lunes, 31 de agosto de 2020

Las tres últimas sonatas de Beethoven por Pollini

Un clásico del disco que, lo confieso, yo no había escuchado hasta ahora: las tres últimas sonatas para piano de Ludwig van Beethoven por Maurizio Pollini, la dos primeras registradas en 1975 en la Herkulessaal de Múnich y la tercera ya en 1977, en la Musikverein de Viena. Los ingenieros de Deutsche Grammophon hicieron un buen trabajo, pero hay que puntualizar que las tomas bávaras resultan un tanto secas; mejor la austríaca, más rica en armónicos. Las interpretaciones me han parecido bastante variables.


En la Sonata nº 30 op. 109 el italiano despliega un sonido de amplísima dinámica y de gran fuerza en los acordes –ya que no la densidad propiamente beethoveniana–, así como un toque de extraordinaria limpieza, para una interpretación desigual en la que pincha en un primer movimiento no ya en exceso rápido, sino nervioso y carente de hondura. En el segundo la extroversión resulta adecuada: lectura ardiente y combativa. El tema del tercero está correctamente expuesto, desarrollándose las variaciones con muy buena gama expresiva, a veces con un admirable distanciamiento “clasicista”, pero en otras ocasiones de nuevo con excesiva premura

Impresionante la lección de técnica por parte del italiano en la Sonata nº 31 op. 119, no solo por su asombrosa limpieza digital –su sonido, eso sí, resulta algo percutivo y escaso de armónicos–, sino también por la capacidad para construir y clarificar el discurso con tanta atención al trazo global como al detalle, con tanta claridad en la polifonía y con tan certero manejo de las tensiones hasta alcanzar picos de fuerza abrumadora, incluso –segundo movimiento– de excesiva violencia en algunos acordes. Pero a Pollini, como tantas veces, se le escapa lo más importante: la sensualidad, el humanismo, la poesía, la capacidad para trascender más allá de las notas… A la postre, una interpretación eminentemente intelectual, lo que aquí termina equivaliendo a poco sentida.

Pollini acierta de lleno en la Sonata nº 32, op. 111. Y lo hace ya desde los primeros acordes, valientes y poderosos a más no poder, sabiendo combinar a lo largo de todo el primer movimiento ese dramatismo que la partitura necesita con un perfecto control de los medios, sin precipitarse y dejando respirar la música. La Arieta la expone con mágica concentración, y a partir de ahí desgrana cada una de las variaciones (“transformaciones”, dice Barenboim) con perfecta lógica y absoluta continuidad, además de evidenciando un asombroso control de la gama dinámica; se pueden preferir lecturas más sensuales y menos distanciadas, pero la cantabilidad y la espiritualidad de esta increíble música se encuentran garantizadas.

De la grabación realizada por el maestro hace pocos años de estas mismas obras prefiero no decir nada, la verdad. Y ahora me van a permitir ustedes unas vacaciones de quince días. Vacaciones del blog, quiero decir: mañana nos reincorporamos los profesionales de la enseñanza y el comienzo de este curso va a requerir dedicación absoluta.

sábado, 29 de agosto de 2020

Mehta y cuatro óperas de Richad Strauss

Un amigo me ha regalado un disco que me ha hecho disfrutar una barbaridad: música orquestal de cuatro óperas de Richard Strauss a cargo de Zubin Mehta y la Filarmónica de Berlín, registro realizado por Sony Classical en febrero y noviembre de 1990 en la Philharmonie de la capital alemana con toma de sonido modélica.


Sobre la música puedo decir poco, salvo puntualizar que los dos suntuosos fragmentos de El amor de Danae arreglados por Clemens Krauss parecen música menor en comparación con el resto. Intermezzo es una verdadera delicia, Rosenkavalier mucho más que eso, y Die Frau ohne Schatten se eleva a la categoría de lo sublime.

Mehta se encuentra en su salsa desplegando opulencia y colorido, siempre en la línea que ya le conocemos en este repertorio: músculo antes que ligereza, brillantez más que sensualidad, fuerza dramática por delante del preciosismo. Dicho esto, y aun tratándose de un maestro que atiende más al trazo global que al detalle, que nadie se piense que son interpretaciones expeditivas: la orquesta está trabajada con esos pinceles finos que necesita esta música de tan refinadísima orquestación. Incluso da la impresión de que el director indio ha intentado llegar a un punto de encuentro entre la sonoridad berlinesa y las esencias de Viena que él tan bien conoce y que tan importantes son para el mundo de Richard Strauss.

Luego se puede puntualizar que en Rosenkavalier no alcanza la magia sonora de Karajan o la chispa de Kleiber, o que en Die Frau se echa de menos el carácter visionario de un Barenboim, pero eso ha de importar poco: Mehta sabe lo que se tiene entre manos y ofrece una visión,  una de las visiones posibles, que resulta perfectamente ortodoxa, sensata y válida, y que además está realizada con mano maestra. En este sentido, buena parte de la excelsitud de lo que aquí se escucha tiene que ver con una orquesta que por aquella época todavía tenia el sello de Karajan y que era capaz de materializar todo aquello que la batuta más exigente le pidiera. Escuchen este disco.

viernes, 28 de agosto de 2020

Cuando Abbado llegó a Lucerna: Wagner y Debussy

El 14 de agosto de 2003 se presentaba ante el público la nueva –seguramente ustedes ya saben que hubo una anterior– Orquesta del Festival de Lucerna, en realidad un buen puñado de músicos de la Joven Orquesta Gustav Mahler al que se añadían unos invitados de increíble lujo: el Cuarteto Hagen, Natalia Gutman, Emmanuel Pahud, Sabine Meyer, etc. Todos ellos deseando trabajar con un Claudio Abbado que, con el cáncer deteriorando su organismo, se disponía a emprender la última etapa de su carrera en compañía de los mejores amigos. Programa interesantísimo: los Adioses de Wotan con Bryn Terfel, suite de El martirio de San Sebastián y La mer. Euroarts editó las obras den Debussy en DVD, pero la de Wagner quedó fuera. Ahora he podido volver a ver el concierto completo gracias a la plataforma Medici TV, y además con calidad de imagen de Blu-ray, muy superior a la de la edición comercial. Desdichadamente, la toma sonora pierde: si el DVD, reproducido en multicanal, ofrecía un sonido asombroso, verdaderamente de referencia, la filmación disponible en Medici suena en un estéreo bastante convencional. He realizado la comparación: se pierde muchísimo.


Ahora bien, esta es la única opción para ver y escuchar el referido final de La walkyria. Y merece la pena, aunque sea para ver cómo tocó a fondo el maestro: muy triste ver a Abbado tan despistado, tan completamente fuera de estilo, y al mismo tiempo tan pretencioso. La claridad es asombrosa, la riqueza de colores infinita, pero esto no solo no suena a Wagner y carece tanto de la densidad sonora y expresiva como de la fuerza trágica que la música demanda, sino que adolece de esas sonoridades ingrávidas y relamidas que tanto le gustaban al milanés en sus presuntos años de gloria. Bryn Terfel, vocalmente espléndio, le pone muchas ganas a su interpretación, pero se le escapan muchos pliegues psicológicos de la conmovedora escena.


Sensacional, por el contrario, la extensa suite –con coro y solistas– de El martirio de San Sebastian. Aquí sí, la obsesión de Abbado por obtener sonoridades leves, frasear con línea ondulante y tratar con extremo refinamiento colores y texturas no son solo inconvenientes, sino una enorme baza a la hora de recrear los pentagramas. De este modo nos entrega una interpretación perfecta en el estilo, tan sensual como evanescente, elegantísima en todo momento y plena de misterio, acertando asimismo a la hora de otorgar expresión a los timbres y a la de no hacer en exceso triunfalista el final. Maravilloso el Schweizer Kammerchor y espléndidas las dos sopranos, Rachel Harnisch y Eteri Gvazava. EuroArts la ha subido a YouTube: yo que ustedes no me la perdería, pero les aviso que la pista multicanal del DVD suena considerablemente mejor.

