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miércoles, 4 de enero de 2023

El sombrero de Tres picos por López Cobos

Sigo buscando, sin éxito, un disco realmente grande de Jesús López Cobos en su etapa de la Sinfónica de Cincinnati. Esta vez ha tocado El sombrero de tres picos que grabó en 1987. Me ha parecido irregular, aunque siempre partiendo de un buen nivel: tras unos “oles” equivocadamente marciales, el maestro zamorano ofrece virtudes tan importantes como la finura con que trata a la orquesta –que no es nada del otro jueves–, la manera de combinar sonoridades mórbidas e incisivas y un excelente pulso rítmico.


 

Ahora bien, se aprecian irregularidades, de tal modo que frente a una Tarde soleada y sensual, pero por momentos algo sosa, encontramos unas seguidillas dichas con apresuramiento –sin atmósfera, aunque reveladora en su incisividad de texturas–, una magnífica sección nocturna, un enfrentamiento con el Corregidor lleno de mordacidad y una jota final escandalosa, incluso hortera, que busca el aplauso del público norteamericano. Bien a secas Florence Quivar.

La suite Homenajes me ha parecido francamente espléndida. En cuanto al interludio y danza de La vida breve, aplíquense las mismas virtudes relacionadas para El sombrero salvo para la sección marcada Allegro pesante, en la que tanto él como otros maestros –en directo se la he sufrido intensamente a Dudamel y a Pedro Halffter– hace el ridículo. Que no, señores, que eso no es el flamenco.

Al final voy a tener que quedarme con la soberbia recreación de la Sinfonía de Arriaga como legado discográfico más memorable del de Toro.

Jesús López Cobos y la crítica: todo queda en casa

Después de página y media enumerando el largo currículo y el amplio repertorio de Jesús López Cobos (1940-2018), Enrique Pérez Adrián y Rafael Ortega Basagoiti terminan su entrada sobre el maestro zamorano con las siguientes líneas.

“López Cobos protagonizó dos salidas, digamos, problemáticas, sin duda muy a su pesar. La etapa de la ONE, según él mismo reconoció, no fue feliz (…). La otra fue la salida del Teatro Real, en 2010, por la decisión de fichar a Gerard Mortier como director artístico, que terminó con la salida tormentosa del tándem que López Cobos formaba con Antonio Moral, y la más que discutible decisión de dejar a la Sinfónica de Madrid, por primera vez en su historia, sin director titular. Que esto haya redundado en un mejor rendimiento de la orquesta desde su marcha es, desde luego, más que discutible. El maestro zamorano expresó con claridad (y argumentos bastante contundentes) su rechazo a las gestiones del nuevo presidente del Teatro Real, Gregorio Marañón Beltrán de Lis. Curiosamente, éste ha guardado silencio todo este tiempo hasta la publicación reciente de sus memorias, donde ni López Cobos ni Moral salen bien parados, aunque el zamorano ya no está en el mundo de los vivos para poder defenderse de las acusaciones”.

Creo que tengo derecho, ya que me he gastado los 34,50 euros que cuesta el libro Música, Maestro. De Mahler a Dudamel. La evolución de la dirección de orquesta y sus principales nombres del que sale el texto en cuestión, a hacer algunas puntualizaciones.

1) Frecuenté el Teatro Real durante la etapa de López Cobos y la de Mortier. Con independencia de que algunas de las producciones escénicas que propuso el belga me parecieran un horror, aprecié una considerable mejoría en el nivel de los cuerpos estables tras la marcha de López Cobos y la llegada de batutas categoría hasta entonces apenas conocida en el coliseo madrileño. Aunque Pérez y Ortega afirmen lo contrario (“Que esto haya redundado en un mejor rendimiento de la orquesta desde su marcha es, desde luego, más que discutible”), la sensación positiva fue generalizada –basta leer las críticas y los foros de la época–, y de ello es prueba esta entrevista en la que el de Toro afirma alegrarse mucho de “los progresos que está realizando”.

2) A López Cobos le escuché soberbias interpretaciones de Diálogos de Carmelitas de Poulenc y de Salomé de Strauss. El resto me pareció pura rutina: todo en su sitio y, muy probablemente, una admirable atención a los cantantes venida por su larga experiencia en importantes fosos operísticos, pero a nivel expresivo manteniéndose en una evidente grisura. Muy poco para lo que se debía exigir a una batuta que cobraba una auténtica fortuna.

3) Gerard Mortier afirmó que López Cobos trabajaba poco con la orquesta, y que por eso "tuvieron que echarle", en polémicas declaraciones (leer aquí) que le supusieron una demanda por parte de López Cobos. Pérez y Ortega echan las culpas a su desacuerdo con las gestiones de Marañón. Lo cierto es que en la entrevista antes citada el maestro decía exactamente esto: “yo quise dejar la titularidad porque sabía que había llegado el momento de ceder la responsabilidad a otros para hacer música”.

Mi opinión personal está clara: creo que López Cobos nunca debió ser nombrado titular del Real, que cobró una fortuna por rendir poco y que tanto su marcha como la de Antonio Moral fue una suerte. Y también pienso que el fallecimiento de Mortier, con los muchos reparos que a ese señor se le podían poner, fue una desgracia artística.

Un par de detalles.

a) Enrique Pérez Adrián y Rafael Ortega Basagoiti son veteranísimos colaboradores de Scherzo, el primero de ellos desde el número uno, diciembre de 1985. ¿Fundador de la revista? Antonio Moral.

b) En otra entrada (aquí) ya he comentado las enormes ausencias que se aprecian en Música, Maestro: no cuentan con su corespondiente entrada nombres tan importantes como los de Leppard, Maag, Prêtre, Ozawa, Plasson, Dutoit, Eschenbach, Tate o Luisi, pero sí lo hacen muchas batutas de escaso currículo. Entre ellas, la de François López-Ferrer, un señor sin un solo disco cuyo máximo logro (leer currículo oficial) es haber sido nombrado asistente de la Sinfónica de Cincinatti, la orquesta que fue durante muchos años de Jesús López Cobos, quien fue ni mas ni menos que… ¡su padre! Pero eso no lo especifican en el libro.

Todo queda en casa.

Y ahora, permítanme que comparta un recuerdo. Allá por 2002 le escuché a López Cobos al frente de la Sinfónica de Sevilla un Sueño de verano de Mendelssohn por completo infumable, flácido, blando y suavón hasta decir basta. A la salida, le vi irse –a cenar, supongo– con uno de los más peligrosos, intrigantes y traicioneros críticos musicales al sur de los Pirineos. En la reseña correspondiente le puso por las nubes. ¿Estarían los dos preparando el aterrizaje en el Palau de Les Arts que nunca se produjo? Lo que parece claro es que no hay nada como llevarse bien con los críticos bien posicionados.

sábado, 24 de diciembre de 2022

Iberia por López Cobos: olvide este disco

En busca de un disco de Jesús López Cobos para recomendar en el libro que traigo entre manos, he dedicado la mañana a escuchar su Iberia de Albéniz registrada para Telarc en mayo de 1997. Tiempo perdido. No recordaba que la orquestación realizada por Fernández Arbós de cinco de los números fuera tan floja. La del resto, responsabilidad de Carlos Suriñach, es todavía más fea. Y la batuta del maestro zamorano no hace nada por remediarlo: el CD está destinado al público estadounidense, así que hay que amoldarse a lo que allí esperan de lo español. Tampoco es que la Sinfónica de Cincinnati sea ninguna maravilla, la verdad.

