo clímax dramático el del tercer número, y qué fuerza la de la fuga que le sigue! Una lástima que Kirstin Lindberg Torlind y Bernhardt Sonnerstedt se queden en lo notable. La restauración de Pristine Audio elimina el crujido de fondo, pero potencia en exceso los graves. (9)
3. Walter/Filarmónica de Nueva
York (CBS, 1954). Diecisiete años tardaron los de CBS en editar este registro.
Hicieron bien en sacarlo, porque se trata de una muy notable recreación en la
que el maestro alemán intenta restar pesadez y gravedad a la obra sin que ello
suponga –más bien lo contrario– restarle dramatismo, aunque sorprende que en
lugar de cargar las tintas en el nº 2 se reserve la fuerza dramática para el nº
3, en perfecta complicidad con un George London desgarrador. Irmgard Seefried
sabe resultar luminosa y hasta encantadora en su intervención evitando el
peligro de la cursilería, maravillosamente respaldada por una batuta que canta
la música con la nobleza y sensualidad que asociamos al Walter más tardío. Una
pena que el Westminster Choir no sea gran cosa: hay momentos en los que la
limpieza de líneas deja que desear. La toma, aún monofónica, carece de
suficiente dinámica, pero merced al reciente reprocesado en alta resolución hace gala de
unas ricas frecuencias graves, imprescindibles en una página como la presente.
(7)
4. Kempe/Filarmónica de Berlín (EMI, 1955). Dejando un poco de lado los aspectos más sensuales de
la partitura, que los tiene, el maestro sajón ofrece una lectura especialmente
rebelde y encrespada, de enorme inmediatez y sentido dramático, al tiempo que
paladeada con concentración, hondura y puro sentido brahmsiano. Todo se
encuentra lejos tanto de la blandura y del refinamiento gratuito como del
exceso de pesadez, lo que no le impide sacar enorme provecho del del músculo de
la formación berlinesa sin dejar llevarse por pesadez alguna. Si hay que poner
alguna pega a la sección central del nº 2, dicha un tanto de pasada, así como a
un nº 5 no todo lo sereno y meditativo que debiera, aunque allí Elisabeth Grümmer
sintoniza a la perfección con la línea de súplica intensa y desesperada que
marca la batuta. En cualquier caso, quien pasa a la historia es un
Fischer-Dieskau en su mejor momento vocal y ya espléndido en lo técnico –hay algún
regulador impresionante–, que pone toda la carne en el asador para unas
intervenciones, lacerantes a más no poder, que coindicen con los momentos más
rebeldes y dramáticos de la batuta, sobresaliendo un nº 6 dicho con enorme
tensión y grandeza sin retórica. Francamente bueno el trabajo de los Coros de
la Catedral de Santa Eudivigis. La restauración de Naxos parece algo mejor que
la de EMI. (9)
5. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1961). La arquitectura es impresionante, la ejecución portentosa y la sonoridad ofrece un músculo y un empaste muy adecuados para Brahms, pero queda claro que el de Breslau tiene una visión demasiado personal de la partitura como para convencer por igual en todos sus números. Así, cuando tiene que ofrecer dramatismo se muestra tremendamente tenso y escarpado pese a mantener su proverbial sobriedad, mientras que a la hora de plantear el triunfalismo épico lo hace sin retórica vacua y trazando de manera magistral la polifonía, pero cuando toca destilar elevación espiritual y reflexión humanística se muestra bastante esquivo. Tampoco la sensualidad más o menos carnal, tan importante en Brahms, le interesa lo más mínimo. Sin ir más lejos, el primer número, resulta no poco decepcionante, mientras que en el segundo el maestro alcanza el mayor grado de convicción, por no decir la genialidad. Elisabeth Schwarzkopf y Dietrich Fischer-Dieskau, maravillosos, como también lo está el Philharmonia Chorus. La toma sufre distorsión tímbrica, aunque en alta resolución adquiere una carnosidad y un cuerpo muy apreciables, conservando además una muy amplia gama dinámica. (8)
6. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1964). El maestro de Salzburgo y sus huestes berlinesas aprovecharon su estancia en el Festival de Viena para unir sus fuerzas a los Wiener Singverein en la Sala Dorada de la capital austríaca y registrar –toma distorsionada, incluso en alta definición– una lectura muy de Karajan: poderosa y musculada en la sonoridad, planificada al milímetro, expuesta con una seguridad a prueba de bombas e indisimulada a la hora de recrearse en la opulencia y el preciosismo. Por ello mismo hay en ella –ya desde el primer número– algo de pose insincera, de lo que hoy llamaríamos postureo. Sin embargo, a diferencia de su grabación de 1947 en la misma sala, encontramos también calidez, espiritualidad emotiva, fuerza dramática –lacerantes acentos acompañando al barítono en el tercer número–, sentido épico y una mezcla de belleza sonora y sentido teatral ante la que resulta difícil resistirse. Eberhard Waechter, con sus desigualdades canoras, canta con entrega y adecuada rebeldía, mientras que Gundula Janowitz, de timbre esmaltadísimo y luminosos –aunque no siempre certeros– sobreagudos, canta con delicada poesía. (8)
7. Barenboim/Filarmónica de Londres (DG, 1972). El joven maestro ofrece una dirección gótica, muy atmosférica, pero –sorprendentemente– no tanto dramática como sensual, poseedora de una espiritualidad “carnal” muy atractiva que se consigue gracias a un fraseo muy mórbido y a una asombrosa plasticidad del tratamiento de la orquesta. Los tempi tienden a la lentitud, y por momentos se echa de menos algo más de tensión interna –primer número, final del segundo–, lo que no quita que haya pasajes muy encrespados, como la fuga que cierra el nº 3, tremenda, o todo el nº 6, rebelde sin llegar a la crispación ni a lo visionario. Dulce y meditativo sin empalagos el nº 5, que se beneficia de una exquisita Edith Mathis. Fischer-Dieskau alcanza el punto justo entre introversión y súplica, con unas intervenciones particularmente aristocráticas y matizadas. Espléndido el Coro del Festival de Edimburgo.(9)
8. Maazel/New Philharmonia (CBS, 1976). Interpretación notabilísima, perfecta de idioma y siempre en una línea extrovertida y encrespada, muy rebelde, destacando en este sentido un terrorífico clímax en la tercera parte del segundo movimiento, o la fuerza de la sección fugada final del tercero. Quizá por ello se eche en falta algo de madurez, de profundidad, de espiritualidad esencial. Ileana Cotrubas se muestra tan deliciosa como siempre, lo que significa que está un poco fuera de situación. Magnífico Hermann Prey, muy viril, en una línea más rebelde y extrovertida que suplicante o devota. Toma mediocre, poco natural en la tímbrica y saturada. (8)
9. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1976). Otra vez Karajan, su orquesta y los Wiener Singverein, esta vez en la Philharmonie de la capital alemana y para EMI. Lo de siempre: dosis altísimas de belleza sonora, refinamiento, opulencia y cantabilidad, pero buscando ante que epatar al personal que la espiritualidad y la reflexión sinceras, justo lo que sí hace un excelso José van Dam con un instrumento en estado óptimo, un canto de calidad enorme y un humanismo a flor de piel. No puede extrañar que el de Salzburgo le requiriese en las tres grabaciones oficiales –dos en vídeo, una en audio–, que le quedaba por hacer. La soprano es aquí Anna Tomowa-Sintow, que supera con nota las dificultades vocales de su parte y canta con adecuada nobleza. La toma recoge bien la sonoridad de los contrabajos berlineses, tan decisiva en esta página: una pena que se haya perdido la cuadrafonía original. (8)
10. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1978). Lejos de ofrecer una interpretación teatral y extrovertida –ni siquiera el segundo número alcanza el carácter escarpado y rebelde que en él hubiéramos esperado–, Sir Georg asume por completo el carácter meditativo de la obra y, haciendo gala del mejor lenguaje brahmsiano imaginable –cálido, oscuro, aterciopelado-, ofrece una interpretación que sabe aunar la más sensual belleza sonora con una espiritualidad tan sincera como alejada de la retórica, plena de sencillez y de humanismo, también de ternura, aunque sin desdeñar la grandeza filosófica ni la electricidad –soberbio el quinto número, en el que por fin podemos reconocer a Solti– cuando resulta necesario. El fraseo es de una naturalidad, una flexibilidad y una lógica insuperables, por no hablar de la plasticidad con que están tratados los soberbios, diríase que insuperables conjuntos de Chicago. Te Kanawa está exquisita, flojeando el siempre correcto e impersonal Bernd Weikl. A la toma le falta una más amplia gama dinámica, pero a cambio ofrece calidez y un buen registro grave ideal para recoger los contrabajos: el comienzo es sobrecogedor. (9)
11. Giulini/Filarmónica de Londres (BBC Legends, 1978). Una decepción. Todo está en su sitio y la musicalidad se encuentra garantizada, pero Giulini no se implica del todo en lo emocional, no sabe dotar de tensión interna a la obra e incluso resulta impersonal y escaso en matices. Los primeros números resultan incomprensiblemente flojos. Lo mejor es el nº 5, de un lirismo muy cantable y hermoso, con una Cotrubas excelente. Bien a secas el nº 6 y muy bien el nº 7, de nuevo muy lírico y de gran naturalidad. Fischer-Dieskau, como con Barenboim años atrás, encuentra el punto intermedio entre la meditación y la rebeldía. Espléndido de nuevo el Coro del Festival de Edimburgo. (7)
12. Haitink/Filarmónica de Viena (Philips, 1980). No hay
sorpresa alguna. La fusión de una orquesta ideal para la obra –sonoridad menos
masiva, más tímbricamente bella que la de la Filarmónica de Berlín– y una
batuta tan sensata como ortodoxa que conoce a la perfección el lenguaje
brahmsiano da lugar a una interpretación de altísimo nivel en la que solo
falta, como también era de esperar, ese “más allá” de inspiración, de
personalidad y de implicación emocional que se acostumbra a echar en falta con
el maestro holandés. En cualquier caso, se alcanza una sonoridad densa en su
punto justo –no hay asomo de pesadez–, el discurso fluye con tanta
concentración como naturalidad y la batuta sabe atender no solo a los aspectos
más introvertidos de la página, sino también a los escarpados. Y de manera muy considerable,
habría que añadir: si en el número 2 es imposible alcanzar el milagro de
Klemperer, en el 6 Haitink ofrece muchísima garra sin necesidad de destapar la
caja de los truenos. El Coro de la Staatsoper de Viena se comporta francamente
bien, pero solo eso: nunca fue de primera. Tom Krause está formidable en lo
vocal y se muestra muy centrado en lo expresivo, pero carece de la autoridad y
la emoción de los grandes. Gundula Janowitz, una vez más, luce voz de luminoso
esmalte y línea deliciosa al tiempo que atiende a la devoción, pero ya no está
en planea forma y ahora sí que sufre lo suyo en la parte más alta de la
tesitura. (9)
13. Celibidache. Filarmónica de Múnich (EMI, 1981). El sonido en sí mismo es de una belleza para derretirse, por mucho que ni la orquesta ni el Coro Filarmónico de Múnich con miembros del Coro Bach de Múnich sean ninguna maravilla. El fraseo posee un carácter puramente orgánico. La mezcla entre carnalidad y espiritualidad está perfectamente conseguid. El estudio armónico es una lección magistral. Pero Brahms no es Bruckner, y el rumano parece confundir a los dos compositores. No es solo cuestión de tempo, que también, sino de sonoridad –de órgano en una inmensa catedral– y de progresión de las tensiones. Dicho de manera más cursi: el trabajo vertical de la partitura es asombroso, pero lo horizontal no funciona. Y dicho de manera más ordinaria: esta interpretación a ratos es una castaña, y eso que en el segundo número, por aquello del enfoque rebelde que necesita, está llevado a un tempo normal. Arleen Augér canta como un ángel sin caer en la cursilería, mientras que el barítono Franz Gerihsen cumple sin más. Toma aceptable para haberse realizado en el interior de una gran iglesia neogótica. (7)
14. Giulini/Filarmónica de Viena (DG, 1987). El que fuera el más grande brahmsiano del siglo XX madura de manera considerable su floja versión en vivo londinense –esta también es con público, aunque no se note– haciendo gala de un idioma absolutamente perfecto, una increíble capacidad para extraer la mayor belleza sonora de una orquesta maravillosa y de un Coro de la Ópera de Viena que da lo mejor de sí; también de ese fraseo tan particular de una batuta que supo como ninguna sintetizar las “brumas” y la densidad germánica con la más sensual y efusiva cantabilidad italiana. Sin embargo, por muy extraño que parezca, su sintonía con esta partitura sigue sin ser la máxima posible, e incluso defrauda en el tremendo “Denn alles Fleish, es ist wie Gras”, dicho sin la tensión dramática que a todas luces necesita. Andreas Schmidt se mueve muy en la línea de Fischer-Dieskau, sin alcanzarle en intensidad, mientras que Barbara Bonney, aunque tampoco particularmente expresiva, triunfa merced a la seguridad y luminosidad de su registro agudo. La toma es notable, no del todo clara. (8)
15. Colin Davis/Sinfónica de la Radio de Baviera (YouTube, 1992). El propio sello Euroarts pone gratuitamente a nuestra disposición esta filmación televisiva, de calidad visual muy inferior a los estándares de hoy día, realizada en una preciosa basílica barroca bávara en la que Sir Colin nos da un auténtico respiro a quienes estamos un poco cansados de aproximaciones catedralicias. La lectura es tradicional, ciertamente, pero el fraseo es muy fluido, la sonoridad no resulta en exceso gótica, toda pompa es borrada de un plumazo y en la expresión se impone un lirismo elegante, sensual y emotivo por delante de las tensiones, el conflicto y la religiosidad más dramática. ¿Interpretación otoñal? No, lo no es en absoluto. Simplemente se realiza una aproximación desde la belleza y el humanismo, lo que tampoco impide al maestro apostar por el pathos cuando corresponde: en este sentido, los dos últimos números son magníficos. El joven Bryn Terfel luce una voz espléndida, pero no termina por entrar en la obra, menos aún en la visión propuesta por el director británico, cosa que sí logra Angela Maria Blasi. (8)
16. Barenboim/Sinfónica de Chicago