En cuanto a La mer, esto es lo que escribí en mi discografía comparada:

"Dionisíaca y extrovertida a más no poder, particularmente ágil y muy contrastada, danzante y alegre por momentos, también llena de nervio cuando debe, y dotada de un sentido del color y de las texturas seguramente inigualado. Y qué decir de los primeros atriles, los Pahud, Meyer, Mayer y compañía, de su orquesta all-stars. ¿Por qué, siendo impresionante, no se sitúa al nivel de las más grandes? Porque necesita paladear más determinados pasajes, como la conclusión del primer movimiento o la calma antes de la tempestad, y sobra una coda vulgar y efectista a más no poder (¡Abbado de olvida del crescendo!) cuyo interés por el decibelio es potenciado por una toma sonora de incomparable gama dinámica"

No hay mucho más que decir: el Debussy hay que conocerlo. Y el Wagner también, que las sombras son necesarias al lado de las luces para obtener un verdadero retrato de ese gran director que fue Abbado.

jueves, 27 de agosto de 2020

Barenboim, Pires y la más grande Cuarta de Schumann

Este concierto lo transmitió en directo la Digital Concert Hall el 8 de junio de 2019. Celebraba los 50 años (¡ahí es nada!) de Daniel Barenboim poniéndose al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín con el mismo programa de aquella ocasión: Sinfonía nº  95 de Haydn, Concierto nº 4 de Beethoven y Sinfonía nº 4 de Schumann. Suponía, además, el primer encuentro entre el músico de Buenos Aires y Maria João Pires, tras una cancelación a última hora de Radu Lupu por enfermedad. Los resultados me impactaron tanto que fue incapaz de escribir. Lo voy a intentar ahora que he vuelto a ver el concierto, esta vez en mi nuevo televisor 4K: fue filmado con esa tecnología y ahora ofrece una imagen excepcional, además de una toma sonora que felizmente se realizó a volumen muy bajo, y por ello no sufre esa compresión de la gama dinámica que se aprecia en algunas filmaciones de esta plataforma.

 

La descomunal interpretación de Haydn es toda una bofetada en la cara a los que consideran que las maneras “históricamente informadas” son necesariamente más adecuadas. Está claro que esta Sinfonía nº 95 no suena en absoluto como sonaba en vida del compositor, pero esto no quiere decir que no se haga justicia a su música. Todo lo contrario. Este es un Haydn con carne sonora y sangre expresiva, ajeno a esas anemias con la que algunos artistas –HIP o no– abordan este maravilloso universo sonoro. Un Haydn que, además, suena precisamente a eso, a Haydn, con toda su rusticidad bien entendida (¡no confundir con falta de refinamiento!), con su elegancia viril, su humor jocoso, su reconfortante calidez humana –nada que ver con el sabor agridulce de Mozart– y también con sus claroscuros teatrales: el Finale alcanza una potencia que parece anunciar a Beethoven, lo que en absoluto resulta un disparate. Que no encontremos aquí el pathos que hallaba un Klemperer es lo de menos: el de Breslau, siempre punto y aparte, es demasiado personal como para ser comparado con cualquier otro. La orquesta está increíble (¿cuántas décadas hará que no ofrece un Haydn así?), empasta maravillosamente y se entrega por completo en la expresión, al tiempo que el violonchelista Ludwig Quandt demuestra enorme altura en sus importantes intervenciones.

Podía haber sido muy desafortunado este encuentro de dos artistas tan distintos entre sí, al menos en Beethoven, como Barenboim y la Pires. Felizmente, ambos pusieron de su parte y nos entregaron una interpretación maravillosamente apolínea en la que Barenboim recreó la obra de manera mucho más lírica de lo en él habitual, menos teatral y menos contrastada, sin grandes fogosidades en el movimiento conclusivo, al tiempo que se centraba en el vuelo lírico, la belleza sonora y el equilibrio, mientras que Pires se dejaba de preciosismos, de delicadezas y de blanduras y se concentraba mucho más a la hora de destilar poesía, haciendo gala de un perfecto dominio de la pulsación y de una cantabilidad maravillosa; aún así, una mayor tensión interna y un más desarrollado sentido de los claroscuros, por no decir una más amplia variedad expresiva, hubieran sido bienvenidas por su parte. Los portentosos solistas de la orquesta cantaron en absoluta sintonía y redondearon una interpretación de enorme altura. De propina, y enlazando con la segunda parte del concierto, una curvilínea recreación de “El pájaro profeta” de Schumann.

En la Sinfonía nº 4 de este último autor el maestro da una vuelta más de tuerca al enfoque de su registro para Teldec dieciséis años anterior. Obviamente esta es una versión que no quiere saber nada de ese Schumann alado y esquizofrénico que se viene últimamente a reivindicar. Antes el contrario, Barenboim entronca con la pura tradición interpretativa centroeuropea de localizar en él las semillas de Brahms, incluso de Bruckner, y por ello reivindica aspectos tan denostados por las maneras HIP como pueden ser la densidad sonora y expresiva, la nobleza en el fraseo, la atmósfera cargada, la hondura meditativa y la grandeza visionaria, además de un concepto que viene directamente de Furtwängler como es el tratamiento orgánico del fraseo, concibiendo la partitura como una única transición desde la primera nota hasta la última. Ningún disparate para esta obra en concreto, claro está: recuerden cómo está escrita esta op. 120.

Pero que nadie se piense que estamos ante una visión eminente gótica, menos aún masiva o pesadota. Volver a escucharla me ha permitido reparar en que, a pesar de todo lo expuesto, hay mucho de clasicismo en esta lectura. Particularmente en un primer movimiento lleno de equilibrio, denso pero al mismo tiempo pleno de agilidad, hermosísimo en lo sonoro sin que haya delectación alguna, apolíneo pese a estar recorrido por la emoción. Barenboim quiere mirar tanto el futuro como al pasado. El Andante tampoco quiere cargar las tintas y encuentra el balance perfecto entre vuelo lírico, ternura y amargor, fraseando con perfecta lógica y añadiendo  algunos asombrosos descubrimientos. Tras un irreprochable Scherzo viene una transición todavía más genial que las que hasta ahora le habíamos escuchado, en no sé ya cuantos conciertos, discos y retransmisiones, al maestro porteño; toda una demostración de técnica de batuta y de virtuosismo por parte de la increíble formación berlinesa, que supera no solo a la Staatskapelle de Berlín, sino también a todas cuantas orquestas se han acercado a esta sinfonía. Se les veía satisfechos, por cierto, como diciendo “por fin hacemos una interpretación normal de esta partitura, y no lo de Rattle”.

Tras un Finale rebosante de energía, de fuerza y de emoción –aquí sí, el maestro se pone más Florestán que Eusebio–, aunque sin ceder al arrebato, sino manteniendo siempre un perfecto control, la obra se cierra con una coda electrizante. El público estalla en medio de su prolongado acorde final y se entrega con un entusiasmo muy superior al que se suele escuchar en esta misma Digital Concert Hall. Y es que el respetable tenía clarísimo que lo que había presenciado no era nada “normal”, si siquiera dentro de la altísima calidad media que preside las interpretaciones de la Berliner Philharmoniker. Se trataba, quizá, de la más modélica e indiscutible Cuarta de Schumann que se haya escuchado.

lunes, 24 de agosto de 2020

La mer, de Debussy: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN – 24 de agosto de 2020

Esta entrada se publicó por primera vez el 14 de agosto de 2012.

Añado ahora los registros de Koussevitzky, Mitropoulos, Munch en vídeo, Szell, Svetlanov LSO, Barenboim París, Ashkenazy, Svetlanov Philharmonia, Boulez en vídeo, Muti en vídeo, Svetlanov Nacional de Francia, Salonen en vídeo, Roth, Dudamel con Viena y con Los Ángeles, Gatti Concertgebouw, Barenboim WEDO y Heras-Casado, además de las de la Digital Concert Hall protagonizadas por Rattle, Nelsons y Nézet-Séguin. Veintiuna más en total.

Por otra parte, he vuelto a escuchar las de Ansermet, Barbirolli, Salonen en Sony, Barenboim en Teldec, y Abbado con Lucerna, reformando en mayor o menor medida los comentarios de todas ellas. A la de Barbirolli le he subido un punto, de ocho a nueve.

Tras la experiencia auditiva, no me queda la menor duda: La mer es una de mis obras favoritas de todos los tiempos.