¿Conclusión? Los experimentos, con gaseosa. Olvide este disco y escuche la obra maestra de Albéniz por Alicia de Larrocha, Alicia de Larrocha y Alicia de Larrocha. Y también por Esteban Sánchez. En cuanto a López Cobos, entiendo que los críticos y gestores que eran sus amigos personales tengan que seguir escribiendo cosas bonitas sobre él, pero a estas alturas bien que va haciendo falta una revisitación de su verdadero talento.

viernes, 30 de enero de 2015

Ravel por López-Cobos: buen estilo y poco más

Estos días ando buceando un poco –en el poco tiempo libre del que dispongo últimamente– por el universo interpretativo raveliano. Así he llegado a este compacto registrado en marzo de 1988 para el sello Telarc en el que Jesús López-Cobos se pone al frente de la Sinfónica de Cincinatti para dar buena cuenta de su incuestionable sintonía con el universo francés en general y con la música de Maurice Ravel en particular, pero también de esas limitaciones como intérprete que bien conocemos los que le escuchamos con cierta asiduidad en su gris etapa en el Teatro Real.

Ravel Lopez Cobos

Realmente jubilosa la Alborada del gracioso, llena de vida y de alegría, rutilante en una introducción que subraya con propiedad los rasgos guitarrísticos de la orquestación, pero que pasa por completo de largo ante las posibilidades poéticas de la sección central y termina siendo algo escandalosa en el tercio final, circunstancia a lo que no es ajena una toma sonora que acentúa los rasgos más tópicamente españoles de la obra.

De la Rapsodia española el maestro zamorano ofrece interpretación bien trazada, cuidadosa y dicha con buen gusto, pero un tanto escasa de atmósfera, de sensualidad y de vuelo poético. También bastante impersonal, a decir verdad. Y es que los efectismos de la toma no pueden ocultar la etiqueta de “Made in USA”.

Notable los Valses nobles y sentimentales: sin duda las maneras de hacer del maestro zamorano le hacen sentirse como pez en el agua en esta obra que demanda elegancia, refinamiento, colorido delicado y levedad bien entendida, al tiempo que cierto sentido de la ensoñación, pero aun así se queda algo corto tanto en elevación poética como en variedad expresiva.

La valse se encuentra dicha con propiedad y excelente gusto, con sentido de la elegancia francesa pero sin pasarse en evanescencias. Tampoco en efectos de cara a la galería, menos mal. Eso sí, quitando algún detalle creativo muy aislado que no termina de convencer, el resultado es un tanto impersonal, incluso rutinario, carece del suficiente misterio y no ofrece mucho arrebato en los clímax; también se echa de menos una arquitectura de tensiones y distensiones más trabajada. De nuevo se ponen en evidencia las desigualdades de la toma: los graves son impresionantes pero la atmósfera es algo turbia.

El Bolero, finalmente, conoce una muy notable recreación, francesa en el tradicional sentido del término, curvilínea y generosa con los glissandi, aunque los solistas no terminen de unificar criterios. La batuta lleva el tempo con absoluta precisión y planifica bien el crescendo, con algún escalón algo más evidente de la cuenta pero en cualquier caso efectivo, hasta llegar a un final con suficiente fuerza en el que, lástima, sobra algún efectismo. La amplia gama dinámica de la toma sonora –aquí sí que termina de convencer– contribuye a la bondad de los resultados.

martes, 18 de febrero de 2014

López Cóbos y Steinbacher con la Nacional

Sabiendo lo que me suelen aburrir las maneras del maestro zamorano, se preguntará el lector cómo es posible que el firmante de estas líneas acudiese al concierto de la Orquesta y Coro Nacionales de España del pasado domingo 16 –la tarde anterior había estado escuchando Curro Vargas en el Teatro de la Zarzuela– bajo la dirección de Jesús López Cobos. La explicación es fácil: un programa que me gustaba muy especialmente, que ofrecía además la oportunidad de escuchar en directo Maqbara, página que le encargó esta misma formación a José María Sánchez-Verdú y fue estrenada bajo la batuta de Pedro Halffter en 2000. Yo la escuché por primera vez en Sevilla precisamente con López Cobos, además del solista de voz al que estaba destinada la pieza, mi admiradísimo Marcel Pérès (al que aproveché para hacerle una entrevista).


Ahora Maqbara me ha gustado incluso más que antes: el tiempo le ha sentado muy bien a este “Epitafio para voz y orquesta” en el que susurros, lamentos, escalofríos, llamadas de socorro, ráfagas de terror, respiraciones agitadas y pulsos intermitentes se entremezclan con poesías de Omar Jayyam (s. XII) y Adonis (n. 1930) –en la voz tanto de solistas del coro como de la voz árabe de la que se encarga el citado Pérès– para crear un tan fascinante como macabro tejido sonoro lleno de fuerza expresiva. El compositor algecireño ha desarrollado algunas de las ideas aquí presentes en obras posteriores con mayor o menor éxito, pero quizá no haya conseguido aún superar la sinceridad, concisión y garra dramática de esta página que puede ya ser considerada como toda una obra clásica en su terreno. López Cobos, que la ama profundamente (fue él quien la sugirió en Sevilla y la ha vuelto a sugerir en Madrid) la defendió volcando en ella todo su talento y ofreció una lectura de enorme tensión sonora, muy bien recreada en lo técnico por la orquesta y con la siempre bienvenida presencia de un Pérès al que, en cualquier caso, me pareció encontrar algo fatigado en lo vocal.

La nota negativa la puso un miembro del público que se apresuró a aplaudir sin dejar pasar siquiera un segundo (literalmente: lo he comprobado al pasarme a CD la transmisión radiofónica) desde el último acorde. Si a esa persona la página de verdad le gustara tantísimo como pretendía hacernos ver, sabría bien que en toda obra musical el silencio tiene un peso específico importante, y que en la creación de Sánchez Verdú, para concretar, es absolutamente fundamental. Tan importante incluso como el sonido: el acongojante final de la obra quedó destrozado.


A continuación, una página que me hiere el corazón de manera muy especial: el Concierto para violín nº 1 de Prokofiev, al que dediqué no hace mucho una comparativa discográfica en este blog. Aquí López Cobos, a despecho de la belleza feérica que consiguió en el final de la obra, se mostró flácido, aburrido y sin estilo. Por fortuna la solista era la bellísima y excelente Arabella Steinbacher, de quien un servidor había escuchado ya una interpretación de la obra, transmitida vía radiofónica y disponible en vídeo en la web de Arte, del pasado 7 de febrero junto a Andrés Orozco-Estrada (tiene también un CD con Vasily Petrenko, que desconozco). Su sonido es precioso, tanto en el registro agudo como en un grave especialmente cálido y sensual; su agilidad es enorme y admirable la variedad de colores que sabe extraer de su Stradivarius. Armada de semejantes virtudes y en todo momento atenta a ofrecer matices expresivos, Steinbacher ofreció una interpretación no en la línea “dura” sino más bien en la lírica y ensoñada, y si hay que ponerle algún reparo es, además de alguna que otra frase un tanto artificiosa, que no alcanzase la incandescencia que sí han logrado otros solistas (ver la referida comparativa) bajo este mismo prisma. La propina madrileña fue la misma que la de Frankfurt: preludio de la Sonata nº 2 de Eugène Ysaÿe. Admirable.