(Warner, 1993). No ha cambiado mucho la perspectiva de Barenboim con respecto a
su registro londinense. Sigue habiendo desigualdades –en los dos grandes
crescendos dramáticos del segundo número las tensiones no progresan–, pero
globalmente se trata de una espléndida lectura, más carnal que metafísica, en
la que quizá ahora el idioma brahmsiano esté más conseguido. Dicho esto, el
sobresaliente viene por la parte del sobrenatural nivel de los conjuntos de
Chicago, tanto la orquesta como su portentoso coro. Janet Williams está muy
bien, pero Thomas Hampson resulta en exceso lírico y un punto relamido. (9)
17. Harnoncourt/Filarmónica de Viena (RCA, 2007). El vibrato se ha moderado lo suficiente como para que se note la “preocupación filológica”, pero en realidad todo suena con una belleza sonora tersa y pulida como la del Abbado más refinado, o bien con la masividad hinchada del Karajan más narcisista. En cualquier caso, lo hace con una absoluta falta de compromiso expresivo, léase de tensión sonora, de matices, de creatividad; de emoción, en definitiva. El tierno lirismo brahmsiano brilla por su ausencia, mientras que la angustia que albergan los pentagramas solo llega a aflorar (¡menos mal!) en el nº 3, donde Harnoncourt sí parece dar lo mejor de sí mismo –incluso revela detalles muy interesantes en la orquestación– y Thomas Hampson sabe conjugar naturalidad, belleza canora y congoja sincera. Genia Kühmeier está correcta, mientras que la orquesta da buena cuenta de su nivel y el Coro Arnold Schoenberg resulta técnicamente insuperable en su comprometidísima parte. (7)
18. Gardiner/Orchestre Révolutionnaire et Romantique (SDG, 2007). A diferencia de Harnoncourt, Gardiner sí que apuesta –ya lo había hecho en su grabación para Philips de 1990– por los instrumentos originales y una articulación completamente historicista. Su intención es renovar la praxis interpretativa y alejarse de ese legato continuo al que, relacionándolo con Wagner, alude en sus notas, para procurar acercarse –según él– hacia el mundo del pasado clásico y del primer romanticismo. La diferencia es sustancial. Sonoridad muchísimo menos densa y empastada, mayor claridad de las líneas internas de la obra, sustitución de la tersura y calidez que habitualmente asociamos a Brahms por una tímbrica ácida, áspera e incisiva... Y pérdida total, claro está, de esa densidad armónica que procura el tejido de la cuerda grave que en buena medida es base de la arquitectura de la página. Se escuchan muchas cosas nuevas, al tiempo que se pierden otras que son importantísimas. A mi entender, funciona de manera magnífica el primer número, mientras que en el resto se alternan pasajes resueltos de manera depurada y sensible con otros más bien toscos, a veces precipitados, y de tarde en tarde emborronados por cursilerías en forma de exagerados portamentos. La gran baza es el Coro Monteverdi, cuyo reducido tamaño y pasmoso virtuosismo permiten una claridad en la dicción y en la articulación que permiten aportar muchos más matices expresivos de lo habitual. Poquita cosa Mathew Brook, vocalmente limitado, y en exceso aniñada Katherine Fuge. Magnífica toma en vivo en el Festival de Edimburgo. (7)
19. Nézet-Séguin/Filarmónica de Londres (LPO, 2009). Recreación lenta, densísima en las texturas, muy brahmsiana en su sonoridad, que apuesta por un óptica particularmente dulce, lírica y sensual, de una cantabilidad conmovedora y un profundo sentido humanista, y que –paradójicamente– por momentos se acerca a Bruckner en su solemnidad, grandiosidad y potencia sonoras, sobre todo en el nº 6. El nº 2 resulta más hinchado de la cuenta. Muy sereno y hermoso –sin blanduras– el nº 4. Irreprochables, sin resultar del todo personales, Elisabeth Watts y Stèphane Degout. El sonido presenta un volumen muy bajo. (8)
20. Nézet-Séguin/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2017). ¿Qué ocurre si, tras su admirable recreación con la LPO, le ponemos a Yannick la orquesta más idónea de todo el orbe terrestre para esta partitura y un coro que canta divinamente como es el de la Radio de Berlín? Pues sencillamente, que sale una interpretación redonda. Si no se lleva el diez en la nota es porque flojea la soprano Hanna Elisabeth-Müller, que tiene problemas en la franja aguda y en lo expresivo se muestra centrada sin más; mejor el barítono Markus Werba, que dice su parte con cierta autoridad. Pero triunfa el maestro canadiense, siempre dentro de una visión lírica y humanística, ajena a negruras y a grandes arrebatos pasionales, decididamente desinteresada por los aspectos más escarpados de la página, pero sincera y emotiva a más no poder. Belleza sonora se destila en gran cantidad, al tiempo que se corrige ese carácter hinchado en el que incurría en nº 2 en la anterior ocasión. Lo del coro es milagroso: justo es citar a su director Gijs Leenaars. La filmación, disponible en lujurioso 4K, permite disfrutar a tope de la amplísima gestualidad de un Yannick sin batuta ni partitura –tampoco la llevan los solistas vocales ni el coro– que con su rostro deja bien claro lo que quiere para cada momento. La conclusión está clara: hoy por hoy, versión más recomendable para acercarse la partitura. (9)
21. Haitink/Sinfónica de la Radio de Baviera (YouTube, 2018). Aun sin dejar de ser una interpretación por completo tradicional, los treinta y ocho años (¡nada menos!) que han pasado desde la grabación de Haitink en Viena suponen una modificación sensible en el planteamiento del maestro holandés. Los tempi son algo más rápidos –se aprecia especialmente en el segundo número–, las texturas menos densas, la atmósfera menos gótica, la expresión menos dramática y más humanística. El equilibrio que entonces se conseguía entre extroversión e introversión se sustituye por un lirismo hermosísimo y a flor de piel. ¿Versión otoñal? Se podría decir así, aunque en realidad hay melancolía ni nada parecido. Simplemente, nos encontramos ante la versión de un anciano director que ve las cosas al margen de los grandes conflictos y se nos entrega una lectura esencial, despojada e incuestionablemente hermosa. Formidables orquesta y coros, estupendo Hanno Müller-Brachmann y muy justita Camilla Tilling. (8)
Por fin he alcanzado un número relevante de grabaciones comentadas en esta comparativa, pero aun así sigo sin enterarme de que va la cosa en esta partitura. De acuerdo, hay mucho escrito sobre ella y hasta he podido escucharla con una guía de audición de esas minuciosas. Lo que ocurre es que, a mi entender, esta partitura no va sobre nada en particular. Me explico: lo de la filosofía y tal parece más bien una excusa, justo como en su Sinfonía doméstica, para desplegar la más fascinante paleta de colores orquestales imaginables sin por ello quedarse en lo decorativo: la música recurre muchas emociones humanas y toca el corazón. Por eso, y aun sin encontrarse entre sus mejores poemas sinfónicos –Vida de héroe, Till, Don Juan–, este Así habló Zaratustra resulta un verdadero deleite siempre que la orquesta se encuentre a la altura –cosa nada fácil– y que el maestro de turno sepa hacer bien su trabajo.