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Escrita en 1905 y estrenada por la Orquesta Lamoureux en octubre de ese mismo año, La mer supuso un verdadero hito en la historia de la música, no ya por sus extraordinarias aportaciones en lo que a orquestación se refiere, sino también por su manera de romper la jerarquía de valores señalando la mayor importancia del color sobre la melodía, por el modo de fragmentar esta última en multitud de pinceladas (de ahí que se haya hablado de Impresionismo musical) y por la negación de la direccionalidad del discurso.


En cualquier caso, todo ello queda relegado por la increíble potencia comunicativa de la obra, independientemente de que la interpretación de turno opte por una línea digamos ortodoxa que potencie los aspectos sensuales y brumosos de la escritura, o reivindique por el contrario los rasgos más incisivos, digamos que expresionistas, de una música en la que en cada audición se escuchan cosas nuevas. Ni que decir tiene que la pluralidad de enfoques es imprescindible para descubrirla en toda su riqueza: esperamos que los siguientes apuntes sirvan para orientar al lector en el laberinto discográfico. La comparativa que se ofrece en el blog Ipromesisposi también puede ayudar.

La partitura, subtitulada por el propio Debussy como “tres bocetos sinfónicos”, consta de los siguientes movimientos:

  1. De l'aube à midi sur La mer (Desde el amanecer hasta el mediodía en el mar), Très lent.
  2. Jeux de vagues (Juegos de olas), Allegro.
  3. Dialogue du vent et de La mer (Diálogo del viento y el mar), Animé et tumultueux.



1. Koussevitzky/Sinfónica de Boston (Pristine, 1938). Aunque la ecualización ha sido considerable, no podemos negar los buenos resultados de la intervención realizada por Pristine sobre este testimonio que nos revela a un director que trabaja a la formación de la que es titular con una plasticidad asombrosa y un no menos portentoso dominio de las dinámicas, pero sobre todo a un maestro bien decidido a jugar con la agógica para extremar los tempi –la fascinante lentitud del arranque en pocos minutos se transforma en una considerable velocidad– y crear muy amplios arcos de tensión a los que, eso sí, les sobran premura en sus momentos más intensos y les falta concentración en ciertos pasajes por los que pasa un tanto de largo. En cualquier caso, hay tanta vida, tanto color y tan elevada intensidad, tantas ganas de comunicar, y tan excelente tratamiento de la ya espléndida orquesta, que el maestro de origen ruso nos seduce, nos atrapa y nos convence. (8)

 


2. Toscanini/Sinfónica de la NBC (RCA, 1950). No hay brumas con el ya por entonces octogenario maestro italiano. Tampoco sensualidad contemplativa. De hecho, no se puede decir que sea la suya –hablamos de su penúltimo registro, tiene otros en diversos sellos– una versión muy francesa. Pero pocas pueden competir con ella en incisividad, tensión dramática y carácter tempestuoso, particularmente en una tormenta que pocas veces ha sonado tan encrespada. La arquitectura está trazada con enorme solidez, sin precipitaciones ni excesivo nerviosismo, y la claridad es siempre proverbial si salvamos las comprensibles limitaciones de la toma sonora. Solo hay que reprochar la falta de refinamiento de algunas frases y la fealdad tímbrica de la orquesta norteamericana, poco adecuada para esta música. (9)


3. Karajan/Philharmonia (EMI, 1953). Seriamente constreñida por la toma sonora monoaural, y por ende en clara desventaja frente a los posteriores registros del salzburgués, el interés de esta interpretación se limita a constatar que ya antes de su etapa al frente de la Filarmónica de Berlín, también en este repertorio Karajan era capaz de modelar el sonido con una asombrosa plasticidad y de otorgarle una enorme brillantez sin caer en la vulgaridad o perder de vista el estilo. En cualquier caso, sus grabaciones ya estereofónicas ofrecerán también una mayor depuración sonora, voluptuosidad e inspiración, como también ciertos devaneos narcisistas aquí ausentes. (7)



4. Toscanini/Sinfónica de la NBC (Guild, 1953). La angulosa, incisiva y vibrante interpretación –magnífico el tercer movimiento, mucho menos los otros dos– incluida en este concierto dedicado íntegramente a Debussy aporta poco con respecto a la suya propia de estudio tres años anterior. De hecho, cosas del directo, está menos bien resuelta en algunos pasajes. Lo que interesan son los ensayos de La mer que completan el doble compacto: hora y media de un Toscanini con las ideas musicales muy claras y un humor de perros destrozando la autoestima de los miembros de su orquesta. Pura leyenda. Leyenda negra y verdadera, habría que añadir. (8)



5. Cantelli/Philharmonia (EMI-Testament, 1954). Sólo un año después de la grabación con Karajan, la Philharmonia vuelve a la obra con una toma sonora también monofónica pero bastante superior en relieve y presencia sonora. Y lo hace dirigida por un joven director –fallecería poco más tarde en un accidente aéreo– que ofrece una visión muy distinta de la partitura, menos perfecta en lo técnico, menos concentrada –particularmente en el segundo movimiento, demasiado rápido–, no tan brillante, pero también más espontánea, trazada con mayor naturalidad, más cálida y más comunicativa. Tampoco encontramos con Guido Cantelli el nervio y la incisividad de su maestro Toscanini, y sí una buena dosis de luminosidad mediterránea. (8)



6. Inghelbrecht/Orquesta Nacional de la ORTF (Testament, 1954). Impagable testimonio de un director que, al frente de la orquesta que él mismo había fundado veinte años atrás, pudo tener la ocasión de defender la obra debussyana con la presencia y respaldo del propio compositor. Es verdad que en general hay un poco de más nerviosismo de la cuenta y que, por ende, algunos pasajes podrían estar más paladeados, pero hay que descubrirse ante la maleabilidad con que domina los diferentes volúmenes orquestales, atendiendo especialmente a la superposición de estratos sonoros; ante la portentosa riqueza de colorido –maderas muy francesas–; ante la amplia pero en absoluto caprichosa flexibilidad del fraseo; y no digamos la inmediatez y comunicatividad que desprende esta lectura, de una inflamación “romántica” –apasionadísima tormenta– que echa por tierra los tópicos. Eso sí, en lo que a virtuosismo orquestal se refiere, cosas mejores se han escuchado. El sonido de la recuperación de Testament, obviamente monofónico, resulta muy satisfactorio. (9)



7. Munch/Sinfónica de Boston (RCA-Sony, 1956). El tiempo no le ha sentado bien a esta prestigiosa grabación. El maestro galo acierta sin duda con el colorido exacto que debe tener esta obra –las maderas de Boston suenan francesas a más no poder– y sabe tejer la atmósfera brumosa y sensual propia de una recreación ortodoxa de la página, pero la planificación no siempre resulta depurada y en el fraseo se alternan momentos de admirable concentración con otros -lo más- excesivamente nerviosos y dichos un tanto de pasada. La toma sonora, fabulosa para la época, recupera los tres canales originales en la edición de RCA en SACD. Desconocemos cómo suena el reprocesado, ya en CD normal, realizado en fechas recientes por Sony. (8)



8. Van Beinum/Concertgebouw (Philips, 1957). Con notable sonido estereofónico recupera la serie Eloquence esta interpretación en la que, aparte de asombrarnos ante la enorme calidad que ya por entonces exhibía la orquesta holandesa, podemos degustar una dirección ortodoxa, muy centrada en el estilo, atenta tanto a la sensualidad como a los aspectos más escarpados de la obra. Falta en cualquier caso una inspiración más elevada en el primer movimiento, y sobra cierto carácter verbebero y precipitado en la coda del tercero. Aun así, el nivel global es elevado y no podemos dejar de aplaudir el cuidadoso y muy atractivo tratamiento de las texturas del segundo movimiento. (8)


 

9. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1960). Una visión más estática de lo imaginable en Fritz Reiner en los movimientos extremos, aunque con la vivacidad y fuerza esperables en el central. Falta aún un grado más de poesía, sensualidad e imaginación, pero tales son el control hacia la orquesta, el virtuosismo de la misma y la musicalidad de la interpretación, que resulta difícil realizar reproches. (9)

 