  
Cuadros de una exposición en la segunda parte. Visión más tirando a Mussorgsky que a Ravel la de López Cobos, lo que no suele ser lo habitual y es muy de apreciar. El maestro, además, desplegó su enorme técnica de batuta frente a una Nacional rendida a sus pies y obtuvo una respuesta formidable: obviamente no hablamos de la Sinfónica de Chicago, ni siquiera de la Orquesta de la Comunidad Valenciana, pero ya nos gustaría que la ONE sonara siempre así. Ahora bien, desde el punto de vista expresivo fue una interpretación ante todo vistosa y un tanto de cara a la galería, basada más en la teatralidad, la inmediatez y los contrastes que en el refinamiento, la poesía o el matiz expresivo: funcionaron magníficamente unos números (Limoges, Baba-Yaga), otros resultaron más bien vulgares (Bydlo, Gran puerta de Kiev) y otros se quedaron en una muy digna corrección, pero desaprovechando las posibilidades de esta increíble música. López Cobos pensaría como cuando era titular del Real: si me van a pagar una pasta por hacer las cosas a medias, ¿para qué esforzarme más?

martes, 18 de diciembre de 2012

Batiashvili y López Cobos con la OCNE

No me pasé la mañana del domingo 16 de diciembre por el Auditorio Nacional de Madrid a escuchar el programa semanal de la OCNE movido por la batuta de Jesús López Cobos, ese señor que se ha hecho rico a costa del erario público ofreciendo grandes dosis de rutina en el foso del Teatro Real, sino por otras dos cuestiones: escuchar por fin en directo esa obra tan fascinante como infrecuente que es Las campanas de Rachmaninov y ver qué da de sí uno de los últimos fichajes en exclusiva de la Deutsche Grammophon, la aun joven Lisa Batiashvili.

El atractivo del programa había hecho que se agotaran las entradas semanas atrás, pero por fortuna pude comprar una en la puerta de las de nueve euros. Casi al final del piso superior del recinto, por cierto, lo que me dificultó concentrarme en la música –además había un público particularmente insoportable en lo que a toses y caramelitos se refiere- al tiempo que me ofreció una muy buena acústica, sin duda arriba con mejor empaste y más naturalidad que abajo. También me permitió comprobar qué volumen alcanza en directo la violinista georgiana: se le escuchaba sin problema alguno a pesar de ofrecer un sonido más bien dulce y delicado.

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En cualquier caso, lo que importa es el grado de musicalidad alcanzado por esta chica, que a mí me parece que es muy alto pese a no compartir del todo su manera de ver la música. Lo diré de otra manera: se pueden preferir lecturas más rústicas, dramáticas e incandescentes del Concierto para violín de Tchaikovsky, pero difícilmente se las puede escuchar igual de hermosas por sonido y por fraseo sin que el solista caiga –es lo que le ocurre a la Mutter en su lamentable interpretación con Previn- en el narcisismo, la blandura o el amaneramiento. Ni que decir tiene que de agilidad digital Batiashvili anda sobrada, lo que le vino particularmente bien en el último movimiento, aunque yo me quedaría con la cálida y bellísima cantabilidad de que hizo gala en el Andante central. El triunfo entre el respetable fue grande y merecido, lo mismo que la cola durante el intermedio para firmar discos.

López Cobos dirigió la partitura como era de esperar, es decir, ofreciendo enorme corrección técnica pero con horchata en lugar de sangre. Ahora bien, abriendo el programa se encargó de la Suite nº 4, mozartiana, del mismo Tchaikovsky, y esa obra la hizo de manera sobresaliente, porque ésta no demanda el pathos que el de Toro raramente es capaz de ofrecer, pero sí que permite lucir las virtudes de su batuta: elegancia, refinamiento, cierta coquetería, buen empaste, equilibrio polifónico y capacidad para la delectación melódica. Otra cosa es que la partitura diste de ser lo mejor de su genial autor.

¿Y Las campanas? Hombre, pues la lectura del maestro zamorano no fue precisamente la de Previn o la de Ashenazy (¡portentosas ambas!), pero hay que reconocer que no solo concertó de manera admirable sino que además supo paladear las melodías con delicadeza y concentración, evitar los excesos decadentistas y alcanzar un buen equilibrio entre lo lírico y lo dramático; para ser excepcional le hubiera hecho falta un colorido más rico e incisivo, mayor tensión dramática y un sentido atmosférico más desarrollado. Dignísimo el Coro Nacional de España bajo la dirección de Joan Cabero, y algo desequilibrado el trío vocal: al tenor José Ferrero no se le oía bien desde mi butaca –amigos del artista absténganse de enviar anónimos a este blog-, la soprano Nicoleta Ardelean estuvo espléndida y el barítono Alexey Tikhomirov realizó un irreprochable trabajo. Por cierto, aunque es verdad que hay que recortar gastos y reducir las hojillas al mínimo, en el programa de mano bien se podían haber incluido los poemas de Edgar Allan Poe en la última página. ¿No es eso mucho más útil durante el concierto que tener noticia de los próximos eventos?

lunes, 7 de noviembre de 2011

López Cobos y la ONE, un reencuentro con mucho ritmo

Se preguntarán ustedes por qué me decidí a acudir al concierto del pasado sábado 5 de octubre si tengo en muy poca estima el trabajo –rutinario, gris y escandalosamente bien remunerado- realizado por Jesús López Cobos durante los últimos siete años en el Teatro Real. Pues miren ustedes, en parte porque cada cierto tiempo necesito una dosis de sinfonismo en directo, en parte porque tenía mucho morbo el reencuentro entre el maestro de Toro y la Orquesta Nacional de España transcurridos nueve años desde su última visita, todo ello en torno a un programa muy bien diseñado en torno a la danza y el mundo latinoamericano, un nexo que terminaba de subrayar la presencia del pianista dominicano Michel Camilo. Al final fue un buen concierto, por momentos más que eso.

Lopez Cobos OCNE 2011

Se abrió el programa con las Impressioni brasiliani de Respighi, una obra que vale muy poco pero que López Cobos supo interpretar con refinamiento, sensualidad y elegancia, muy desde la óptica francesa, lo cual no me parece ningún sinsentido porque le permitió enlazar con la propuesta temática realizada por Josep Pons para esta temporada: París, 1900. Solo en el tercer y último número de la obra eché de menos la chispa y brillantez que la partitura parece requerir. Más estimulante me resulta la Bachiana brasileira nº 3 de Heitor Villa-Lobos, escrita para piano y orquesta en 1938. De nuevo acertó el zamorano, ofreciendo un buen sentido de la arquitectura y controlando a un Michel Camilo que abordó la obra con adecuada seriedad, sin precipitarse en ningún momento.