Simplificando mucho, la batuta tiene que escoger una opción entre dos visiones muy distintas entre sí de esta partitura. La primera, que vamos a llamar "berlinesa", es ante todo escarpada, oscura y dramática. La otra, digamos que "vienesa", se caracteriza por su sensualidad, vuelo lírico, hedonismo bien entendido y un punto de decadentismo, lo que no implica –si el maestro sabe no confundir tocino con velocidad– carecer de nervio interno o de sentido de los contrastes.
1. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1954). Con
estereofonía formidable para la época –se echa de menos gama dinámica– nos ha
llegado este registro que supone ante todo un testimonio de cómo el maestro de
origen húngaro, al poco tiempo de alcanzar la titularidad del conjunto, ya
estaba construyendo una formidable máquina de hacer música caracterizada por la
brillantez e incisividad de su sonido. Ahora bien, tras una introducción a la
que le falta grandeza se desarrolla una interpretación en la que se alternan
momentos de gran intensidad y elocuencia –ardiente hasta acercarse al
desbordamiento De las alegrías y de las pasiones– con otros a los que,
francamente, les faltan esa sensualidad, esa mágica melancolía y esa ternura
que también necesita la música de don Ricardo. Por otro lado, el nervio que
inyecta al fraseo quizá no sea el más adecuado para clarificar las texturas, en
cualquier caso trabajadas con innegable virtuosismo. (8)
2. Böhm/Filarmónica de Berlín (DG, 1958). No hay
genialidad alguna, y puede que se eche de menos algo de “perfume vienés”, de
sensualidad y de encanto –la visión es mucho antes “berlinesa”–, pero se trata
de una interpretación llena de fuerza, sinceridad y dramatismo, de sonoridades
rotundas y poderosas –hay que insistir en lo de “berlinés”–, como también con un
gran sentido de la incisividad, y en cualquier caso magníficamente planificada
y llena de grandeza. El CD suena regular; el SACD, muchísimo mejor. Búsquenlo en aguas corsarias. (9)
3. Karajan/Filarmónica de Viena (Decca, 1959). Aunque
el disco oficial de la banda sonora incluyó el registro de Böhm, esta fue la
versión que sonó en la película 2001. La verdad es que se trata de una
lectura de estilo irreprochable y con momentos de gran energía, siempre muy
bien controlada, además de todo lo refinada y detallista que es de esperar en
un Karajan, pero –eso es lo extraño– no resulta muy personal, carece de la
emotividad suficiente y resulta algo discontinua. Grabación correcta sin más
para la época: en exceso distorsionada y poco transparente. Si localizan el
audio procedente de un SACD la cosa mejora un poco. (7)
4. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1962). Si en
1954 los chicagoers ya hacen gala de un muy notable nivel, ocho años son ya
formidables, mejorando sustancialmente en la sección de metales y destinados a
convertirse en la gran orquesta norteamericana, por encima de las formidables
de Philadelphia y Cleveland. La toma es también mejor, permitiendo disfrutar
con mayor fidelidad tímbrica del portento sinfónico. ¿Y la versión? Pues en la
misma línea incisiva y vistosa de la anterior, quizá ahora con un punto menor
de contrastes y de tensión emocional; lo más flojo continúa siendo La
canción de la danza, que ahora intenta hacer más dulce pero sigue sin
salirle. Y es que a Reiner, lástima, nunca le salió del todo bien eso de los
valses vieneses. (8)
5. Maazel/Orquesta Philharmonia
(EMI, 1962). A sus treinta y dos años, Maazel deja constancia de una
técnica formidable a la hora de levantar el edificio sonoro, haciéndolo con
perfecto equilibrio de planos, muy apreciable claridad, gran sentido del color
y brillantez muy bien entendida, pero lo cierto es en esta versión sin duda
vistosa y por momentos muy encendida, hay momentos de excesivo nervio, carece
de toda la grandeza necesaria –la Introducción, sin ir más lejos– y se echa de
menos esa particular sensualidad refinada, ese lirismo un punto decadente y
lleno de magia sonora, que desarrollará con posterioridad y le permitirá más
veintiún años más tarde ofrecer una de las más grandes lecturas discográficas
de la obra. La toma de sonido, realizada en el desaparecido Kingsway Hall de
Londres en junio de 1962, posee las características propias de las producciones
de Walter Legge. (8)
6. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1963). Siempre antes eficaz artesano que artista inspirado, el maestro de origen
húngaro ofrece una lectura de trazo sólido y pulso sostenido que resulta
acertada en los momentos más dramáticos de la página pero que se queda bastante
corta en sensualidad, refinamiento y magia poética. Por momentos, incluso,
llega a resultar un tanto gris. Si la versión merece no un siete sino un ocho
es por la asombrosa actuación de los Fabulous Philadelphians, que
no solo tocan con enorme virtuosismo sino que, además, ofrecen un sonido
particularmente compacto y empastado, de gloriosa cuerda grave en la que se
apoya todo el edificio sonoro, que resulta sencillamente ideal para esta página
en particular. (8)
7. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1968). Tras una Salida del sol llena de grandeza, queda claro que el joven Mehta –mucho más entusiasta que el de décadas posteriores– va a ofrecer una
interpretación poderosa, encendida y llena de convicción, sonada con opulencia
sin excesos y con elegancia ajena a preciosismos, por momentos muy dramática e
incluso algo bronca, aunque no del todo clara en las texturas -la toma no
ayuda- y algo falta de magia poética en determinados pasajes. La orquesta no es
nada del otro jueves, pero suena de manera muy apropiada. (8)
8. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS,
1970). Atención a la fecha. En 1970 ya hacía cuatro años que Lenny había
realizado su primer encuentro con la Filarmónica de Viena, a todas luces eje en
torno al cual pivota su carreta como director. Al año siguiente vendría la Carmen
en el Met y empezaría a realizar su ciclo de filmaciones mahlerianas con la
citada formación austriaca. No estamos, por tanto, ante el Bernstein
espontáneo, altamente comunicativo pero falto de concentración, e incluso
descuidado en lo técnico, de sus primeros años neoyorquinos. Este es el
Bernstein de su primera madurez, y se nota ya en una Salida del sol radiante
y plena de grandeza. Luego la inspiración baja, pero se recupera en el último
tercio de la obra, mostrándose la batuta dionisíaca y –también– llena de