10. Mitropoulos/Sinfónica de la Radio de Colonia (Ica Classics, 1960). Independientemente de las palmarias insuficiencias de la formación renana, ese gran maestro que fue Dimitri Mitropoulos evidencia aquí un grave despiste no ya por mostrarse incapaz de sintonizar con el estilo de Debussy ni de destilar magia poética, sino también por frasear con excesiva rapidez y sin concentración, por carecer de sensualidad, por desatender a los silencios, por planificar con brusquedad y hasta brocha gorda las transiciones, por la ausencia de continuidad en el discurso... Para qué seguir. El primer movimiento muestra las referidas deficiencias en toda su crudeza. El segundo es irregular y ofrece momentos aceoptables. En el tercero, animado y vistoso, resulta interesante: el de Atenas parece sentirse mucho más a gusto desatando tempestades que contemplando las suaves ondas marinas. Una semana más tarde sufriría un infarto interpretando la Tercera de Mahler con esta misma formación, falleciendo pocos días después. La toma de este testimonio es estererofónica y resulta suficiente. (5)

11. Giulini/Philharmonia (EMI, 1962). Acertó Walter Legge al poner al poner en esta ocasión al frente de su orquesta, que por entonces aún era la mejor del orbe, a alguien en principio muy ajeno al mundo impresionista como Giulini. Y es que el joven director, algo distante en lo expresivo y desde luego muy alejado de la incisividad, el nervio y el carácter visionario de un Toscanini, demostró una admirable sintonía con el mundo sonoro de Debussy, particularmente con su concentración, su ambigüedad y su sentido del misterio, ofreciendo una atmosférica interpretación en el que logra la cuadratura del círculo al compaginar el sentido brumoso y difuminado de las texturas, tratadas de un modo asombroso, con una gran claridad y una impecable lógica constructiva. Impecable la orquesta, sobresaliendo un percusionista que logra hacer sonar la espuma del mar en los platos como pocas veces se ha escuchado. (9)

12. Munch/Sinfónica de Boston (DVD Vai, 1962). La interpretación se parece a la realizada en estudio seis años antes: el estilo es irreprochable, pero se alternan momentos de extraordinaria plasticidad con otros algo nerviosos, o sencillamente desaprovechados. Quizá ahora la concentración, y por ende la inspiración, es superior a la de entonces, aunque en contrapartida la ejecución, al ser en público y no susceptible a las mejorías del estudio de grabación, resulta mucho menos depurada. A la impresión de desequilibrio sonoro contribuye la toma de los micrófonos de la televisión, a todas luces insuficiente. La imagen es solo aceptable, y la realización se centra más en la orquesta que en el maestro. (7) 

 

13. Szell/Orquesta de Cleveland (Sony, 1963). Trabajo de verdadero orfebre el que aquí ofrece el maestro de Budapest, que con técnica espléndida va clarificando todo y cada uno de los recovecos tímbricos y melódicos de esta página sin perder la unidad en el trazo ni al sentido impresionista de las texturas. Por desgracia, y como era de esperar, su temperamento adusto y su tendencia a ser excesivamente literal con las notas, le impide destilar esa sensualidad, esa capacidad fascinadora y esa magia poética que esta música necesita, particularmente en un primer movimiento en exceso prosaico. La toma sonora ha sido recientemente restaurada en HD y se mantiene bien, pese a quedarse algo corta en gama dinámica. (8)

 


14. Ansermet/Orquesta de la Suisse Romande (Decca-Newton, 1964). Una explosión de vida y color por parte de un Ansermet entusiasta a más no poder que maneja a su orquesta –ideal para este repertorio– con admirable plasticidad, haciendo gala de un espléndido dominio de las transiciones y, sin menoscabo de lo extrovertido del enfoque, un aliento muy sensual y adecuada atmósfera. Si los resultados no están a la altura de las grandes recreaciones de la obra es porque el maestro no solo va algo más rápido de la cuenta, sino que frasea con excesivo nerviosismo, sin la concentración y la poesía deseables, particularmente en el primer movimiento. Como detalle muy discutible, la trompeta en primer plano cerca del final, que parece decisión del maestro antes que de los ingenieros de sonido, responsables de una toma con distorsiones pero muy digna que ha sido bien recuperada en HD. (8)



15. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1964). Por fin con una toma sonora a la altura de las circunstancias, el salzburgués demuestra su condición de alquimista del sonido con una interpretación opulenta en lo sonoro –también más masiva de la cuenta–, refinada e impactante al mismo tiempo, si bien más preocupada por impactar con los grandes contrastes sonoros que por desplegar poesía, y también -minuto y medio más rápida que su registro once años anterior- un punto desconcentrada, algo más nerviosa de la cuenta, y no siempre todo lo bien clarificada que debiera, aunque en cualquier caso muy cálida y comunicativa. Los ingenieros de sonido, certeramente, optaron por un volumen muy bajo para recoger bien la enorme gama dinámica exhibida por el maestro. Buena la recuperación en HD. (8)


 

16. Barbirolli/Orquesta de París (EMI, 1968). Lejos del dramatismo que suele caracterizar a su batuta, Sir John se toma las cosas con calma (26’10’’) y ofrece una lectura madura, reposada y reflexiva, sensual sin caer en el hedonismo y analítica sin perder ese carácter difuminado de la pincelada tan fundamental en este repertorio. El tratamiento de las texturas es mágico, y la poesía mucho antes abstracta que descriptiva que el maestro es capaz de extraer nos fascina de principio a fin. Pueden preferirse enfoques más vibrantes, con mayor electricidad y tensión interna, pero dentro de esta línea el resultado es digno de toda admiración. Si en la anterior encarnación en compacto el sonido dejaba bastante que desea, tras el reprocesado de 2020 suena con carnosidad y relieve suficientes como para disfrutar muchísimo de la audición. (9)



17. Stokowski/Sinfónica de Londres (Decca, 1969). Octogenario como lo era Toscanini cuando realizó sus últimos registros de la obra, el no menos mítico Leopold hizo aquí gala de su portentoso sentido del color –incisivo, nunca difuminado–, de su dominio de la masa orquestal y de su proverbial creatividad. Como resultado, y apoyado en este sentido por la toma de sonido tan espectacular como artificial del sistema Phase 4, se escuchan muchas cosas nuevas en la partitura, o al menos se las escucha de manera diferente. Ahora bien, son tantas las libertades en el fraseo –a veces cayendo en narcisismos y detalles de dudoso gusto– que la arquitectura horizontal se viene abajo, perdiéndose el sentido de fluidez y continuidad fundamentales en esta música. (7)

18. Martinon/ORTF (EMI, 1973).  El maestro francés ofrece una interpretación de absoluta ortodoxia en el estilo, en el punto justo de equilibrio entre sensualidad y agilidad, entre fluidez y nervio, atenta a las texturas pero también a angulosidades y a asperezas –descarnada la tímbrica de los metales, que tampoco son muy allá–, construida con enorme lógica, naturalidad y sentido de lo curvilíneo, cuidadosa con texturas y detalles, aunque un tanto irregular en su inspiración. Al final del primer movimiento, por ejemplo, se llega de manera algo anodina y sin suficiente carácter visionario, mientras que el final no alcanza la electricidad que logran ofrecer otros directores. La orquesta también se queda corta, aunque al menos ofrece esas peculiaridades tímbricas en las maderas propias de las formaciones francesas de otros tiempos. La primera remasterización sonaba regular. La nueva en HD resulta más satisfactoria, pero tampoco logra soslayar las limitaciones de la original. Sería interesante que EMI recuperase las cintas originales cuadrafónicas en SACD. (9)


19. Svetlanov/Sinfónica de Londres (BBC, 1975). Esta toma en vivo de calidad solo aceptable nos trae a un Svetlanov de cuarenta y seis años, lejos todavía de su madurez artística pero con manifiestas ganas de hacer música y de seducir al espectador con una admirable mezcla de brillantez sonora y de dominio del color que da como resultado una interpretación vistosa y atractiva, pero más bien epidérmica, en el que fraseo resulta en exceso apremiante y no se terminan de conseguir la fluidez, la naturalidad y la sutileza en el desarrollo horizontal que esta música pide. La acústica del Royal Festival Hall tampoco permite apreciar del todo el tratamiento de texturas y planos sonoros. (7)



20. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1976). Como exhibición de virtuosismo de batuta y orquesta el resultado es asombroso, pues como siempre Sir Georg resulta impresionante a la hora de ofrecer extroversión y espectacularidad, pero en esta ocasión el maestro se muestra un tanto superficial y desconcentrado, incluso algo expeditivo. Dentro del alto nivel de la interpretación, se queda a medio camino. Suena estupendamente, eso sí. (8)