Las cosas no funcionaron tan bien, ya en la segunda parte, con la Rhapsody in Blue, precisamente porque el solista sí que de dejó aquí llevar –ocurrió ya en su grabación junto a Martínez Izquierdo para Telarc- por su temperamental personalidad e intentó hacer propia una música que obviamente no es suya, sino de Gershwin: sobró nervio y se echó de menos cantabilidad en una recreación sin duda trepidante, vitalista y con mucha garra, pero lejos del ideal. Arrebatadoras la dos propinas: Camilo se interpretó aquí a sí mismo haciendo gala de ese increíble sentido del ritmo que le caracteriza, y aunque en más de un momento la precipitación (¿para qué tantas prisas?) le jugó alguna mala pasada, fue difícil resistirse ante tan asombrosa exhibición de temperamento. La batuta realizó un buen trabajo y los solistas de la orquesta –no así la sección de metales en su globalidad, que sonó regular- acertaron por completo con el estilo.

Lo mejor de la noche vino con Falla, concretamente con las dos suites de El sombrero de tres picos. Hizo en ella López Cobos gala de lo que generalmente le falta: luminosidad, alegría, color, entusiasmo y un vitalista sentido del ritmo, todo ello trabajando con solidez la arquitectura y obteniendo un digno –solo eso- rendimiento de la orquesta. Un poquito más de calma en las seguidillas y en la jota final –trepidante pero un tanto de cara a la galería- no le hubieran venido nada mal. Sea como fuere, una recreación con la que todos nos lo pasamos estupendamente.

Para terminar, dos cositas para López Cobos: felicitarle por haber superado el cáncer de riñón (me he enterado por el ABC) y recomendarle que deje de decir tonterías sobre el Teatro Real y su orquesta, porque el tiempo ha demostrado que él no llevaba razón y que su sustitución sin ser reemplazado por titular alguno no solo no ha empeorado el nivel de la Sinfónica de Madrid, sino que lo ha mejorado sustancialmente.

martes, 23 de noviembre de 2010

Plácido Domingo hace zarzuela en Valencia... y no se le oye

Disfruté poco de la “Noche española I” (sic), programada por el valenciano Palau de Les Arts, esto es, la gala de zarzuela protagonizada por Plácido Domingo, Virginia Tola y Jesús López Cobos el 21 de noviembre pasado. Fue así en gran medida por motivos extramusicales, es decir, por el monumental cabreo con que entré tras la gélida espera en la cola del ascensor que ya les comenté en la entrada anterior (enlace). Pero hubo también razones más claramente musicales para que la cosa no me dejara satisfecho, y me refiero a la acústica del Auditori, la sala superior diseñada ex-profeso para conciertos sinfónicos por Santiago Calatrava. Yo hasta ahora había estado en la parte baja de este recinto y no había tenido particulares problemas. En esta ocasión me senté en la penúltima fila de la sala, arriba del todo, y doy testimonio de que a los dos cantantes se les escuchaba bastante mal. Pensé al principio que no tenían una buena noche, pero no era así: en el intermedio diversos melómanos habituales de la casa me comentaron que este era un problema que se venía arrastrando de lejos, y que de hecho en el reciente recital de Juan Diego Flórez muchos echaron de menos un sonotone. En fin, otra chapuza del arquitecto valenciano que los ulteriores acondicionamientos acústicos no han logrado solucionar. Igual que en otros teatros se anuncia a la hora de comprar determinadas localidades aquello de “visibilidad muy reducida o nula”, los de Les Arts deberían vender las filas superiores advirtiendo “acústica muy deficiente, usted verá lo que hace”. Así las cosas, comprenderán ustedes, me fue difícil disfrutar de las voces.

Pero aún quedaba lo peor: Jesús López Cobos. Yo ya sabía por dónde iban a ir los tiros, pues el maestro zamorano ya había dirigido (es un decir) a Plácido Domingo una gala casi idéntica a esta en agosto de 2007, y hace tan solo unos días pude ver el DVD correspondiente. Pero en Valencia lo ha hecho de manera aún más mediocre, es decir, con su habitual sosería, sin chispa, sin estilo, con una total falta de tensión interna, cuadriculado y ajeno a los matices expresivos, pero añadiendo además una buena dosis de cursilería marca de la casa: hacer que el vibrante preludio de El tambor de granaderos resultara repipi y que la Orquesta de la Generalitat sonara con la mojigatería de una banda de ursulinas ya es difícil, ya. El Bateo fue pura rutina, la Danza del fuego no tuvo nada de lo que su nombre indica, y en el intermedio de La boda de Luis Alonso casi eché de menos el chin-pun de Maese Furcio o la gris corrección de García Asesino. Con eso se lo digo todo. La orquesta, con unas trompetas algo despistadas y, eso sí, una concertino excelsa, iba a su aire. Normal. Encima Doña Helga Schmidt se habrá gastado una pasta en traer al de Toro, que no es precisamente un director barato. Espero que, ahora que Mortier no le deja saquear el erario público a quien ha mantenido en la más absoluta mediocridad musical al Teatro Real entre 2003 y 2010, López Cobos no haya encontrado en Les Arts el nuevo lugar donde hacer su agosto.

La argentina Virginia Tola no me convenció, pero hay que dejar muy claro en su descargo que el que desde el mezzoforte para abajo no se la oyera fue posiblemente culpa de Santiago Calatrava. Lo que sí se escuchó no valía gran cosa: una voz de no escasa calidad pero infrautilizada, excesiva en vibraciones, poco matizada y lastrada por una dicción absolutamente ininiteligible. Al menos la soprano argentina le puso al asunto ganas, buen gusto y un cierto salero, particularmente en las carcerelas de Las hijas del Zebedeo. Por cierto que otras músicas se las podía haber ahorrado, porque valían bien poco y no logró lucirse demasiado en ellas.

¿Y Plácido? Pues muy bien, pero relativamente decepcionante. Me explico. La voz, milagrosamente, sigue sin perder la belleza de su timbre (¡a semejante edad!). La dicción es irreprochable. El estilo, inmenso. La comunicatividad, irresistible, llena de emoción y sinceridad en cada una de las sílabas, poniendo siempre el acento justo en el sitio exacto. Y la inteligencia proverbial, dosificando con sabiduría los recursos para ofrecer, ya que no una exhibición de facultades canoras, sí una lección de eso tan indefinible, pero con Plácido tan evidente, que se llama musicalidad. Por descontado, a años luz de sus imitadores, así como de algunos barítonos que lucen instrumento mucho antes que expresión. Que las partituras estuvieran bajadas o subidas de tono, sinceramente, creo que importa poco en semejante contexto.