encanto, incluso de perfume vienés, en La canción de la danza, muy
personal en La canción del noctámbulo y concentrado a más no poder en la
conclusión. La orquesta se encuentra en mejor forma que unos años atrás, pero
aún tendría que venir Pierre Boulez a poner orden. A la toma le va haciendo
falta un nuevo reprocesado. (8)
9. Stokowski/American Symphony Orchestra (audio en YouTube, 1970). Hay quien dice que eso de que un director puede modelar la paleta orquestal a su antojo es un invento de la crítica musical. Que el timbre de un instrumento es el que es, y punto. Pues bien, escuchen esta grabación y comprueben, incluso con las limitaciones de la pobre toma en vivo, si eso tan repetido de que don Leopoldo fue un mago del color es fruto de una alucinación colectiva o más bien una verdad como un templo. Dicho esto, la interpretación en sí misma me ha parecido desigual. La creatividad de Stokowski queda clara en eso que me han señalado en los comentarios invitándome a escuchar este testimonio, la manera en la que los timbales en la introducción se van ralentizando al tiempo que juegan con la dinámica, una idea que seguirán Maazel y algunos otros, pero también es cierto que el maestro frasea gran parte con una parsimonia excesiva. Ojo, que no es cuestión de mera lentitud, sino de falta de naturalidad, hasta el punto de que en De las alegrías y las pasiones se pasa de rosca. Por contra, la ralentización me parece un acierto en los golpes de campana con que se inicia El canto del noctámbulo, que así suena con un muy atractivo carácter opresivo y fatalista. La orquesta rinde al máximo de sus posibilidades, pero evidencia limitaciones: es por eso por lo que dejo la puntuación en el siete. (7)
10. Steinberg/Sinfónica de Boston (DG
BR-Audio, 1971). Se le nota al maestro mucho más a gusto en este repertorio que
en Los planetas con que este registro ha sido condenado a circular para
siempre en formato digital. Es la suya una lectura antes germánica que
propiamente vienesa, pero también una dirección con enérgica y muy entusiasta,
palpitante de vida, expuesta con sonoridades robustas sin dejar atenta a la
claridad e incluso a la incisividad de la tímbrica. Le sobra alguna
precipitación –la misma salida del sol– y cierta tendencia al decibelio, al
tiempo que se echa de menos una dosis adicional de magia sonora, incluso de
refinamiento. Quizá parte de la culpa de esto último lo tenga la orquesta,
notabilísima pero todavía sin el grado de depuración sonora que alcanzará en la
era Ozawa. Buen sonido cuadrafónico recuperado en Blu-ray Audio. (8)
11. Kempe/Staatskapelle de Dresde (EMI,
1971). Interpretación poderosa, con empuje, intensidad y excelente sentido
dramático, muy bien tratada en las sonoridades, dicha con excelente pulso y
perfecto estilo, aunque más decidida que ensoñada o evocadora en su enfoque.
Flaquea un arranque sin grandeza suficiente y un final un tanto desaprovechado.
Excelente el sonido cuadrafónico en el DVD-Audio hoy fuera de circulación. (8)
12. Haitink. Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1973?). No hay sorpresas con el maestro holandés: arquitectura perfecta, apreciable claridad, atención al detalle sin que ello suponga rebuscamiento, ausencia de decadentismo, garra suficiente en los picos de tensión, concentración cuando corresponde, mucha elegancia... Y también una postura en exceso equilibrada, incluso un tanto distanciada, lo que significa que la temperatura emocional no termina de elevarse, por no hablar de la sosería con que se aborda Das Tanzlied a pesar de la excelencia de ese gran concertino que fue Herrmann Krebbers. Notable sonido en el streaming de alta resolución. (8)
13. Karajan/Filarmónica
de Berlín (DG, 1973). Tal vez sea por una toma sonora netamente superior a la
de Viena, pero esta interpretación parece más rica en el color y más depurada
en lo sonoro, así como más intensa en determinados pasajes. De nuevo, en cualquier
caso, se nota cierta discontinuidad e incluso escasez de verdadera sinceridad
expresiva, siempre dentro de un altísimo nivel. (8)
14. Solti/Sinfónica
de Chicago (Decca, 1975). Como era de esperar, Sir Georg nos entrega una interpretación más terrenal
que filosófica, pero en el buen sentido. Realiza su
habitual exhibición de músculo, brío bien controlado, electricidad y sentido de
los contrastes, entregándonos una interpretación vehemente, escarpada y no poco
dramática, brillante en el tratamiento de la orquesta, riquísima –y
adecuadamente incisiva– en el color, y siempre de claridad admirable. ¿El
problema? Que no solo no está bien descuidar los aspectos más reflexivos y
espirituales de esta música, sino que en Das Tanzlied el maestro no
logra destilar la sensualidad, la magia sonora y –por qué no– el perfume vienés
que demanda esta música, y a partir de ahí llega a precipitarse un poco. Una
lástima, porque hasta ahí se había tratado de una interpretación, aun con los
reparos expuestos, de muy alto nivel. Más adelante lo hará mejor. (8)
15. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1979). Aun
sin llegar a ser nunca un maestro particularmente personal ni creativo, Ormandy
acostumbró a mostrarse considerablemente más inspirado en los últimos años de
su carrera. Prueba de ello es este Zaratustra que, siendo solo un
poquito más lento que el anterior 33’17’’, parece más paladeado y sensual –ya desde
el canto de los violonchelos en De los trasmundanos –, más elevado en su
vuelo poético. También de muestra más ensoñado en la parte “vienesa” de la
obra, que aborda con cierta levedad bien entendida, sin por ello renunciar a
unos picos dramáticos planificados con mucha naturalidad y a una brillante
respuesta orquestal de una formación a la que trata sin particular interés
analítico, pero haciéndola sonar exactamente a lo que debe. La toma es ya
digital. Le faltan pegada y sentido espacial, a pesar de que ha sido bien restaurada
por el sello Esoteric: busque en aguas corsarias los archivos DSF extraídos del
SACD. (9)
16. Mehta/Filarmónica
de Nueva York (CBS, 1980). Aunque globalmente el resultado sea parecido, con
respecto a su lectura doce años anterior, Mehta pierde un poco de aspereza y de
tensión dramática para ganar lenguaje straussiano. En cualquier caso, poderosa
y no del todo poética interpretación que se cierra con un final más seco que
misterioso. El violín de Glenn Dicterow no es gran cosa. Temprana grabación
digital de buena calidad. (8)