21. Haitink/Concertgebouw (Philips, 1976). Una orquesta de virtuosismo y musicalidad de la mayor altura, dirigida por una batuta analítica, rigurosa y equilibrada, dan como resultado una lectura a la que le falta un punto de genialidad, pero que asombra por su minuciosa planificación, perfecta ejecución, meridiana claridad e implacable manera en la que se acumulan las tensiones hasta culminar en un final impactante. A destacar el modo en el que el director holandés subraya el contraste entre un primer movimiento particularmente estático y un segundo inquieto pero en absoluto precipitado. (9)



22. Ormandy/Orquesta de Filadelfia (DVD Euroarts, 1977). La excelencia de la orquesta y la técnica de Ormandy para construir el edificio sonoro están fuera de toda duda, pero la poesía e inspiración brillan por su ausencia: la rutina se impone. La toma sonora es muy turbia. (6)



23. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1977). Obsesionado por la tecnología, Karajan registró en los setenta para EMI gran parte de su repertorio ya grabado en la década anterior para DG solo para beneficiarse del sistema cuadrafónico. Le salió el tiro por la culata, claro, y en poco tiempo se pasó a la novedad de lo digital. En cualquier caso, esta interpretación de la obra maestra de Debussy es muy diferente de la de 1964, al ralentizar de manera considerable los tempi (25’33: es la más lenta de sus lecturas) y al sustituir la extroversión y el relativo nerviosismo de entonces por una serena concentración que le permite paladear la obra con gran primor haciendo gala de su capacidad para coloridos, texturas y detalles varios. Desgraciadamente los resultados no solo no son más convincentes, sino que han perdido su inmediatez y comunicatividad anterior para ofrecer un perfeccionista, gélido e insincero ejercicio de vistuosismo sonoro. Los ingenieros de sonido, al optar por un volumen increíblemente bajo, logran recoger la gama dinámica extrema marca de la factoría Karajan: sería interesante que EMI recuperase la cuadrafonía original para poder apreciarla en su plenitud. (7)


24. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1978). Esta es quizá la más convincente de todas las recreaciones legadas por el salzburgués de la partitura. Por descontado que las sonoridades son opulentas en exceso y que el hedonismo es evidente, y habría que añadir que algunos pasajes podían estar aún más matizados, pero son asombrosas la plasticidad, belleza y riqueza tímbrica que extrae de la orquesta un Karajan aquí más intenso que en otras de sus interpretaciones. (9)


25. Barenboim/Orquesta de París (DG, 1978). Un todavía joven Daniel Barenboim se enfrenta a La Mer haciendo gala de enorme capacidad técnica -todo se encuentra muy bien planificado y expuesto-, irreprochable gusto y, sobre todo, gran vehemencia expresiva. Es la suya una interpretación ardiente, contrastada y de considerable sentido teatral, no por ello exenta de sensualidad ni de carácter curvilíneo en el trazo, pero ante todo intensa, extrovertida y llena de pasión “romántica”. Ese es justamente su punto discutible: resulta una lectura más “emocionante” que sugerente, antes epidérmica que reflexiva. Engancha de principio a fin, pero el de Buenos Aires realizará acercamientos más redondos en el futuro. La toma se ha conservado francamente bien. (8)



26. Giulini/Filarmónica de Berlín (Testament, 1978). Interpretación con toda la calidez, sensualidad y colorido esperable en este repertorio, pero también con una corpulencia sonora y una tensión interna que pueden resultar algo “románticas”: ¿influencia de Karajan, con quien la orquesta había filmado la obra unos meses atrás? En cualquier caso el fraseo es de una morbidez y belleza extremas, como también lo son el manejo de la agógica y el tratamiento de las texturas. Mágico el pasaje de calma antes del explosivo final. (9)



27. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1979). Aunque el concepto sigue siendo contemplativo, brumoso y estático, y el maestro sigue haciendo gala de su particular dominio de las texturas –hay tejidos de las maderas en el segundo movimiento que se escuchan aquí como nunca–, con este segundo registro en estudio Giulini ya termina de sustituir la relativa frialdad de su grabación para EMI por un acercamiento más expresivo, más emotivo, también más creativo y personal, marcado en gran medida por la amplia cantabilidad que caracteriza a la batuta. La toma sonora es ya de muy buena calidad, pero la orquesta, obviamente, no es la Filarmónica de Berlín del año anterior. (9)


 

28. Celibidache/Sinfónica de la Radio de Stuttgart (DG, 1980). Ya desde el mágico arranque se evidencia que no nos vamos a encontrar ante una interpretación “normal”. Así va a ser, pero no solo por la lentitud de los tempi -relativa: más tarde Celi irá mucho más lento aún-, sino también por la increíble poesía que destila el maestro con su fraseo flexible e imaginativo, con la plasticidad de su tratamiento orquestal, con su manera de revelar las texturas y, sobre todo, con la embriagadora concentración que alcanza en determinados momentos clave, como pueden ser los citados primeros compases, el final del segundo movimiento o el pasaje de calma que precede al final de la tempestad. Todo ello dentro de una línea particularmente estática que, sin desdeñar precisamente el carácter tempestuoso del tercer movimiento, tiene poco que ver con la línea de un Toscanini o, en tiempos más recientes, un Sinopoli o un Muti. Lástima que la toma radiofónica no recoja a la orquesta con la claridad deseable. En cualquier caso, y salvando las limitaciones del conjunto alemán, esta es quizá la más admirable dirección de todas, incluida la posterior del propio Celibidache. Imprescindible. (10)



29. Tilson Thomas/Philharmonia (Sony, 1982). Tras Karajan, Cantelli y Giulini, la Philharmonia vuelve a la carga con un maestro norteamericano todavía joven que ya años atrás –en Images– había demostrado su enorme sintonía con el mundo de Debussy. Aquí ofrece, junto a unos magistrales Nocturnos, un Mar de admirable ordodoxia impresionista, perfectamente delineados, dichos con elegancia pero también con vivacidad, colorismo y una enorme capacidad para comunicar, siempre en el punto justo de equlibro entre control y apariencia de espontaneidad. Desgraciadamente la toma sonora, realizada a un volumen bajísimo, presenta desequilibrios que empañan gravemente los finales de los movimientos extremos. (9)


 
 
30. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1983). Poética y comunicativa interpretación de irreprochable idioma que destaca por su sensualidad y carácter atmosférico, más que por nervio o brillantez. Podía ser aún mayor la claridad, como también el carácter visionario del final. Lamentablemente se ve perjudicada por una toma sonora menos buena de lo que debiera, como por desgracia era habitual en EMI a principios de los ochenta. (9)


31. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1985). Realmente hay que descubrirse ante el grado de elegancia, refinamiento, plasticidad en el manejo de las texturas y capacidad para embriagar con el colorido más sensual posible del último Karajan, un auténtico mago de la alquimia sonora, pero aquí hace de anciano director y resulta no solo en exceso preciosista, como en él tantas veces resulta habitual, sino también un punto otoñal, incluso decadente. La toma sonora, de enorme calidad tímbrica, no ofrece toda la gama dinámica posible, como también ocurre en la toma paralela en DVD editada por Sony. (8)

32. Ashkenazy/Orquesta de Cleveland (Decca, 1986). Toma de altísima calidad –a volumen muy bajo, y por ende con enorme gama dinámica– para una interpretación de enorme nivel técnico pero un tanto irregular en lo expresivo, que tras un primer movimiento espléndido en su ortodoxia impresionista, aunque quizá no todo lo concentrado que debiera, ofrece un segundo excesivamente nervioso en el que hay que apreciar un espléndido tratamiento de las texturas, desplegando rico colorido y adecuada incisividad, en el que incluso se pueden apreciar líneas que por lo general pasan desapercibidas. En el tercero se alternan pasajes muy notables con otros más espectaculares que otra cosa, aunque la extroversión, la garra y las ganas de comunicar de un director de conocida vehemencia sobre el podio, en perfecta armonía con las posibilidades de la extraordinaria orquesta norteamericana, terminan ganando la partida. (8)

 