Lo que ocurre, para qué negarlo, es que al madrileño se le veía cansado. Precisamente por la dosificación de recursos antes citada, no cometió el error de su Siegmund valenciano (donde empezó pletórico para perder fiato progresivamente) y se mantuvo muy prudente en la primera parte de la gala. Quizá demasiado. Plácido nos entregó, quiero insistir en ello, mucho más arte que lo que ofrecen habitualmente otros cantantes con mejores condiciones vocales, pero tampoco vamos a ocultar que el mero placer físico de escuchar una voz utilizada con valentía y arrojo es parte integrante del disfrute lírico. Como además en lo alto de la sala se le escuchaba fatal y el de la batuta dirigió todo el tiempo con alarmante frialdad (una excepción: el “Adiós, dijiste” de Maravilla), la sensación fue que estaba todo funcionando a medio gas. La segunda parte me pareció globalmente mejor, pero al final se confirmó el agotamiento de Domingo: tras un estupendo dúo de El gato montés (arriba les he dejado un vídeo de la página por los mismos cantantes), y pese a que había revuelo de partituras en los atriles y entró furtivamente un clarinete, el tenor hizo claras indicaciones al maestro de que las propinas habían terminado. En Salzburgo ofreció el “No puede ser”. En Valencia no pudo ser. En fin.

miércoles, 28 de julio de 2010

Plácido Boccanegra: triunfo justo y necesario

Acudí acompañado por mi madre a Madrid para presenciar la segunda de las tres funciones en las que Plácido Domingo interpreta el rol titular del Simon Boccanegra que anda estos días ofreciendo el Teatro Real. Canceló Angela Gheorghiu tras una primera función en la que, según todos los testimonios, evidenció una considerable inseguridad: otro testimonio más –y van- de la total y absoluta falta de profesionalidad de la diva rumana. Tenía morbo escucharla, pero al final se terminó agradeciendo su ausencia porque Inva Mula, que cantaba en ese primer reparto que debería haber protagonizado un Carlos Álvarez aún en reposo, se mostró dispuesta a sustituir a la rumana, y lo hizo muy bien. En cualquier caso la noche fue, como no podía ser de otra manera, del inmenso Plácido Domingo.



La crítica

La producción escénica ya se había visto en Madrid. Por lo visto el rojo de entonces ha sido sustituido ahora por un purísimo blanco marmóreo. De mármol de Génova, por descontado. Y de gran belleza: enorme acierto del escenógrafo Michael Scott. La dirección escénica del irregular Gian Carlo del Monaco (¡qué diferencia con sus soberbias realizaciones en Hoffmann o Fanciulla!) no valía un pimiento. Y me refiero a los movimientos de masas y a los personajes secundarios, claro, porque me consta que a los miembros del segundo reparto –o sea, el que comentamos- no se dignó a dirigirlos y tuvieron que improvisar. Al menos fue una dirección de esas “que no molestan”, lo que dados los tiempos que corren ya es bastante.

Jesús López Cobos ofreció el Verdi que acostumbra: flácido, aburrido y sin el menor estilo. Encima en el prólogo y en el primer acto hubo detalles de cursilería (ay, esos violines) bastante deplorables. Luego se mostró expresivamente más centrado, pero las inmensas bellezas de la genial y aún hoy bochornosamente infravalorada partitura no salieron al flote. La orquesta tuvo una noche digna, solo eso, y al coro Intermezzo (esposa del Presidente de Gobierno incluida) lo encontré mejor que en otras ocasiones.

A Inva Mula me parece que es la primera vez que la escucho en directo. La voz no es grande pero sí muy bien timbrada. Canta con enorme gusto y correcto estilo. Además se arriesgó, y lo hizo hasta el punto de tener un par de resbalones perfectamente perdonables. Un poquito más de entrega expresiva no le hubiera venido mal a su algo sosa Amelia, pero aun así firmó un trabajo muy estimable desde todos los puntos de vista.

Ferruccio Furlanetto está mal de voz, ya lo sabemos. Su canto es bronco y está lastrado por no escasa tosquedad. Pero se cree el personaje, lo canta con mucha entrega y consigue además que suene a Verdi; desde luego lo prefiero antes que a voces más sanas pero planas en lo expresivo. Marcello Giordani, excelente y adecuadísimo instrumento en manos de un intérprete generoso en el agudo, ofreció un dignísimo Gabriele Adorno al que le faltó algo de técnica para apianar y matizar como es debido... y para mantenerse siempre afinado. Y Ángel Ódena me sorprendió muy gratamente: su Paolo es lo mejor que le he escuchado hasta ahora.

Del Simone de Plácido solo puedo decir que no lo cambio por ningún barítono, ni de antes ni de ahora. Por descontado que se puede tener una voz mucho más adecuada para el personaje; al menos en lo tímbrico, claro, porque las notas, aunque con alguna trampa para las más graves, las dio. Pero me resulta difícil imaginar un Simone más comunicativo y más sincero. Su canto fue de una belleza y de una emotividad difícilmente comparables. Todo ello con una voz que sigue estando en condiciones admirables, con una dicción ejemplar y con un estilo italiano a más no poder. Y encima, aun sin ser un gran actor, moviéndose como un auténtico señor de la escena, con clase y sin la menor concesión al divismo. La escena final fue de las que te ponen el corazón en un puño, y nos retrotrajo a todas esas grandes escenas culminantes que en sus diferentes personajes el tenor madrileño nos ha ofrecido a lo largo de su prolongadísima carrera. Por cierto, vaya castañazo que se quiso pegar a la hora de la muerte: aunque le pusieran un acolchado en el vestido a tal efecto, semejante riesgo solo lo corren los artistas que llevan el teatro en la sangre.

La crónica

La velada fue más, muchísimo más que una buena representación de Simon Boccanegra. Fue, por fin, el gran, enorme, apoteósico y largamente merecido triunfo de Plácido Domingo en su ciudad natal. El triunfo que tanto tiempo le han negado los estirados que le criticaban su comercialidad, su interés por el dinero y –sobre todo- su fama: ya se sabe que lo que le gusta a las masas no es para los “exquisitos”. El triunfo que le ha negado esa legión de beckmesseristas que, empeñados en defender las presuntas esencias de no se sabe muy bien qué tradición canora, han antepuesto una limitación del agudo por aquí, una escasez de recursos belcantistas por acá o una técnica presuntamente poco refinada por más allá, ante lo que es un arte inmenso en el que lo más importante, la correcta interpretación del personaje y la emoción sincera a la hora de construirlo, le han convertido en el tenor más aplaudido de los últimos cincuenta años.

Se aplaudió mucho la noche del domingo. Más de veintitrés minutos pude cronometrar. La Reina Doña Sofía estuvo de pie aplaudiendo a rabiar todo ese tiempo. El público bramaba como yo jamás he visto. Se vitoreó a todos, pero con Plácido se desató la histeria colectiva. No dudo que la recuperación del cáncer tuviera bastante que ver con semejante muestra de afecto, como también la excelencia de su Simone, pero el asunto fue mucho más allá: ha sido, por fin, la rendición del pueblo de Madrid ante el arte de Domingo. El tenor salió al balcón a saludar al público que se concentraba ante una pantalla gigante colocada en la Plaza de Oriente. Cantó el chotis “Madrid, Madrid…” a capella y luego aquello de “Campeooooooooooooooooooones, campeooooooooooooooooooooones, oeeeeeee ooeeeeeeeeeeeeeee oeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee”: no soy precisamente entusiasta del fútbol, pero me enterneció verle tan eufórico –y por ende tan juvenil- ante la multitud.