17. Ozawa/Sinfónica
de Boston (Philips, 1981). Soberbio trabajo de los ingenieros de sonido para
una recreación que se basa en el soberbio trabajo realizado por el maestro
nipón al frente de la orquesta, de un refinamiento tímbrico insólito y de
enorme plasticidad. Por ello es comprensible que a veces la batuta se recree en
exceso en la belleza, que haya más contemplación que arrebato y que el
resultado pueda parecer un poquito insincero. Dicho esto, la suntuosidad, la opulencia y la comunicatividad quedan
garantizadas. (8)
19. Prêtre/Orquesta
Philharmonia (EMI, 1983). El maestro francés ofrece una interpretación vibrante
y extrovertida, llena de garra y de electricidad, de trazo refinadísimo y
atento a las texturas –impresionantes las maderas en mitad de El
convaleciente–, pero también más nerviosa de la cuenta, falta de poso reflexivo, concentración y profundidad: no olvidemos que se trata de una obra filosófica. También sería necesario un grado adicional de esa sensualidad un punto decadente típicamente
straussiana. Hay además algún clímax muy excesivo, como el que se encuentra al
minuto y veinte segundos de arrancar de El convaleciente. Excelente la
toma, como es habitual en las producciones del gran Charles Gerhardt. (8)
20. Sinopoli/Filarmónica de Nueva York (DG, 1987). Esta
es una interpretación vistosa y muy contrastada, pero también sumamente irregular.
El veneciano acierta en las partes más extrovertidas de la obra con su batuta
elocuente, colorista y brillante, admirable a la hora de manejar texturas,
mientras que se muestra muy poco inspirado en las más “filosóficas”, en la que
el sentido del misterio y la reflexión filosófica se ven sustituidos por narcisismos
varios que llevan a una irremediable pérdida de pulso interno y, por ende, a la
fractura de la unidad del discurso. El resultado, una recreación en la que se
yuxtaponen de manera poco natural momentos muy logrados y otros de escaso
interés. Soberbia la toma de sonido. (8)
21. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD Sony y
Stage+, 1987). En este concierto del 1 de mayo por el 150 aniversario de la
orquesta Karajan no mejoró los resultados de grabaciones anteriores. Más bien
al contrario. Por descontado que refinamiento, belleza sonora y brillantez se
encuentran garantizados dentro de una lectura de perfecto idioma, pero en
general Karajan no parece del todo comprometido –poca inspiración en Das
Tanzlied–, e incluso da la impresión que la concentración es irregular. La realización visual se recrea –cómo no– en el maestro antes que en
la orquesta, pero esta vez la imagen es genuina y no presenta los playbacks “de
estudio” de otras ocasiones. Técnicamente, imagen y sonido dejan mucho que
desear. (8)
22. Maazel/Sinfónica de la Radio Bávara (RCA,
1995). A la introducción le falta el carácter visionario de su versión con
Viena, pero Maazel hace de nuevo gala de un idioma, una solidez, una sinceridad
y una elocuencia difícilmente superables en este repertorio. Todo ello, además,
evitando por completo tanto la retórica como lo en exceso decadente, y en este
sentido esta nueva interpretación es menos “vienesa” y más escarpada que la
anterior, ofreciendo momentos “góticos” muy conseguidos. El final podría ser
más siniestro aún. (9)
23. Solti/Filarmónica de Berlín (Decca, 1996). En
los años noventa Sir Georg conoció una cierta decadencia en su arte: menor
concentración, ciertas prisas, aunque nada que ver con las asperezas de la
primera etapa de su carrera. En cualquier caso, hay excepciones, como este
fenomenal Zaratustra que deja atrás al de 1975 en Chicago añadiendo a su
enfoque colorista, vital y altamente apasionado –a veces al borde del
desbordamiento– una dosis mayor de sensualidad, de refinamiento y de magia
poética. Como la orquesta es ideal para la obra, los resultados son colosales,
con independencia de que algún momento –la misma salida del sol– podría estar
más paladeado. (9)
24. Sinopoli/Staatskapelle de Dresde (YouTube,
1998). Haciendo gala de su batuta colorista y brillante, así como de un fraseo curvilíneo,
flexible y vehemente, con frecuencia agitado y a veces nervioso –en
determinados pasajes se echa de menos concentración–, el maestro veneciano ofrece
una recreación ya madura en la que pone de relieve los aspectos más dramáticos
de la página. Hay hedonismo bien entendido, suntuosidad tímbrica y claridad,
ciertamente, pero por encima de todo se ponen los contrastes, el temperamento y
un cierto sentido del desgarro, cuando no del amargor, que recuerda no poco a
su memorable grabación de Don Juan del mismo compositor. La orquesta
sajona aporta una sonoridad straussiana “con denominación de origen” que se
aparta tanto del excesivo músculo berlinés como del hedonismo vienés, y que
resulta ideal para la idea expresiva que plantea el maestro. La toma, cortesía
de la NHK, no es la mejor de las posibles, pero posee amplia gama dinámica y un
registro grave de impresión. (9)
25. Boulez/Sinfónica de Chicago (DG, 1999). Lo
lógico hubiera sido que los chicagoers grabaran esta página con su titular
Barenboim, pero como se ve que al de Buenos Aires no le interesa esta partitura
tuvieron en su lugar a un Boulez que hizo más que nunca de Boulez. Del Boulez
de los noventa, habría que puntualizar. Realiza así, ayudado por una orquesta
soberbia (¡qué mezcla de potencia, brillantez y refinamiento!) y por una toma
de auténtico lujo, una radiografía de la partitura como pocas veces -o nunca-
se haya escuchado. Aporta además un trazo segurísimo y de completa lógica, sin
rigideces ni -imposible con semejante maestro- espacio para narcisismos, así
como un enfoque dramático muy convincente. Eso sí, quien busque carácter
“vienés”, sensualidad, decadentismo en su punto justo y magia poética puede
sentirse seriamente decepcionado. En cualquier caso, se diría que la audición
resulta imprescindible por su carácter didáctico. (9)
26. Mehta/Staatskapelle de Dresde (Blu-ray Arthaus,
2010). Ni la Salida del sol ni el final poseen, en modo alguno, la concentración
ni la inspiración que se debe exigir a un director tan versado en este
repertorio. Por lo demás, una versión “muy de Mehta”, es decir, musculada y un
tanto rústica, opulenta sin hedonismo alguno, de colores incisivos y bastante
escarpada en la expresión, pero también bastante parca en sensualidad, en
elegancia y en atmósferas, además de poco interesada en desmenuzar las texturas.