33. Sinopoli/Philharmonia (DG, 1988). Como era de esperar, esta partitura supone una oportunidad perfecta para que el veneciano despliegue su portentoso sentido del color y de las texturas, así como su fraseo flexible, vibrante, incisivo y un punto nervioso, características que aquí resultan ideales para una lectura que subraya los aspectos más hoscos y dramáticos, incluso tenebrosos. La irreprochable actuación de la orquesta y una soberbia toma sonora terminan de redondear una versión que, siendo poco ortodoxa en su enfoque y por ende discutible, deslumbra de principio a fin. O casi: los timbalazos del final resultan excesivos. (10)


 
34. Bernstein/Academia de Santa Cecilia (DVD CMajor, 1989). Interpretación atmosférica, cálida y rica en sugerencias, a la que hay que reprochar la discreta calidad de la orquesta y cierta discontinuidad en el trazo, no siempre adecuadamente tenso, y por ende sin el arrebato visionario y extático que debería en momentos clave. En cualquier caso, ver a Lenny dirigiendo –no merece la pena la edición paralela en CD– resulta siempre un placer. (7)



34. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1989). Al director suizo le falta –como le ocurre tantas veces– ese punto de personalidad, creatividad y compromiso expresivo que necesita para ofrecer una lectura de primerísimo orden, pero aun así resulta difícil imaginar una recreación más irreprochable en lo estilístico, tan en su punto justo de equilibrio entre evanescencia y nervio, tan fluida y natural en su desarrolla, tan rica en el color, tan elegante y al mismo tiempo tan alejada de narcisismos, tan lógica en su desarrollo y tan comunicativa. Una toma sonora de lujo redondea la que, por su alto nivel de ejecución e inspiración dentro de una línea ortodoxa, tal vez sea la mejor opción para quienes por primera vez se acerquen a semejante obra maestra. (9)


36. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1992). Ralentizando los tempi de manera considerable no solo con respecto a su grabación radiofónica en Stuttgart, sino a lo que dicta el sentido común, el rumano ofrece una recreación un punto menos poética que la citada, sin tanta magia, pero más clara, más didáctica, en la que se pierde ya por completo cualquier sentido narrativo y nos encaminamos hacia el terreno de la pura abstracción. Trazando un paralelismo pictórico, diríamos que nos hemos acercado al lienzo todo lo posible y nos quedamos no ante la vibración lumínica del conjunto sino ante la fuerza parcial de cada una de las pinceladas, que aparecen ahora no entremezclada por nuestra retina sino perfectamente diferenciadas; o que nos encontramos aquí no ante el Impresionismo de los años setenta sino frente al Monet tardío, el de los nenúfares que pierden casi toda referencia al mundo sensible para acercarnos a una realidad esencializada basada únicamente en las sensaciones del color. En cualquier caso, el resultado es fascinante. (10)

 

37. Svetlanov/Philharmonia (Collins, 1992). He aquí un Svetlanov ya maduro que, lejos de la extroversión un tanto superficial de su testimonio londinense comentado con anterioridad, ofrece una versión aquilatada, sensata y de absoluta ortodoxia, solida en el trazo, correctamente tratada en las texturas y de perfecto equilibrio entre estatismo y vivacidad, entre sensualidad contemplativa y tensión interna, a veces muy bien paladeada –final del segundo movimiento, pasaje en calma del tercero– y dirigida hacia los clímax con naturalidad sin caer en excesos. Resulta, eso sí, un tanto impersonal y no del todo poética, incluso algo pálida, lo que en parte puede deberse a una toma sonora que acierta en la tímbrica pero a la que le faltan espacio, cuerpo y relieve. (8)

 

38. Boulez/Filarmónica de Nueva York (YouTube, 1992). Esta filmación de procedencia japonesa tiene el interés de poder ver dirigir al maestro, pero no solo suena mucho menos bien que la portentosa grabación de Boulez realizada un año más tarde en Cleveland, sino que nos muestra al genial creador francés un tanto irregular en la concentración, a veces un tanto precipitado, incluso excesivo en el final. El resultado es una lectura bulliciosa y con nervio, pero por completo carente de sensualidad, de atmósfera y de magia poética. Eso sí, como radiografía sonoraes espectacula. (7)


 

39. Boulez/Orquesta de Cleveland (DG, 1993). Se dice que Boulez hace un Debussy que, por completo ajeno a cualquier tipo de referencia extramusical, se encuentra mirando a la música contemporánea. Es cierto, pero habría que concretar: a la línea que comienza con Jeux del propio Debussy y llega, claro está, hasta Boulez himself. No hay en esta recreación nada de atmósfera, sensualidad o hedonismo, menos aún de carácter narrativo, y sí mucho de claridad en la pincelada –el colorido es siempre incisivo, no difuminado–, de objetividad y de riguroso análisis. Contra lo que se pudiera pensar eso no significa asepsia, porque la fuerza interna de la arquitectura, milimétricamente planificada y por completo ajena a cualquier devaneo sonoro, es implacable. Quizá no sea el mejor Debussy posible, pero es necesario conocerlo. A ello invita especialmente una toma sonora de esas que hacen historia. (9)



40. Svetlanov/Orquesta Sinfónica Estatal (Great Hall, 1993). Una toma sonora problemática y realizada a un volumen terriblemente bajo impide apreciar la riqueza de colorido y la enorme plasticidad de la batuta de un Svetlanov aquí bastante irregular que, junto a pasajes muy logrados y algún que otro hallazgo, evidencia faltas de concentración, momentos resueltos de modo poco convincentes y algún que otro narcisismo que rompen la unidad del discurso. A la orquesta, en absoluto a la altura, le cuesta trabajo seguirle. (7)

41. Muti/Orquesta Philadelphia (EMI, 1993). Adoptando una visión cercana a la de Toscanini, esto es, ofreciendo un mar antes tempestuoso y visionario que sensual, pero añadiendo una dosis mucho mayor de depuración sonora, concentración en momentos clave y creatividad que su mítico y admirado compatriota, Muti construye una interpretación de increíble solidez en el trazo, asombrosa claridad –se escucha absolutamente todo, y sin necesidad de recurrir a lentitudes celibidachianas– e insólita perfección técnica que, además, resulta tan comunicativa como poética y posee una irresistible garra dramática. Imprescindible. (10)

42. Muti/Sinfónica de la Radio Bávara (YouTube, 1993).  Interpretación de corte parecido a la suya propia con Chicago del mismo año. Quizá da la impresión de que aquí la dosis de electricidad y carácter visionario es algo menor, pero el efecto podría deberse a la muy comprimida gama dinámica de la trasmisión televisiva. A destacar, el cualquier caso, el carácter encendido del segundo movimiento –más bien plácido para la mayoría de las batutas– y la manera en que el milanés sabe aunar carácter sensual y temperamento. Todo un placer ver dirigiendo al maestro napolitano. (9)

 


43. Giulini/Orquesta del Concertgebouw (Sony, 1994). Aunque han pasado quince años, el maestro italiano no ha variado mucho su visión de la obra con respecto a su grabación en en Los Ángeles. Esta nueva realización es menos clara, más brumosa, quizá más sensual y hermosa aún. La orquesta es mejor, lógicamente. Quien busque una versión mayormente otoñal, esta es la suya. Lo de Celibidache, por concepto, es otra cosa. (9)



44. Salonen/Filarmónica de Los Ángeles (Sony, 1996). Aun sin llegar el nivel del Fauno que le acompaña en disco, el maestro finés pone en entredicho su merecida fama de frío y analítico con una recreación embriagadora de sensualidad y de infinita poesía –no tanto en el primer movimiento como en los dos siguientes–, increíble en el dominio de las texturas, que se encuentra realizada, eso sí, mediante una planificación horizontal y vertical de extrema minuciosidad y sutilísima flexibilidad: ¡qué dominio de las transiciones, qué manera de trazar la música como un todo orgánico y fluido! Todo aquí rezuma, como en los cuadros de Matisse, calma y voluptuosidad, sin menoscabo de la fuerza de una tormenta más atmosférica que fulgurante: la secuencia de calma antes de la tempestad final resulta verdaderamente mágica. Interpretación opuesta y complementaria a la de Muti, pues, que es necesario conocer. Toma sonora no del todo clara, pero de una gama dinámica y una redondez –tremendo registro grave– apabullantes. (10)