Sufrimos más de media hora de espera en los camerinos porque Domingo se entregó a una entrevista televisiva. Luego, como en él es costumbre, estuvo firmando autógrafos y sacándose fotos con todos cuanto se lo pedíamos. Con una visible cara de agotamiento, sí, pero poniendo su mejor sonrisa cuando saltaban los flashes. Cuando salió por la puerta de artistas le esperaba otra multitud. Aplausos, gritos, flashes, ovaciones… Juro que había señoras llorando. Más autógrafos. Más fotos. A la una menos cinco de la madrugada se despidió de un público que no dejaba de aplaudir y –ni la limusina de la Gheorghiu ni leches- subió la calle arriba flanqueado por sus guardaespaldas. Creo que Plácido no olvidará fácilmente esa noche. Nosotros tampoco.

Ah, la grabación radiofónica se puede obtener en el blog de Nina la Pazza (enlace).


PS. En un principio escribí que la producción de Del Monaco también se había visto en Valencia. En realidad se trató de una producción propia del Palau de Les Arts a cargo de Lluis Pasqual. Ya lo he corregido en el texto. Mil perdones.

sábado, 24 de abril de 2010

Milagro en el Real: la Salomé de López Cobos

No tenía previsto acudir a la Salomé del Teatro Real, pero una fuente muy de fiar me aseguró que la dirección de López Cobos, contra todo pronóstico, había sido sensacional, así que decidí exprimir otra vez mi economía -que no está para muchos trotes con tanto viaje- y buscar una entrada de entre lo que quedase. Casi cien euros he pagado una localidad (planta primera, butaca tres en primera fila de palco de entresuelo) con una visibilidad francamente reducida: más o menos un tercio del escenario. Cuando veía a los cantantes, eso sí, los tenía tan cerca que pude percibir a la perfección su gestualidad, pero no me metí en la acción en ningún momento. La orquesta, desde semejante ubicación, sonó con una potencia, una limpieza y una redondez admirables, hasta el punto de que dudo que en toda mi vida vuelva a escuchar así el foso de Salomé. En contrapartida, la voz de los cantantes no me llegaba siempre con corrección, y en el momento en el que estos se encontraban en el lado para mí invisible les escuchaba bastante regular. Téngase todo esto en cuenta porque mi percepción del espectáculo puede verse muy alterada por las referidas circunstancias.


La propuesta de Robert Carsen me gustó sin llegar a entusiasmarme. Los al parecer abundantes abucheos del estreno me parecen injustificados, porque aquí hay teatro, buen teatro, con una excelente dirección de actores y masas, atención a la relación entre música y escena, poca provocación gratuita y muchas buenas ideas, sobre todo en lo que al tratamiento de Herodías se refiere, por lo general un personaje bastante desdibujado para los registas. Que la acción estuviese trasladada a la cámara acorazada de un casino de Las Vegas es -para mí- lo de menos. Ahora bien, creo que Carsen, aun acertado a la hora de recrear los aspectos corruptos y vulgares de la corte de Herodes, no acaba de trasmitir la atmósfera malsana de la misma ni tampoco, y sobre todo, la turbia pasión de Salomé hacia Jochanaan. La danza de los siete velos (con siete señores mayores quedándose en pelotas en lugar de la protagonista) no me parece conseguida, y el final con la princesa huyendo con su trofeo y Herodes ordenando que maten a su mujer se me antoja más que discutible, por alterar sustancialmente el sentido de la obra. De ahí que pareciéndome una propuesta interesante, me parezca preferible, dentro de la misma línea "moderna", la reciente de David McVicar en el Covent Garden (DVD en BBC Opus Arte).

A Nina Stemme le han dedicado tantos elogios que me ha decepcionado un poquito. Me dio la impresión (en parte puede deberse a la acústica desde mi localidad) de que empezaba reservona y sin fuelle. Luego se fue creciendo y cantó el papel de manera francamente satisfactoria, con estupendos agudos, buenos graves, escasos cambios de color y una línea irreprochable en la que supo evitar tanto el exceso de refinamiento digamos "belcantista" como la tentación del sprechgesang. Estuvo vocalmente magnífica en su escena final. Pero mis reservas, que son muy relativas, van en otro sentido: tengo la impresión que la soprano sueca no termina de matizar el personaje en todos sus pliegues psicológicos, que van desde la niña malcriada y la mantis religiosa sedienta de sexo, pasando por las astutas seducciones a Narraboth primero y a su padrastro después, para llegar hasta una mujer madura en estado catártico completamente enajenada. Por otra parte no me parece buena actriz, y eso no es poco importante en una función escenificada.


Gerhard Siegel ya me pareció un tanto sobrevalorado en su Mime de Valencia y en su Marqués de la Lulu del propio Teatro Real. Me lo vuelve a parecer ahora: un Herodes correcto vocalmente, cantado sin graznar y muy sólidamente actuado, sin histrionismos, pero poco más. Muy flojo Wolfgang Koch como Jochanaan, al que sólo se escuchaba cuando cantaba -con amplificación- desde la cisterna. Soberbia por el contrario Doris Soffel, aún mejor vocalmente que cuando cantó el papel en Sevilla (enlace), hasta el punto de que era la voz sobre la escena de mayor impacto. Como actriz, tremenda. Me pareció que Tomislav Muzek hacía un buen Narraboth, pero desde mi asiento apenas le pude ver sobre la escena y le escuché regular, así que no me atrevo a decir mucho.

Lo mejor de la función, con diferencia, Jesús López Cobos, un director al que detesto por su habitual mezcla de blandura, superficialidad y aburrimiento, pero que en esta ocasión me ha entusiasmado con una dirección a la que se le podía pedir un poco más de sensualidad, pero que globalmente ha sido admirable por su sinceridad, su fuerza dramática, su planteamiento de las tensiones, su incisividad tímbrica, su enorme atención al matiz expresivo y, sobre todo, su soberana realización técnica. Nunca he escuchado a la Sinfónica de Madrid sonar así de bien, tan compacta y al mismo tiempo tan clara, tan exacta en los ataques y tan musical en las intervenciones solistas. La claridad fue en todo momento portentosa, hasta el punto de que he reparado en muchísimas cosas que otras veces se me habían pasado por alto en la partitura. Un trabajo impresionante digno de un director de primera línea, desde luego. ¿Cómo es posible que el tantas veces musicalmente mojigato director zamorano acierte por completo precisamente en una partitura que lo que más exige es lanzarse en plancha sobre tensiones, timbres y emociones? Milagros de la música.

No se pierdan la excelente crónica de Atticus (enlace).

miércoles, 27 de enero de 2010

La Lucia de la Caballé y Carreras

Donizetti: Lucia di Lammermoor.
Caballé, Carreras, Sardinero, Ramey.
New Philharmonia Orchestra. Jesús López Cobos, director.
Philips/Decca.
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Esta grabación de Lucia di Lammermoor realizada en 1976 es famosa por respetar la escritura original. Es decir, no ya por abrir los numerosos cortes que se solían practicar en escena, sino por la eliminación de sobreagudos y ornamentaciones espurias; lo más llamativo del resultado, una inusual escena de la locura.

Los fabulosos conjuntos orquestales y corales londinenses son dirigidos por un López Cobos intenso y dramático, incluso en exceso contundente, lo que no deja de sorprender en quien ha convertido ahora la flacidez y la cursilería en marca de la casa.