La toma en DTS multicanal, con surround auténtico, es un auténtico prodigio:
quizá sea, junto con la de Nelsons y la Concertgebouw, la mejor grabación que haya recibido esta obra. El YouTube es un pálido reflejo. (8)
27. Jansons/Orquesta del Concertgebouw (YouTube, 2012). Comienza la interpretación defraudando un tanto: siendo este un
repertorio muy afín a Mariss Jansons, el maestro letón parece mostrarse un
tanto indiferente, lineal incluso, como si confundiera la objetividad que
caracteriza sus maneras de hacer con cierta falta de implicación emocional, o
al menos a la hora de poner matices. Poco a poco parece que se va calentando,
pero la inspiración no termina de brotar de una interpretación que, en
cualquier caso, se encuentra trazada de manera irreprochable, evidencia
conocimiento del estilo -evitando preciosismos, eso sí- y se mueve siempre dentro
de una gran sensatez. La soberbia orquesta, que suena empastadísima y con maravillosa
plasticidad, ayuda a la batuta lo mismo que Chicago colaboró con Barenboim en
unos tiempos que el que el de Buenos Aires no terminaba de conectar con el
mundo straussiano. Siete para Jansons, diez para los holandeses. (8)
28. Nelsons/Ciudad de Birmingham (Orfeo, 2012). Interpretación dramática, escarpada y poderosísima –tremendos los timbales,
quizá sobredimensionados por la grabación–, podría decirse que visionaria, pero
siempre controlada con pulso firme, sin precipitaciones ni arrebatos
temperamentales, descendiendo al detalle con refinamiento carente por completo
de narcisismo y, sobre todo, dicha con la más absoluta sinceridad, sin que haya
asomo de retórica vacua ni voluntad de llegar al oyente por la vía rápida de la
seducción. Se echa de menos, eso sí, un grado más desarrollado de sensualidad y
vuelo lírico, aunque la opción a la postre resulta del todo coherente. (9)
29. Dudamel/Filarmónica de Berlín (CD DG y Digital
Concert Hall, 2012). Tras una poderosa, soberbia introducción, el maestro
venezolano ofrece una interpretación cálida, dionisíaca, con tanta sensualidad
como nervio y altamente comprometida que se sitúa en el punto justo entre
brillantez, sentido dramático hedonismo sonoro bien entendido y -no menos
importante- lirismo y ensoñación de estirpe vienesas. Podría echarse de menos una
dosis superior de chispa e incisividad en el vals, así como en general unos
contrastes más marcados y una visión más áspera de la partitura, pero en su
línea resulta digna de toda admiración. Otra cosa es que para semejante
concepto los Wiener Philharmoniker sean aún superior a estos fenomenales
Berliner: enseguida Dudamel se pondrá al frente de ellos. El sonido del CD es
formidable, y entiendo que la interpretación es más o menos la misma que la de
la plataforma audiovisual: el audio debe de proceder de una mezcla de los tres
días del programa de abono, mientras que la filmación es solo del 28 de abril.
(9)
30. Dudamel/Filarmónica de Viena (Symphony Live,
2013). El venezolano repite su cálido y voluptuoso acercamiento a la página,
esta vez esa la orquesta idónea para la visión particularmente hedonista,
aunque siempre idiomática, que adopta su batuta. Eso sí, por mucho que se
encuentre tratada con mano maestra, esta Wiener Philharmoniker no suena, dentro
de su altísimo nivel, como lo hacía la de Maazel: el tiempo no pasa en balde. Imagen y sonido muy deficientes en YouTube, sensacionales en la plataforma Symphony. (9)
31. Nelsons/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray
Cmajor, 2013). Al igual que su grabación en Birmingham del año anterior, la
óptica adoptada por el maestro es ante todo profunda y dramática, lo que se
traduce en un sonido particularmente poderoso, en una enorme concentración en los
momentos más introvertidos –con pocos directores el carácter filosófico de esta
partitura ha sido puesto tan de relieve– y en un temperamento encendido en el resto, además de por una
perfecta planificación de la arquitectura que le lleva a alcanzar clímax
escarpados y visionarios a más no poder. En contrapartida, y aunque el trazo es
siempre de gran claridad y finura, aspectos como la elegancia, la galantería y
el hedonismo más o menos decadente, es decir, el lado “vienés” de la obra que
de manera tan portentosa subrayara Maazel en su registro para DG, quedan
relativamente relegados en esta, por lo demás, soberbia interpretación que se
beneficia sobremanera de una orquesta –y un violín– en estado de gracia.