45. Maazel/Filarmónica de Viena (RCA, 1999). Como era de esperar, máxime teniendo a su servicio a una orquesta tan portentosa, Maazel hace gala de su técnica de batuta regalándonos una interpretación asombrosa por su plasticidad, riqueza de colorido y admirable tratamiento de las texturas. Por desgracia hay alguna frase un tanto redicha derivada del narcisismo marca de la casa, y además la planificación horizontal no está siempre cuidada: los finales de los movimientos extremos distan de convencer. (8)


 

46. Barenboim/Chicago (Teldec, 2000). Veintidós años después de su grabación en París, Barenboim sigue evidenciando lo ardiente de su temperamento, pero esta vez enriquece su anterior aproximación equilibrando los aspectos más extrovertidos de la música con una mayor atención a la sensualidad, al timbre y a las texturas, haciendo gala de una asombrosa plasticidad en el tratamiento de la orquesta, pleno sentido orgánico en el fraseo y una extrema depuración sonora. Además, paladea mejor el segundo movimiento y el momento de calma del tercero antes de la tormenta final. En cualquier caso, al final del primer movimiento –magníficamente planificado el ascenso hacia el mismo– se le podía pedir un poco más de carácter visionario, y por aquí y por allá hay alguna frase que podría todavía mejor aprovechada. La grabación es excepcional, una de las mejores de las que se ha beneficiado esta página, pero hay que poder el volumen bien alto para disfrutarla. (9)


47. Barenboim/Chicago (TDK DVD, 2000). Esta filmación apenas ofrece nada nuevo con respecto a la de los mismos intérpretes para Teldec unos meses anterior. La grabación, asimismo de volumen bajo, ofrece con respecto a aquella Teldec la acústica de la Philharmonie de Colonia y la posibilidad de escucharla en multicanal. Puede ser preferible, pues, si se dispone de un equipo adecuado, pero que conste que el sonido de la grabación en Chicago era ya sensacional. (9)

 

 

48. Svetlanov/Orquesta Nacional de Francia (Naïve, 2001). Por fin Svetlanov con gran sonido –amplia gama dinámica, graves redondos–. Y además, el mejor Svetlanov posible, el de su última etapa –faltaba poco más de un año para su desaparición–, el más creativo y personal. Por eso su interpretación es tan distinta de las otras suyas comentadas. Lenta, expuesta con parsimonia celibidachiana, sensualísima –parece transpirarse la espuma del mar–, mágica en el dominio de la agógica y en la administración de los silencios… Pero también sujeta a algunas decisiones desconcertantes, incluso rebuscadas, y limitada por una orquesta que, al menos en este registro en directo, no es ninguna maravilla. Testimonio a conocer, en cualquier caso. (9)


49. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (DVD Euroarts, 2003). Abbado abrió el concierto que presentaba al público la nueva Orquesta del Festival de Lucerna con unos Adioses de Wotan dirigidos de manera relamida y fuera de estilo, pero continuó con una asombrosa recreación de El martirio de San Sebastián y lo cerró con una espléndida de La mer: dionisíaca y extrovertida a más no poder, particularmente ágil y muy contrastada, danzante y alegre por momentos, también llena de nervio cuando debe, y dotada de un sentido del color y de las texturas seguramente inigualado. Y qué decir de los primeros atriles, los Pahud, Meyer, Mayer y compañía, de su orquesta all-stars. ¿Por qué, siendo impresionante, no se sitúa al nivel de las más grandes? Porque necesita paladear más determinados pasajes, como la conclusión del primer movimiento o la calma antes de la tempestad, y sobra una coda vulgar y efectista a más no poder (¡Abbado de olvida del crescendo!) cuyo interés por el decibelio es potenciado por una toma sonora de incomparable gama dinámica. En este sentido, la pista en DTS es, con diferencia, la más sensacional toma sonora de la que se ha beneficiado esta obra si se la disfruta en un sistema surround. La edición paralela en compacto realizada por DG suena bastante menos bien. La plataforma Medici TV la ha recuperado con imagen muy superior, en calidad Blu-ray, pero de nuvo la toma sonora pierde muchísimo con respecto al multicanal del DVD. (9)


50. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI, 2004). Batuta y orquesta demuestran su soberbio virtuosismo en esta recreación de asombrosas texturas, infinito colorido –ayuda la toma sonora–, elevado sentido teatral y espíritu mucho antes juvenil y descriptivo, cinematográfico incluso, que atmosférico o meditativo. Si Rattle hubiera aportado madurez y hubiese evitado cierta tendencia al narcisismo, su recreación estaría entre las mejores. Aun así, irresistible. (9)


 

51. Jansons/Concertgebouw (RCO, 2007). Una pena que una orquesta de semejante calidad y una toma sonora tan admirable resulten desaprovechadas por una batuta sin duda incandescente, teatral y vistosa, pero por completo ajena a la poesía y, andando muy despistada en lo estilístico, propicia a hacer sonar todo fuerte, masivo y contundente. Los excesos de la percusión resultan de vergüenza ajena. En cualquier caso mejor los dos últimos movimientos que el primero, realmente flojo. Menos mal que los holandeses ponen de su parte para compensar las limitaciones del director. (7)




52. Abbado/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2009). Increíble demostración de virtuosismo de batuta en lo que a claridad, colorido y sentido de las texturas se refiere, en una versión animada, luminosa, ágil, sin especial densidad, mucho antes pintoresca que reflexiva, y en conjunto magnífica, en realidad muy similar a la que el milanés grabó con la Orquesta del Festival de Lucerna, y que como aquélla que solo saca los pies del plato en la efectista coda final. La grabación ofrece un volumen más bajo de la media habitual en la web en la que se puede visionar previo pago. (9)



53. Gergiev/Sinfónica de Londres (LSO Live, 2009). En esta ocasión el tantas veces mediocre Gergiev no solo no se precipita ni cae en la tosquedad, sino que se muestra –en general– bastante idiomático, trata con cuidado las texturas y encuentra la inspiración poética. Por desgracia, y junto a un espléndido segundo movimiento, nos ofrece un primero con narcicismos y rebuscamientos varios –frases excesivamente lánguidas, pianísimos inaudibles, pausas interminables– y un tercero donde hace gala de su habitual teatralidad y brillantez sonora, pero también de su tendencia al efectismo con variados excesos en la percusión. La toma sonora recoge a la perfección los enormes contrastes dinámicos planteados por el director ruso. (7)


54. Chung/Filarmónica de Seul (YouTube, 2009). Aunque se encuentra entre paisanos, el veterano maestro de Corea saca a relucir su enorme experiencia con la música francesa para ofrecer, con su batuta ágil, detallista, clarificadora y un punto nerviosa, una recreación de irreprochable idioma, brillante cuando debe, rica en el colorido y las texturas, también muy elegante –esto último quizá por momentos demasiado–, a la que le falta redondear un poco el trazo del primer movimiento, que tampoco resulta todo lo evocador que debería. La filmación, llevada a cabo en formato 4:3 por un realizador poco experto, precede en varios meses a la grabación oficial de DG realizada con motivo de una gira internacional de la orquesta. (8) 

 

55. Salonen/Orquesta de París (YouTube, 2011). EuroArts pone a disposición de todo el mundo esta filmación en la que Salonen nos ofrece con una interpretación de tempi ortodoxos que se aleja por completo de las mágicas lentitudes de su grabación en estudio quince años anterior al tiempo que pierde buena parte de su concentración, de su sensualidad y de su fascinación poética. En cualquier caso, el perfecto dominio de la partitura del maestro finlandés está ahí, como también su soberbia técnica y la absoluta comodidad en este repertorio de la orquesta parisina, por lo que el resultado es una lectura más que notable que va de menos a más y finaliza con una tempestad por completo conseguida. Lástima que la toma adolezca de compresión dinámica. (8)

56. Van Immerseel/Anima Eterna (Zig Zag, 2011?). La arriesgada propuesta de interpretar este repertorio con instrumentos de época –de época de Debussy, se entiende– y con una articulación históricamente informada, unida a la extraordinaria sensibilidad tímbrica de Van Immerseel y al enorme refinamiento de su trazo se salda con una lectura de sensualísimo colorido y relevadoras texturas, fraseada con un carácter curvilíneo y elegante de lo más adecuado, pero también en exceso aérea, por momentos erróneamente ingrávida, adornada con algunos detalles discutibles –los portamentos resultan chirrían al oyente actual– y un tanto falta de garra, de carácter, de variedad expresiva. La levedad termina imperando, como también lo hacen los conocidos problemas del maestro belga a la hora de administrar tensiones. En el caso concreto de La mer, al final del primer movimiento le falta fuerza, y la tormenta queda por completo deslavazada. En contrapartida, el carácter irisado de la superficie del mar agitado por la brisa resulta fascinante. Soberbia la toma. (7)