Lástima que Caballé no se encuentre cómoda ni en la tesitura ni en la personalidad de la atormentada protagonista, pues el Carreras de los buenos tiempos hace un convincente Edgardo, lírico y muy musical, y el Raimondo de Ramey satisface las más elevadas expectativas. Sardinero, por su parte, no pasa de lo discreto como Enrico.

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Texto extraído de un artículo publicado en el número de diciembre de 2003 de la revista Ritmo sobre el primer lanzamiento de la serie "The Compact Opera Collection", editada por Decca.

PS. Esta grabación ha dado y seguirá dando mucho que hablar. Para el interesado que no sepa de qué va el asunto, tiene buena información en el blog de de Maac (enlace).

viernes, 30 de enero de 2009

Manon Por Fleming, Álvarez y López-Cobos

MASSENET: Manon. Renée Fleming, Marcelo Álvarez, Jean-Luc Chaignaud, Alain Vernhes, Michel Sénechal, Franck Ferari, Jaël Azzaretti, IsabelleCals, Delphine Haidan, Christophe Fel, Josep Miquel Ribot, Nigel Smith, Sandrine Seubille.
Coro y Orquesta de la Ópera Nacional de París. Dirección: Jesús López-Cobos

Arthaus 107 003
2 DVDs 164’
DDD
Ferysa
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Arthaus continúa con su política de reeditar los primeros DVDs que en su momento lanzó TDK y ahora le llega el turno a esta Manon que se ofreció en 2001 en la Ópera de París con protagonismo absoluto de Renée Fleming y Marcelo Álvarez. Manon_Lopez_CobosComo han aparecido hace poco otras dos interpretaciones en este formato, las de la Staatsoper berlinesa y el Liceu barcelonés (DG y Virgin respectivamente), filmadas con pocas semanas de diferencia entre abril y junio de 2007, la comparación parece procedente.

Sensual, pícara, seductora y también desgarrada -sin aspavientos- cuando corresponde, es precisamente Fleming la que más me gusta de las tres protagonistas, pues luce un instrumento de mayor calidad y belleza aún que el de Anna Netrebko, un tanto sosa en las funciones berlinesas, y una capacidad para el matiz expresivo casi tan grande como la de ese animal escénico que es Natalie Dessay, lógicamente más ligera que sus colegas -y no muy cómoda en lo vocal- en Barcelona.

Rolando Villazón evidenció -como siempre- una emisión un tanto heterodoxa y cierta tendencia al exceso, no encontrándose del todo bien de voz en las funciones de la ciudad condal, donde además matizó menos que en Berlín. Marcelo Álvarez, tampoco impecable en lo canoro, se mostraba bastante más centrado en el estilo, elegante y refinado, pero en su Des Grieux se echan de menos la calidez y el apasionamiento del mexicano.

En la producción parisina, el Lescaut de Alain Vernhes parece preferible a un Alfredo Daza y un Manuel Lanza más bien toscos. Tanto Jean-Luc Chaignaud como el “barenboiniano” Christof Fischesser son preferibles en el rol del Conde al en otros tiempos grandísimo Samuel Ramey, que paseó los restos de su voz por el Liceu. Los secundarios de París alcanzan un gran nivel, sobresaliendo el veteranísimo Michel Sénechal como un Guillot tan divertido como indeseable.

De las tres realizaciones de foso sobresale con mucho la genial de Barenboim, llena de vuelo lírico y fuerza dramática. El siempre profesional Víctor Pablo Pérez se limita a cumplir. Y López Cobos, un director que a mí en general me gusta bien poco, da la talla en este doble DVD con una dirección irreprochable en el plano técnico y de perfecto estilo por su elevado sentido del color, mórbido fraseo y expresividad contenida (lo que no ha de confundirse con la sosería en la que otras veces cae el maestro).

Sin embargo, el otras veces admirable Gilbert Deflo no acertó en la capital francesa a la hora de insertar el bellísimo vestuario de William Orlandi en un concepto escénico convincente. Me quedo con la propuesta más teatral e imaginativa de Vincent Paterson en Berlín, y encuentro ambas muy preferibles a la fea de David McVicar que se vio en el Liceu.

En conclusión: imprescindible el DVD de la Staatsoper, muy recomendable este de París por su excelente apartado musical (para él son las cuatro estrellas) y de interés, por la acongojante recreación de la Dessay, el de Barcelona.
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Artículo publicado en el número de febrero de 2009 de la revista Ritmo, con muy ligeras amputaciones debido a la falta de espacio.

PS. En este blog tuve la oportunidad de escribir con más detalle sobre las interpretaciones dirigidas por Daniel Barenboim y Víctor Pablo (enlace).

jueves, 16 de octubre de 2008

Ballo en el Real: apoteosis del aburrimiento

Volví a caer en la trampa, como en Idomeneo: un título maravilloso que no se lleva a escena en España todo lo que debería, un equipo de cantantes a priori estupendo... y la batuta de López Cobos. ¿Cómo se me ocurre volver al Real con lo poquísimo que me gusta la manera de dirigir del de Toro? En este Un ballo in maschera el maestro ha tocado fondo en Verdi, más aún que en su Macbeth de hace algún tiempo. Hubo, eso sí, una gran atención al equilibro de planos sonoros y en general una concertación más que estimable, pero su lectura se caracterizó ante todo por la falta de pulso interno, la parquedad de matices expresivos, el modo escasamente cantable de exponer las melodías (¡qué obertura más plana y amorfa!), la blandura y el aburrimiento. Por si fuera poco hubo momentos pimpantes muy cercanos a la cursilería, como el coro "de la mofa" ("Ve', se di notte qui colla sposa") o en la mazurka que acompaña el baile en la última escena.

El día antes de viajar a Madrid escuché la retransmisión radiofónica -se encuentra en el Emule- de la función que ofreció el Covent Garden en 2005 con idéntica producción escénica, el mismo tenor y la teatral, vibrante, colorista y contrastada batuta de Antonio Pappano: la comparación deja en pésimo lugar al director español. Lo que más mosquea del asunto es que en su momento en el Real se estuvieron planteando contratar a Pappano y le dejaron marchar porque cobraba "demasiado caro", cuando al final han terminado trayendo a un señor que se lleva 17.000 euros por función (cifra que circulaba como rumor entre los aficionados y que ha confirmado recientemente Gonzalo Alonso en su web), sin contar con su sueldo mensual como director musical del teatro madrileño. Vamos, que el maestro se embolsa 238.000 euros (cerca de cuarenta millones de las antiguas pesetas) por hacer sonar medio bien a la orquesta y ofrecer un Verdi mediocre durante catorce noches. ¿Seguro que Pappano pedía más por aquel entonces? ¿Seguro? ¡Qué despilfarro! ¡Qué torpeza tan grande la de nuestros políticos!


Claro que en esta ocasión López Cobos no fue el único culpable de la mediocridad de los resultados. El no sabía que Carlos Álvarez iba a cancelar a última hora (parece que también se ausentará de la Luisa Miller de Valencia) y que en su lugar íbamos a tener que tragarnos a Marco Vratogna, a quien de todas maneras tampoco tenían que haber contratado para el segundo reparto: ni su voz , ni su técnica ni su estilo son para tirar cohetes, aunque al menos le puso voluntad al asunto.