Magnífica la toma sonora en Blu-Ray, con surround auténtico. (10)
32. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert
Hall, 2014). Repetición de la jugada por parte de Nelsons, exactamente
en la misma línea sanguínea y visionaria que en su registro del año anterior,
con una orquesta que es igual de increíble (¡qué timbalero!) pese a algunos
desajustes puntuales propios del directo, pero que posee unas cualidades
distintas. En este sentido, resulta muy ilustrativo comparar cómo le suenan los
Berliner a Nelsons y a Dudamel en la misma página: más escarpada al
primero, más sensual y refinada al segundo. Visión berlinesa frente a vienesa, ya saben. (10)
33. Maazel/Orquesta Philharmonia (audio en YouTube,
2014). Al igual que en la Alpina que ofreció en el mismo concierto celebrado en
el Royal Festival Hall londinense por el 150 aniversario del compositor, Maazel
ofrece una interpretación que se eleva
a lo más alto de toda la discografía, sumando al carácter encendido del registro con esta misma orquesta cincuenta y dos años atrás el
refinamiento y la sensualidad del que hizo con la Filarmónica de Viena, y añadiendo a su vez las
tensiones escarpadas (¡tremebundas!) y las atmosferas sombrías de su grabación
en Múnich, pero dándole a todo ello una vuelta más de tuerca en lo que a
capacidad de análisis –insuperable el trabajo con las texturas–,
imaginación y compromiso expresivo se refiere, alcanzando momentos de auténtico
escalofrío; la Introducción y el clímax final de El convaleciente, en ambos
casos con la plena colaboración de un timbalero atrevido a más no poder, son de
oírlos para creerlos. Lástima que la toma sonora, de origen radiofónico, no
permita disfrutar a tope de esta maravilla. (10)
34. Jansons/Sinfónica de la Radio de Baviera
(YouTube, 2017). El maestro vuelve a ofrecer más artesanía de calidad que una
lección de compromiso y creatividad, pero esta vez, aunque siga pinchando en la
introducción y desaprovechando numerosos pasajes, parece algo más implicado en
la expresión, o por lo menos más encendido. La orquesta de Múnich no posee la
calidad –ni las calidades– de la de Ámsterdam, pero funciona muy bien bajo una
batuta que controla de manera formidable los medios. (8)
35. Chailly/Orquesta del Festival de Lucerna (Decca,
2017). Interpretación vistosa, dicha con opulencia sin preciosismos y
desplegando un riquísimo sentido del color, a la que le falta un último punto
de inspiración poética y le sobran despistes varios en una Tanzlied poco
acertada. Espléndido sonido en alta resolución. (8)
36. Jansons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert
Hall, 2019). Los berlineses marcan una gran diferencia con respecto a la
filmación de Jansons en Múnich tan solo dos años anterior. La sonoridad es más bella, más
poderosa y más propiamente straussiana; las intervenciones solistas desprende
la más excelsa musicalidad y muchísima implicación expresiva; se diría,
incluso, que los aromas vieneses están mejor recogidos por la cuerda de los
Berliner en La canción de la danza. Pero no es solo la orquesta: el maestro se
muestra manifiestamente más inspirado. Frasea con más concentración, paladea
mejor la música, conjuga de manera más satisfactoria extroversión y carácter
reflexivo. Esta es su gran lectura de la obra, beneficiada además por imagen 4K
y excelente sonido Dolby Atmos. (9)
37. Macelaru/Sinfónica de la WDR (YouTube, 2021). No funciona la Salida del sol: el maestro rumano se precipita con tanto entusiasmo. A partir de ahí, todo sale a pedir boca: no solo hay nervio bien entendido, sentido de los contrastes, cuidadoso tratamiento de las tensiones horizontales y un soberbio trabajo de las texturas, sino también mucho acierto a la hora de iluminar cada una de las líneas con la expresión que le corresponde, de hacerlas dialogar, de otorgar sentido teatral. También a la de destilar el refinamiento que la partitura necesita sin caer en lo preciosista y de desplegar brillantez sin necesidad de apabullar al personal. Sobra algún detallito y se le podría sacar más partido a la sección de las campanadas con que comienza El canto del noctámbulo–debería sonar más opresiva–, pero globalmente la interpretación es soberbia. (9)
38. Orozco-Estrada/Sinfónica de la Radio de Frankfurt (YouTube,
2022). La propia orquesta nos regala con espléndido sonido e imagen 4K esta
interpretación vistosa, entusiasta, que desprende gran inmediatez expresiva sin
dejar de ofrecer misterio y concentración cuando debe –muy bien De la
ciencia–, pero escasa de esa particular sensualidad que la música
necesita, y no del todo bien trabajada en lo que a las texturas se refiere. De
hecho, los clímax –empezando por la propia Salida del sol, arrebatada a más no
poder– resultan un tanto amazacotados. (7)
39. Nelsons/Gewandhaus
de Leipzig (Stage+, 2022). Tras una Salida del sol que no llega a
alcanzar toda la grandeza deseable, Nelsons vuelve a ofrecer una interpretación
de perfecto idioma en la que alcanza ya ese equilibrio entre dramatismo y
sensualidad que se echaba de menos en sus primeros registros de la página, pero
esta vez con algo menos de depuración sonora: hay algún desajuste, y la cuerda
sajona no está del todo fina. En exceso personal, por cierto, el primer violín
en Das Tanzlied. Las maderas sí que están a la altura, y son tratadas
por la batuta con un enorme acierto para resaltar sus aspectos más incisivos en
lo que termina resultando, a la postre, una visión bastante encendida y
“moderna” de la obra. Esta filmación, que se ofrece con excelente calidad audiovisual, no debe confundirse con el audio editado por DG, que corresponde a mayo de 2021 y aquí no comento. (8)
40. Pappano/Sinfónica de Londres (Stage+, 2023). Tras una introducción planteada con grandeza y sin precipitaciones –excelente el timbalero–, el maestro londinense plantea una lectura tan sensata como ortodoxa en la que alcanza el más admirable equilibrio entre todas las vertientes de la partitura. Hay intensidad dramática y potencia expresiva, pero siempre bajo el más absoluto control –nada de despliegue temperamental a la manera de algunas batutas jóvenes– y con mucho espacio para la reflexión, para la sensualidad y –sobre todo– para la delectación melódica, uno de los puntos fuertes de quien no en vano ha sido sobre todo director operístico. Dicho esto, las texturas podrían alcanzar mayor refinamiento, la belleza sonora no es toda la que demanda la partitura straussiana, e incluso a veces la poesía no vuela todo lo alto que debiera, pero a cambio el maestro no cae en preciosismos ni en lo decadentista, al tiempo ofrece un trabajo de tensiones y distensiones de enorme naturalidad: nada de arrebatos temperamentales, nerviosismo o brusquedad. (8)
41. Guggeis/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2025). La Salida del sol resulta nerviosa y sin grandeza. En el siguiente
número –Luis Gago traduce su título como De los hombres de un
mundo ultraterreno– sobra nerviosismo y faltan misterio y
hondura filosófica. En De la aspiración suprema la cosa empieza
a amoldarse mejor a las maneras expresivas del joven maestro, y a partir de ahí toda
la interpretación es una continua alternancia entre pasajes de un
apasionamiento, una sinceridad e incluso una rabia abrumadora con otros en la
que la ausencia de concentración resulta evidente. La orquesta suena de
maravilla –no tiene importancia algún desliz de la trompeta–. Lo hace
así gracias no solo a su virtuosismo, sino también al soberbio trabajo de
texturas realizado por una batuta atenta tanto al empaste global como al
detalle, al tiempo que desinteresada por cualquier suerte de preciosismo o de
opulencia desmedida. También es de justicia destacar la manera en que el
maestro estimula a los primeros atriles para que sus intervenciones resultaran
particularmente expresivas. En fin, Guggeis se decanta una visión eminentemente dramática de la partitura, pero le falta
control. Y no control de los medios, que eso lo tiene de sobra, sino de sí
mismo. Siete para la batuta: el punto adicional es por la orquesta. (8)