Acudí acompañado por mi madre a Madrid para presenciar la segunda de las tres funciones en las que Plácido Domingo interpreta el rol titular del
Simon Boccanegra que anda estos días ofreciendo el Teatro Real. Canceló Angela Gheorghiu tras una primera función en la que, según todos los testimonios, evidenció una considerable inseguridad: otro testimonio más –y van- de la total y absoluta falta de profesionalidad de la diva rumana. Tenía morbo escucharla, pero al final se terminó agradeciendo su ausencia porque Inva Mula, que cantaba en ese primer reparto que debería haber protagonizado un Carlos Álvarez aún en reposo, se mostró dispuesta a sustituir a la rumana, y lo hizo muy bien. En cualquier caso la noche fue, como no podía ser de otra manera, del inmenso Plácido Domingo.

La crítica
La producción escénica ya se había visto en Madrid. Por lo visto el rojo de entonces ha sido sustituido ahora por un purísimo blanco marmóreo. De mármol de Génova, por descontado. Y de gran belleza: enorme acierto del escenógrafo Michael Scott. La dirección escénica del irregular Gian Carlo del Monaco (¡qué diferencia con sus soberbias realizaciones en Hoffmann o Fanciulla!) no valía un pimiento. Y me refiero a los movimientos de masas y a los personajes secundarios, claro, porque me consta que a los miembros del segundo reparto –o sea, el que comentamos- no se dignó a dirigirlos y tuvieron que improvisar. Al menos fue una dirección de esas “que no molestan”, lo que dados los tiempos que corren ya es bastante.

Jesús López Cobos ofreció el Verdi que acostumbra: flácido, aburrido y sin el menor estilo. Encima en el prólogo y en el primer acto hubo detalles de cursilería (ay, esos violines) bastante deplorables. Luego se mostró expresivamente más centrado, pero las inmensas bellezas de la genial y aún hoy bochornosamente infravalorada partitura no salieron al flote. La orquesta tuvo una noche digna, solo eso, y al coro Intermezzo (esposa del Presidente de Gobierno incluida) lo encontré mejor que en otras ocasiones.
A Inva Mula me parece que es la primera vez que la escucho en directo. La voz no es grande pero sí muy bien timbrada. Canta con enorme gusto y correcto estilo. Además se arriesgó, y lo hizo hasta el punto de tener un par de resbalones perfectamente perdonables. Un poquito más de entrega expresiva no le hubiera venido mal a su algo sosa Amelia, pero aun así firmó un trabajo muy estimable desde todos los puntos de vista.
Ferruccio Furlanetto está mal de voz, ya lo sabemos. Su canto es bronco y está lastrado por no escasa tosquedad. Pero se cree el personaje, lo canta con mucha entrega y consigue además que suene a Verdi; desde luego lo prefiero antes que a voces más sanas pero planas en lo expresivo. Marcello Giordani, excelente y adecuadísimo instrumento en manos de un intérprete generoso en el agudo, ofreció un dignísimo Gabriele Adorno al que le faltó algo de técnica para apianar y matizar como es debido... y para mantenerse siempre afinado. Y Ángel Ódena me sorprendió muy gratamente: su Paolo es lo mejor que le he escuchado hasta ahora.

Del Simone de Plácido solo puedo decir que no lo cambio por ningún barítono, ni de antes ni de ahora. Por descontado que se puede tener una voz mucho más adecuada para el personaje; al menos en lo tímbrico, claro, porque las notas, aunque con alguna trampa para las más graves, las dio. Pero me resulta difícil imaginar un Simone más comunicativo y más sincero. Su canto fue de una belleza y de una emotividad difícilmente comparables. Todo ello con una voz que sigue estando en condiciones admirables, con una dicción ejemplar y con un estilo italiano a más no poder. Y encima, aun sin ser un gran actor, moviéndose como un auténtico señor de la escena, con clase y sin la menor concesión al divismo. La escena final fue de las que te ponen el corazón en un puño, y nos retrotrajo a todas esas grandes escenas culminantes que en sus diferentes personajes el tenor madrileño nos ha ofrecido a lo largo de su prolongadísima carrera. Por cierto, vaya castañazo que se quiso pegar a la hora de la muerte: aunque le pusieran un acolchado en el vestido a tal efecto, semejante riesgo solo lo corren los artistas que llevan el teatro en la sangre.
La crónica
La velada fue más, muchísimo más que una buena representación de Simon Boccanegra. Fue, por fin, el gran, enorme, apoteósico y largamente merecido triunfo de Plácido Domingo en su ciudad natal. El triunfo que tanto tiempo le han negado los estirados que le criticaban su comercialidad, su interés por el dinero y –sobre todo- su fama: ya se sabe que lo que le gusta a las masas no es para los “exquisitos”. El triunfo que le ha negado esa legión de beckmesseristas que, empeñados en defender las presuntas esencias de no se sabe muy bien qué tradición canora, han antepuesto una limitación del agudo por aquí, una escasez de recursos belcantistas por acá o una técnica presuntamente poco refinada por más allá, ante lo que es un arte inmenso en el que lo más importante, la correcta interpretación del personaje y la emoción sincera a la hora de construirlo, le han convertido en el tenor más aplaudido de los últimos cincuenta años.

Se aplaudió mucho la noche del domingo. Más de veintitrés minutos pude cronometrar. La Reina Doña Sofía estuvo de pie aplaudiendo a rabiar todo ese tiempo. El público bramaba como yo jamás he visto. Se vitoreó a todos, pero con Plácido se desató la histeria colectiva. No dudo que la recuperación del cáncer tuviera bastante que ver con semejante muestra de afecto, como también la excelencia de su Simone, pero el asunto fue mucho más allá: ha sido, por fin, la rendición del pueblo de Madrid ante el arte de Domingo. El tenor salió al balcón a saludar al público que se concentraba ante una pantalla gigante colocada en la Plaza de Oriente. Cantó el chotis “Madrid, Madrid…” a capella y luego aquello de “Campeooooooooooooooooooones, campeooooooooooooooooooooones, oeeeeeee ooeeeeeeeeeeeeeee oeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee”: no soy precisamente entusiasta del fútbol, pero me enterneció verle tan eufórico –y por ende tan juvenil- ante la multitud.
Sufrimos más de media hora de espera en los camerinos porque Domingo se entregó a una entrevista televisiva. Luego, como en él es costumbre, estuvo firmando autógrafos y sacándose fotos con todos cuanto se lo pedíamos. Con una visible cara de agotamiento, sí, pero poniendo su mejor sonrisa cuando saltaban los flashes. Cuando salió por la puerta de artistas le esperaba otra multitud. Aplausos, gritos, flashes, ovaciones… Juro que había señoras llorando. Más autógrafos. Más fotos. A la una menos cinco de la madrugada se despidió de un público que no dejaba de aplaudir y –ni la limusina de la Gheorghiu ni leches- subió la calle arriba flanqueado por sus guardaespaldas. Creo que Plácido no olvidará fácilmente esa noche. Nosotros tampoco.
Ah, la grabación radiofónica se puede obtener en el blog de Nina la Pazza (enlace).
PS. En un principio escribí que la producción de Del Monaco también se había visto en Valencia. En realidad se trató de una producción propia del Palau de Les Arts a cargo de Lluis Pasqual. Ya lo he corregido en el texto. Mil perdones.