 

57. Roth/Les Siècles (Actes Sud, 2012). El interés de recuperar las sonoridades de la Francia de 1905, sus instrumentos y sus maneras de articular, que no son ni más ni menos aquellas en las que pensaba el compositor, resulta indudable. Otra cosa son los resultados, y los de Franz-Xavier Roth terminan siendo bastante parecidos a los de Van Immerseel: interesantísimas las irisaciones de la brisa sobre la superficie marina, pero globalmente la tendencia a la ingravidez –hay incluso algún detalle más bien relamido– puede disgustar a nuestra sensibilidad actual, además de resultar inconveniente a la hora de equilibrar los planos sonoros. ¿Seguro que a la “manera moderna” Debussy no suena de manera más satisfactoria? En cualquier caso, si los intérpretes más ortodoxos miran hacia el colorido sensual de un Monet, Boulez hacia el mundo del puntillismo y Sinopoli a la angulosidad y la intensidad cromática del fauvismo, no sé por qué vamos a rechazar que Roth lo haga hacia la levedad de un Renoir. Y no se puede discutir que Roth le pone ganas al asunto y domina los recursos mejor que so colega antes citado. Excelente la grabación, realizada en Roma. (8)

 

 

58. Dudamel/Filarmónica de Viena (DG, Schönbrunn 2012). La gran virtud de esta interpretación eminentemente impresionista no es tanto el refinamiento tímbrico –muy notable– como la sensualidad de un fraseo ondulante y voluptuoso, dotado de una importante flexibilidad que se ve bien acompañada por un excelente tratamiento de las transiciones. No obstante, se echan en falta un mayor equilibrio entre los planos sonoros –lo que posiblemente se debe a la toma en vivo– y algo más de nervio y garra en algunas secciones, sobre todo en el final. (8)

 

59. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). El maestro letón ofrece una lectura no especialmente poética ni sensual, poco contemplativa pese al especialmente extático arranque y al muy conseguido episodio de calma ante de la tempestad final. La suya es, ante todo, fresca e inmediata, llena de nervio en el buen sentido, vibrante y con garra, de tímbrica variada e incisiva. Además, se encuentra dicha con un refinamiento y una finura por completo alejadas de lo preciosista y, por descontado, está tocada de fábula por una orquesta cuyos primeros atriles se muestran perfectos en estilo y expresión. Lástima que la toma sonora sufra un poco de compresión dinámica. (9)

 

60. Dudamel/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 2013). Aunque el enfoque sigue siendo sensual e impresionista ante todo, en esta recreación el maestro venezolano parece alcanzar mayor incandescencia que el año anterior con la Filarmónica de Viena; por ejemplo, en la sección central del segundo movimiento, en el tempestuoso arranque del tercero y en todo el final, aun sin ser este el más visionario posible. La toma sonora también es superior, así que esta parece la opción adecuada para ver conocer el acercamiento de Dudamel a la partitura. (9)

 

61. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). Recreación en la misma línea que la grabada por idénticos intérpretes diez años antes para EMI, esto es, descriptiva antes que poética, colorista antes que sensual, pero de un virtuosismo y una precisión asombrosas, de excelente trazo global al tiempo que enorme atención al detalle –sobran algunas indicaciones algo preciosistas– y una comunicatividad irresistible. ¿Algo superficial? Puede, pero el resultado engancha por completo. Disponible aquí. (9)

62. Gatti/Royal Concertgebouw (Blu-ray RCO y YouTube, 2017). Curvilínea, brumosa y sensual mucho antes que incisiva o electrizante la lectura de un Gatti que modela a la orquesta con enorme refinamiento y domina de maravilla las transiciones con la intención de moverse dentro de la más estricta ortodoxia impresionista, pero que a veces bordea el tópico y resulta un punto más evanescente de la cuenta, incluso algo blando. Si la versión se lleva el 9 es por la orquesta, probablemente la ideal para esta obra –preferible a Berlín o Viena– por su maleabilidad asombrosa, por su extrema depuración sonora y por la capacidad de sus integrantes de escucharse unos a otros y conseguir el empaste exacto que demandan los pentagramas. Excelente la calidad audiovisual. (9)

63. Barenboim/WEDO (Medici TV, 2018). Una lectura reflexiva, concentrada y sensual, mucho antes atmosférica que arrebatada, que sobresale ante todo por el carácter flexible y orgánico de un fraseo en el que el maestro parece querer demostrar que, como decía en referencia a Furtwängler, la dirección de orquesta no consiste sino en el arte de la transición. Diría que todavía esta recreación con la WEDO –por cierto, formidable la jiennense Cristina Gómez Godoy–, más personal y creativa que las anteriores, ha avanzado más aún en ese sentido: siendo cierto que en el tercer movimiento se echan en falta electricidad y carácter visionario, la resolución de todas las transiciones –en realidad, cada uno de los movimientos está concebido como una única transición– ofrece una minuciosidad en la planificación (¡qué increíble técnica de batuta!) y una magia poética que quien escribe estas líneas ha escuchado en pocas, poquísimas interpretaciones de esta obra maestra. Disponible aquí. (10)

 

64. Heras-Casado/Philharmonia (Harmonia Mundi, 2018). El maestro granadino se muestra muy certero desde el punto de vista estilístico, pues este es un Debussy que no se queda en ingravideces, en ensoñaciones ni en colores pastel. La orquesta está tratada con el punto de levedad que le corresponde, los pasajes estáticos están bien paladeados y la sonoridad sabe difuminarse, pero también hay músculo, hay tensiones y se despliegan timbres incisivos que alejan esta música del tópico. El fraseo sabe ser flexible y curvilíneo sin perderse en florituras ni descuidar el trazo. Por desgracia, Heras-Casado evidencia una inspiración irregular. Nos encontramos con un primer movimiento muy bien trazado, más extrovertido que reflexivo, pero con alguna frase dicha un tanto de pasada; en general, se echa de menos un punto adicional de sensualidad y de magia poética, mientras que el clímax conclusivo resulta más ruidoso que extático. El segundo es magnífico, sobre todo por su mágico tratamiento de las texturas, aunque alguna frase de los violines no se termina de oir bien. La impresión de que los planos sonoros no están del todo trabajados se incrementa en un tercero en el que determinadas líneas de las maderas pasan desapercibidas, como si el maestro estuviera más interesado en el trazo global, admirablemente sostenido, que en clarificar las texturas. Eso sí, el colorido es muy rico y la página avanza con decisión hasta una coda en la que Heras-Casado muestra lo peor de sí mismo: vulgar, grueso y hortera. Excelente la grabación. (7)

 

65. Nézet-Séguin/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2019). La absoluta continuidad en el trazo es la gran virtud de la que hace gala el maestro canadiense en esta interpretación increíblemente bien planificada -pocas se le pueden comparar en este sentido- a la hora de jugar con la agógica y con la dimica, resolviendo de manera perfecta todas las transiciones, tensando y destensando con absoluta naturalidad las líneas de fuerza, gatanrizando tanto la concentración de los pasajes más introvertidos como la fuerza de los más vistosos y, a la postre, desarrollando la obra con un único y fluido trazo de pincel, tal y como las olas del mar ven y vienen en un único y constante movimiento. Por lo demás, la batuta alcanza un admirable punto de encuentro entre el músculo de la formación alemana y la levedad que exige este repertorio, y aborda la página desde una impecable ortodoxia de estilo en la que se alcanza el equilibrio entre estatismo y dinamismo, entre lo contemplativo y lo violento. Es quizá por eso por lo que a Nézet-Séguin se le puede echar en falta un punto de vista más personal, incluso mayor implicación expresiva, quedándose lejos del carácter visionario de un Muti, de la poesía de Barenboim en su recreación al frente de la WEDO o de la magia tímbrica de un Celibidache, pero la increíble labor de la orquesta alemana compensa estas relativas insuficiencias y redondea una recreación de gran altura. La filmación, disponible aquí, se ofrece en formato 4K. (9)

Concierto para piano nº 2 de Rachmaninov: discografía comparada

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