Lo de Marcelo Álvarez fue para mí un chasco. Y lo fue porque en la referida función del Covent Garden no sólo se había mostrado pletórico de voz, sino porque supo ofrecer un Riccardo tan viril y apasionado en lo expresivo -aunque rozando quizá el exceso- como valiente en su línea de canto. Me aseguran fuentes bien informadas que en las primeras funciones estuvo así. Pero el 10 de octubre, la verdad, a mí me pareció apático y reservón, comenzando muy frío en una "La rivedrà" dicho completamente de pasada, y sólo terminándose de calentar en su maravillosa escena del último acto, donde hizo gala de excelente estilo verdiano a pesar de algún tropiezo vocal más o menos serio. Ahí sí estuvo muy bien, desde luego, pero tampoco es para gritarle "¡así se canta!", como alguien hizo al acabar. Digo yo.

De Urmana también esperaba más, y no porque resultara -como casi siempre- un punto fría, sino porque se mostró tirante en el sobreagudo: la famosa homogeneidad de su por lo demás fabuloso instrumento queda en entredicho. ¿Demasiado trabajo, quizá, combinar las funciones de este Ballo con los ensayos del Parsifal valenciano? Eso sí, tras una buena prestación en el maravilloso dúo del segundo acto ofreció un "Morró" de antología que despertó las únicas ovaciones intensas de toda la noche. Me gustó Alessandra Marianelli en el rol de Oscar, mientras que la Zaremba, aun no teniendo ni de lejos la voz adecuada para Ulrica, no me pareció tan lamentable como se había dicho por ahí.

Lo que sí me resultó fastidiosa fue la puesta en escena firmada por Mario Martone. Una cosa es ser tradicional, lo que en este título me parece lo más sensato, y otra cosa es carecer de un concepto claro, no sacar partido escénico a los cantantes y ofrecer una escenografía fea y pobretona la mitad del tiempo. Hay personas a los que esto no les molesta: a mí sí, porque la ópera es también teatro y lo que se ve sobre la escena tiene que estar bien resuelto. El baile fue muy vistoso, pero lo del espejo es ya un recurso bastante manido. El que se ofreciera la versión tradicional, la ambientada en Boston y no en Suecia, fue lo de menos en este Ballo in maschera no malo, pero sí profundamente aburrido. Y ya es mérito aburrir en una obra como ésta.

domingo, 10 de agosto de 2008

López Cobos destroza Idomeneo

Retomo este blog después de unas vacaciones en Francia que tuvieron como prólogo un par de representaciones de Idomeneo en el Real. Acudía al teatro madrileño atraído por la belleza del título -de lo mejor del catálogo lírico mozartiano al margen de la inalcanzable trilogía Da Ponte- y por la contrastada calidad de los dos elencos congregados: esta obra se hace poco y había que aprovechar la ocasión. Pero iba también con el temor de lo que podía hacer López Cobos, un director cuyo fracaso en el foso del Real ya es reconocido hasta por quienes en un principio le apoyaban: con el maestro zamorano no sólo la Sinfónica de Madrid no suena mejor que antes, sino que el teatro de la Plaza Isabel II ha entrado en una fase de sopor sólo animada por las ráfagas de algunos buenos directores que de vez en cuando la visitan.

Desdichadamente mis peores sospechas se vieron confirmadas, hasta el punto de que este Idomeneo ha sido lo peor que le he escuchado a López Cobos (Diálogos de Carmelitas es lo único realmente bueno que le recuerdo). Y que conste que el maestro no carece de técnica. Todo lo contrario, sabe conseguir perfectamente lo que quiere: un Mozart tímido, transparente y delicado cuyo presunto equilibrio y elegancia a muchos nos parece más bien flacidez, ausencia de contrastes, sosería expresiva y aburrimiento. Es verdad que hay otros directores españoles que hacen un Mozart operístico no menos tedioso (pienso ahora en Pons, en Víctor Pablo y en el reciente Ros Marbá de Don Giovanni, por no hablar de batuteros tipo Miquel Ortega), pero lo de López Cobos me ha resultado realmente inaguantable. Prefiero mil veces, a pesar de sus excesos y precipitaciones, la dirección vitalista, teatral y contrastada de Daniel Harding para el estreno de esta misma producción en Milán, que en su momento pude grabar de la televisión vía satélite.

Una producción, por cierto, más bien decepcionante, pues el otras veces espléndido Luc Bondy (magnífico el Cosí que le vimos hace años en el Maestranza) fracasa a la hora de ofrecer una dramaturgia desmitificadora e intemporal: lo que le sale es frío, aburrido e incoherente, pese a algunos aciertos parciales. Tampoco aportan mucho la escenografía del gran Erich Wonder ni el vestuario, más bien feo, de Rudy Sabounghi. Al menos eliminaron, con respecto a las funciones milanesas, el ridículo monstruo “de plástico” que vence Idamante y los espantosos pendientes de Elettra que pueden verse en la foto de Emma Bell adjunta.

Los dos elencos me gustaron bastante. Aunque ya algo gastado y con problemas en las agilidades, Kurt Streit volvió a demostrar que no sólo es un magnífico mozartiano por línea y estilo, sino que tiene la voz apropiada para Idomeneo; es además un magnífico actor. En el segundo reparto, Kobie van Rensburg se desenvolvió con bastante solvencia.

Adoro a Bernarda Fink, pero en esta ocasión la encontré un tanto tosca y me pareció bastante superada, en el otro elenco, por una Joyce DiDonato que si en Rossini es hoy toda una número uno, como el Idamante mozartiano sabe ser elegante y poderosa al mismo tiempo haciendo gala de una voz bellísima, de una técnica sin fisuras y de una excepcional musicalidad.

Me parecieron más cumplidoras que brillantes Cinzia Forte y María Bayo; a pesar de su habitual tendencia a la cursilería y de sus limitaciones en el agudo, quizá fuera un poco mejor la Ilia de la navarra por la calidad de su voz y por la mayor elegancia de su línea de canto. Muy distintas, y complementarias, las dos Elettras. Emma BelI fue un torbellino de pasión y desgarro, pero su grave es bastante pobre y su agudo deja que desear. Bastante menos intensa, Iano Tamar aportó un instrumento más consistente y un estilo más propiamente mozartiano.

En el rol de Arbace, Charles Workman volvió a dejar claro que Mozart no es lo suyo (estuvo mucho mejor en el Makropulos) y Francisco Corujo apuntó buenas maneras, quedándose los dos un tanto a mitad de camino. En cualquier caso, dos elencos homogéneos y de alto nivel que podían haber dado mucho más de sí de haber contado con una batuta menos soporífera que la de López Cobos, que convirtió a estas dos funciones en algo insufrible. Claro que lo peor para mí no es eso, sino que si quiero disfrutar la próxima temporada de las estupendas voces congregadas para Un ballo in maschera y Tannhäuser, tengo que tragarme otra vez al maestro. Bufff.

Dedicado a Rodríguez Zapatero, la gran decepción

Ya saben, lo único que cantaba la Castafiore: el aria de las joyas de Fausto . Eas joyas que Mefistófeles dejó con toda la intención para ar...